Huellas bajo el hielo 16 CURSO DE SUPERVIVENCIA
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16 CURSO DE SUPERVIVENCIA

A modo de deferencia y para mantener entretenido al pasaje mientras el barco completaba los trabajos de reparación necesarios en la base, la tripulación había organizado un rudimentario curso de supervivencia.

A la mañana siguiente se repitió el trayecto.

El Toyota pasó de largo por las edificaciones principales y, tras subir una pequeña loma, los dejó junto a un par de casetas de madera prefabricadas.

El grupo se congregó en el centro de la explanada.

Alicia se acomodó los guantes y aguzó el oído para intentar captar el máximo posible de las explicaciones del barbudo yanqui que se presentó como Kevin, quien al parecer sería su instructor.

Por lo que creyó entender con su rudimentario conocimiento del idioma, debían formar parejas o tríos y construir un refugio con sus propias manos.

A cada equipo les entregaron una sierra de carpintero y una pala cuya longitud del mango no sobrepasaba el ancho de sus espaldas.

Debían tomárselo con calma; aquello no era una competición para ver quién terminaba antes ni tampoco para fabricar el iglú más artístico.

Lo verdaderamente importante del ejercicio era levantar un lugar seguro a prueba de vendavales.

Mientras que para la mayoría de los turistas aquello constituía una simple actividad lúdica y orientativa dentro de un viaje programado, para quienes aspiraban a formar parte de las expediciones científicas fuera de la base era un requisito de obligado cumplimiento: un curso de supervivencia de dos días de duración cuya primera prueba consistía en pasar la noche al abrigo de la construcción surgida de sus propias manos.

Alicia buscó a Daniel con la mirada, pero no encontró más que vacío fuera del grupo.

De pequeña siempre le había gustado fabricar cabañas.

Sus visitas al campo eran escasas, por lo que se veía obligada a utilizar su cuarto como un improvisado bosque o desierto, colgando mantas y sábanas desde la parte trasera de la cama hasta la mesa del escritorio.

Allí dentro, alejada del mundo real, se sucedían sus mejores fantasías.

No lo recordaba con precisión, pero casi siempre sus sueños consistían en expediciones en las que buscaba a su padre.

Su vecino y único amigo, Andrés, soñaba con piratas y con salvar a damiselas en peligro, pero a su lado siempre fue el fiel grumete que Alicia necesitaba.

Aquel recuerdo la entristeció de repente.

¿Por qué se había acordado justamente ahora de Andrés?

Alzó la vista y enseguida supo la respuesta: su compañera de trabajo era una fornida mocetona a quien el abultado abrigo le confería el aspecto de una salchicha embutida a presión.

Dijo llamarse Brenda. Sobre su tez morena resultaba difícil averiguar dónde terminaban las líneas de las gafas polarizadas y dónde comenzaba la piel, pero cuando sonreía, su dentadura era tan blanca que deslumbraba más que el níveo paisaje circundante.

A los pocos minutos, Alicia reconoció su buena suerte: era la compañera perfecta para aquella tarea.

Su inmensa espalda, de la que emergían dos poderosos brazos, parecía diseñada expresamente para el trabajo duro.

En cuanto el profesor dio la orden, Brenda se puso manos a la obra.

Con la pala despejó un par de metros cuadrados de nieve suelta, mientras Alicia miraba con el serrucho en la mano, incapaz de anticiparse.

La compañera hablaba y daba órdenes que Alicia no alcanzaba a decodificar con exactitud; apenas lograba captar palabras sueltas entre los resoplidos del esfuerzo.

Sin dejar de trabajar, Alicia contemplaba absorta la fuerza que Brenda imprimía a sus movimientos.

El hielo no era tan maleable ni tan ligero como a simple vista parecía, pero saltaba a la vista que aquella mujer no era la primera vez que empuñaba una pala.

Por un momento se la imaginó en una granja de Kansas, limpiando estiércol de vacas o cerdos, aunque enseguida desechó la idea.

Al lado de aquella robusta y decidida hija del tío Sam, ella asumió el rol de grumete y se dejó guiar.

Agarró con fuerza su pala e intentó seguirle el ritmo.

Una vez retirada la nieve suelta, utilizaron los serruchos para recortar bloques compactos de hielo que fueron apilando hasta levantar tres lados de un cuadrado de aproximadamente dos por dos metros.

A medida que ganaban altura, colocaban bloques más pequeños de forma escalonada.

Tres horas de duro trabajo después, midieron la pieza central que cerraría el techo utilizando un simple cordel, tal y como les habían enseñado.

Las rendijas y huecos entre los bloques se sellaron a manotazo limpio con puñados de nieve blanda, como si jugaran con plastilina.

