10 EN LA TELEVISIÓN
A su regreso de Córdoba, decidió borrar de su mente las lágrimas de cocodrilo de una Adela arrepentida.
La abogada, lo reconociera o no, tenía su parte de culpa; lo mejor era apartarla de su vida, aunque algo en su interior le decía que no sería así, como si hubiera algo oculto en aquellos increíbles ojos negros, una idea que martilleaba su inconsciente enquistándose como un capítulo inacabado.
De todos modos, poco o nada de cierta relevancia podría aportar sobre la desaparición de su padre: su siguiente destino estaba en los archivos de la cadena de televisión para la que había trabajado y que financió en parte la expedición que acabó con su vida.
Decididamente, esa era su próxima parada.
Entró en el vestíbulo con una fingida resolución que se apagó en el mismo instante en que sus pies tocaron el pulido suelo.
Sus Manolos parecían pesar como plomo; los cristales del pasillo ocultaban la luz exterior, cubiertos de sonrientes pósteres a tamaño real de las estrellas mediáticas de la cadena.
Al fondo encontró un mostrador de información, cuyas letras de neón colgaban de dos cables desde el techo.
Una joven, poco mayor que ella, lucía por encima del mostrador una espectacular mata de pelo revuelto y engominado de manera artística en dos tonos opuestos de rubio.
Unos aros de fino metal rozaban el artificial color de sus mejillas.
En una esquina del mostrador, un vigilante uniformado, con marcados rasgos vikingos y nulo aspecto disuasorio a pesar de su elevada estatura, descansaba los codos sobre la barra charlando animadamente con la chica, que aceptaba la conversación sin despegar los ojos de la pantalla del ordenador.
La alegre cháchara resaltaba una nívea y brillante sonrisa de dientes grandes sobre la firme piel de ébano, que no podía ocultar la lujuria patente en dos enormes ojos oscuros.
No existía mejor manera de aprovechar un aburrido horario de trabajo.
Alicia se adelantó con pasos forzadamente cortos, como quien se adentra en una jungla inexplorada.
—Buenos días, guapa. ¿Vienes por el casting? Llegas un poco pronto. ¡Vaya pelos!
El tono condescendiente de la recepcionista y su fugaz mirada, cargada de superioridad, desarbolaron a Alicia, que a punto estuvo de dar media vuelta y salir corriendo.
Su expresión de asombro, casi de susto, no mereció el mínimo interés de la chica, que de inmediato continuó con la vista clavada en la pantalla.
—No... buenos días. Me... me gustaría ver a un directivo, Antonio Andújar, si es posible.
—¿A quién? —dijo ella enarcando las cejas.
—Bueno, la verdad es que no sé si aún trabaja aquí. He curioseado en internet y era el jefe de mi padre, Juan Luis Santander —soltó aquel nombre como quien exhibe un arma poderosa, un salvoconducto firmado por el mismísimo zar de Rusia.
La joven tecleó mecánicamente el nombre, aguardó unos instantes antes de fruncir el ceño y, segundos después, consultó una lista pasando el índice de abajo arriba.
—No, lo siento. Ese nombre no aparece en mi lista. Puede ser que ya no trabaje con nosotros —dijo aquello sin variar ni un ápice el tono, como si aquella relación de nombres y cargos fuera la biblia.
Alicia se armó de valor. Contrariada por la actitud de aquellos insolentes pendientes, cargó sus palabras con toda la amabilidad que pudo y, exagerando un tono educado, solicitó información sobre alguien que pudiera ayudarla.
Notó cómo, sin pretenderlo, había captado la total atención del vigilante, cuyos ojos sentía pasearse por su cuerpo.
La rubia se excusó: al parecer no había escuchado el nombre de su padre.
Alicia, en tono de disculpa, se forzó a refrescarle la memoria con la mención del famoso programa de la revelación.
La chica cambió de actitud y, disculpándose con tono de excusa, achacó su ignorancia a que llevaba menos de un año trabajando en la cadena y no recordaba nada del asunto.
En cambio, el lascivo vigilante parecía recordarlo muy bien.
—Recuerdo ese programa, yo era muy chico —intervino el hombre—.
Recuerdo que en mi casa se preparó una gran fiesta; mi difunto papá era muy aficionado a esos asuntos.
Hacía poquito que nos habíamos mudado acá, y por entonces solo miraba televisión.
Durante semanas no se habló de otra cosa, y mucho más tras la noche mágica.
Para mí y mis nuevos amigos del colegio, el científico se convirtió en nuestro héroe; creo que gracias a él todos aprobamos la historia ese curso, porque nos dio por leer libros diferentes en busca de mentiras.
Alicia sonrió cortésmente e hizo oídos sordos, necesitando cortar aquel entusiasmo que amenazaba con prolongar las batallitas del vigilante.
En realidad, era incapaz de desligar la subliminal lujuria escondida en aquel tono cantarín y casi donjuanesco, que por otro lado solo pretendía ser amable.
