Huellas bajo el hielo 15 NUEVAS NOTICIAS
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L os expedicionarios enviados por Liseng —con instrucciones precisas de Cives para localizar la explanada perfecta— regresaron cuando la tarde comenzaba a desangrarse sobre la aldea.

Caminaban con evidentes signos de agotamiento extremo.

De los seis que partieron, solo cuatro parecían regresar por su propio pie; uno de ellos, rezagado y cojeando ostensiblemente, apoyaba el cuerpo sobre una muleta improvisada.

El último llegaba encaramado a una especie de camilla rudimentaria, armada por sus propios compañeros uniendo un par de túnicas, prendas de abrigo de las que a buen seguro se habían arrepentido de prescindir en el camino.

Por sus rostros macilentos, parecía que hubieran envejecido diez años en apenas seis jornadas.

Nada más ser avistados bajando la colina, un grupo corrió a su encuentro para relevar a los fatigados porteadores y subir al cojo a una silla de brazos.

Los llevaron en volandas hasta el centro de la explanada que daba acceso a la sala de reuniones.

Liseng apareció de inmediato, marcando el paso con su zancada larga y decidida; su expresión reflejaba una mezcla de honda preocupación por el estado de los hombres y un profundo alivio al comprobar que, al menos, todos habían vuelto con vida.

Esposas e hijos de los recién llegados se abalanzaron sobre ellos en abrazos apretados, intentando disipar los terrores acumulados durante su ausencia, aunque en el fondo lo único que aquellos cuerpos destrozados pedían a gritos era un descanso definitivo y una buena dosis de alimentos reparadores.

No había extremidad libre de rasguños o moratones, ni túnica que regresara intacta.

Sin embargo, lo que más sobresaltó a Liseng fue advertir al instante la honda tristeza esculpida en sus miradas.

Ansioso por conocer el veredicto, aplacó su impaciencia y esperó a que recuperaran el aliento, que parecía entrar con pesadez en sus pulmones martirizados.

La muchedumbre murmuraba con un eco sordo y pesimista.

De repente, una figura desbocada rompió el círculo: con los bajos de la túnica sujetos a la altura de las rodillas y avanzando con pasos largos y tropezados —más cercanos a una carrera desesperada que a su habitual caminar torcido—, Cives apareció en escena.

Nadie necesitó pedirle permiso para abrirle paso; la gente se apartaba de su trayectoria como si un toro embravecido cruzara la plaza.

Cuando se vio rodeado, frenó en seco y, recuperando el aire con dificultad, clavó los ojos en el líder de la expedición, que yacía postrado en la camilla.

Aquel rostro magullado no presagiaba nada bueno, pero el científico fue incapaz de contenerse un segundo más.

En cuanto su mente logró ordenar una frase coherente, disparó la pregunta:

—¿Lo habéis encontrado?

—Creemos que sí —respondió el hombre con un hilo de voz—. Está algo alejado y el acceso es complicado... y lo de acarrear el equipaje con nosotros será otra historia.

Un suspiro unánime, profundo y liberador recorrió el cuerpo de Cives hasta el fondo del alma, pillándolo con la boca todavía abierta a punto de seguir interrogando.

De momento, aquello era todo lo que necesitaba escuchar.

A su lado, Liseng suspiró con el alma compungida.

Intentando aparentar una calma fingida y tragándose un millón de preguntas que le hormigueaban en la garganta, el científico se apartó a un lado para dejar que los expedicionarios marcharan a descansar.

A pocos metros, Goser escrutaba la mirada ensimismada de Menrac, un mutismo que la chica arrastraba imperturbable desde hacía días.

Tras una vida entera compartiéndolo todo, era la primera vez que se sentían verdaderamente distanciados, envueltos en un enfado sordo.

Él no lograba comprender su obstinación: ¿cómo era posible que se empeñara en no abandonar a su padre, cuando el propio la había incluido en las listas prioritarias de evacuación?

En el fondo, ambos sufrían por idénticos motivos y comprendían las razones del otro.

Goser se devanaba los sesos buscando las palabras exactas que la convencieran para acompañarlo.

Solo una amenaza se antojaba efectiva, un órdago tan peligroso que ni siquiera se atrevía a formular en voz alta, sabiendo de antemano que sería incapaz de cumplirlo.

Pero le resultaba igualmente inimaginable contemplar un futuro sin la mujer por la que su corazón latía desde que tenía uso de razón.

Con el alma rota, la vio alejarse siguiendo la estela silenciosa de su padre: una nueva oportunidad perdida, tan fría como el hielo que los rodeaba.

El regreso de la expedición traía bajo el brazo la semilla de una solución, aunque para Goser eso tenía dos lecturas profundamente contrapuestas.

Por un lado, la constatación de que ya no había marcha atrás, de que la esperanza de salvarse cobraba forma física; por otro, la perspectiva desesperante de una existencia futura alejada de su amada.

¿Merecía la pena luchar por una vida así?

