Huellas bajo el hielo 10 EN LA TELEVISIÓN #2
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10 EN LA TELEVISIÓN #2

—Lo siento, niña. Me gustaría ayudarte, pero me temo que poco puedo hacer al respecto.

Soy un viejo dinosaurio al que los recuerdos se le van amontonando, pero nunca me codeé con las altas esferas.

Cuando la fama lo alcanzó, apenas volvimos a vernos; con esto no quiero decir que se le subiera a la cabeza, puedo dar fe de que seguía siendo amigo de sus amigos, pero ya no tenía tiempo para las cervezas y las anchoas que sabían a goles y polémicas las mañanas de lunes.

¡Cuánto echo de menos esos ratos! Hoy no queda casi nadie de esa época, solo dos o tres fósiles como yo que no llegamos más que a ver las oficinas desde fuera, sobre todo tras el desembarco de los japoneses: con sus millones hicieron limpieza.

Lo que recuerdo es que, cuando la estrella de Juan Luis comenzaba a extinguirse, algunos que semanas antes le doraban la píldora empezaron a darle la espalda.

Durante meses se escucharon cientos de comentarios; yo no soy amigo de los chismes y la verdad es que no les presté demasiada atención.

Había comenzado con un tono nostálgico que poco a poco fue tornándose lastimero, al compás del encendido rostro de Alicia.

—¿No sabe quién podría ayudarla? —terció el vigilante.

—Francamente, no. Su jefe, Antonio Andújar, ya está retirado; emigró al sur, aunque de vez en cuando hace una escapadita a la capital.

Siempre nos visita y a mí me saluda porque soy de los pocos que lo conocieron cuando era el mandamás.

Él fue uno de los pocos que no supo o no quiso rentabilizar todo aquel asunto.

—¿A qué se refiere? —preguntó Alicia con renacido interés.

—A mí no me gusta criticar, ¡no, por Dios!

, todo lo contrario. Pero algunos directivos aprovecharon aquel bum para llenarse los bolsillos y abrirse puertas.

Se dejaron querer por otras cadenas, lograron firmar buenos contratos...

lo entiendo, es algo humano. Tu padre se llevó la fama y un merecido premio; la diferencia es que Juan Luis no lo buscó, para él el dinero solo fue una consecuencia lógica.

En cambio, cuando las cosas comenzaron a torcerse, ninguno le echó un cable; lo dejaron solo.

Recuerdo a una directorcilla, Elvira Sanz: durante meses no paró de quejarse, reclamaba su parte del pastel, hasta que se marchó echando pestes.

—¿Por qué?

—Ella fue quien, sin quererlo, puso en contacto al científico con tu padre.

Imagino que, tras la avalancha de fama que logró este último, sentía algo parecido a tener un diamante en las manos y ver cómo se escurría de ellas.

Fue contratada por otra cadena y desde allí se dedicó a atacar a la gallina de los huevos de oro que había dejado escapar.

—¿Y qué me dice de los compañeros que viajaron con él al Polo Sur?

—En su segundo viaje solo le acompañaron un par de cámaras que desgraciadamente también desaparecieron. Del primero no sé, imagino que aún quedará algo en los archivos.

—Vale, ¿dónde los puedo encontrar? —preguntó Alicia con renovada esperanza.

—No corras tanto, pequeña, no es tan sencillo.

¿Por qué no lo dejas en mis manos? Yo investigaré por ti, por tu padre, sin levantar mucho polvo.

Los nuevos dueños amarillos son muy, muy...

desconfiados; creo que se sienten engañados —dijo bajando un poco la voz y tragándose un insulto que visiblemente se quedó atorado en la garganta.

Alicia lo invitó a explicarse con una interrogación dibujada en la cara, exhibiendo más interés del que realmente sentía.

Aquel anciano parecía vivir del pasado con un ligero aire de triste nostalgia, y en realidad así era: la visita de la joven había logrado devolverle un poco de esa energía perdida con el paso de los años, la sensación de haber malgastado una parte de su vida entre aquellas paredes de quita y pon, una vida rutinaria que galopaba por un calendario vacío de ilusiones antes de dedicar su futuro a los mismos quehaceres, solo que de manera oficial (una reflexión que se haría Alicia meses después cuando se preguntaba las razones que llevaron al amable electricista a ayudarla con tanto interés).

Efectivamente, Oliver cumplió su palabra.

Dos semanas más tarde, Alicia recibió un sobre con el remite particular del electricista.

En su interior encontró documentación fotocopiada sobre diferentes personas, así como direcciones y teléfonos de algunos de los expedicionarios: dos cámaras, un técnico de sonido y una bióloga (junto a la cual, entre paréntesis, el anciano electricista había anotado que solo formó parte de la expedición para recibir una subvención del ministerio, todo ello autorizado y firmado por el departamento de Andújar).

La posdata mencionaba que la citada bióloga en la actualidad trabajaba como funcionaria en una de las bases antárticas españolas que se mantienen en el Polo Sur.

Todo apuntaba hacia el mismo lugar. Cada vez que se detenía a reflexionar o abría el diario de su padre, sentía la llamada del continente helado; una temeraria idea acechaba su cabeza: ¿sería inevitablemente ese su destino?