Huellas bajo el hielo 11 UN TRISTE PLEBISCITO
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11 UN TRISTE PLEBISCITO

L os asientos de piedra en semicírculo no fueron suficientes para acomodar a todos los ciudadanos.

Muchos se vieron obligados a sentarse en el suelo, atascando los escalones de los pasillos o acompañando a los niños que, arracimados, se disputaban el rellano que separaba la primera fila de los trece tronos de piedra que aún permanecían vacíos, peleando con sus pies por un centímetro de comodidad.

Un funesto ambiente envolvía los contornos de la enorme estancia, dejándose sentir en los murmullos de iglesia de los alenitas.

El carácter especial del evento se traducía de forma diáfana con solo pasear la mirada: la mayoría se apiñaban formando unidades familiares, borrando de sus rostros todo matiz festivo y llevando la trascendencia pegada a sus comentarios.

Para los más agoreros, aquello era el principio del fin.

En la primera fila, Kaliani observaba la escena recibiendo oleadas de tristeza.

Buceando en la memoria, buscaba momentos felices pegados a esos mismos rostros, pretendiendo transmitir calma con una forzada sonrisa cuando sus ojos se cruzaban con los de otras madres que compartían idénticos sentimientos, como si su sexto sentido las advirtiera de que la felicidad y la paz se tornarían esquivas para su pueblo de allí en adelante.

A su lado, su hijo Goser permanecía abstraído, con la mirada perdida más allá del vacío descomunal que los tronos despedían.

Las alarmas habían saltado en su corazón la noche anterior: su inseparable Menrac, dueña absoluta de sus pensamientos, llevaba dos días más callada de lo habitual.

Al principio entendió sus reservas como algo natural, como una prolongación del shock que vivía la comunidad, pero unas enigmáticas palabras pronunciadas la víspera lo dejaron confundido.

No sabía qué —o, mejor dicho, no quería creer— lo que la intuición le susurraba entre miradas esquivas, demasiado doloroso para ser cierto.

Una fila detrás, Tarvis se desesperaba sentado entre sus padres.

Su enorme envergadura no se ajustaba al infantil rostro; se retorcía con dificultad, como si estuviera amarrado de pies y manos y la invisible maroma le provocara picores por todo el cuerpo.

El culpable era su hermano pequeño, quien se agitaba nervioso encaramado sobre sus rodillas mientras trataba de sosegarlo, aguantando estoicamente la enésima queja de su madre, que protestaba sobre la decisión de traerlo con ellos en lugar de haberlo dejado en el colegio, donde esa mañana un par de jóvenes hacían de canguro para los más pequeños.

El joven, consciente de la trascendencia del momento, pretendía que el niño fuera testigo de los acontecimientos.

Por un lateral apareció la columna de próceres con sus largas túnicas.

Caminando ceremoniosamente, avanzaban con cuidado de no pisar otra cosa que el escaso suelo que se iba abriendo a su paso; sus serios semblantes acallaron el crepitar de las gradas como el agua las llamas.

La estirada figura de Liseng cerraba la comitiva, precedido por Cives.

El rostro del presidente mostraba más pesadumbre de lo habitual; parecía estar ya muy lejos de allí.

El padre de Goser fue el único que no ocupó su asiento al llegar.

Con pasos lentos y pesados recorría el espacio plano al borde de los tronos, como un ratón enjaulado.

Durante unos eternos segundos paseó la mirada por el lienzo de rostros que, como flechas, clavaban sus expectantes miradas sobre él.

Amilanado, intentaba esbozar una contrita sonrisa; al no conseguirlo, bajó azorado el rostro y, recogiendo su túnica, se dejó caer sobre el sillón con un ademán de escasa paciencia.

El auditorio se quedó un tanto sorprendido, esperando que tomara la palabra.

Liseng se levantó aclarándose la garganta con tímidos carraspeos. El silencio era tal que hasta los niños dejaron de rozar sus sandalias por el suelo.

—Amigos, nos ha costado mucho decidir cómo afrontar un problema tan especial —su voz salió atronadora, como si llegara desde el cielo—.

Tanto una como otra opción suponen un elevado muestrario de riesgos.

Nuestra sociedad siempre se ha caracterizado por la democracia; no tenemos espíritu de imponer, preferimos aconsejar.

Por esta razón, este consejo ha decidido que cada familia decida libremente: marcharse o permanecer aquí.

No tenemos otras alternativas y, desgraciadamente, el tiempo apremia.

Tanto los que decidan quedarse como aquellos que prefieran aventurarse a viajar deben comunicar su decisión a este consejo.

