14 UN NUEVO PLAN #2
—¡Eres española! —exclamó el joven mientras tomaba asiento enfrente y depositaba su bandeja, con los ojos castaños muy abiertos y una sonrisa franca que iluminaba su rostro—. Permíteme que te diga que eres una auténtica rara avis por estos lares.
—Deberías decir somos.
—Es verdad, somos. Los españoles suelen preferir otro tipo de cruceros; no nos gusta pagar por pasar frío, preferimos broncearnos junto a los chiringuitos o gastar suela contemplando viejas piedras.
Alicia lo miró oscilando entre la sorpresa y el recelo.
—Disculpa. Soy Daniel Ambrosia, pero no te dejes engañar por el apellido; no soy tan dulce como suena —guardó un segundo de silencio, como invitándola a presentarse. Al ver que ella no reaccionaba, continuó—: ¿Y tú cómo te llamas? Ni muda ni sorda, de eso estoy seguro.
—Perdona. Me llamo Alicia. Solo Alicia... Es que me has cogido por sorpresa.
—¿Por qué? —respondió él, terminando de masticar un trozo de pollo empanado y abriendo exageradamente los ojos—. El sorprendido soy yo. No esperaba tropezarme con una española en solitario por estos parajes.
—No estoy sola. Bueno, tal vez sí... La sorprendida soy yo. Llevo semanas rodeada de extranjeros, sin escuchar una sola palabra de castellano que no arrastre acentos extraños.
—¿Insinúas que mi acento suena raro?
—No quería decir eso. Solo que... bueno, que resulta más cercano. Más normal.
—Calma, calma, no te pongas a la defensiva.
Solo bromeaba. Aunque pareces un poco agobiada y entiendo perfectamente a qué te refieres —bajó la voz, inclinando el cuello hacia adelante en un gesto cómplice—.
A mí también me alegra escuchar mí idioma.
Es un descanso poder hablar sin necesidad de traducir mentalmente. ¿De dónde vienes?
—De Argentina.
Daniel volvió a arquear las cejas mientras masticaba con pausa.
—Hombre, yo soy de Toledo, aunque ahora vivo en Madrid por la universidad. Quería decir que he embarcado en Buenos Aires.
—Ya te he entendido; casi todos los cruceros zarpan de allí. ¿Y qué se le ha perdido a una castellana en un rincón así? Déjame adivinar: estudias biología o alguna ciencia de esas y has venido a documentarte.
—Pues no, listo. Estudio periodismo. Es una larga historia; en realidad creo que solo buscaba conocer un lugar diferente —mintió, aunque la simpatía y el atractivo del joven eran innegables—. Y tú, ¿qué haces por aquí?
—Podría soltarte que soy investigador, pero mentiría.
Me gusta escalar. En mi tierra no podía hacerlo y necesitaba metas más altas.
Nací en Mallorca, aunque en realidad no me siento de ninguna parte, o más bien intento encontrar un lugar al que pertenecer.
Creo que, al final, es eso exactamente lo que ando buscando.
—¿El qué? ¿Tus raíces?
—No exactamente. He dado tumbos por muchos sitios. Habiéndome criado en una isla, me atrae la cercanía del mar, y terminé recalando en otra, un poco más grande. Llegué aquí casi por carambola, me sentí en paz y me quedé. Aquí la libertad tiene otro peso.
—¿Y a qué te dedicas exactamente?
—¿Es esto una entrevista oficial, señorita periodista?
—Tómatelo como quieras. Al fin y al cabo, has sido tú quien se ha acercado a mi mesa.
—Tienes razón. Hace unos meses llegué en un carguero desde Chile.
Un operario de mantenimiento de la base contrajo una enfermedad y dejó una plaza libre.
Me ofrecieron pasar el invierno cubriendo el puesto y acepté sin pensarlo demasiado, al no tener nada mejor que hacer...
Decidí invernar como los osos. Te aseguro que ha sido el invierno más largo y frío que puedas imaginar.
—Escuchándote hablar, casi suena agradable.
—Según se mire. Yo no lo calificaría de agradable, pero sí profundamente interesante.
Una experiencia radicalmente distinta. Aunque no te dejes engañar: esto no es apto para cualquiera.
Si tuviera que describírtelo para que te hagas una idea, es lo más parecido a sentir claustrofobia en mitad de un desierto blanco.
Los paseos al aire libre quedan prohibidos durante meses; son un lujo vedado.
Para disfrutar de verdad del paisaje en pleno invierno, casi tienes que recurrir a viajes mentales.
—Si es tan duro, ¿por qué lo soportas?
—Porque a la vez posee una magia hipnótica.
La paz que encuentras aquí es indescriptible.
Sin luz solar, disfrutas de una noche eterna acompañada por vientos huracanados que duran semanas.
Si te atreves a desafiar de verdad el frío, ni siquiera necesitas abrir una puerta: basta con mirar por la ventana y comprobar que la ventisca es tan densa que te impide ver tus propias manos.
Para cruzar de un edificio a otro que está a escasos metros —tan solo por el simple capricho de ver caras nuevas—, necesitamos atarnos a una soga guía, y aun así la espera para salir puede demorarse días o semanas.
