12 PRIMERA ESCALA #5
Alicia giró la cabeza para despedirse y cerciorarse de que regresaba a su puesto; notó con alivio cómo un peso muerto abandonaba su espalda.
Las mejillas recibieron la dureza del viento; con no pocos esfuerzos logró calzarse la capota del anorak.
Los gruesos guantes no servían de mucho para aquella tarea.
Una de las Zodiac zarpaba completa en busca del rompehielos.
El nerviosismo y el fastidio se rebelaban entre las risas y mofas que unos a otros se lanzaban para enmascarar su desilusión, aunque en el fondo aquel contratiempo les resultaba divertido.
De todas maneras, ya les habían advertido de que, si el tiempo es a veces predecible en el resto del mundo, esa palabra no entra en el diccionario del clima antártico.
Afortunadamente, el mar continuaba en calma; el regreso al barco no les demoró más de lo necesario.
Alicia formó parte de la tercera andanada de rescate.
Para entonces el viento rugía furioso y amenazador a sus espaldas, como un oso acechando.
Al subir a cubierta oteó el horizonte sin la polaridad de las gafas: la bella línea parecía la puerta de un infierno helado, como las fauces de un monstruo reptando entre los riscos y valles congelados, la prueba palpable del cambio de planes para la primera noche, una visita inesperada que frenaba sus intenciones más primarias.
Tras la hora de la cena, la intensidad lumínica no había variado de manera sustancial, no así la violencia del viento, que silbaba huracanado cuando se colaba entre los rincones de las distintas cubiertas del Princess Royal .
La playa continuaba balanceándose a trescientos metros, aunque apenas si podían divisar su contorno; las nubes de polvo blanco borraban sus líneas como una enorme esponja.
El turbio aire deshacía los grises y marrones colocando su blanco perpetuo como una zarpa.
El carguero oscilaba entre las olas picadas hasta resultar tan inalcanzable como la luna; no habría posibilidad de fiesta esa noche.
Regresó a la cubierta principal, pidió un cóctel en la barra y paseó la mirada por las mesas. Diez minutos después decidió pasar del bingo y se refugió en su camarote; era la hora de buscar una compañía que había guardado hasta el momento de pisar el continente helado: el diario de su padre.
El vendaval que se batía en duelo con el rompehielos tras los cristales la ayudó de manera significativa para caldearse la piel con las reflexiones que Juan Luis había escrito en la soledad de su tienda, en noches similares a la actual, varado en medio de la nada, obligado a detener su búsqueda de un imposible oculto por más de diez mil años de hielo y nieve.
Una mágica idea que aparentemente había pasado desapercibida para las miles de expediciones que llevan cerca de un siglo explorando la resistencia humana contra las extremas condiciones.
De quimera la habrían catalogado si en alguna ocasión se hubiera atrevido a pronunciarla en voz alta.
A medida que avanzaba en las páginas, sentía que el viento que golpeaba los cristales traía adheridos los lamentos y penalidades que su padre había soportado en soledad, en la soledad triste de un secreto que araña tus entrañas.
Había escrito que, a pesar de las fatalidades sufridas día tras día, no podía mostrar su desánimo para que sus compañeros no perdieran ni la fe ni las pocas fuerzas que estaban a punto de agotarse, más si cabe porque ellos no lo sabían: solo Juan Luis conocía la verdad, la triste realidad.
Regresaban con las manos vacías y las esperanzas rotas; si para todos continuaba siendo una incógnita aquella odisea, el interrogante que ahora les preocupaba era lograr continuar con vida.
La base McMurdo era su salvación, a aproximadamente quinientos kilómetros de un frío mortal, sin posibilidad de contactar con nadie tras la rotura de la radio y el extravío de la pequeña de repuesto.
Una tormenta semejante a la que Alicia sufría en el confort de su camarote les envolvió con su funesto manto y centenares de peligros desconocidos, peligros que hasta ese momento vivían solo en los libros de otros.
Aquel pasaje la hizo sentir despreciable, aunque ese mismo sentimiento la acercó un poco más a su padre cuando describía con detalles la angustia que sufría.
En los momentos de máximo desánimo, siempre sus pensamientos más dulces, más sinceros, eran para ella, su hija, a la que siempre imaginaba feliz, jugando sin preocupaciones en el patio del colegio.
Una lágrima apareció en su mejilla cargada de culpabilidad.
