Huellas bajo el hielo 12 PRIMERA ESCALA
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12 PRIMERA ESCALA

A licia pasó semanas de ministerio en ministerio.

Embarcarse en la fastidiosa tarea de solicitar subvenciones resulta agotador; acabas rellenando formularios que no lograrán servir para otra cosa que criar polvo durante años.

Mataba las horas de cola con llamadas a miembros del equipo que habían acompañado a su padre en la primera acometida sobre el Antártico, extraídas de la lista que Oliver le había hecho llegar; aparentemente, todos habían contraído la misma enfermedad: amnesia selectiva.

Al mismo tiempo, fue empapándose de kilómetros de superflua información durante farragosas horas de buceo por la red.

Había sido una ilusa al pretender seguir los pasos del diario de su padre; pronto comprendió que la fama abre muchas puertas, y ella era una Don nadie.

Pero, poco a poco, la inquietud había ido creciendo en su interior como un apetito inextinguible, una necesidad que solo podía ser saciada viajando tras las huellas descritas por la muñeca de Juan Luis.

Necesitaba vivir en primera persona los mismos sentimientos de asombro ante tanta belleza y misterio que su padre describía con profusión de detalles, respirar ese aire insípido que vuela entre montañas heladas y correr el peligro que su padre describía al deslizarse entre mastodónticas lenguas de hielo; una belleza que no lograba encontrar en los miles de imágenes de la red.

A medida que recababa información en los diferentes ministerios a los que era transferida, las dificultades se tornaban insalvables: recibir ayuda de los organismos oficiales resulta posible, pero más complicado que acertar la primitiva sin sellar el boleto.

Y ella tenía hambre, necesitaba aventuras.

Dedicar el dinero heredado para la universidad y partir sin mirar atrás fue tomando cuerpo en su alma.

La ingente cantidad de publicidad extra recibida en sus escarceos por internet abrió su mente hacia un camino alternativo a las instituciones: los cruceros turísticos.

En realidad, no tenía otra manera de perseguir los secretos de su padre; si todo había comenzado con la romántica idea de buscar a un progenitor desconocido, en realidad perseguía abrir una puerta para escapar de una vida cargada de sinsabores y soledad.

Para ello tenía que acallar la voz del subconsciente: la lógica decía que lanzarse tras unas huellas borradas por el tiempo era como un placebo con seguros terribles efectos secundarios.

Y el problema no era pensar en los peligros; ninguna otra región del planeta resulta tan mágica y aterradora a la vez que atrayente.

Viajar a lo desconocido es como el imán de una peligrosa atracción de feria, pero este lugar está dotado de una magia verdadera: la que se esconde entre miles de kilómetros de hielo y nieve rodeando la soledad del fin del mundo, porque allí es hacia donde estaba obligada a marcharse.

Aún con millones de dudas arañando su interior, no pudo hacer otra cosa.

Tras una soporífera jornada en Barajas —donde los cambios de horario son más numerosos que las hojas del calendario y los retrasos una prolongación del nombre—, por fin subió al avión rumbo a Buenos Aires.

Cuarenta minutos de travesía bastaron para borrar la excitación; esta se había diluido como un azucarillo, y las largas horas cruzando el Atlántico transcurrieron entre duermevelas de tontas películas y furtivas escuchas de conversaciones ajenas.

El Boeing aterrizó entre los rayos de un sol neblinoso en el aeropuerto internacional de Ezeiza, ubicado en la ladera de un desnivel rocoso cuyas paredes aparecen yermas de viviendas.

La aglomeración de casas se encuentra a menos de siete mil metros al noroeste, tras salvar la elevación que da nombre al aeropuerto y cruzar un río fangoso.

Los hoteles, en su mayoría, se apostan a veinticinco kilómetros de distancia, en los aledaños del otro mastodóntico aeroparque —el viejo Jorge Newbery—, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, situado junto a la Costanera, el contorno arenoso de cualquier ciudad portuaria.

Ya en el exterior al percibir el extraño horario de su primer día austral, cuando la falta de costumbre te hace vacilar con cada paso, se dejó conducir por un grupo de compatriotas formado por tres parejas y media, que la aconsejaron saltarse la parada de taxis y tomar un autobús cuyos conductores son menos aficionados a la picaresca fácil que abre los ojos de los turistas.

Los visitantes de Latinoamérica son una especie que la policía adorna con buenas intenciones y los taxistas apellidan de una ignorancia innata que no distingue de pasaportes, presas fáciles para sus dotes de encantadores de serpientes; aunque, para ser sinceros, esto es un mal endémico que llevan impreso en sus genes la mayoría de países, independientemente del grado de civilización que les rodea.

