Huellas bajo el hielo 9 UNA TRISTE CERTEZA #2
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9 UNA TRISTE CERTEZA #2

—¡Veintitrés! —corearon los alumnos, como si siguieran los versos de un juego—. ¡Dieciséis hombres y siete mujeres llegaron en dos naves!

—Muy bien. ¿Y por qué aterrizaron justo aquí?

—Una de sus naves se averió y eligieron este lugar por el aire limpio y respirable.

—Estoy muy contenta... con todos.

La puntualización iba dirigida al grupo de los más pequeños, que, rezagados, más que responder se limitaban a gesticular al son de quienes sí habían memorizado las respuestas.

—¿Recordáis qué fue lo que encontraron en este planeta?

—Tribus de seres muy parecidos a nosotros, solo que se diferenciaban por el color oscuro de la piel y una estatura inferior.

—Muy bien. Ahora, como premio, os contaré una historia.

Era una mujer robusta de hombros y facciones delicadas. Una larga melena plateada descansaba sobre su cuello, anudada en las puntas con un simple cordel. Dejaba al descubierto la mitad de un rostro donde comenzaban a ganar terreno las líneas del paso del tiempo.

Se arregló la túnica antes de sentarse sobre un tocón de roca. Apoyó los codos en las rodillas y, acariciándose el afilado mentón con las puntas de ambos pulgares, retomó la palabra.

—Tenéis que recordar que nuestros antepasados eran exploradores.

Viajaban en busca de las huellas dejadas por el creador supremo.

Cuando alcanzaron la superficie de este planeta, al que llamaron «Líquido» por ser esa la materia predominante, una de las dos naves, la mayor y más potente, había sufrido graves desperfectos.

Los niños escuchaban en silencio.

—Desde la nave pequeña recorrieron la superficie en busca de los materiales necesarios para repararla.

Encontraron diferentes pueblos diseminados por el planeta, la mayoría todavía muy primitivos.

No conocían la ciencia ni la física, utilizaban animales para los trabajos pesados y tampoco dominaban sus mentes, por lo que no podían ayudarlos.

La maestra hizo una pausa.

—Algunos los recibieron asustados. Otros huyeron despavoridos para regresar al día siguiente y atacarlos con piedras.

Pero nuestra raza había abolido las disputas bélicas miles de años atrás.

Los poderosos alenitas no necesitaban luchar para obtener una fácil victoria.

En lugar de eso, continuaron su búsqueda.

El viento agitó sus cabellos plateados.

—La nave averiada se volvía cada vez más ingobernable.

Además, las altas temperaturas de aquellas regiones mermaban la capacidad mental de los exploradores.

Necesitaban encontrar una zona fría y despoblada.

Esa es una de las razones por las que vivimos aquí.

—Señaló hacia las montañas.—En el centro del planeta las temperaturas resultaron insoportables.

Sin embargo, allí encontraron un pueblo orgulloso y civilizado, lo bastante avanzado como para recibirlos como sabios.

Algunos niños se inclinaron hacia delante.

—Nuestros antepasados dominaban las ciencias y conocían las leyes por las que se rigen los planetas.

Todos los cuerpos se mantienen en equilibrio mediante la energía electromagnética.

En este planeta, dicha energía forma una red protectora y, en cada intersección, aparecen vórtices donde se concentra la energía en estado puro.

—¿Como las puertas? —preguntó uno de los niños.

La profesora sonrió.

—Exactamente. Continuó: —Para descartar los lugares ya inspeccionados, confeccionaron mapas precisos de las diferentes superficies.

Trazaron las líneas de energía y anotaron los puntos neurálgicos, allí donde la gravedad incidía con mayor intensidad.

Eran los únicos lugares capaces de abrir una puerta interestelar.

Señaló hacia el horizonte nevado.

—Solo hallaron seis lugares posibles sobre la superficie sólida. Uno de ellos era este. Pero aquí únicamente se reunían las condiciones necesarias para nuestra subsistencia. Para abrir una puerta necesitaban algo más.

Los niños permanecían inmóviles.

—Como aprenderéis en el futuro, las puertas del universo solo pueden abrirse durante determinadas jornadas.

Es necesaria la disposición concreta de ciertas estrellas y, además, solo pueden utilizarse desde puntos específicos.

Aquella alineación estelar únicamente resultaba factible en cuatro coordenadas—.

La profesora bajó ligeramente la voz.—Fueron hasta allí y encontraron civilizaciones fuertemente arraigadas.

Aun así, lograron mezclarse con sus habitantes bajo el pretexto de honrar al gran creador, una creencia común a aquellos pueblos.

