9 UNA TRISTE CERTEZA #3
La intersección más favorable se encontraba, paradójicamente, en una región donde las temperaturas tampoco resultaban propicias para ellos.
El paisaje era una extensión inmensa y abrasadora, surcada por una civilización que había aprendido a levantar construcciones de proporciones extraordinarias y a organizar su existencia alrededor de los movimientos de los astros.
Aquellos habitantes poseían conocimientos muy superiores a los de los pueblos que habían encontrado hasta entonces, aunque seguían sometidos a innumerables supersticiones.
Interpretaron la llegada de los alenitas como una señal y aceptaron sus palabras con una mezcla de veneración y temor
La tarea de ganarse su confianza resultó mucho más complicada de lo previsto.
Los visitantes necesitaban que los propios habitantes participaran en la construcción de unas estructuras cuya verdadera finalidad jamás debían conocer.
Bajo la apariencia de monumentos destinados a honrar aquello que consideraban sagrado, comenzaron a levantar enormes masas de piedra siguiendo unas proporciones y orientaciones que no respondían únicamente a criterios arquitectónicos.
En su interior, ocultas a los ojos de quienes las construían, debían quedar las características necesarias para concentrar la energía y abrir una puerta hacia las estrellas. Pero el tiempo jugaba en su contra.
Las sofocantes condiciones climáticas aceleraban el deterioro de sus cuerpos y restringían sus poderes.
Aun así, continuaron utilizando sus conocimientos con extrema cautela.
Sabían que una demostración demasiado evidente podía despertar el miedo de quienes los ayudaban.
Ya habían aprendido esa lección en otros lugares.
Necesitaban grandes cantidades de piedra, conocimientos precisos sobre el terreno y una organización capaz de movilizar a miles de individuos.
También necesitaban orientar aquellas estructuras de acuerdo con una disposición celeste que solo se repetía en determinadas jornadas.
No podían permitirse un error. El retraso, sin embargo, terminó siendo fatal.
Dos de los más poderosos alenitas sufrieron un deterioro irrecuperable.
Sus mentes dejaron de funcionar de manera coherente y las primitivas supersticiones terminaron imponiéndose a las leyes físicas que ellos dominaban.
La construcción quedó incompleta. Los supervivientes huyeron.
Y aquello que habían pretendido convertir en una puerta hacia las estrellas terminó formando parte de la historia de un pueblo que jamás llegó a conocer su verdadero propósito.
Mucho tiempo después, entre los escasos objetos que conservaron de aquella época, había documentos cuya utilidad tampoco comprendían del todo.
Guardaban mapas terrestres de una precisión desconcertante.
Algunos representaban costas y accidentes geográficos con un detalle imposible de justificar mediante los rudimentarios instrumentos que habían quedado en manos de los habitantes del planeta.
Otros eran todavía más extraños. En ellos aparecían trazados no solo los contornos de las tierras emergidas, sino también las formas ocultas bajo las aguas.
Las líneas descendían hacia las profundidades y dibujaban depresiones, cordilleras submarinas y accidentes que nadie de su comunidad había tenido jamás posibilidad de contemplar.
Para los alenitas aquello carecía de utilidad práctica.
Para sus antepasados, en cambio, aquellos mapas habían sido imprescindibles.
Durante siglos habían recorrido el planeta buscando minerales, combustible y lugares donde establecer sus puertas.
Habían registrado cuanto encontraban con una precisión obsesiva, incluidos territorios que quizá jamás volverían a visitar.
Con el tiempo, aquellos documentos habían sobrevivido a sus creadores.
Su verdadero significado, no. Cives conservaba algunos de ellos y pasaba horas estudiándolos bajo la tenue luz de las cavernas.
Había detalles que no conseguía explicar.
Determinadas costas parecían haber sido dibujadas desde una altura imposible y algunas líneas del relieve submarino sugerían que sus autores habían contemplado regiones que ningún alenita de las generaciones posteriores había podido explorar.
A veces pensaba que aquellas anomalías no eran errores.
Quizá eran recuerdos. O quizá constituían la prueba de que sus antepasados habían sabido mucho más de aquel mundo de lo que las leyendas permitían imaginar.
Nunca se atrevía a expresar esa sospecha en voz alta.