Huellas bajo el hielo 12 PRIMERA ESCALA #4
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12 PRIMERA ESCALA #4

En el verano, dispones de luz durante casi todas las horas del día, mientras que en invierno el cielo permanece en una prolongada penumbra.

En el Polo Sur Geográfico, que por cierto cambia de posición constantemente, hay un solo día y una sola noche, de seis meses cada uno.

Las naciones con derecho a instalar bases han firmado el Tratado Antártico, que se renueva cada año y que define esta como una tierra de todos, destinada a la paz, el progreso y la ciencia.

Nadie puede considerarse como habitante; allí todo el mundo está de paso.

Durante el verano, cerca de diez mil seres ocupan las bases científicas repartidas por el continente, abanderadas por más de veinte países diferentes.

Tanto científicos como expedicionarios deben cumplir estrictas normas; entre ellas, la prohibición de dejar ningún tipo de residuo.

Alicia trepó por un pequeño montículo; ante sus ojos se abrió una planicie blanca cuya línea se perdía en el olvido.

El cielo despejado que les había recibido la hacía brillar cegadora, incluso parapetada tras las súper polarizadas gafas oscuras que les habían entregado en el barco.

Las lentes llegaron adosadas junto a repetidas advertencias de no quitárselas bajo ningún concepto, consiguiendo que el miedo a las lesiones oculares hubiera calado hondo.

A lo lejos divisó cortas ráfagas de viento que jugaban con la nieve suelta haciendo cabriolas hasta enterrarlas en el horizonte.

Por un momento sintió la opresora soledad del continente.

El motor del camión oruga lanzó un estertor ronco que sembró el ambiente de movimiento; varios marineros apilaban la carga que no habían podido subir al cajón trasero, mientras otros la utilizaban como bancos para esperar sentados el regreso de la lancha con más material.

Alicia se acercó a ellos con pasos imprecisos.

Las botas de caucho serían necesarias, pero resultaban lo más antiestético que uno podía calzarse a la hora del cortejo que Alicia tenía en mente como inevitable método de buscar información.

Pensó varias frases y probó diferentes tonos mientras se acercaba a los improvisados estibadores; al final saludó con un escueto «hola» adornado con la sonrisa menos gélida que logró esbozar.

Interiormente dudaba haberlo conseguido, aunque se consoló a sí misma: cualquier mujer puede convertirse en el centro de atención de unos marineros cansados de toparse a diario con las mismas caras.

Un joven rubio, con el rostro plagado de pecas, se levantó galante, como movido por un resorte cargado de testosterona.

Sacándose la gorra de lana, pudo mostrar unos ondulados y fuertes rizos que nacían desparramados con el mismo color de su moteada cara.

La sonrisa reveló una fila de dientes largos y picudos que conferían cierta simpatía a un rostro de pícaros ojos color almendra, acabando por adornar su aire de bufón al formar una pose con su cuerpo desgarbado y larguirucho, un galante gesto que pretendía ser una reverencia con remolinos de brazo incluido.

—Mi nombre es Mauricio Frei, y os anuncio que estoy a vuestra entera disposición, bella dama.

El marcado acento sudamericano descolocó un tanto a Alicia, que no lo esperaba tras aquella piel blanca de cabellera leonina, sugestionada tal vez tras varios días de empaparse en una docena de idiomas flotando por los pasillos del Princess Royal .

—Os presento a mi compañero y hermano, Oswaldo Pérez. Ambos somos hijos de la preciosa tierra chilena, que no podría jamás competir con vuestra excelsa belleza.

Alicia sonrió tras las capas de ropa, soslayando la mirada lasciva que llegaba envuelta entre tanta parafernalia, mientras saludaba con una leve inclinación de cabeza a Oswaldo.

Este, sentado y con una desinteresada mirada, se mostraba corpulento y moreno; su aspecto denostado indicaba haber superado la tercera década de vida.

Unas marcadas líneas surcaban su rostro hasta convertir la piel en pliegues de cuero.

La cansada mirada enseñaba como un estandarte el esfuerzo soportado por cientos de vientos en innumerables travesías, aunque no empañaban la joven y viva estampa de un viejo lobo de mar embutido en un cuerpo núbil y sólido.

La estridente voz del pecoso sustrajo a Alicia de sus pensamientos.

—¿Qué se le ofrece a la bella princesa? ¿Tal vez un poco de agradable y viril compañía, o una escolta hasta su regreso al castillo flotante que hasta estas tierras os ha traído con venturosos y propicios vientos? —dijo el tal Mauricio, colocándose de nuevo las gafas oscuras.

—Gracias, gentil caballero, por vuestro ofrecimiento —contestó Alicia, intentando mantener el tono medieval—. Solo pretendo saciar mi curiosidad: ¿hacia dónde llevan este cargamento?

