Huellas bajo el hielo 14 UN NUEVO PLAN
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14 UN NUEVO PLAN

L a prioridad de un capitán ha de ser siempre la seguridad de su pasaje.

Aunque la decisión no fue compartida por la mayoría, el criterio del mando se impuso, obligando a los clientes a esperar mejores condiciones meteorológicas para continuar atesorando experiencias.

Estas, les prometió el teniente con aire entusiasta, se multiplicarían por cien en cuanto pusieran pie en la Isla de Roos, su siguiente escala programada en cuanto el mar se dignara dar tregua.

Cuando los relojes señalaban la hora del falso ocaso, el cielo se detuvo más luminoso de lo habitual, como si la tormenta lo hubiera barrido de malos presagios.

El aburrido pasaje intuyó de inmediato que algo estaba cambiando: las poderosas cadenas de las anclas comenzaron a rugir y los potentes motores diésel imprimieron un nuevo y vibrante traqueteo a la estructura del buque.

Acto seguido, la voz del capitán brotó por la megafonía con un tinte de júbilo, anunciando que en breves momentos se harían a la mar.

Alicia se despidió de los contornos difusos de la costa con un amargo sentimiento de oportunidad perdida; hacía ya horas que el camión oruga se había esfumado en la inmensidad helada, llevándose consigo la ilusoria promesa de una aventura desatendida.

La noche abrazó al barco mar adentro. El pasaje ya descansaba en sus camarotes, exhausto tras una tediosa jornada de partidas de cartas interminables y alcohol consumido sin medida.

La soledad se enredó entre las mantas de Alicia, convirtiéndose en una capa más de la insípida tarta en la que se había transformado aquel día.

El capitán del Princess Royal anunció por megafonía que la tempestad sufrida la pasada noche, un latigazo furioso de viento y agua negra que había obligado a capear el temporal a duras penas, había provocado una serie de daños mecánicos en los sistemas de refrigeración y gobierno del buque.

Tras los cristales, el reducido espacio visible de los alrededores ofrecía un aspecto embravecido y hostil: olas espumosas que bajo ningún concepto aconsejaban proseguir con la ruta prevista hacia el oeste.

Ante la imposibilidad técnica de continuar la travesía con garantías, y tras barajar diversas opciones en las cartas de navegación, la dirección del barco se vio forzada a virar el rumbo de urgencia y buscar el resguardo de la estratégica bahía de Ross.

Un grupo reducido del pasaje protestaba en silencio en los salones, pero la decisión del mando era inalterable: aquel imprevisto desvío convertía al buque en un invitado forzoso a las puertas del confín americano.

El alba asomó a las pocas horas, difuminando una vigilia de tristes duermevelas.

El sol nacía tímidamente tras las irregularidades de una costa teñida de escarpadas laderas de hielo, cuyos fragmentos flotaban a la deriva rindiendo tributo al poder implacable de los rayos sobre el deshielo.

Justo por este motivo, el Princess Royal bordeaba la orilla a distancia prudencial, explorando el horizonte únicamente con la ayuda de los prismáticos.

Hacia el tercer mediodía de lento avance, el paisaje experimentó una mutación radical: la nieve inmaculada dejó paso a una tierra húmeda, oscura y de aspecto aplastado.

Varios barcos fondeaban al resguardo de una bahía aparentemente mansa.

Media hora más tarde, tras doblar un pequeño cabo, la costa desveló un reducto de civilización que parecía pertenecer a otro mundo, ajeno por completo al continente helado.

Docenas de lanchas y zodiacs surcaban la bahía cargada de enseres y personas, en un trajín de idas y venidas que recordó a Alicia el centro neurálgico de una ciudad populosa.

Sobre la franja costera, aquel ajetreo se multiplicaba por tres: furgonetas, camiones de carga, vehículos todoterreno, pequeños autobuses y motos de nieve que hacían las veces de perros de trineo.

A lo lejos, un par de helicópteros manchaban el cielo con sus colores llamativos, mientras densas cortinas de humo se disipaban entre el ruido sordo de una comunidad entera en perpetuo movimiento.

El rompehielos fondeó a unos quinientos metros de todo aquel bullicio.

Con el ancla firmemente clavada en el lecho marino, las grúas comenzaron a tensar sus cables para botar las zodiacs bajo la mirada ávida del primer grupo de pasajeros.

Listos desde hacía rato con sus aparatosos anoraks y las cámaras colgando del cuello, estaban dispuestos a ser los primeros en volver a pisar tierra firme y respirar un aire nuevo.

Alicia corrió hasta su camarote. Treinta y cinco minutos después, ya embutida en el incómodo uniforme de exploradora aficionada, regresó a cubierta y consiguió embarcar en el cuarto viaje, con la firme determinación de exprimir al máximo aquella visita guiada a la ciudad más cosmopolita de la Antártida: Macmurdo.