Cerró el libro, decidida a continuar con aquella suicida aventura: McMurdo debería ser su próximo objetivo.
Si en un principio había pensado que aquel crucero debía ser una primera toma de contacto, ahora estaba resuelta a no alejarse de la Antártida.
A cada lamento de Juan Luis, su alma se resquebrajaba; el sabio Pepito Grillo le mostraba el camino a la cordura, sabía que no estaba preparada para una aventura similar, ni por asomo.
Un fuerte trago al cóctel y el alcohol aplastó al grillo como a una vulgar cucaracha.
Continuó con la lectura, sintiendo como suyo cada tormento plasmado por su padre.
Algunas páginas presentaban los bordes arrugados, pruebas de las incómodas posturas y el maltrato de cientos de golpes.
Alicia imaginó aquel manuscrito soportando el traqueteo cansino y lento, enfrentado a las condiciones más adversas, al abrigo de la mochila sobre la espalda de su padre, una pesada carga que necesitó de millones de esfuerzos para sobrevivir.
Unos cercos oscuros indicaban que al menos en una ocasión debió sufrir un accidente acuático; unas pequeñas hendiduras sobre las esquinas de la contraportada mostraban las huellas de unas pinzas de secar la ropa.
Alicia valoró más que nunca los esfuerzos de Juan Luis por preservar su mensaje, sintiéndose desagradecida y egoísta por no haber sido capaz de leer las palabras de su padre, el legado de un desconocido que solo para ella escribía, incluso en los momentos de máxima desgracia; solo en ella pensaba.
Por otro lado, de haberlo leído en la soledad de su piso en Madrid, con el ruido de la ciudad como fondo musical, quizás no hubiera podido apreciar la intensa sensación de soledad y desamparo que bullía en el atormentado corazón del hombre que le había dado la vida.
El desánimo y la derrota cabalgaban al galope por el interior de su alma; un escalofrío estúpido recorrió su espina dorsal intentando hundirla en la tristeza.
Aun sintiendo aquel desgarrador dolor, se obligó a continuar con la lectura para desechar aquellos nefastos pensamientos que, junto con el huracán que zarandeaba el barco, poco a poco minaban su resolución e intentaban devolverla a Madrid.
La alegría regresó a padre e hija. Juan Luis relataba alborozado un esperanzador y luminoso amanecer; la apacible temperatura, de solo dieciocho bajo cero, sin vientos en el desierto de nieve, resultaba como una tarde de agosto en España.
Aquellas páginas abrían una puerta a la ilusión; el grupo, animado por la bonanza del nuevo día, avanzó considerablemente en la dirección idónea.
Cercana estaba la llegada de la efímera noche de tres horas cuando fueron rescatados por un grupo de geólogos noruegos a bordo de un vehículo oruga.
Al siguiente mediodía llegaron a McMurdo, donde fueron recibidos como héroes, como lo son todos quienes burlan a la muerte en aquellas inhóspitas tierras.
El diario proseguía, relatando sin pasión cómo abandonaron la Antártida a bordo de un Hércules con destino a Nueva Zelanda, desde donde regresaron a España.
Juan Luis detallaba su reencuentro con Alicia: una jornada de juegos en el parque y la cena en una pizzería antes de regresarla a casa ya fundida en un profundo sueño.
Esas dos páginas eran las únicas que sonaban a diario convencional.
Alicia buceó en sus propios recuerdos; no fue capaz de rescatar resquicio alguno sobre aquella jornada, clavada en la retina de su padre como el verdadero destino de su viaje.
El relato saltaba un mes completo. Escribía en la privacidad de las mazmorras del banco toledano, tras el regreso de un corto viaje de cuatro días a Mallorca; no lo mencionaba de manera explícita, pero todo parecía indicar que el hombre con quien se había reunido no era otro que el enigmático inventor.
Juntos habían descubierto un error en sus cálculos sobre las coordenadas, lo que sin duda no solo había provocado el fracaso de la expedición, sino la necesidad del regreso.
Estaban en marzo; tenía por delante nueve meses de intensos preparativos e incansables reuniones para recaudar fondos, sortear las trabas burocráticas y obtener los permisos necesarios.
Pero allí, entre palabras de amor paternal y esperanzas de futuro, tenía Alicia las coordenadas que perseguían a su padre, reclamándola como un canto de sirena, una llamada imposible de rechazar.