9 UNA TRISTE CERTEZA
E l calendario se había comido una semana desde la extraña reunión del consejo.
El eco de aquellas voces se había apagado como un viejo disco escondido en el fondo de un armario, pero todos sabían que seguía allí, latente, oculto entre secretos debates.
Por los rincones flotaba un ambiente pesimista y nervioso.
De una u otra manera, comenzaban a despedirse.
Todos parecían prepararse, aun cuando todavía no sabían —o no querían saber— para qué.
Menrac caminaba cabizbaja en compañía de sus dos inseparables sombras.
Durante los últimos días habían matado el tiempo y los nervios recorriendo distintos rincones de la aldea, como si pretendieran escapar de la realidad.
Sin querer ser conscientes de ello, buscaban restos de su niñez impresos en rocas y veredas.
Sin atreverse a ponerle voz, se estaban despidiendo de los lugares que les recordaban aquella inocente felicidad perdida.
La incertidumbre que se cernía sobre su futuro ya no parecía tan lejana como los años que, de improviso, empezaban a añorar.
Las aventuras tantas veces anheladas aparecían ahora teñidas de sombras y peligros demasiado cercanos.
Habían dejado atrás el sendero que corría perpendicular al claro, donde los niños habían dejado el eco de sus risas y carreras al regresar al interior de la cueva.
Aquel refugio se utilizaba desde tiempos inmemoriales como escuela y su entrada hacía las veces de patio durante los luminosos y cortos meses en que el duro clima les obsequiaba con temperaturas más benignas.
Era un premio, o quizá una excusa, para que sus mejillas disfrutaran de las caricias del suave viento que les vedaba el invierno, cuando el frío, inmisericorde, los mantenía recluidos.
El paseo del trío continuó por detrás de la cueva-escuela, con la certeza de tener ya edad suficiente para no recibir una regañina.
Siguieron la estrecha vereda natural de piedras y musgo que ascendía tortuosa hasta una planicie rocosa.
Allí, los jóvenes de todas las generaciones se convertían en furtivos espectadores de los quehaceres cotidianos de sus mayores.
Un poco más arriba, los más intrépidos trepaban por una cornisa de piedra negra para alcanzar una atalaya.
Desde aquel punto se divisaban, al mismo tiempo, la masa helada del interior, erguida entre riscos inaccesibles que parecían perderse a la altura del cielo, y la vasta extensión salada que confinaba la región.
En los días claros, el glaciar acercaba a sus oídos susurros cargados de misterio bajo los rayos del sol.
En los oscuros y ventosos días que anunciaban la llegada del frío, en cambio, la ladera cobraba el aspecto de un gigantesco monstruo de cuyas fauces escapaba un viento fétido y helado capaz de congelar hasta los pensamientos más inocentes.
Dando la espalda a aquel terror montañoso, el horizonte revelaba como un sueño una vasta porción de superficie salada. Entre aquellas olas de espuma navegaban sus sueños.
Descubrir qué se escondía tras la oscura línea de agua que se perdía en el horizonte había sido, hasta hacía poco, una ilusión.
A Menrac le gustaba imaginar que, tras aquella infranqueable frontera por donde el sol despuntaba cada mañana, otros jóvenes como ellos divisaban esa misma energía cegadora y recibían sus anhelos como mensajes en una botella.
Pero aquella mañana las brumosas y plácidas olas se le antojaban cortantes y misteriosas.
La más que probable e inminente partida se presentaba demasiado cercana, terriblemente exenta de épicas aventuras y, lo más frustrante, inevitable.
Eran conscientes de que les aguardaba un papel importante, una responsabilidad que nadie había mencionado todavía, pero que no solo tendrían que afrontar: tendrían que liderarla.
Sobre la otrora efervescente mirada de Tarvis se dibujaba un miedo latente.
Su ímpetu natural parecía haber dado paso a la resignación, consecuencia lógica del convencimiento de que la decisión adoptada sería lo mejor para todos.
Era una idea que, aunque todavía permanecía agazapada en el interior de sus corazones, compartían los tres amigos.
La única que podía albergar alguna duda era Menrac, coartada por la tajante oposición que había mostrado su padre.
Resultaba previsible que, si bien este no podría prohibir una hipotética evacuación, tampoco apoyaría la idea al cien por cien.
Liseng y su lado más religioso no conocían fuerza suficiente para obligarlo a cambiar de lugar.
Como siempre, fue Goser el primero en hablar.
Tenía la rara habilidad de intuir —mejor dicho, adivinar— los pensamientos de sus amigos con solo mirarlos a los ojos.
En las clases siempre había estado un paso por delante de todos y, con el tiempo, había aprendido a dominar aquella capacidad después de despojarse de los complejos juveniles y controlar sus emociones.
Los mayores, conocedores de su avanzada habilidad —innata en los de su especie en tiempos remotos, pero necesitada de un tenaz aprendizaje en la actualidad—, rehuían su mirada como escudo para proteger sus intimidades. Nunca estaban seguros de que funcionara.
