Huellas bajo el hielo 8 EL TESORO #4
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8 EL TESORO #4

—A los pocos días de su regreso se puso en contacto conmigo; yo continuaba enfadada, sabía que si lo miraba a la cara no cumpliría mi promesa de alejarlo de mi vida.

Fue entonces cuando me di cuenta: estaba enamorada, y eso creo que fue lo que me impidió ver las cosas con la lógica necesaria.

Me costó mucho esfuerzo no sucumbir al chantaje del amor, pero mi determinación a vivir una vida alejada de aquellas fantasías —para las que Juan Luis parecía tener un imán, divertidas durante los años de universidad, peligrosas para los adultos— acabaron por convencerme.

Semanas más tarde ya estaba arrepentida.

Imagino que si se decidió a cruzar el planeta era para continuar con aquella misteriosa búsqueda, pero jamás he sabido realmente qué buscaba.

—Yo tengo otra teoría —dijo de pronto Alicia, con decisión, alzando la voz como si hubiera visto una puerta abierta.

Adela abrió los ojos con interés, aparcando no sin esfuerzo aquella fachada de compungida nostalgia que rezumaba en cada una de sus palabras.

—Pienso que en realidad no buscaba nada en concreto, sino que estaba huyendo, puede que de su rechazo —lanzó Alicia en un tono de reproche que se fue diluyendo en una voz queda y apagada, casi llena de vergüenza.

La mordacidad y la ironía no son artes que cultiven los solitarios más que en el interior de sus cerebros; a ellos mismos les asustan sus palabras cuando les ponen voz.

Adela cerró los ojos un instante, asimilando el golpe con una pasmosa aceptación:

—He intentado desterrar esa idea durante años; aun así, no he logrado liberar a mi alma de ese lastre.

Un fuerte sentimiento de culpabilidad araña mi corazón intentando corromperlo; he pasado noches enteras convenciéndome de que no tenía suficientes razones para pensar de ese modo.

Escucharlo ahora de unos labios ajenos suena como una deuda del pasado; siento como si sobre mi cabeza hubiera estado oscilando una guillotina y ahora hubieses cortado la cuerda.

—Si he de serle sincera, esa era justo mi intención al venir aquí: la venganza —admitió Alicia, aflojando los hombros—.

Pero no se torture, ahora veo que estaba equivocada.

Perdóneme, ahora me doy cuenta de que la culpa no es suya; supongo que uno no se enamora cuando y de quien quiere.

Lo siento, han sido el tono de sus palabras y no sus lágrimas las que me han mostrado la realidad; me ha hablado con el corazón y no albergo dudas.

Ahora estoy segura de que usted sufrió más que nadie su desaparición.

—Sí, es cierto, he lamentado mucho su pérdida, aún sigo haciéndolo —murmuró Adela con un hilo de voz—.

Tal vez tengas razón: no siempre nos enamoramos cuando queremos.

Que dos personas se amen y que, sin saber muy bien por qué, no puedan estar juntas resulta más doloroso que enamorarte de quien de ti no se enamora.

—Sí, sé muy bien a qué se refiere. No tiene motivos para sentirse culpable; imagino que no está al corriente de lo sucedido en la isla cuando usted lo dejó solo —Alicia hizo una pausa interrogando los ojos de Adela, que, como si hubieran recibido un chispazo, mostraban una confundida expresión de sorpresa y esperanza.

Alicia se incorporó hacia adelante como si se preparase para soltar una confidencia en medio de una plaza abarrotada—.

Mi padre encontró por casualidad al viejo científico; juntos destruyeron las pruebas lanzándolas al fondo del mar.

Él escribió que era para velar no solo por la seguridad del inventor, sino para salvar a las personas implicadas a su alrededor.

Imagino que ese plural nos incluía a nosotras dos.

Un ángel silencioso surcó de nuevo el espacio entre las dos mujeres, sumida cada una en sus propios pensamientos.

Solo Adela parecía sentir el suficiente dolor para dejar que su pena fabricase lágrimas; en su interior albergaba la oscura sospecha de que, en el fondo, lo tenía merecido, y que la joven que tenía delante estaba recibiendo el premio que decía venir buscando.

—Lo echo mucho de menos —dijo de pronto Alicia con la voz muerta entre susurros hiposos—.

Apenas lo recuerdo, pero siento muy dentro su ausencia.

Tengo veintiún años y estoy sola —su voz parecía llegar desde el fondo de una cueva—.

Solo conozco la pobre opinión de mi madre y los recortes de prensa; mi madre volvió a rehacer su vida, usted parece que también —dijo señalando la fotografía con una voz cargada de envidia—.

Estoy sola y no sé hacia dónde camina mi vida; no logro encontrar el rumbo.

Adela se levantó y cruzó los dos metros que las enfrentaban para sentarse a su lado.

El contacto de sus sedosas manos sobre el suave cabello sirvió de detonante para que la tristeza explotara en lágrimas desesperadas, justo lo contrario que deseaba.

Adela, comprensiva como una madre, intentaba reconfortarla sintiendo aquel dolor como propio, derramando sus propias lágrimas; entendía muy bien el dolor de una hija obligada a salir adelante sin la tutela de un padre.

Alicia se desembarazó de gran parte de sus penas anegando los hombros de la abogada, hallando consuelo donde buscaba venganza, comprensión donde pretendía hollar una herida.

Desesperada tras su encuentro con la realidad —que no era otra cosa que la bofetada que su solitaria vida le propinaba a diario—, en la casa cordobesa encontró muchas cosas, pero, aunque aún no lo sabía, solo un par de trocitos pertenecían a su padre