Huellas bajo el hielo 13 UN INTENTO FALLIDO
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13 UN INTENTO FALLIDO

C ives intentaba conciliar el sueño, pero las preocupaciones atenazaban su cuerpo, permitiéndole apenas unos descansos breves y nerviosos.

Cerrar los ojos equivalía a proyectar una película macabra donde su propio cuerpo quedaba sepultado bajo avalanchas de nieve o devorado por gigantescas olas con rostro de demonio.

Era el miedo quien construía aquellas pesadillas; mejor dicho, la aplastante responsabilidad de ingeniar una solución a contrarreloj.

Cada día esperaba angustiado la caída del sol.

Estuviera donde estuviera, abandonaba el trabajo o cortaba las conversaciones de cuajo para salir corriendo hacia el observatorio.

Allí, desgranaba los segundos frente al artilugio que acercaba el firmamento, alimentando una ilusión que se esfumaba con la misma velocidad con la que llegaba.

Sus plegarias chocaban con un techo de cristal; la acechante estrella continuaba impasible, sin variar un ápice su rumbo ni su velocidad, sin menguar un solo gramo de su mortífera amenaza.

De nuevo, el cielo le negaba cualquier tregua, cualquier regalo que le concediera un poco más de tiempo.

Durante el presente ciclo, la comunidad había asistido a una sucesión de ideas a cada cual más rocambolesca, todas zanjadas con estrepitosos fracasos.

Eran ocurrencias paridas por la mente afiebrada de Cives, chispas de desesperación que no hacían más que proyectar a flor de piel el desánimo latente entre los alenitas.

Algunos, que de antemano habían participado con las dudas rechinando entre los dientes, corrían a visitar a Liseng nada más terminar cada experimento fallido para retractarse y exigir no abandonar la región.

El presidente tenía que tirar de diplomacia y grandes dosis de persuasión para evitar que cundiera el pánico, una tarea harto difícil para alguien que, en su fuero interno, tampoco creía en la viabilidad de aquello.

Los alenitas conocían una fórmula sencilla: mezclando tres elementos en las proporciones justas, lograban fabricar un explosivo de gran potencia.

Desde el principio, esa había sido la piedra angular del plan de Cives.

Para evitar los riesgos prematuros de una deflagración, su cabeza había urdido mil alternativas, exigiendo un tiempo de experimentación del que carecía por completo.

Diversificar la fórmula le había costado centenares de cálculos y noches en blanco.

Su meta era direccionar la onda expansiva con precisión milimétrica.

Hasta la fecha, el compuesto solo se había empleado en contadas ocasiones y en cantidades mínimas, lo justo para despejar las entradas de las cuevas cuando el hielo las sellaba a cal y canto.

Antes, la mezcla se colocaba envuelta en telas, guiada por una fina hebra empapada en la misma sustancia acuosa que permitía al artificiero escapar antes de la detonación.

Para la ocasión, Cives había rediseñado los proyectiles: las telas se habían reforzado en los costados y en la parte superior —allí donde surgía la mecha—, dejando una película deliberadamente débil en la base inferior.

Abandonaron las formas esféricas para convertirlas en cilindros.

Con este cambio, confiaba en que la onda actuara a modo de cuña, penetrando con fuerza en las entrañas de la tierra en lugar de disiparse inútilmente.

Sin embargo, lo que verdaderamente helaba la sangre era la seguridad de los viajeros, obligados a desplazarse con los pies al borde del abismo sobre la superficie frágil de un médano de hielo.

Agobiado por este dilema, una tarde se presentó corriendo en los aposentos de Liseng con la certeza absoluta de haber hallado una vía.

Apoyándose en la telequinesia colectiva, intentó convencer al presidente para obtener luz verde en una nueva prueba.

Liseng sufrió un atisbo de desmayo ante la magnitud del riesgo, pero, arrinconado por las circunstancias, terminó por claudicar.

Los alenitas considerados de mente más poderosa fueron convocados para el día siguiente en las entrañas de la caverna-templo, aquel santuario de piedra donde reposaba dormida la nave de sus antepasados.

La idea de Cives era sencilla sobre el papel: si lograban elevar la estructura mediante un esfuerzo mental común, solo necesitarían derribar la entrada sepultada con el explosivo para extraerla.

Una vez reacondicionada, su interior podría cobijar al mayor número posible de seres, priorizando a los más pequeños.

Cives calculaba que, prescindiendo de ornamentos superfluos, el vientre metálico de la nave albergaría al menos a cien almas.

