16 CURSO DE SUPERVIVENCIA #2
—Entonces, ¿qué hace tan atrayente este sitio?
Comprendo que es un lugar singular, distinto al resto del planeta habitado, e imagino que resulta ideal para experimentos científicos imposibles en otra parte.
Llama la atención que donde más frío hace sea también el mejor observatorio para estudiar el sol, por no hablar de la fascinación de explorar una de las pocas regiones inexploradas.
Pero sigo sin entender esa magia que parecen destilar estos millones de toneladas de peligro y escarcha.
—Dímelo tú —replicó Daniel con una sonrisa socarrona—. ¿Por qué has elegido venir en lugar de gastar tus vacaciones y tus ahorros en cualquier destino tropical? Algo te tuvo que atraer del puñetero fin del mundo.
—Bueno, tengo mis razones —dijo ella, apagando un poco la voz—.
Pero esa no es la cuestión. Supongo que, como cada persona es un mundo, cada cual tendrá sus propios motivos.
—Su tono delataba que buscaba una excusa coherente que no sonara improvisada; lamentaba no llevarla preparada, pues siempre olvidaba el plan B—.
En realidad, creo que vine movida puramente por la curiosidad.
—Y sin pensarlo demasiado, añadió para sí: Si pudiera, me besaría a mí misma—.
Quiero decir que en la mayoría de los destinos turísticos ya sabes de antemano lo que vas a encontrar: si hay playa, habrá fiestas y alcohol; si viajas por historia, toca caminar horas mirando piedras, soportar colas y ampollas en los pies.
En cambio, aquí todo parece misterioso, virgen, diferente y, tal vez por eso, mágico.
Ya sé que para la mayoría solo hay nieve, frío y pingüinos patosos, algo que en principio suena de todo menos atractivo, pero debe haber algo más.
Lo venden como un lugar peligroso, y aun así cada vez hay más gente dispuesta a venir. ¿Por qué estás tú aquí?
—Es verdad, tiene que haber algo más. Pienso que lo que atrae a la gente es precisamente eso que decías: saber que este es el último reducto inexplorado del planeta.
Creo que yo mismo estoy aquí por esa misma razón.
Si te fijas en la gente que nos rodea, cada persona arrastra su propia historia y sus particulares razones para permanecer en estas latitudes.
Son personajes curiosos, desarraigados que, tras pasarse la vida dando tumbos por el mundo, han venido a encallar aquí: unos buscan algo, otros huyen de su pasado o de otras formas de vida.
Alicia escuchaba embelesada, sin importarle demostrarlo.
—Conozco a una chica que, siendo muy joven y casi por casualidad —o como ella misma dice, por culpa de unos porros—, se embarcó en una aventura tan estúpida como insólita: cruzar África de norte a sur arracimados en un camión.
Es de sobra conocida la inseguridad que impera en esas fronteras; estuvo a punto de perder la vida en varias ocasiones por el simple hecho de estar en el lugar más inoportuno a la hora menos apropiada.
Terminó caminando perdida y sedienta por el desierto, obligada a subsistir a base de sus propios orines.
Una experiencia así te marca para siempre.
De regreso a la civilización convencional, sentía que ya no encajaba en la tierra donde se había criado: sus amigos ya habían cambiado y la familia parecía haber perdido ese lazo especial de la consanguinidad.
En su interior había germinado el gusanillo de la aventura y la marcha era inevitable.
Al final, cansada de convivir con desconocidos y de masticar peligros a diario, acabó estableciéndose aquí como una consecuencia natural.
Alicia se vio reflejada con un tono de amarga tristeza en la garganta.
—Como esa historia podría contarte cientos.
Lo cierto es que la mayoría se quedan; no sabría decir si porque esta tierra los acoge o porque ya se sienten extraños en el resto del mundo.
Quizá la realidad sea más simple: su verdadera familia son seres de su misma especie, y esos resulta mucho más fácil encontrarlos por aquí.
—Me estás poniendo los pelos de punta. Acabas de leerme el futuro.
—No lo creo. Eres muy joven y aún te quedan muchas cosas por descubrir de este mundo perro e ingrato por el que, paradójicamente, seríamos capaces de dar la vida.
De todas formas, si ese camino es inevitable, ya partes con ventaja: al menos sabes cómo acabarás.
Pero no te preocupes, aquí todo el mundo es bien recibido.
Conozco banqueros que lo dejaron todo para ayudar a los demás, bróker de bolsa que ahora conducen camiones oruga...
Tu profesor de esta misma mañana, sin ir más lejos, es un licenciado en derecho que cambió una multinacional lucrativa por dedicarse a arreglar tuberías y entretener a los turistas.
—Vaya, creía que para vivir aquí era obligatorio ser investigador o científico de élite.
—Sí, pero solo para venir cobrando y con los gastos pagados. Sus ayudantes no. Para hacer de porteador o cavar un hoyo en la nieve no se necesita ningún doctorado en Harvard.
—Entonces, ¿qué se necesita?