Como quien se echa agua sobre la cara para despejarse, se desembarazó del ataque.
El vigilante, como si nada hubiera apreciado, aconsejó a su compañera que la enviara al área de los técnicos: quizás aún sobreviviera algún miembro de la épica emisión, aduciendo que los rostros que manejan las cámaras sobreviven mejor al paso de la fama.
La divertida rubia teñida repasó de nuevo la lista de trabajadores con extensión propia.
En la parte media de la pantalla aparecía Raúl Oliver —y entre paréntesis, Sandokán —, jefe de electricistas.
Solo los veteranos conocían al viejo chispas, y los que no, lo habían hecho un par de meses atrás, cuando se le homenajeó con una fiesta sorpresa para celebrar su cercana jubilación.
Alicia fue enviada al plató número tres, acompañada por el vigilante.
Cruzó un ancho pasillo donde las puertas abiertas se sucedían a ambos lados estornudando sus interiores, lanzando a los ojos carros colmados de perchas con ropas de todos los estilos y colores.
Otras puertas, en cambio, cubrían sus paredes con iluminados espejos donde Alicia imaginó que las maquilladoras realizaban sus trabajos de magia o de milagros, según fuera la ocasión.
El amplio pasillo encerado moría en una corta escalera de anchos escalones que daban acceso a un espacio abierto.
Alicia encontró el suelo sembrado de cables que llegaban hasta cámaras, grúas y una hilera de focos de aspecto abrasador, incluso apagados.
Al fondo descubrió unas gradas móviles formando medias lunas que aguardaban a la expectativa entre las penumbras de una verdosa luz mortecina donde podía leerse la palabra exit .
Casi en el centro, varios operarios rodeaban un bulto humano que, de rodillas, trabajaba conversando con voces quedas.
Las manos de quienes lo rodeaban permanecían suspendidas en el vacío de sus bolsillos mientras numerosas herramientas les colgaban de la cintura, encerradas en cinturones de cuero con decenas de compartimentos, como navajas suizas de cartón.
Más que obreros, Alicia pensó en ociosos astronautas.
En el grupo destacaba sobremanera la figura de un mocetón que bien podría haberse dedicado al baloncesto; a su lado, la silueta de una calva agachada incrementaba la sensación de altura del compañero, mientras que el tercer miembro, con su prominente y redondo estómago, no representaba más que una sospechosa presencia que en nada alentaba al trabajo.
El vigilante alzó la voz preguntando por Oliver.
La mondada cabeza pareció sorprenderse por un instante, pero no por ello despegó los ojos de su destornillador, a diferencia de los otros dos, que mostraron su desconcierto con los ojos muy abiertos clavados en Alicia sin prestar atención al escolta.
Tras un eterno minuto de espera, el viejo electricista irguió el cuerpo con pesadez reumática; aun así, no logró menguar ni un ápice la estatura del arreglafarolas de pelo de cepillo.
Alicia y su acompañante avanzaron a su encuentro, logrando captar toda la atención del gigante.
Alicia sintió todo el peso de aquella elevada y penetrante mirada sobre su menudo cuerpo hasta hacerse sentir incómoda.
Hacía rato que el arrepentimiento por la visita aguijoneaba su vientre; aquellos ojos casi la penetraban y, sintiendo que aquel no era su sitio, buscó la punta de sus zapatos.
El viejo operario se acercó arrastrando unos pasos vacilantes y con la interrogación esculpida sobre las arrugas de la frente, al tiempo que se limpiaba las manos con un trapo que, a juicio de cualquiera, depositaba más suciedad de la que arrancaba.
Alicia peleaba consigo misma para acertar con las palabras cuando, sin esperarlo, el vigilante se le adelantó, haciéndola sentir estúpida y finiquitando de un plumazo las nulas esperanzas de cortejo que el moreno pudiera albergar —la afilada cara que le mostró pretendía no dejar dudas al respecto—.
El escolta la presentó como hija de Juan Luis, un hecho que logró arrancar una mueca en aquella fachada de póker que el electricista traía consigo.
Oliver restregó su palma derecha sobre el pantalón antes de ofrecérsela para saludar, olvidándose del pretencioso vigilante.
De repente, Alicia vio un punto de luz en aquella visita.
—Encantado de conocerte. Fue un orgullo para mí no solo trabajar con tu padre, sino considerarme su amigo —dijo Oliver en un tono entre cordial y sarcástico—.
Jamás podré olvidar los preparativos de aquel programa; fue una aventura sin igual, créeme.
Sentí mucho su desaparición. Perdona nuestra actitud, por un momento pensaba que eras una inspectora de trabajo o, algo peor, una representante sindical. Dime, ¿qué puedo hacer por ti?
—La verdad, no lo sé muy bien. Solo buscaba algo de información sobre mi padre; no tuve la oportunidad de conocerlo demasiado, y... bueno, me gustaría saber por qué se fue tan lejos.