Cuando escaseaban las herramientas sofisticadas, lo ideal era tirar de la barra de la mochila o de un bastón de esquí; lo importante era saber improvisar un refugio capaz de salvarte la vida.

Por último, cerraron la entrada y despejaron el suelo de restos sucios.

Había costado un esfuerzo titánico, pero ambas contemplaban el resultado con orgullo.

A modo de firma, Alicia se quitó la bufanda e improvisó un lazo decorativo que colocó en la parte superior de la entrada, como si se tratara de un muñeco de nieve.

Durante toda la mañana, lo que más había sorprendido a Alicia era el increíble silencio que se respiraba; un mutismo tan sobrecogedor como una manada de lobos acechando.

El sol lucía sereno en lo alto y el viento apenas rozaba la categoría de brisa, pasando desapercibido la mayor parte del tiempo.

Los únicos sonidos perceptibles eran los de sus propios latidos —acelerados por el esfuerzo—, el tímido roce de sus pasos o el crujido del serrucho seccionando el hielo como si fuera mantequilla, todo a cámara lenta, como si la prisa fuera algo obsceno.

De tanto en tanto se escuchaban las risas de algún equipo cercano o el tarareo gospel con el que Brenda acompañaba la faena.

Antes de bajar del barco esa misma mañana, jamás lo hubiera imaginado; por entonces solo pensaba en reencontrarse con Daniel, pero lo cierto es que estaba disfrutando del trabajo.

Terminada la construcción, llegó el turno de las fotos.

Todos admiraron la magna obra realizada por las dos chicas.

Brenda parecía haber crecido; sonreía henchida de orgullo e intentaba posar abrazando a Alicia por la cintura, pero la incomodidad de los voluminosos abrigos frustró el intento, obligándola a conformarse con apoyar una mano amistosa sobre su hombro.

Sin embargo, la perspectiva de pasar la noche en compañía de aquel oso de peluche morado no le resultaba nada tentadora.

Cuando Brenda anunció su preferencia de regresar al barco, Alicia respiró aliviada.

En ese preciso instante escuchó el inconfundible acento español que, de manera inconsciente, había estado esperando durante toda la jornada.

A lomos de una moto de nieve, Daniel se detuvo frente a ellas, se alzó las gafas y, tras el saludo de rigor, alabó efusivamente el trabajo de las chicas.

La americana torció el gesto; la cruda realidad la perseguía incluso en el fin del mundo: el chico guapo siempre demostraba interés por la delgada.

Con resignación, ocultando su malestar tras los cristales polarizados, encaminó sus pasos hacia el autobús.

Alicia hizo ademán de seguirla, pero el donjuán español no se lo permitió y ofreció su montura para llevarla hasta el restaurante.

Alicia no dudó ni un segundo en aceptar aquella invitación, Daniel la recibió devolviéndole una sonrisa que despuntaba entre la barba incipiente que comenzaba a poblar su rostro.

El trayecto original, de apenas unos minutos hasta el centro de la base, se prolongó durante más de media hora porque Daniel se entretuvo dando acelerones y frenazos, pavoneándose de su destreza al manillar.

Alicia, abrazada firmemente a su cintura, se sentía tan segura que minutos después le obligó a parar, golpeándole la espalda para hacerse oír por encima del motor y las salpicaduras de nieve.

Cuando se formó un remanso de calma a su alrededor, le pidió que le enseñara a manejar el aparato.

Daniel no puso objeciones: era tan sencillo como apretar el gatillo y dejarse llevar.

A Alicia le bastaron unos metros para dominar los mandos y, aunque no se atrevió a emular las locuras anteriores, imprimió a la marcha una vivacidad más que aceptable.

Llegaron al restaurante justo cuando algunos de sus compañeros salían para estirar las piernas y aprovechar los últimos rayos de sol.

—¿Te has divertido? —preguntó él.

—No ha estado nada mal. Es interesante.

—La verdad es que me refería al paseo en moto.

—¡Ah, eso! Sí, también —respondió ella, un tanto avergonzada.

—Casi nunca es necesario fabricar un iglú; todas las expediciones llevan tiendas de lona impermeable que se montan en pocos minutos. Pero si te sorprende una ventisca sin ellas, es el recurso más práctico.

—Eso será si sabes de antemano que la tormenta va a llegar. He aprendido que aquí el tiempo cambia de forma abrupta; no se huele en el aire ni se divisa en el cielo. Los temporales son solo viento puro; aquí casi nunca llueve, ¿no es así?

—Es cierto, veo que has hecho los deberes.

El lugar más inhóspito de la tierra, donde se concentra la mayor reserva de agua dulce del planeta, es al mismo tiempo donde menos precipitaciones se registran.

Las tormentas son vientos huracanados que arrastran el hielo del interior, superando a menudo los cien kilómetros por hora.

Su densidad es tal que resulta imposible distinguir dónde pones los pies.