Dejaron atrás los autos negros de techos amarillos con sus carteles verdes de «libre», que evocaban a su hermana gemela del norte, Barcelona.

El vetusto interior del autobús que enlaza los dos aeropuertos no ahogaba ni un tono la algarabía caótica de filas de automóviles de diferentes épocas, con sus conductores gritando improperios o haciendo sonar sus cláxones como parte de una aberrante sinfonía que sonaba a prisas y mala educación, la partitura musical de fondo de cualquier ciudad que se precie de cosmopolita.

El autobús ganaba metros a mayor velocidad que los coches.

Alicia paseaba la vista por las fachadas y los carteles publicitarios, un tanto enfadada y desilusionada ante las nulas muestras de interés que el miembro impar del grupo le dedicaba: un joven atractivo y callado al que a primera vista solo podía unir un adjetivo, gay .

Elucubraciones que momentáneamente impidieron percibir con total nitidez el encanto de la ciudad; estaba cansada y no tenía intención de perderse en pesimistas divagaciones.

Acababa de aterrizar, ya tendría tiempo para las conquistas, que era otra de sus metas u esperanzas al tomar la decisión de atreverse con aquel viaje.

Nada más llegar al hotel, dejó el cansancio aparcado en el interior de las maletas sin deshacer; solo estaría allí una noche, ¿por qué no aprovecharla?

Abrió de par en par la puerta balconada de su coqueta habitación en la tercera planta del hotel Boutique Babel, plantado en el bohemio barrio de San Telmo, a solo doce minutos caminando desde el centro.

De día, las calles son populosas y alegres, con un embrujo dulcemente empalagoso; el ruido decrece con la caída de la tarde.

La atención del personal del hotel resultaba encantadora, casi íntima; se dejó aconsejar antes de salir por una mulata que parecía sacada de una película de terror.

Las fachadas rescatan fielmente el colorido de la zona, donde las tiendas son un verdadero reclamo.

El viejo adoquinado de la vía pública, entre acera y acera, te hace imaginar que de un momento a otro aparecerán personajes de novela de principios del siglo XX: un alegre organillero con su viejo y simpático mono, o un gaucho a lomos de su montura parda con un clavel en la boca que arrebatará tus sentidos con las sensuales notas de un desgarrador tango.

Sobre las luces de la ciudad, la noche había plantado un neblinoso lienzo brumoso que flotaba con sabor rancio y sucio, nunca amargo; la suave temperatura que presagiaba el verano invitaba a vivir.

Las avenidas de calles viejas y gentes habladoras respiraban un aire cargado de mil sabores a guisos y dulces fritos que en nada recordaban al pretendido y pomposo título de la «París del Sur», aunque sin duda disfruta de otro merecido como la más europea del continente sudamericano.

Calles de líneas rectas y suelos limpios sujetaban fachadas aseadas, reformadas con nuevos materiales, pero sin perder el encanto de tiempos pasados.

Alicia se dejó arrastrar por el río humano, sintiendo la vida que bullía a su alrededor, empapándose de aromas que atraían sus sueños y endulzaban los sentidos, más por escuchar con nitidez las notas de una guitarra que con pereza se desperdigaban por la acera acompañando las tristes estrofas de una garganta rota, que por saciar el gusanillo levantado por las fragancias que se pegaban a la nariz como el polen en primavera.

Entró en un pequeño restaurante con los ojos babeando, como los de un niño en un parque de atracciones para mayores.

Una guapa rubia con cara de prisas le cortó el paso con el menú en una mano y dos platos sucios en la otra; un grueso costillar bien arrebañado sobresalía por un costado junto a la parte trasera de dos cubiertos desparejados.

La voz de la camarera se abrió paso entre el murmullo de las mesas para pedir un número; Alicia informó de que venía sola y, sin perder tiempo en mirarle a la cara, se dejó guiar hasta una mesa cercana al pequeño espacio donde un maduro músico con cara de hastío y aspecto de hippie hacía llorar a su instrumento de cuerdas encaramado sobre un taburete de madera.

El largo y descuidado cabello canoso, recogido sobre la nuca con un elástico, descendía hasta la mitad de la espalda cubierta por un fino chaleco de cuero sobre una raída camisa a cuadros que parecía pedir a gritos un planchado; la cara sucia por la barba de dos días complementaba la estampa del músico, lo cual no mermaba —sino todo lo contrario— la apariencia bohemia del lugar.

Aquel hombre entrado en años, con apariencia de ser amigo de utilizar el alcohol para el olvido, resultaba como la guinda del pastel.