Con esa excusa promovieron la construcción de monumentos que ocultaban las características necesarias para crear las puertas que les abrirían el cielo. Hizo una pausa.

—Pero el tiempo jugaba en su contra—. La expresión de la maestra se endureció.

—Las sofocantes condiciones climáticas aceleraban el deterioro de sus cuerpos y restringían sus poderes.

En las dos ubicaciones del oeste fueron tomados por brujos y tuvieron que huir antes de finalizar la construcción.

La intersección más favorable se encontraba, por el contrario, en una región de temperaturas mucho menos propicias: rodeada de arena y habitada por un pueblo más avanzado, aunque dominado por miles de supersticiones.

Los niños ya no parecían estar escuchando un cuento.

—Lograron comenzar los cimientos de gigantescos monumentos donde ocultar la verdadera finalidad de su trabajo.

Pero el miedo a un nuevo rechazo les impidió utilizar sus inventos abiertamente.

El retraso terminó siendo fatal. —La profesora respiró hondo.

—Las primitivas supercherías terminaron imponiéndose a las leyes físicas y nuestros antepasados tuvieron que huir.

Nadie habló.

—La expedición había partido con veintitrés integrantes. Después de la huida, solo disponían de una nave capaz de transportar a una parte del grupo con garantías. La decisión fue cruel. Once debían abandonar el planeta. Los doce restantes tendrían que quedarse atrás.

Un murmullo recorrió el grupo.

—¿Y nunca regresaron? —preguntó una niña.

La profesora negó lentamente con la cabeza.

—No.

El silencio posterior pareció más frío que el viento.

—A pesar de la portentosa resistencia de nuestros cuerpos al paso del tiempo, solo algunos individuos desarrollaban un poder de concentración suficiente para unir la telepatía a sus habilidades.

Cada vez eran menos. Los varones que alcanzaban ese nivel podían desarrollar una clarividencia que rozaba la magia.

En las mujeres, esa capacidad adoptaba otra forma: la intuición que hoy llamamos sexto sentido.

Miró a los niños.

—Con el paso de los siglos, generación tras generación, fuimos perdiendo paulatinamente estas singularidades.

Algunos creen que nuestra raza acabará desapareciendo si antes no llega el ansiado regreso.

—Hizo otra pausa. —Otros, como Cives, dedican sus vidas a estudiar los vestigios de nuestros antepasados.

Buscan respuestas en aquellas leyendas porque temen que algún día la ciencia encuentre pruebas capaces de desmontarlas.

Los niños guardaron silencio.

La profesora no añadió nada más.

No necesitaba hacerlo.

De la nave averiada, utilizada durante generaciones como centro de reuniones hasta que su capacidad se volvió insuficiente, tampoco quedaba mucho que estudiar.

Hacía siglos que había sido abandonada como objeto de investigación.

Ahora solo se utilizaba como templo, un lugar donde los alenitas acudían en busca de consuelo espiritual.

Su forma ovalada impedía comprender su verdadera función.

Nadie sabía ya que había sido concebida para surcar los cielos.

Lo único que conocían dotado de semejante capacidad eran las aves que volaban en busca de alimento, y la nave carecía de aquellas extremidades superiores.

Permanecía anclada en el interior de una gran cueva y no podría sacarse de allí sino a pedazos.

Para muchos, aquello constituía la prueba definitiva de otra antigua leyenda: los primeros alenitas habían poseído el poder de doblegar las rocas a voluntad.

También se atribuía a aquellos pioneros el uso de mágicos inventos, como las prodigiosas varas de mando, de las que se aseguraba que despedían rayos verdes capaces de cortar la piedra con la misma facilidad con que una mano atraviesa el viento.

Así podían explicar cómo sus antepasados habían horadado la montaña y construido sus refugios.

Y, si las leyendas eran ciertas, también habían utilizado aquellos ingenios para acelerar la construcción de los monumentos destinados a engañar a los pueblos del planeta.

Pero aquella demostración de poder pudo haber sido precisamente el detonante de su fracaso. La gente desconfía de lo que desconoce. Y, tarde o temprano, suele atacar aquello que genera recelo o tratar de conquistar lo que amenaza su poder.

Por eso los alenitas decidieron apartarse del curso de la historia del planeta.

Se llevaron sus ingenios y se refugiaron en una región apartada, inaccesible para los demás pueblos y carente de interés para sus necesidades básicas.

El frío, salvador para ellos, se convertiría en muerte segura para cualquiera que intentara seguirlos.

Con el paso de los siglos, las leyendas fueron perdiendo la frescura del momento.

La intensidad se evaporó de la voz de sus narradores y, generación tras generación, se añadieron interpretaciones, contribuciones y obviedades más o menos afortunadas.