15 NUEVAS NOTICIAS #3
Encima del panel muerto se alineaba un teclado numérico para fijar coordenadas y unas lámparas internas que, de encenderse, habrían triplicado el alcance óptico.
Hasta entonces, se veía obligado a desplazar a pulso el pesado cilindro, auxiliándose con puntales de madera estratégicamente acuñados.
La experiencia le había enseñado que un solo centímetro de desviación en la lente equivalía a decenas de miles de kilómetros en el espacio profundo.
Por eso, operarlo requería trabajo en equipo: Horas sujetaba el tubo mientras él ajustaba los puntales milímetro a milímetro.
Era el único modo de no perder de vista el objeto de su estudio.
Y en los últimos días, ni siquiera variando un centímetro la posición conseguía que la monstruosa bola de fuego desapareciera del visor.
Una señal inequívoca de que el impacto era ya una certeza matemática.
Cives se sorprendió al ver tanta gente agolpada tras Liseng.
A nadie le extrañó el caos reinante en el laboratorio; bastaba ver los voluminosos fardos apilados junto a la entrada para intuir su contenido.
La mezcla explosiva desprendía un olor agrio y penetrante que impregnaba las paredes.
En un rincón, Goser enrollaba meticulosamente la mecha detonante, guardándola en sacos de lona.
A los ojos de los inexpertos, la longitud de aquellas mechas resultaba exagerada —cada saco acumulaba cientos de metros, y había más de veinte fardos apiñados—.
Sobre el soporte de madera principal yacía desplegado el mapa del nuevo territorio elegido, salpicado de anotaciones y marcas a tinta. Liseng sintió un frío helado en la boca del estómago al contemplarlo.
Cives saludó con un gesto rápido y, arremangándose la túnica, subió los siete escalones de la derecha de dos en dos, invitando al consejo a seguirlo.
En la plataforma trasera, junto al visor, era el único lugar libre de trastos.
Horas sonreía con una beatitud boba, orgulloso de haber barrido aquel rincón.
Cives apoyó el codo derecho sobre el metal del telescopio con extrema suavidad, intentando proyectar una normalidad de la que carecía por completo. A dos metros de distancia, el grupo de consejeros se arracimaba en silencio.
—Gracias por venir —comenzó diciendo, esforzándose por arrancar de su voz cualquier matiz fatalista—.
Creía sinceramente que disponíamos de más margen, pero el tiempo se nos agota.
Queda menos de un ciclo para que esa bola de fuego colisione con el planeta.
No me preguntéis cómo lo sé, simplemente lo sé...
y nada indica que vaya a desviarse. Viene directa hacia nuestra región.
Os he hecho venir porque considero indispensable que lo veáis con vuestros propios ojos.
Se hizo a un lado, despejando el visor y señalándolo con la palma abierta.
Liseng fue el primero en acercarse. Ya lo había observado años atrás, antes de que el vaticinio del científico fuera hecho público; durante todo ese tiempo, la amenaza había permanecido en su memoria como un punto luminoso y lejano que despedía chispas.
Con la mano izquierda ocultándose el ojo libre y siguiendo las viejas instrucciones de no cargar con su peso sobre la estructura, aproximó el rostro a la lente.
A los pocos segundos, se apartó de un sobresalto, como si hubiera recibido una descarga eléctrica.
Su semblante reflejaba un terror primitivo que pocas veces se había visto en el adusto presidente.
Uno a uno, los consejeros fueron desfilando por el visor.
En todos se repitió la misma reacción de espanto absoluto: una masa titánica de fuego ocupaba por completo la circunferencia de la lente, precipitándose hacia ellos con una determinación implacable, escoltada por una estela de rocas y polvo incandescente que auguraba una destrucción sin paliativos.
En sus rostros se instaló de inmediato una urgencia ciega, el instinto visceral de proteger a los suyos a cualquier precio.
Cuando el último hombre se apartó del ocular, Liseng ya tenía preparadas una docena de preguntas técnicas.
—Debemos ponernos en marcha de inmediato —sentenció Cives con voz lapidaria—. En dos o tres días... cuatro a lo sumo. Siento en el alma haber fallado en la precisión del cálculo; por desgracia, ese ha sido mi mayor error. Vosotros mismo lo habéis visto. El impacto ya es inevitable.
El descenso por la vereda no fue silencioso.
Todos hablaban a la vez, solapando propuestas, exigencias logísticas y miedos contenidos.
Liseng marchaba en cabeza; asentía y escuchaba, pero apenas pronunciaba palabra.
Al poco de alcanzar la llanura inferior, se detuvo en seco, giró sobre sus talones y clavó una mirada severa en las siluetas que lo seguían a través de la noche cerrada.
—No comentéis una sola palabra de esto con nadie —ordenó con voz de hierro—.
Ni siquiera con vuestras esposas. Regalemos a la comunidad al menos una noche de paz; tal vez sea la última que conozcan.
Mañana, a primera hora, convocaré a todo el consejo en la sala de juntas.
Que acuda quien quiera; ha llegado la hora de formalizar nuestras decisiones.
Deseo de corazón que paséis una buena noche.