15 NUEVAS NOTICIAS #2
—Eso carece de lógica científica —apuntó Liseng, adoptando un tono perplejo—. Todos sabemos que el agua salada deshace el hielo con rapidez.
—No estés tan seguro, Liseng —intervino Cives sin apartar los ojos de los pergaminos, demostrando que no había perdido el hilo—.
El agua no deshace el hielo por sí sola; es su temperatura la que provoca el cambio de estado.
Agua y hielo son, en esencia, la misma materia, algo que ya deberíais saber.
El motivo por el cual la sal acelera el proceso...
bueno, eso es todavía una incógnita que no he logrado descifrar por completo.
—Esa no es la cuestión ahora —replicó el presidente con sequedad—. Siempre aprovechas la menor excusa para atacar las enseñanzas de nuestros ancestros.
—De lo que no cabe duda es de que ahora mismo no procede perder el tiempo en debates teológicos que nada aportan a nuestra supervivencia.
Deja ya de mitificar la infalibilidad de nuestros antepasados.
Ellos no eran dioses; eran humanos. El mundo muta, las personas cambian... ¿Por qué te cuesta tanto asumirlo?
Liseng se tragó con dificultad su orgullo herido, guardándose aquellas palabras para una futura e inevitable discusión.
Aunque coincidía en que aquel no era el momento ni el lugar para disputas ideológicas, no pudo ocultar el resquemor que le había provocado el dardo del científico.
Cives, ajeno a sus tormentos internos y con la mente puesta ya en la logística, retomó el interrogatorio hasta exprimir el último detalle sobre el emplazamiento.
Cuarenta minutos y doscientas preguntas después, Cives y Liseng salieron de la cueva comandando al grupo.
Horas los seguía sumiso, mientras el resto se demoraba unos minutos despidiéndose de los heridos, cuya recuperación —por fortuna— dependía solo de unas semanas de reposo y de las manos expertas de las mujeres.
Todo estaba ya decidido, sobre el plano y sobre el terreno; solo restaba fijar una fecha definitiva.
Cuatro días atrás, Cives había enviado un recado a través de Horas para convocar a Liseng en su observatorio al caer la noche.
Intuyendo el carácter trascendental de la cita —o sospechando que se avecinaba algo más que una simple discrepancia técnica—, el presidente había dedicado la mañana a reunirse con el consejo en pleno, emplazándolos a todos en el promontorio a la puesta de sol.
Solo dos consejeros habían excusado su asistencia.
Cives llevaba días encerrado en su estudio preparando los explosivos.
Revisaba una y otra vez sus cálculos, y aun así le parecían insuficientes.
Las jornadas se habían vuelto frenéticas, secundado de cerca por su hijo Goser y por su inseparable Tarvis.
Horas pululaba por el laboratorio poniendo más buena voluntad que maña, pero Goser agradecía aquel ritmo demencial: al menos le mantenía la mente ocupada, impidiéndole recrearse en la herida abierta por la marcha inminente que lo alejaría de Menrac.
Ambos cruzaban silencios pesados o encogimientos de hombros cada vez que surgía una pregunta sin respuesta, como si intentaran sacudirse un yunque de las espaldas.
Fuera de los talleres, las mujeres llevaban semanas tejiendo recipientes para almacenar provisiones, trenzando cestas con juncos robustos recolectados junto al río subterráneo, además de confeccionar mantas térmicas para proteger a los viajeros del frío exterior.
Menrac apenas se dejaba ver por los talleres; era incapaz de soportar la visión de aquellas caras trabajando sin descanso, sin un resquicio para la alegría.
Aquello no era una mudanza ni una aventura épica; olía demasiado a preparativos de guerra.
Si despedirse de sus vecinos le desgarraba las entrañas, ¿cómo iba a enfrentarse a la despedida de Goser?
Sin embargo, su decisión era firme. En su fuero interno, sentía que su padre la necesitaba más que nadie en el mundo; no por la promesa de un paraíso terrenal tras el rescate, sino por la cruda realidad del amor filial.
Sabía lo profundamente solo que su progenitor había vivido toda su vida y no podía despojarlo del único ancla que lo mantenía cuerdo.
Aquella certeza se le había clavado en el alma como un tatuaje indeleble, una cicatriz de agua hirviendo sobre la piel.
Rogaba en silencio que ocurriera un milagro, un giro del destino que cambiara las cartas, pero sabía que los milagros no existían. Al final, nunca había creído en ellos.
El cielo comenzaba a apagarse cuando Liseng dobló la esquina de la fatigosa vereda empedrada que trepaba hasta el laboratorio de Cives.
Seis alenitas lo seguían en riguroso silencio; el presidente acortaba el paso para evitar que los ancianos de la comitiva se quedaran rezagados.
La imagen de su hija deshecha en lágrimas al salir de casa seguía golpeándole las sienes con la cadencia de un martillo.
Junto a la entrada del observatorio aguardaban Tarvis, Horas y los otros cuatro miembros del consejo que se habían adelantado. Liseng los saludó con una inclinación de cabeza y una sonrisa de circunstancias, y penetró en la cueva.
Desde aquel promontorio, Cives no solo vigilaba las anomalías del cielo, sino también la vasta extensión del mar helado que pronto tendrían que cruzar.
En ese momento, el científico mataba los nervios recolocando los bártulos que atiborraban el espacio.
El desorden era su sello personal: mesas colapsadas de pergaminos semienrollados, armatostes mecánicos cubiertos de polvo antiguo, recipientes con líquidos resecos y manchas oscuras marcando el suelo de piedra.
Harían falta semanas de limpieza profunda para ordenar aquello.
Al fondo, la caverna se dividía en dos niveles gracias a una plataforma elevada a metro y medio de altura, a la que se accedía mediante dos escalinatas laterales de siete peldaños.
Presidiendo aquel altar científico se alzaba el artilugio: un tubo descomunal apuntando al cielo a través de una ventana natural abierta en la roca.
Era el motor oculto de toda aquella pesadilla.
Los alenitas lo llamaban simplemente el ojo del cielo, pues nadie recordaba su verdadero nombre de origen.
En la práctica, funcionaba como un telescopio colosal de cuatro metros de largo y sesenta centímetros de diámetro, cuyo alcance superaba con creces cualquier tecnología de la comunidad.
El cilindro descansaba sobre una robusta base cuadrada repleta de engranajes y mecanismos que, para Cives, habían sido un misterio indescifrable desde su juventud.
Había desmontado y montado aquella caja mil veces; sabía que los engranajes dentados estaban diseñados para mover la lente con precisión automática, pero el sistema carecía de lo único vital: algo desconocido para los alenitas, la electricidad.