Goser mostraba entonces aquella ladina sonrisa que siempre lograba despistarlos. En el fondo, disfrutaba de su poder de intimidación; o, más bien, de las dudas que su destreza generaba.
—Hemos de ser fuertes y estar preparados —rompió el silencio, cruzando los brazos frente al viento—. Después de todo, vamos a cumplir un sueño. Emprenderemos la aventura con la que soñamos desde niños.
—Sí, pero sin punto de retorno —se quejó Menrac, encogiendo los hombros mientras el viento que bajaba de la montaña se colaba entre su melena color arena y le provocaba un escalofrío.
Tarvis apartó la vista del horizonte y apretó los puños.
—Siempre he querido descubrir qué se oculta tras la línea donde se acuesta el sol.
Pero soñaba con regresar y contar a mis nietos los prodigios encontrados, siendo recibido como un héroe.
Jamás creí que añoraría los rincones que dejaremos aquí.
Imagino que aún faltan varios ciclos para la partida y ya lo echo de menos.
—Ve con cuidado, Tarvis. En las circunstancias actuales, algunos comentarios no pueden lanzarse a la ligera.
Podrían traducirse como miedo —le aconsejó Goser con tono comprensivo—.
Por otro lado, no te preocupes. Todos lo tenemos.
Lo importante es que quienes quieran acompañarnos no vean signos de pánico en nuestras palabras.
Necesitan líderes que los guíen, seres sensatos en quienes apoyarse, nos guste o no. Me temo que estamos destinados a ello.
—¿Por qué crees que somos merecedores de esa responsabilidad? —preguntó Menrac con incredulidad, dando un paso al frente—. Son nuestros padres quienes han de mostrarnos el camino.
—Menrac, tú mejor que nadie sabes que al marcharnos no solo dejaremos atrás las piedras, los recuerdos y las cavernas. Dejaremos algo mucho más querido.
Goser miró hacia la aldea.
—Parte de nuestros mayores elegirá continuar esperando el regreso al paraíso. Otros pensarán que participar en un viaje tan peligroso disminuirá las probabilidades de éxito. E incluso habrá quien opine que abandonar la región será sinónimo de suicidio.
Las palabras de Goser, como siempre cargadas de inteligencia, sumieron a los tres jóvenes en una dolorosa reflexión.
Cabalgaban interiormente entre sombras de duda y recuerdos felices, como si aquel discurso hubiese trazado una frontera invisible entre lo que habían sido y lo que estaban a punto de convertirse.
Tras el tercer escalofrío de Menrac, Goser los invitó a regresar.
Tarvis descendió por un sendero paralelo, más accidentado y tortuoso, dando saltos y traspiés entre las resbaladizas piedras.
Buscaba nidos ocultos entre las innumerables oquedades que el agua y el viento habían esculpido en las rocas a lo largo de los siglos.
Era un pasatiempo adquirido en la niñez que, por el momento, no pretendía abandonar.
Aquella mañana, al menos, le ayudaba a despojarse de los pensamientos que amilanaban su alma.
Al llegar junto al claro cercano al colegio, el murmullo de la cantinela de la profesora fue haciéndose hueco en el aire hasta llegar nítido a los oídos de los jóvenes. Allí, sentados sobre unas rocas, aguardaban al recolector de huevos.
La escena evocó inevitablemente recuerdos de unos años atrás, cuando ellos mismos eran los protagonistas de aquellas clases. Con el espíritu torcido y triste que los acompañaba, no resultaba extraño que aquella época les pareciera terriblemente lejana, casi irreal.
Entonces habían aprendido historias sobre su origen, sobre los primeros alenitas y sobre el planeta que los había acogido. Ahora, ante la posibilidad de abandonarlo, aquellas enseñanzas parecían perder parte de su valor.
Los acontecimientos se habían presentado de improviso y habían relegado sus antiguas creencias a un segundo plano.
En el fondo, se compadecían de sí mismos.
Si antes no tenían motivos para comprender lo que significaba estar verdaderamente preocupados por la comunidad, aquello era una triste prueba: la confirmación definitiva de su llegada a la madurez.
La vida, sin embargo, siempre se abre paso. No importa cuánto la ataquemos ni cuántas veces torzamos el camino. Siempre queda esperanza.
Las miradas embelesadas y soñadoras de los niños, unidas a las sonrisas inocentes que asomaban en sus blancas caritas mientras escuchaban a la profesora, representaban el futuro.
Dentro de pocas semanas, aquel futuro se convertiría en presente. Y tendrían que protegerlo.
—Niños, vamos a repasar lo aprendido ayer. Por favor, responded todos juntos: ¿cuántos fueron los alenitas que llegaron a este planeta? —preguntó la maestra, cruzando las manos con suavidad sobre su túnica.