Huellas bajo el hielo 12 PRIMERA ESCALA #2
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12 PRIMERA ESCALA #2

Alicia era feliz en aquel entorno. La mesa era pequeña y redonda, rodeando los cubiertos y la cristalería, dos copas impares y un cuchillo y tenedor pasados de moda; sobre el mantel aún quedaban restos del último comensal en forma de migajas de pan.

La camarera pasó tres veces corriendo por delante de su mesa antes de acordarse de ella.

Cuando por fin frenó —rozando el mantel con sus muslos y las manos vacías—, sacó una libreta de esquinas arrugadas de uno de los bolsillos del delantal, mimetizado a base de lamparones como un mapa de recuerdos.

Alicia se dejó sorprender por un acento caucasiano, fácilmente identificable en las suaves erres y las guturales ges, que la chica regaló entre resoplidos mientras recitaba la docena de platos especiales de la noche.

Alicia dijo que sí al último, como intentando paliar el sofoco de la atareada camarera; cuando esta se marchó, no estaba segura de qué iba a cenar.

No había terminado el pensamiento cuando la rubia regresó con una jarra de un vino negro y espeso que dejó sobre la mesa con antelación a la frenada de sus pasos; unas gotas salpicaron los bordes de la vasija sin llegar a manchar el blanco mantel.

Mientras, el músico aporreaba su guitarra con algo parecido al Concierto de Aranjuez .

Alicia detuvo su mente entre las cuerdas del instrumento; de entre los trastes parecía salir la bailarina de la heredada caja de música.

No pudo reprimir un sentimiento de proximidad con su padre; tragó con dificultad la bola de lágrimas que atoraba su garganta, y para desembarazarse de ella utilizó un enérgico movimiento de cabellos sueltos y un generoso trago de vino.

En ese momento, la europea del norte regresó con las mismas prisas, dejando un enorme trozo de carne asada delante de sus ojos; el plato apenas se veía entre la carne y la guarnición de patatas y verdura cocida.

Ni por asomo podría dejar el hueso como el que la había recibido a la entrada.

Cenó con apetito, ayudándose a engullir aquella carne dura con un exceso del vino oscuro y dulzón que se mezclaba en su cabeza con las notas de música y el nicotínico y áspero ambiente.

Acabó envolviendo su cena con ecos de las animadas charlas de las mesas aledañas.

La mesera regresó interesándose por el estado de la carne; ella solo pensaba que tenía que deshacerse de aquel vicio de espiar conversaciones ajenas.

De las piernas y el semblante rubio de la camarera habían desaparecido los signos del sofoco y las prisas; pasado el apogeo, podía continuar su trabajo regalando amabilidad y simpatía que se traducirían en mejores propinas.

Alicia se excusó al resultarle imposible continuar con el chuletón, pero aceptó probar un dulce casero como postre.

La camarera se marchó con una sonrisa y un ligero trote que pretendía emular pasos de baile, más acorde con la despreocupada bohemia del local.

Un rato más tarde abonó la cuenta con una generosa propina y salió a las luces de las calles con el regusto sobre el paladar de un delicioso pastel cuya composición no intentó adivinar

La cadencia de la calle había decrecido notablemente.

Despreocupada, avanzó unos metros hasta darse cuenta de que había confiado demasiado en su intuición: creía haberse perdido.

Preguntó a dos chicas por el hotel; estas, amarradas por sus brazos, parecieron advertir el exceso de vino en sus ojos y, sin disimular sus carcajadas, le indicaron el camino.

Afortunadamente, solo la separaban unos cincuenta metros de su destino.

La noche pasó en un tic-tac. Bajó al vestíbulo tras una ducha con los primeros alientos del amanecer; una voz cantarina brotó desde la recepción anunciando que su taxi ya esperaba.

Un desayuno impresionante quedó olvidado tras la gula de unos ojos soñolientos; su estómago repleto de carne aún no podía saborear nada más allá de un triste café.

Firmó la factura y arrastró el equipaje hasta la acera.

El taxista se abrió paso entre la serpiente de grandes autos y mayores gritos, atravesando como un relámpago la calle Florida con sus ornamentadas fachadas palaciegas de estilos genuinamente porteños hasta llegar al puerto.

El amplio y remozado hall del edificio portuario la recibió semidesértico, con sus gigantes farolillos chinos colgando como trampas de luciérnagas, como si el elevado techo fuera un gigantesco árbol de Navidad, una Pascua amarilla y calurosa que poco o nada recordaba a la retratada en los villancicos anglosajones.