Junto a la orilla, el grupo aguardó estirando las piernas la llegada de la última oleada de cuerpos acolchados antes de abordar un minibús Toyota, un habitáculo de dieciséis asientos ocupados por el doble de pares de ojos alucinados.

El vehículo, con paso firme, los adentró en el corazón de la base americana.

Lo primero que sorprendió a los visitantes fue comprobar que todas las construcciones se alzaban sobre pilotes de entre dos y tres metros de altura: estructuras metálicas que soportaban cubículos de chapa remachada, dotados de ventanas diminutas y alturas irregulares de hasta dos y tres plantas.

De un edificio a otro pendía una maraña caótica de cables entrecruzados sin aparente lógica, anticipo visual del desorden que parecía regir aquella comunidad.

Durante los meses del verano antártico —de noviembre a marzo—, la base albergaba a más de mil doscientas almas que pululaban febrilmente.

El resto del año, en cambio, la población se reducía a menos de ciento cincuenta abnegados científicos capaces de soportar el rigor de las tinieblas y el frío extremo.

Se instalaban entonces como osos hibernando dentro de una inmensa y traicionera bóveda oscura que los acechaba a las puertas mismas de sus aclimatadas instalaciones artificiales.

El guía los condujo en un recorrido a pie entre los diferentes edificios, un entorno donde el paisaje vomitaba una monotonía de la que solo trataban de escapar las explicaciones científicas.

A tenor de las escasas preguntas que suscitaban entre los turistas, ninguna de ellas lograba encender la chispa del interés.

A escasos centenares de metros de aquellas edificaciones —que compartían la fealdad de su metal contrachapado y un aire irreverente de provisionalidad, como si de okupas espaciales se tratara—, alcanzaron una pequeña loma.

Ante sus ojos, cuatro enormes quitanieves se afanaban en adecentar una llanura que, según pregonaba el guía con evidente orgullo, no era un valle, sino un lago cubierto por una placa de hielo de al menos seiscientos metros de espesor.

Sobre un costado, dos aviones de potentes hélices y panzas colosales aguardaban con los motores al ralentí, listos para despejar hacia el mítico punto de latitud cero.

Ahí residía la verdadera importancia estratégica de base: aquel diminuto punto en el mapa era la última frontera de la civilización antes de perderse en la poesía helada del continente blanco.

Todo aquel recinto no pasaba de ser una curiosidad estéril, alejada por completo de la realidad inhóspita que la rodeaba.

Estaba exento de su belleza agreste, desprovisto de los peligros agazapados tras las montañas de un blanco tan amenazador como atrayente.

Alicia sintió esta carencia casi como una llamada íntima.

La expedición emprendió el regreso al pueblo metálico.

El sol parecía circular por el horizonte a cámara lenta, pero no logró burlar a los estómagos, que sabían de sobra que el mediodía había quedado atrás hacía horas.

Como si de una excursión de colegiales se tratara, fueron conducidos hasta un edificio idéntico al resto.

Tras subir un par de tramos de escaleras embarradas, accedieron a una cafetería con capacidad para más de dos comensales.

A la derecha, un buffet de frío acero inoxidable, completamente desprovisto de adornos, era atendido por trabajadores asiáticos y afroamericanos con gesto de aburrimiento crónico.

Alicia compartió mesa con un grupo desarraigado y heterogéneo de compañeros de viaje.

La mezcla de lenguas y el cansancio acumulado no dieron pie a la conversación; ella lo atribuyó a ese halo de sutil desilusión que flotaba en el ambiente.

Más allá de enjuiciar la calidad de la comida enlatada que degustaban, todos coincidieron en celebrar al menos que estuviera caliente.

En un lugar así, parecía una herejía romper el hielo hablando del tiempo exterior, aunque los quince grados bajo cero hacían que el calor del plato resultara reconfortante.

Alicia agradecía especialmente la temperatura del comedor, que le permitía una total libertad de movimientos con el anorak descansando en el respaldo y las gafas polarizadas colgando del escote.

Disponían de casi una hora de libertad antes de la reunión general en el centro del poblado para retornar al barco.

Sus compañeros comieron deprisa, haciendo planes para deambular en grupo por la miniciudad; Alicia declinó la oferta, prefiriendo quedarse rezagada para disfrutar un poco más del amparo ruidoso del recinto.

—Hey, ¿is the chair free? —escuchó a su espalda.

Un mocetón alto la saludaba desde detrás de una barba de varios días y unos mechones de pelo enmarañado que asomaban a ambos lados de un grueso gorro de lana gris.

—Ho... hola, yes —contestó ella con un hilillo de voz, titubeante.