A la hora señalada, quince adultos varones y una docena de mujeres se apostaron en círculo alrededor de la nave, separados por intervalos de dos metros.

Cives, visiblemente tenso, pero intentando proyectar una calma ficticia, corregía las posturas.

Apoyaba las manos sobre los hombros de sus compañeros y los miraba directamente a los ojos, inyectándoles una confianza de la que él mismo carecía.

Terminada la ronda, ocupó su lugar frente a la sección roma que hacía las veces de proa.

Afuera, una mini multitud se apretujaba en la boca de la cueva, dividida entre la expectación y la incredulidad, observando la espalda encorvada de Cives flanqueada por la de su hijo a la derecha y la de Dunesa, la joven hermana de Kaliani, a la izquierda.

Antes de dar la señal, formuló una plegaria muda al vacío del cielo.

—¡Concentración! —bramó.

El murmullo reinante se extinguió de golpe, reemplazado por un silencio sepulcral que parecía traspasar los millones de toneladas de roca que comprimían la bóveda—. Todos a una... visualizar la nave y... arriba.

Los alenitas cerraron los ojos, suspirando en busca del punto exacto de equilibrio mental.

Algunos apretaban los puños con fuerza, intentando canalizar el poder a través del aire; otros buceaban en la quietud de su propio interior.

El objetivo común era crear un torrente invisible que fluyera desde sus sienes, resbalara por sus brazos y golpeara los anclajes de piedra que previamente habían soltado.

Cada cual empujaba con su mente hacia el punto exacto asignado por el científico.

Liseng, que a última hora había accedido a formar parte del círculo en la zona de la popa, abría y cerraba los ojos a intervalos irregulares.

Con los párpados bajados, su semblante adquiría la dureza ascética de una piedra tallada; al abrirlos, reflejaba la estupefacción de un niño ante un truco de magia.

Entre los curiosos de la entrada, muchos imitaban el gesto cerrando los ojos por pura empatía.

La nave —una estructura ovalada con forma de almendra de cuarenta y cinco metros de eslora, veinte de manga y un perfil que variaba desde los siete metros de altura en su punto más álgido hasta los tres de la afilada proa— debía de pesar no menos de cincuenta toneladas.

Y, sin embargo, comenzó a traquetear con timidez.

Justo allí donde padre, hijo y cuñada aplicaban sus energías, las rocas planas sobre las que descansaba empezaron a resquebrajarse, disparando esquirlas a los pies de los participantes, un detalle que sirvió de acicate para redoblar el esfuerzo.

Cinco minutos de tensión insostenible más tarde, una mujer de mediana edad, apostada en la retaguardia de estribor, se desmoronó sobre las rodillas víctima de un síncope.

Liseng se percató del desplome cuando ella ya yacía inerte.

Asustado, rompió el vínculo mental y ordenó el alto mientras se lanzaba a auxiliarla.

Como fichas de dominó cayendo en cadena, los rostros de los congregados se relajaron de inmediato, dando paso a un murmullo de quejas y zozobra. Por fortuna, momentos después la mujer recuperó el sentido.

Espoleado por aquel primer atisbo de movimiento, Cives exigió que cada cual retomara su puesto.

Un anciano protestó pidiendo tregua; un segundo asintió cansado, y un tercero suplicó permiso para sentarse.

Al ver que el grupo se desmoronaba, Liseng asumió el mando y decretó un receso.

Con pasos largos y ceremoniosos, se acercó al científico.

Durante unos instantes, conversaron en voz baja, sin aspavientos, pero con la urgencia pintada en el atril de sus rostros.

Mientras Cives se aferraba con uñas y dientes a los magros resultados obtenidos, el presidente del consejo opinaba que insistir era cavar su propia tumba.

—Solo necesitamos tener fe, Liseng, y tú eres el primero en vacilar. Háblales. A ti te respetan; si te ven convencido, redoblarán los esfuerzos.

—Ese es el problema, Cives: no estoy convencido de que esto sea una buena idea —replicó el presidente, cariacontecido.

—¿Qué te aterra más? ¿Que la nave no se eleve o lograr, al fin, evacuar a nuestra gente en su interior?

—Francamente, ambas cosas.

—Que abandones tus dudas es algo que no me atrevo a exigirte. Pero que te impliques en la seguridad de los viajeros... a estas alturas, esperaba no tener que recordártelo.

Liseng recibió aquellas palabras como una bofetada sorda.