Varios primos gemelos del guitarrista del restaurante aguardaban con sus carros para ayudar, a cambio de unas monedas, a los viajeros con sus maletas.

El menudo y desvalido cuerpo de Alicia fue presa fácil para este gremio; los restos del vino de la cena impidieron aflorar las energías suficientes para discutir.

El porteador que acabó ganando la carrera —una voz chillante y rápida sin aparente rostro bajo una vieja gorra de marinero— hizo las veces de cicerón y, sin dilación, la llevó hasta la puerta de embarque de los cruceros.

Alicia se despidió con celeridad mientras contemplaba la robusta silueta del rompehielos noruego, que ya a primera vista ofrecía refugio y aventuras tras los cristales.

Pasados los trámites, subió a bordo con la certidumbre de estar cruzando un punto sin retorno.

Entre el palpitante pecho y la forzada sonrisa, se despidió de la capital apoyada en la barandilla, observando el cenagoso fondo parduzco que olía a cadáver de batracios; nada sobre el horizonte presagiaba la fría y romántica travesía que los llevaría hasta el fin del mundo.

El primer día en el mar transcurrió sin sobresaltos memorables; lo más significativo de la jornada fue perderse una y otra vez en medio de paredes y escaleras de acero que formaban un laberinto de rostros desconocidos e igual de despistados.

El suave bamboleo del Princess Royal no logró culminar su cometido de marearla, pero al final de la tarde la cabeza pretendía estallar y ni siquiera la agradable brisa del Atlántico mitigaba el dolor.

Cogió unas cuantas piezas de fruta del buffet y se retiró a su camarote justo cuando el sol comenzaba a diluirse en efervescencias anaranjadas sobre la línea del horizonte.

El verano austral se parecía muy poco al verano.

Al despertar la segunda mañana, subió a cubierta y se topó con la silueta del continente rendida a los pies del rompehielos reconvertido en crucero.

De madrugada habían atracado en Ushuaia, la ciudad continental más al sur de la Tierra, un antiguo puerto ballenero que hoy en día es considerado la puerta del sol de Tierra del Fuego.

Sus hospitalarios habitantes aprovechan al máximo las veinte horas de luz solar que les brindan sus veranos desde diciembre hasta febrero, temporada alta para un cada vez más creciente turismo.

Olvidada la jaqueca de los dos días anteriores, esa jornada sí aprovechó las actividades programadas y acompañó al grupo de turistas que se desplazaron por abruptos caminos subidos en viejos todoterrenos para disfrutar de las vistas del Parque Nacional Tierra del Fuego, con la cola de los Andes helados al fondo y una maravillosa paz que solo se puede respirar entre sus lagos y su esmerada y bien protegida flora.

El guía repitió en varias ocasiones que retuvieran en sus retinas el color verde; no volverían a respirarlo hasta el regreso.

Bordearon la bahía de Lapataia y regresaron a la ciudad, donde degustaron un excelente almuerzo marinero en un pintoresco albergue con imponentes vistas al canal de Beagle.

A la teórica hora del atardecer regresaron a bordo con los bolsillos repletos de fuerzas para atravesar el paso de Drake.

Pasadas unas horas, cuando para sus cuerpos el sol debería mandarlos a dormir, el cielo aún colmaba de luz las instantáneas de los turistas; de tanto en tanto encontraban diminutos icebergs entre la negra y jabonosa superficie salada, asombrando a sus mentes ávidas de aventuras con sus escasos dos metros de hielo sobresaliendo del agua y dejándose zarandear por la fuerte corriente, sin llegar a comprender la ridiculez que les supondría pasados unos días.

Tras la cena, con el cuerpo ya acostumbrado al mecimiento del buque, se unió a un grupo de románticos empedernidos para disfrutar de la grandeza hipnótica del cielo estrellado.

Libre de contaminación lumínica, la cantidad de puntos brillantes que iban apareciendo sobre el despejado lienzo de Dios crecía a medida que el sol moría; resultó una experiencia mística que nadie quiso achacar al alcohol de la cena.

Todos se sumieron en un mundo interior de paz y comunión con la naturaleza, demostrándose a sí mismos la aplastante infinitesimal pequeñez que suponemos cada uno de nosotros dentro del universo; un lejano firmamento encendido que parecía atraerte con su enigmático canto de silencio, ralentizando los latidos del corazón, un cielo aborregado al que podías acariciar con las puntas de tus dedos con solo ponerte de puntillas.

Algunas parejas se abrazaron entre besos que presagiaban noches de sábanas revueltas.