16 CURSO DE SUPERVIVENCIA #3
—Si no quieres participar por mí no hay problema, pero el ejercicio tiene su gracia, sobre todo por lo divertido que resulta ver las torpezas de los demás.
Alicia lo animó a seguir con una expresiva mirada de interrogación, agradeciendo el cambio de rumbo que los sacaba del pantanoso terreno de su padre.
—De lo que se trata es de aprender a desenvolverse con visibilidad cero —explicó él—.
Cuando te sorprende una tormenta en medio del desierto de hielo, lo más asfixiante no es el frío extremo ni la dificultad para mantenerte en pie contra las ráfagas de viento, sino la pérdida absoluta de referencia visual.
La desorientación es un mal compañero de viaje.
El ejercicio consiste en caminar con un cubo de plástico —con una cara sonriente pintada a rotulador— encasquetado en la cabeza.
Apenas ves nada y tus palabras se las lleva el viento nada más salir de la garganta.
Tus compañeros, que a lo mejor están a menos de un metro de ti —y créeme, no exagero, lo he vivido—, desaparecen por completo.
El truco consiste en atarse a una cuerda guía.
Resulta aterrador incluso siendo un simulacro: si el primero pierde el rumbo, arrastra al resto.
Intentas ponerte de acuerdo con sombras que no ves, cuya presencia solo intuyes; sombras a las que has confiado tu vida mientras el vendaval te azota la cara y cada copo de nieve se incrusta en tu ropa formando una coraza de hielo.
La congelación se produce de manera instantánea.
En tu mente planea la sensación de no ser más que una bolsa de plástico a merced del viento, ciega, sorda, pero viva.
Lo sientes segundo a segundo; es desesperante y agotador.
Tu vida depende de cada paso. Un paso en falso y el grupo entero está condenado.
Daniel imprimía a su voz un tono lúgubre de película de terror, adornando su explicación con ululantes silbidos que pretendían ser el viento de la tormenta.
—El hielo que minutos antes parecía firme bajo tus pies de repente te recuerda que bajo él se abren millones de grietas.
Imagínatelo: si ya es peligroso caminar con buena visibilidad, imagina hacerlo cuando no puedes ver ni tus propios zapatos, viéndote obligado a moverte para no terminar congelado, porque hace un frío que duele de verdad.
Necesitas encontrar un refugio antes de que tu temperatura corporal decaiga.
Es algo que va más allá de la supervivencia; luchar contra una tormenta de hielo es como intentar esquivar una ráfaga de cien ametralladoras sin moverte del sitio.
Y rodeándolo todo, ese frío lacerante que penetra a pesar de las veinte capas de ropa.
He escuchado relatos de gente a la que se le ha congelado un pie o un simple dedo, y todos lo describen como el dolor más agudo imaginable, idéntico a tener clavadas agujas candentes de forma permanente.
—La verdad es que suena horrible. Consigues que la magia de este lugar desaparezca por completo.
—Es algo mucho peor que horrible. En los días templados, con veintiocho o treinta grados bajo cero, los empastes de las muelas se vuelven frágiles y quebradizos.
El cuerpo necesita ingerir miles de calorías solo para mantenerse en reposo debido al consumo brutal de energía que exige el frío, imagínate sumándole esfuerzo físico.
Si a eso le unes que durante el invierno la oscuridad reina durante veintidós horas al día, que las brújulas enloquecen cerca del polo magnético y que puedes perderte durante semanas...
nadie vale tanto como para que un equipo arriesgue su vida en un rescate suicida.
Si no tienes radio o un transmisor que marque tu posición exacta, nadie sabrá dónde buscarte.
—La escasez de comida te estriñe, cada paso exige un esfuerzo sobrehumano y el sudor de tu cuerpo al transpirar por la noche se acumula en el saco de dormir.
Cuando lo pliegas por la mañana para cargarlo a la espalda, ese sudor se congela; la noche siguiente duermes sobre mojado.
Lo mismo pasa con la ropa: su impermeabilidad es un seguro de vida, pero te obliga a desnudarte al menos cada dos días para secarla o cambiarla.
Si descuidas ese detalle, el riesgo de congelación se dispara.
Cualquier pequeño golpe o herida tarda el doble en cicatrizar, y el dolor agudo merman tus movimientos.
La temperatura cae de golpe con la puesta de sol —una media de veinte grados de diferencia—, el cerebro funciona con lentitud, a la sangre le cuesta circular y el corazón se queja como un motor viejo al arrancar en invierno.
Cada pensamiento, cada recuerdo y cada anhelo duelen profundamente, pero los necesitas para seguir aferrado a la vida.