Se tomó unos segundos de pausa, aconsejado por la experiencia para no dejarse llevar por sus naturales excesos verbales. La gente aprovechó para interrogar con la mirada a sus vecinos de asiento; solo el viento, elevando alguna tos, ahogó tímidamente el pesado silencio.

—Aún no se ha decidido la manera de abandonar la región; nuestros científicos barajan diferentes posibilidades.

Es obvio que la amenaza del viaje supone un mayor porcentaje de peligros y esfuerzos, por lo tanto, solo aquellos que sinceramente se sientan capacitados para afrontar la travesía con un mínimo de garantías deberían aceptar esta opción.

Con esto no pretendo decir que los ancianos o los bebés estén obligados a permanecer en la región, pero para una aventura tan arriesgada y de incierto final se necesitarán más cosas que el simple y comprensible deseo de permanecer unidos a sus seres queridos.

El grave peligro que se cierne sobre nuestras opciones se antoja espinoso, y con mayor gravedad hemos de afrontarlo.

Por esta razón: si estáis de acuerdo en dividir a la comunidad, levantad el brazo, o dejadlo quieto si por el contrario preferís que se mantenga unida.

La expectativa funesta del principio se tornaba dubitativa.

Los minutos de reflexión no sirvieron para otra cosa que para preguntarse por la decisión del vecino de asiento.

Liseng clavó la mirada sobre Menrac; presa de sus tribulaciones, la joven se mordía los labios.

El presidente cerró los ojos y, suspirando, se forzó a levantar su mano libre, sosteniendo en la otra el báculo de mando que nunca antes sintió tan pesado.

Los ocupantes de las primeras bancadas comenzaron tímidamente a levantar los brazos, animados por un sentimiento de camaradería que pretendía auxiliar las dudas que percibían en los hombros contiguos.

Solo los mayores podían ejercer su derecho a voto.

Kaliani se levantó sin ninguna sombra de duda, aunque aquel respingo no logró ocultar el hondo pesar esculpido en sus brillantes ojos.

Goser, sentado a su lado, sintió un profundo sentimiento de amor hacia su madre, consciente de lo mucho que estaba sufriendo en aquellos momentos.

Fueron pocos los que resistieron el empaque de aquella ola de cuerpos alzándose; algunos parecía que intentaban tocar el cielo con las puntas de los dedos, como si allí buscaran la solución.

En medio de aquel mar de cabezas y manos levantadas, donde las sonrisas mostraban muecas de tristeza, Goser advirtió varios claros.

Ninguno tan doloroso como el formado a su izquierda: bajó la mirada para confirmar lo que su corazón sospechaba.

Menrac, sentada aún, sujetaba su cara entre las manos, presa de un río de lágrimas que su corazón no pudo acallar por más tiempo, unas lágrimas que se clavaron como cuchillos en el alma del joven.

La joven, consciente de la irrevocable decisión de su padre —quien a pesar de haber sido el primero en alzar su brazo había expresado públicamente su postura de permanecer fiel a sus creencias—, y empujada tal vez por un confuso compromiso de lealtad, se había colocado en la tesitura desgarradora de elegir entre su amor y un sentimiento paterno-filial.

Huyendo de falsos egoísmos, había decidido ser consecuente con lo que su padre representaba y, por lo tanto, permanecer a su lado.

Era un impuesto lazo sanguíneo que, si bien no siempre se convierte en el cariño más sincero, en ocasiones resulta imposible salvar; en la mayoría de los casos nubla los sentidos, apaga nuestros deseos y anula incluso los sueños.

La joven acataba pues con resignación la decisión de su padre, una solidaridad que ahora pretendía demostrar permaneciendo sentada, sintiendo ya el vacío provocado por la marcha de todos los que la rodeaban.

Liseng paseaba sus hipnotizadores ojos por el auditorio con un sentimiento de derrota que, a pesar de las circunstancias, no resultaba amargo, más bien esperanzador.

Como buen gobernante, intentaba penetrar en los pensamientos de sus súbditos haciéndolos suyos.

Se giró, y a su izquierda se topó con la figura derrotada y confusa de su amigo y rival, empequeñecida bajo una túnica gastada; ciertamente, se apiadó del pobre Cives.

Ambas miradas se encontraron. Ayudados por la sabiduría que otorga la edad y la clarividencia de la responsabilidad, las barreras levantadas durante décadas cayeron como piezas de dominó, mostrando abiertamente sus sentimientos el uno al otro.

Ajenos a la triste euforia, la comunidad había lanzado los dados al aire para un macabro juego de supervivencia; a través de las ondas, los dos alenitas se enviaban aliento y comprensión, justo lo que ambos necesitaban.