—Es fascinante, pero la que no puede permitirse esperar soy yo. Debo marcharme; no quiero que el grupo me deje atrás.
—Si me das un minuto, te acompaño de vuelta.
—De acuerdo. De todas maneras, con lo despistada que soy, capaz me pierdo.
—Créeme: con un día tan soleado y despejado, es poco probable.
Ambos salieron del comedor ajustándose de nuevo las prendas.
Embutida otra vez en el pesado abrigo, Alicia caminaba junto al joven sintiendo que el terreno bajo sus botas se ensanchaba.
En el firmamento, el sol había desplazado ligeramente su posición, pero su luz continuaba rebotando con fiereza contra el suelo.
La nieve sucia se amontonaba en los arcenes de los caminos.
El aire de la plaza improvisada bullía de nuevo con el trasiego constante de gentes y máquinas cruzando la explanada, justo bajo el enmarañado haz de cables que pendía de tres postes de madera oscura.
Cerca de allí, Alicia divisó el llamativo abrigo naranja del guía, apoyado plácidamente sobre el capó del minibús mientras fumaba un cigarrillo, rodeado por los turistas que jugaban con la nieve o posaban para la posteridad.
Daniel, de manera instintiva, acomodó su paso al frenazo de Alicia y, a sabiendas de que tal vez cruzaba una línea imprudente, se aventuró a comentar:
—Tengo la firme impresión de que no te hace ninguna gracia regresar al barco.
—La verdad es que no. Llevo diez días bordeando la costa y empiezo a estar saturada de contemplar maravillas heladas y animales torpes.
—¿Y qué esperabas encontrar? Esto no es precisamente un crucero de placer para visitar ruinas romanas.
—Justamente de eso huía: de una vida convertida en ruina. Pero no te preocupes, donjuán, mañana volveré por aquí.
—¿Ah, ¿sí? ¿Y eso?
—No te rías, pero me he apuntado a un curso de supervivencia.
—Si puedo, me pasare a verte. No te lo tomes a mal, pero debe de ser un espectáculo de lo más divertido visto desde fuera.
—Ya imagino que para los veteranos de estas latitudes nosotros debamos de parecer una panda de animales amaestrados.
—Yo diría más bien que os contemplan como a un rebaño de ricos: molestos, pero financieramente necesarios.
—Pues que no sean tan condescendientes. Todo el mundo viene aquí por voluntad propia, ya sea para estudiar el hielo, la fauna, o con la coartada de querer salvar el planeta. Pero eso no les da patente de corso para sentirse moralmente superiores.
—Es posible que tengas razón. Para la mayoría es una oportunidad de oro para contrastar teorías que llevan años macerando en sus despachos; para otros, una muesca más que añadir al currículo.
Por eso mismo, cada vez hay más voces que ven con malos ojos que esta zona se esté mercantilizando como un destino turístico más.
—He leído que las normativas ecológicas aquí son draconianas, y en el barco no paran de recordárnoslo machaconamente. Luego ves todo este despliegue industrial y este parque móvil y, la verdad, da qué pensar.
—Esto es un mal menor para los ecologistas de verdad: un tributo que los verdaderos amantes de esta región nos vemos obligados a pagar.
—Ah, entonces, ¿tú te consideras ecologista? Creí que solo estabas buscando tus raíces.
—Soy mucho más ecologista que cualquier botánico de despacho con ínfulas, créeme.
Pero no entiendo la ecología de forma ortodoxa: para mí, por encima de todo, está la supervivencia humana.
Si me viera en la tesitura de tener que comerme al último pingüino de la Tierra para no perecer, no lo dudaría ni un segundo.
—Confío en que no sea eso lo que vayamos a aprender mañana. No es que les tenga especial simpatía a los pingüinos, pero de ahí a comérmelos...
—No te preocupes; el curso no tiene nada que ver con eso. Es solo un trámite obligatorio para cualquiera que quiera pisar el exterior de la base sin asistencia.
—Ya veo. El guía no deja de repetirlo, aunque a estas alturas creo que ya se le han agotado los argumentos.
—Mañana nos veremos, entonces. Ya me contarás qué tal. Si te parece, después podemos comer juntos.
—Es una cita.
—Tómatelo como quieras. Hasta mañana, princesa.
Alicia subió al autobús con el corazón brincándole desbocado en el pecho.
Apenas el vehículo abordó la primera curva, su mente comenzó a maquinar cómo deshacerse de aquella sensación extraña.
No era la primera vez que experimentaba un chispazo así, aunque esta vez lo notaba distinto, más profundo.
Y, sin embargo, sentía la necesidad imperiosa de desterrarlo.
Como si su propia experiencia le dictara que, para evitar el ineludible desengaño que vislumbraba al final del camino, lo más prudente era desilusionarse desde el principio, evitando probar un pastel cuyo sabor, inevitablemente, acabaría volviéndose amargo.
Durante el resto del día, se esforzó con todas sus fuerzas en pensar en cualquier otra cosa.