—Esto, querida mía, son las primeras provisiones que se toman acá desde hace meses. Las transportaremos hasta la Base Palmer; desde allí se distribuirán a distintos lugares.

—¿Y en esos lugares vive gente durante el invierno?

—Claro, se la pasan estudiando, roncando, leyendo y esperando.

—¿Y qué esperan, si puede saberse? ¿A vosotros?

—Pues claro, mi hija. Necesitan nuestro chocolate y el papel de retrete, entre otras cosas —dijo Mauricio con un tono demasiado condescendiente, aunque sin abandonar la resplandeciente lascivia de su mirada babosa.

Alicia miró al suelo para evitar la náusea al ver un hilo de espumosa saliva corriendo de sus labios hasta la lampiña barbilla, desde donde colgaba como una tela de araña.

—Imagino que será duro llegar hasta esa Base Palmer.

—Si el tiempo es bueno, unas tres horas en el camión; caminando, normalmente el doble. Pero cuando sopla la ventolera, si la brújula funciona, nadie te quita las cinco o seis horas. Si vas pateando, mejor buscar refugio y esperar que escampe.

—¿Y vosotros vais hasta allí?

—Claro. En el último viaje, después de tres semanas encerrados en ese cascarón, nos merecemos una noche de fiesta.

No es Río de Janeiro, pero al menos evitamos el bamboleo de las olas.

Si quieres puedes venir; allí el único bamboleo será el de nuestras caderas moviéndose al son de la música.

Mañana en la tarde regresamos para a la noche zarpar de nuevo; en cuarenta días estamos de regreso con otra carga —dejó caer con un lastimoso tono de fastidio.

—No me importaría, pero nuestro barco zarpa esta misma noche.

—Es una lástima, princesa, nos divertiríamos. Ya sé que a las españolas les chiflan las fiestas nocturnas —dijo con un tono de malicia que Alicia no supo cómo interpretar.

Oswaldo encendió un cigarrillo. Tras las gafas oscuras, Alicia intuyó que lanzaba encendidas miradas sobre el joven compañero, mostrando una aburrida vergüenza ajena tras la barba negra de pocos días que crecía arremolinada entre las cicatrices de la vida.

A pesar de ello, Alicia sentía una conexión especial hacia aquel hombre; realmente lo encontraba atractivo, ¿o era pura necesidad?

Todo lo contrario que emanaba del pecoso, a pesar del enorme y baldío esfuerzo que desplegaba.

El ojo ve lo que desea ver; Alicia se dio cuenta de lo mucho que ansiaba sentirse amada.

Una helada ráfaga de viento trajo alojada una pequeña cantidad de nieve; a veces, las partículas de hielo en suspensión hacen refulgir el aire como si estuviera cuajado de diamantes.

Aquel viento había aparecido de repente, como si alguien hubiera dejado una puerta abierta en el horizonte.

Alicia sintió un escalofrío sobre su nuca que la obligó a girarse noventa grados.

Al levantar la mirada vio a los dos guías calándose los cascos del anorak sobre el protector gorro de lana; agitando los brazos, llamaban al grupo.

Se giró de nuevo para comprobar que los dos marineros volvían a ocuparse de la carga.

Sobre el agradable azul cielo comenzaban a dibujarse líneas de un gris ceniciento que no presagiaban fiesta.

Se despidió con un escueto «hasta pronto» y partió hacia la otra esquina de la playa con andares de pingüino entre las movedizas piedras.

Mientras caminaba, observaba la ladera de una loma blanca donde los turistas se desperdigaban llenando de color el frío ambiente, como gominolas rojas, verdes y azules en el fondo de una enorme caja; los dos guías los controlaban en la distancia como profesores al final del recreo.

—Si el tiempo empeora mucho, es posible que tu barco pase aquí la noche, y nosotros no podremos partir para la Palmer —las palabras de Mauricio la sobresaltaron como una aparición fantasmal; el pecoso había corrido tras ella, dando a sus palabras un tono de última oportunidad—.

De todas maneras, celebraremos la fiesta en nuestro viejo cascarón, estás invitada.

—Gracias, lo tendré en cuenta —contestó sin detenerse y sin estar por entero rehecha del susto.

El viento comenzaba a ser constante a sus espaldas.

Sobre la playa y el mar el cielo continuaba despejado, no así la línea del horizonte a retaguardia, que empezaba a difuminarse como barrida por aquel gélido viento bajo que se metía por las botas y atravesaba todas las capas de ropa que tanto esfuerzo le había costado colocarse.

Unos metros más adelante, el grupo de turistas se estaba compactando al borde de la orilla.

El pecoso frenó y un segundo después se despidió.