9 UNA TRISTE CERTEZA #4
Una historia repetida durante demasiado tiempo puede terminar pareciendo menos cierta.
Y también más conveniente. Las mentes abiertas siempre resultaban peligrosas.
La misión de los gobernantes, independientemente de su signo, perseguía el aborregamiento de las masas.
Pero, como en todas las culturas, también entre los alenitas surgieron disidentes.
No solo discrepaban: intentaban transmitir sus ideas como una verdad absoluta.
Cuando se enfrentaban a los poderes establecidos, no quedaba otra solución que el destierro.
Algunos marchaban voluntariamente. Otros eran expulsados.
Sus deserciones alimentaron leyendas apócrifas que encendían las soñadoras mentes de los jóvenes.
Pero ninguno de aquellos héroes o villanos había regresado jamás para demostrar que sus historias fueran ciertas.
Los gobernantes confiaban en que los desterrados jamás desvelaran su posición. Hasta entonces nunca se habían visto obligados a disputar con otros seres por la subsistencia. Quizá porque ninguno había sobrevivido a los innumerables peligros de la región. La vida cotidiana, entretanto, continuaba.
Un puñado de alenitas dedicaba su tiempo a procurar el sustento de la comunidad.
Desbrozaban con asiduidad los ríos subterráneos nacidos en las entrañas de las montañas heladas para cultivar sus campos, creados artificialmente mediante la paciente recolección de tierra.
En un rocoso desierto como aquel no existía nada más valioso que unos gramos del suelo que, en otras latitudes, ahogaba a miles de pueblos.
Vigilaban el ataque de las aves para evitar que una sola consumiera en unos minutos la ración diaria de una familia.
Recolectaban y almacenaban las cosechas con mimo para asegurar la supervivencia durante los largos inviernos.
Los únicos vestigios tangibles de aquella poderosa raza llegada del cielo eran escasos. La nave inutilizada. Las varas de mando, convertidas en meros instrumentos ornamentales de poder. Los instrumentos metálicos de trabajo. Las técnicas revolucionarias de irrigación. Y los mapas.
Conservaban numerosos mapas estelares, ya casi inútiles ante el escaso firmamento visible desde aquel rincón del planeta.
También portulanos terrestres, igualmente inútiles para una raza recluida voluntariamente.
Lo más llamativo de estos últimos era la precisión de sus contornos y, todavía más, la incomprensible utilidad de haber dibujado las depresiones de las profundidades marinas.
Todo aquello había sido elaborado durante la incansable búsqueda de los minerales necesarios para reparar la nave y del combustible capaz de devolver utilidad a sus prodigios.
Uno de los ingenios más celebrados, en especial por Cives, era una especie de ojo mágico que no solo acercaba los contornos terrestres, sino que permitía explorar el cielo estrellado.
La ausencia de combustible había reducido su alcance hasta aproximadamente un veinte por ciento.
O, al menos, eso calculaba el científico, que solo podía estudiar el firmamento durante la noche.
A pesar de aquellas limitaciones, aquella civilización había conseguido estudiar y comprender los fenómenos que regían la vida sobre el planeta que los había acogido.
Habían aprendido a planificar sus vidas y a sobrevivir a las vicisitudes derivadas de un clima hostil.
La luz del sol penetraba en el interior de las cavernas mediante un intrincado sistema de espejos repartidos estratégicamente a lo largo de túneles excavados por sus ancestros desde la parte más elevada de la montaña.
Era una fórmula ingeniosa y económica para iluminar los largos y crudos inviernos, cuando el astro rey desaparecía durante ciclos enteros.
Algunos incluso aseguraban que no solo el conjunto de cavernas había sido construido por los primeros alenitas.
Según ellos, con ayuda de sus ingenios habían transformado la fisonomía montañosa y frenado el avance de la masa helada hasta construir un valle habitable.
Pero el glaciar continuaba avanzando. Cives había descubierto que era inevitable.
Aquella era la historia de su llegada. Al menos, la que conocían desde niños.
Una verdad transmitida de generación en generación, repetida hasta convertirse en parte de ellos mismos.
Durante los largos inviernos, encerrados en las cavernas y privados de paseos bajo el tenue sol que sonrojaba sus mejillas, los alenitas se aferraban a aquellos relatos.
Los veranos, cada vez más breves, parecían no ser suficientes para compensar el aislamiento.
Las cuevas albergaban entonces sus periodos de meditación, sus creencias y sus sueños.
Algunos soñaban con surcar el cielo hasta aquella lejana estrella prometida.
Otros soñaban con atravesar el manto azulado del agua.
Ese verano, sin embargo, los sueños se habían convertido en pesadillas.
Se acercaba el momento en que el sabio consejo, con Liseng a la cabeza, anunciaría la decisión adoptada.
Menrac, Tarvis y Goser lo sabían. Aquel día no solo renunciarían a sus sueños.
También se decidiría el futuro de todos los niños que, aquella mañana, escuchaban historias bajo el cielo helado.
Niños de rostros blancos e inocentes. Tan blancos como la nieve que los rodeaba.
Y quizá, muy pronto, tan condenados como ella.