Huellas bajo el hielo 12 PRIMERA ESCALA #3
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12 PRIMERA ESCALA #3

Antes de perder la sensación de concordia con el cosmos, se retiró a su camarote con un escalofrío dulzón entre los dientes y una mirada pícara de juventud.

Durante horas no logró conciliar el sueño, obligada a perderse en las sendas del onanismo de las que quería huir a base de sueños.

Una pequeña sábana de estrellas brillaba para ella sola colándose por el ojo de buey de su caro camarote individual; una diminuta porción de cielo —y, por ende, incapaz de albergar tanta soledad— recibía aquella luz como una pesada capa de mantas encima del cuerpo.

Un punto parecía brillar con luz propia por encima de las demás; Alicia creyó ver la silueta de su padre velando por ella.

Por alguna extraña razón ya no estaba sola, ni tampoco perdida; ahora podría dormir.

Las dos siguientes jornadas las asesinó participando en todas las actividades que pudo dentro de aquel hotel flotante que surcaba las olas con parsimonia y seguridad.

Los atrevidos bañistas del primer día se conformaban ahora con recibir las caricias del tímido verano embutidos en sus anoraks, tumbados en los aledaños de la piscina con un cóctel como compañía.

El viento de proa cada vez llegaba más entumecido, anunciando el helado territorio que aún se escondía tras la negra línea de mar salada.

Alicia asistió a una clase —con más interés por los jóvenes desparejados que por los consejos del fotógrafo, que les explicaba cómo sortear los escollos de las especiales condiciones de luz con las que se encontrarían tras superar el paso de Drake—.

Las turbulencias en forma de guadaña no lograron amilanar la poderosa marcha del buque.

La expectación crecía entre los pasajeros, gracias en parte al frío y en parte a las encendidas explicaciones, adornadas por numerosas muestras de una desmesurada y discutible fascinación por las colonias de pingüinos y otras repetitivas y maravillosas promesas que encontrarían tras superar el mar de Hoces, como también se conoce al paso que separa definitivamente el continente americano para adentrarse en el enigmático y atrayente continente helado.

Lejos quedaba ya el cabo de Hornos, donde los dos océanos se dan la mano.

Antes de despuntar el alba, junto al lagañoso sol, se hicieron visibles los primeros picos helados de las numerosas islas que rodean y protegen como centinelas a la península Antártica.

Mil kilómetros de travesía tocaban a su fin con una fanfarria de sirenas que unos barcos se lanzaban a otros congratulándose por su osadía.

El imponente espectáculo, que les hacía proferir exclamaciones de ojos muy abiertos, mejoró con la renqueante marcha del rompehielos, que había decelerado sus máquinas para que los pasajeros rentabilizaran los caros pasajes con sus primeras fotos de focas tomando el sol y de innumerables petreles que anidaban en las escarpadas costas de un marrón intenso y mojado, libre por fin del blanco manto del invierno.

Para entonces ya era imposible salir a cubierta sin la protección del grueso anorak de plumas que incluía, en régimen de préstamo, la factura del crucero.

Varios turistas aceptaron la oferta de subir a las desde aquel momento imprescindibles Zodiac , embutidos entre las arrugas incómodas de unos trajes ajenos.

Pocos, como Alicia, fueron los que se perdieron el espectáculo de tocar con las manos la escasa vegetación y fotografiar la numerosa fauna; desde la cubierta se limitó a contemplar los resbalones y las poses con la ayuda de unos prismáticos prestados por un jovencísimo marinero chileno de amplia sonrisa y ojos de gato que, curiosamente, siempre estaba cerca cuando se giraba.

En principio no había pasado de ser uno más de la atenta tripulación, pero esa mañana, sobre una hilera de dientes pequeños y desiguales, se reflejaban las verdaderas pretensiones del grumete, quien al sentirse libre de la mirada de sus compañeros lanzaba con desparpajo su sedal.

Con poco tacto, la fealdad del aspirante a marino se convirtió en un freno, y Alicia se sumergió en un mar de contradicciones, más agitado que la superficie salada que las barcas hinchables sorteaban.

Por un instante se arrepintió de no formar parte de la avanzadilla; aquel lascivo ayudante parecía más peligroso que las montañas heladas de las primeras islas que rodean a la accesible y visitada península, donde la ausencia de escarpadas costas y la temprana desaparición de las nieves y el hielo acumulado durante el inviolable invierno la hacían esencial para el desembarco de la mayoría de expediciones que se aventuran sobre el sexto continente del planeta, exactamente igual que su padre había escrito dos lustros atrás.