Si cedes, te invade un letargo cálido y placentero; es una trampa de la mente, sabes que no debes rendirte, pero el cuerpo se deja arrullar por el placer del descanso.
Cuando quieres reaccionar, ya es tarde: la Antártida te ha sentenciado y no vuelves a despertar.
Alicia lo escuchaba con los ojos húmedos; con cada palabra de Daniel, ella no hacía sino proyectar la imagen de su padre, como si estuviera contemplando los fotogramas de su propia tragedia.
—Si el cielo está despejado —continuó Daniel, aun a sabiendas del revuelo emocional que había provocado en la joven— y tienes ciertos conocimientos del medio, puedes guiarte por las estrellas o por la posición del sol si dispones de mapas.
Pero jamás debes aventurarte a salir sola; eso equivale a una muerte segura.
Aquí morir es el camino fácil; lo verdaderamente duro es seguir luchando por vivir.
—¿Por qué me cuentas todo esto?
—Para ser sincero, porque veo en ti muchas ganas de escapar, y por mucho que hayas leído, por mucho que hayas investigado en internet y por grave que sea aquello de lo que estás huyendo, te aseguro que este no es el mejor lugar para esconderse.
—No estoy huyendo de nada. Pero si tu intención era convencerme de que no me quede, te aseguro que lo estás logrando con creces. Lo que no entiendo es por qué te tomas tantas molestias conmigo; creía que te agradaba mi compañía.
Daniel, con un gesto expeditivo, prefirió ignorar el comentario.
—Parte de tu formación es pasar la noche en el interior de esa cabaña de hielo que has construido hoy. ¿Qué piensas hacer al respecto?
—Mi compañera ha decidido volver al barco, como ya sabrás. Y aunque me habría alegrado para no parecer cobarde... después de tu ilustrativa y terrorífica exposición, creo que ya me hago una idea de lo que me pierdo.
—¿No querías parecer cobarde? ¿De verdad? —preguntó él con tono sarcástico.
—Si he de serte sincera, lo que menos me apetecía era pasar la noche entera a solas con una desconocida de la que no sé ni las intenciones.
—Qué daño han hecho las películas de vaqueros a los campistas. Si quieres, puedo acompañarte yo; te aseguro que me comportaré como todo un caballero español.
—No, gracias. No me seduce la idea de pasar la noche acurrucada entre paredes de hielo —respondió con la boca pequeña, mientras en su interior pensaba: ¡Para el carro, muchacho!, ¿no te parece que vas demasiado deprisa?
—Bueno, después de todo ya eres mayorcita y nadie te obliga a hacer nada que no quieras. Recuerda que, de todos modos, esta es tu última noche en la Antártida.
—Es verdad, solo queda esta noche, y la verdad es que tampoco me apetece encerrarme en el camarote sabiendo que por delante me esperan diez o doce días de bamboleos en alta mar.
—Si no te seduce la opción del iglú, puedes venirte a mi residencia; allí hay camas de sobra.
—Claro, y si no, siempre puedes hacerme un hueco en la tuya —replicó ella cargada de picardía.
De repente, el buen humor pareció regresar, disipando la tensión como si la tormenta hubiera pasado de largo. Daniel, más relajado, secundó el tono alegre y se repantigó en la silla.
—Aquí se comparte todo; recuerda que somos una gran familia. De momento me alojo en una especie de motel, pero te reitero que allí no tendrás que compartir nada más que lo que tú misma decidas.
—La verdad es que resulta tentador.
Alicia aceptó a regañadientes pasar la noche fuera del barco, aunque en realidad todo era una farsa para hacerse la interesante; en su fuero interno no quería que el día terminara, pues deseaba prolongar aquella estupenda tarde.
Desde el restaurante se dirigieron de nuevo a dar otra vuelta en la moto de nieve, acercándose esta vez hasta la explanada donde el grupo de novatos asistía a la clase práctica de supervivencia.
Daniel tenía razón: resultaba mucho más divertido verlo desde fuera que formar parte de la comparsa.
Una fila de hombres y mujeres, unidos a la altura de la cintura por una cuerda de escalada de un brillante color naranja, avanzaba con pasos cortos y torpes, imitando a pingüinos desorientados.
Todos llevaban el característico cubo de plástico con la cara sonriente pintada encasquetado en la cabeza.
A los pocos metros ya habían perdido por completo el norte.
Alicia, desde la distancia y en silencio, intentaba orientarlos agitando las manos en la dirección correcta.
La meta estaba situada a unos cien metros al oeste de la caseta donde horas antes habían recibido la charla teórica.
Cuando se cansaron de contemplar aquel deambular errático, volvieron a subir a la moto y regresaron al núcleo del asentamiento.