Si atendía solo a sus impulsos egoístas, estaba convencido de que no.

Pero su compromiso inquebrantable con la comunidad pesaba mucho más en su balanza interior que todas las cumbres que los aprisionaban.

No le quedaba otro recurso que aferrarse al rezo.

Con ese pensamiento agrio latiendo en las sienes, se alejó en busca de un rincón de paz.

A la mañana siguiente, mucho antes del amanecer, Cives ya rondaba la cueva de Adaus —el padre de Tarvis—.

Incapaz de respetar el reposo médico ordenado, el científico se había saltado las normas, lo que obligó al presidente Liseng a intervenir para poner orden.

Aunque Liseng entendía el entusiasmo de Cives, no podía permitir semejante acoso, por lo que logró convencerlo de esperar hasta el mediodía.

Bastante antes de la hora acordada, Cives ya estaba de nuevo en la puerta, acompañado por Tarvis, que miraba sentado en el suelo los juegos de su hermano pequeño.

Cinco minutos antes de lo pactado, apareció Liseng con una sonrisa irónica y, con total cortesía, le pidió a Tarvis que avisara a su padre de su llegada.

A la espalda del científico, inquieto, se movía el diligente Horas con su mirada infantil encerrada en un cuerpo de adulto.

Mientras aguardaban, media docena de alenitas se sumaron al grupo, entre ellos tres de los expedicionarios que aún cojeaban.

Apenas los vio, Cives volvió a agitarse, impaciente; la rápida y comprensiva intervención de Liseng, apoyándole una mano firme en el hombro, logró frenar su ímpetu.

No hizo falta más, pues en ese instante Tarvis descorrió la cortina de pieles invitándoles a pasar.

Uno a uno desfiló hasta ocupar el reducido habitáculo que la familia utilizaba como salón.

Adaus estaba sentado sobre un banco de piedra, con la espalda apoyada contra la pared y el torso envuelto en varias mantas.

Su rostro, aunque amoratado y surcado de rasguños, mostraba signos evidentes de mejoría.

—Cives, relájate de una vez. Es un sitio ideal, mejor incluso de lo que imaginaste —comenzó diciendo Adaus con voz pausada—.

Tiene más de cinco mil metros de ancho entre ambas montañas y casi el doble de largo.

El hielo base es robusto y, por lo que pudimos comprobar, cuenta con una salida franca al mar; no del todo limpia de placas, pero nada que no podamos sortear con tus explosivos.

El acantilado que forma este bloque supera los sesenta metros de altura. Créeme: es perfecto.

—¿A qué altura de la base terminan las montañas? —lanzó Cives sin respirar.

—Aproximadamente a unos trescientos o trescientos cincuenta metros.

—¿Es una superficie completamente plana?

—Sí —respondió Adaus, arrastrando levemente las palabras—. Sobre el flanco derecho hay una pequeña loma de rocas, pero no alzará más de diez o doce metros.

—¿Qué diámetro tiene esa elevación? ¿A qué distancia exacta está de la base de la cordillera? ¿Habéis levantado planos detallados? —Las preguntas brotaban atropelladas de su boca, colapsándose en su garganta mientras su mente procesaba un aluvión de nuevas dudas.

—Claro que hemos dibujado mapas, Cives. ¿Es que todavía piensas que no te conocemos? —replicó otro de los expedicionarios con una sonrisa cansada.

La esposa de Adaus estiró los brazos y entregó a Cives varios pergaminos enrollados que el científico desplegó de inmediato, devorándolos con los ojos.

—¿A qué distancia se encuentra la meseta de la ruta actual? —intervino Liseng con tono sereno, más preocupado por la intendencia y la logística del traslado que por las fórmulas matemáticas que ya enmarañaban la melena de su compañero.

—Ese es el verdadero problema —respondió Adaus con gesto sombrío—.

Llegar hasta allí no es un paseo. Hay que cruzar una montaña severa; la nieve blanda dificulta los pasos y oculta rocas sueltas bajo la superficie.

Y eso contando con que la visibilidad acompañe.

Se necesitan al menos dos días de marcha, lo que obliga a buscar un refugio seguro a mitad de camino para pasar la noche.

Si dispusiéramos de más tiempo, buscaríamos un rodeo alternativo, cruzar ese macizo cargados de provisiones ya es duro para los adultos...

Para los niños, resultará extremadamente peligroso.

—Podríamos consultar los mapas de nuestros antepasados —sugirió Liseng—. Tal vez indiquen otro paso, aunque sea más largo; si fuera más seguro...

—Lo dudo mucho —le cortó uno de los expedicionarios—.

Ya los revisé antes de partir. Los bordes de esos viejos mapas ya no coinciden con la realidad geográfica.

Da la impresión de que la tierra ha crecido en la costa: algunas montañas han desaparecido y donde antes se abrían dos valles ahora solo hay uno, como si la masa helada que devora nuestra región también estuviera masticando la superficie salada.