Durante la efímera noche, el rompehielos había atracado frente a una pequeña bahía de la península Antártica.

El paisaje, de un blanco cegador, se había vuelto monótono tras las primeras asombrosas horas; con la luz del amanecer, el litoral se tornó de un sucio gris moteado de marrón.

La diminuta playa dibujaba sus contornos sobre un agua negra a solo doscientos metros de distancia; la arena, en realidad, estaba compuesta por pequeñas piedras de todos los tonos, del gris al negro.

Alicia retuvo la mirada en los marineros que faenaban con la grúa, botando las vistosas Zodiac naranjas que los acercarían a tierra.

Los rostros de la tripulación no mostraban signos de haberse contagiado del entusiasmo de los pasajeros, que, embriagados por el aire húmedo y gélido que presagiaba aventuras, se arracimaban en cubierta aguardando su turno para embarcar.

El momento parecía vestirse de una trascendencia especial, como si pisar el continente supusiera la consecución de una meta, restando méritos a la visita guiada del día anterior al corazón de un par de islas plagadas de pingüinos emperador y multitud de aves carroñeras.

A la derecha de la pedregosa playa, donde nacía el manto blanco que resultaba un anuncio de miles de kilómetros de unanimidad, un grupo de siluetas trabajaba cargando bultos en un camión oruga que parecía un mamut en medio de un campo de girasoles.

Otro barco, con el casco partido en dos colores a escasos centímetros de la línea de flotación, permanecía anclado a unos trescientos metros del Princess Royal , dejándose mecer por las olas como una insignificante boya colgada del sedal.

Desde allí partían sin descanso dos lanchas que capoteaban las olas en una especie de autopista desde el barco hasta la playa; zarpaban cargadas para regresar libres después de vaciar su carga junto a la orilla.

Entretenida en los quehaceres del otro barco, le llegó el turno de subir a la Zodiac .

Las numerosas capas de ropa no solo arrebataban la gracia del cuerpo, sino que impedían la fluidez de sus extremidades; con la ayuda de un galante afrancesado logró tomar asiento.

El roce plástico de unos hombros con otros le recordó al muñeco de Michelin.

Estaba doblemente incómoda: por el exceso de ropa y por culpa de la compañera del amable gabacho, quien escondía sus garras afiladas tras las gafas de sol, mostrando con insolencia unos morros de besugo, pintados en extremo para la ocasión.

Tanto la indiferencia del joven como la animadversión de su compañera resultaban inconfundibles.

Al tomar tierra, prefirió dejarse ayudar por los miembros de la tripulación; no quería conflictos fronterizos provocados por los celos.

Poner un pie sobre la misma tierra donde su padre desapareció no supuso ese maravilloso sentimiento de cercanía que creía experimentar cuando planeaba el viaje en el salón de su casa.

La incomodidad de movimiento restaba gran parte del encanto, confundía las percepciones; necesitó concentrarse para sentir que había alcanzado una de sus metas.

Desde la orilla contempló el mar abierto, empapándose de una brisa insípida.

A su lado, los turistas que la habían acompañado entre las gomas de la Zodiac no paraban de moverse como cabras en un monte, sin dejar de balar exclamaciones y sonrisas mezcladas con el vapor de sus respiraciones, configurando poses para las inevitables fotos.

Alicia se acomodó el gorro, dispuesta a buscar sus propias sensaciones.

Poner un pie en la Antártida es como llegar a otro planeta; las ansias de explorar se avivan con el tremulante pálpito sanguíneo.

Su mero nombre evoca lejanía, condiciones extremas y soledad.

Pero también aventura y descubrimiento. Las montañas de hielo, los vientos huracanados, los cielos con varios soles, espejismos y condiciones más parecidas al espacio que nos retratan en la ciencia ficción.

La realidad es bien distinta: la Antártida es hielo.

Cantidades inconmensurables de hielo que forman una circunferencia de cuatro mil quinientos kilómetros de diámetro, formando plataformas kilométricas sobre el océano.

Hielo que se acumula entre capas de centenares de metros y hasta cinco kilómetros por encima de la base rocosa.

Hielo que supone cerca del ochenta por ciento del agua dulce del planeta.

Pese a lo que pueda parecer, el continente antártico es el más seco del mundo: hace tanto frío que la humedad no puede condensarse; se registran menos precipitaciones que en el Sáhara.

El viento produce a menudo cortantes ventiscas de velocidades mortales —de hielo, no de nieve—.

Todos sus adjetivos acaban en superlativo, ostenta todos los récords: más agua dulce, menos lluvias, temperaturas extremadamente bajas, etcétera.