—¿Es que te estás planteando seriamente quedarte?
—No lo descartaría. Después de tu vaticinio, cuanto antes conozca mis posibilidades, mejor.
—No me digas que tienes en España a un novio esperándote con una sortija de compromiso en una mano y un empleo lucrativo recién graduada en la otra.
—No.
—Tampoco tienes la típica ilusión de una casa grande con muebles modernos, un jardín lleno de niños jugando en la piscina y un garaje para tus tres coches.
—La verdad es que no suena mal, pero nada de eso encabeza mis prioridades.
—¿Acaso tienes un padre o una madre autoritaria que ya te trazó la vida al milímetro antes de nacer, impidiéndote saltarte ni un renglón de su guion, y este viaje repentino no es más que una pataleta de rebeldía?
—No, nada de eso. No soy ninguna rica heredera caprichosa; mi padre murió hace años y mi madre hace su vida al margen de la mía, volcada en su nuevo marido y en mi medio hermano —a quien, aunque no tiene culpa de nada, reconozco que no soporto—.
—Huir de una familia desestructurada no me parece motivo suficiente para terminar escondiéndose en el Polo Sur.
—No, ellos tampoco son tan importantes; de Toledo a Madrid hay distancia de sobra para olvidar que existen. Pero cambiando de tema... otra cosa que estaba pensando: tal como lo describes, supongo que por aquí también se esconderán fugitivos de la ley.
—No es muy frecuente, aunque tampoco imposible —respondió él con cierta desgana, como si lamentara haberse desviado del rumbo de la conversación—. Es muy difícil debido a los estrictos controles de seguridad y de pasaportes; recuerda que aquí todo se anota y se vigila.
Un silencio incordiante se instaló entre ambos, cada uno refugiado en sus propios pensamientos. El tono neutro de Daniel no pasó desapercibido para la joven, aunque de momento prefirió no indagar en los motivos.
—¿Hace mucho que murió tu padre? —preguntó él de repente.
Alicia se encontraba a gusto en compañía de Daniel; era un tipo agradable, pero resultaba demasiado pronto para responder a semejante pregunta con la absoluta verdad.
Veinticuatro horas antes era un perfecto desconocido.
Sin embargo, algo en su interior le decía que aquel joven apuesto, alegre e inteligente —que derrochaba atenciones sin caer en el galanteo pesado y lujurioso que parecía perseguirla desde que subió al barco— podía ser el aliado perfecto para su misión secreta.
Nuevamente, el ojo ve lo que quiere ver, se repitió.
Era demasiado pronto; aquellos ojos color esmeralda estaban nublando su percepción y ella no era precisamente una experta en asuntos del amor.
Tenía que actuar con cautela, paso a paso.
Al fin y al cabo, al salir de Madrid se había prometido que aquel viaje sería solo una toma de contacto con el continente donde su padre desapareció, y ya constituía una locura estar allí.
Pero por segunda vez sentía la tentación de mandarlo todo al garete y quedarse a rastrear sus huellas.
—Sí, hace mucho que murió —respondió al fin, guardándose en la punta de la lengua dos palabras transcendentales que se empujaban mutuamente—.
La verdad es que apenas llegué a conocerlo.
Mis padres se separaron cuando yo empezaba a dar los primeros pasos; mi madre me arrastró con ella a Toledo y él se quedó en Madrid.
Pocos años más tarde desapareció. Nunca he podido asimilar la idea de lo que es un padre, ni he querido hacerlo, sobre todo al tener que compararlo con el nuevo marido de mi madre.
—Vaya, lo siento mucho. Parece una historia muy triste; no quisiera haberte arruinado el humor por culpa de mi curiosidad.
—Sí, es una historia triste. Siento haber desmontado tu teoría de que era una rica heredera caprichosa.
Lo único que conservo de mi padre... —otra vez la duda martilleándole las sienes; al final, cerró los ojos y se lanzó a la piscina— ...
lo único que tengo son un puñado de viejas fotografías y unos cuantos recortes de prensa.
—¿Recortes de prensa? —Daniel pareció recuperar de golpe el interés.
—Algo así. Era periodista; trabajaba en la radio y la televisión. Oye, perdona... preferiría cambiar de tema.
—Claro, perdona tú. Soy demasiado curioso. No te enfades.
De nuevo, un silencio incómodo flotó sobre la mesa.
Alicia jugaba con una patata frita, fría e insípida, dándole vueltas con la punta del tenedor.
Ambos permanecían atrapados en el eco de sus propios pensamientos, incapaces de retomar el animado diálogo anterior o quizás temerosos de acelerar un final anticipado para algo que, momentos antes, prometía bastante.
Al final, como casi siempre, fue Daniel quien rompió el hielo.
—Tienes que volver a tu clase de supervivencia.
—Estoy un poco cansada. Visto lo visto, pareces un experto; cuéntame qué es lo que me voy a perder y así me hago una idea. Eres bastante más divertido que ese profesor yanqui... aunque, si era abogado, tampoco me extraña.