Cives adivinó la tempestad interior que libraba tras sus párpados semicerrados y su respiración entrecortada.

Comprendiendo la montaña rusa emocional que el presidente intentaba escalar, le apoyó ambas manos sobre los hombros en un gesto de franca camaradería.

Liseng exhaló todo el aire contenido en sus pulmones, abrió los ojos y fijó su mirada en la de su compañero a escasos centímetros.

Una sonrisa torcida pero firme cruzó su rostro.

Sin añadir una palabra más, caminó de regreso a su puesto en la popa.

Aquel destello de seguridad corrió por el grupo como un reguero de pólvora.

En segundos, todos volvían a estar listos.

Liseng barrió con la mirada a los presentes, transmitiendo una corriente eléctrica invisible que infundió valor en cada semblante.

Dando un paso al frente como quien desafía al abismo, cerró los párpados; el resto de la formación imitó su movimiento de inmediato.

Cives sintió que el riego sanguíneo se le disparaba desde la planta de los pies hasta erizarle el vello de la nuca.

Cincuenta segundos más tarde, em medio de un silencio atronador, la nave comenzó a despegarse del suelo.

El sonido de las rocas frotándose y crujiendo antes de ceder, unido al estallido de una nube de polvo ancestral que brotaba de las entrañas del suelo, inundó el aire con reminiscencias de triunfo.

Todos visualizaron al unísono el bloque petrificado suspendido sobre sus cabezas.

En la entrada, los curiosos observaban boquiabiertos cómo el coloso oscilaba de proa a popa: para unos era una pluma frágil mecida por el viento; para otros, un gigantesco monstruo intentando sacudirse de encima grilletes seculares.

Goser abrió tímidamente los ojos. La nave nodriza se elevaba majestuosa, flotando a dos metros del suelo.

Sin embargo, en lugar de euforia, una fatiga brutal le recorrió los huesos, como si estuviera sosteniendo el peso de aquel armazón con la fuerza exclusiva de sus propios músculos.

El dolor en las sienes se tornó insoportable.

Al cerrar los ojos con más fuerza para compensar, descubrió que los rostros de sus vecinos reflejaban la misma mueca de pura agonía.

Poco a poco, el dolor superó a la concentración.

La nave dejó de ascender, quedando atrapada en un limbo ingrávido y amenazador, zarandeada por corrientes invisibles como si fuera a venirse abajo y aplastar a quienes la sostenían a ciegas.

Incapaces de soportar la presión, un par de alenitas se desplomaron de rodillas.

Cives, con el alma encogida, sintió que él tampoco resistiría mucho más.

Los espectadores de la entrada rompieron a gritar, agitando los brazos para advertir del peligro inminente.

Como un castillo de naipes sacudido por el viento, los operadores fueron perdiendo el escaso hilo de concentración que les quedaba.

La nave pendía a escasamente un metro del suelo, sostenida ya por la voluntad de tan solo dos alenitas.

Goser, alertado por el griterío, abrió de nuevo los ojos y la escena lo dejó paralizado: Liseng, con los brazos abiertos en cruz, canalizaba tanta energía que parecía sostener y gobernar la mole él solo.

Con extrema lentitud, el presidente bajó las manos, y la aeronave se posó con delicadeza sobre la piedra, devolviendo al recinto un peso tangible y aplastante.

Un silencio absoluto, denso como el plomo, se adueñó de la caverna.

Goser, exhausto, se dejó caer de rodillas y gateó hasta su padre, que intentaba recuperar el aliento con estertores ahogados.

Sin embargo, el mutismo sepulcral duró apenas unos segundos antes de romperse en jirones de murmullos que estallaron, al fin, en vítores ensordecedores.

Un grupo corrió a abrazar a padre e hijo; el resto se abalanzó sobre Liseng, izándolo sobre sus hombros entre aclamaciones, transformándolo de la noche a la mañana en el gran héroe de la comunidad.

Liseng mostraba una alegría franca, un desahogo genuino que nadie le recordaba.

Aquello era, indiscutiblemente, un éxito a medias, pero abría una rendija infinita de posibilidades.

La nave seguía allí, inamovible, pero había perdido su halo inexpugnable.

Por sí sola, había logrado algo mucho más valioso para Cives en aquellos instantes oscuros: jamás volvería a sentirse solo.

Ahora contaba con el respaldo inquebrantable de su gente.

En su interior, las fuerzas renacieron con brío renovado; de pronto, el mundo entero volvió a parecer posible.