8 EL TESORO #3
De nada sirvieron las repetidas alusiones de Juan Luis de que la verdadera razón del viaje era encontrar pruebas que certificaran una teoría lanzada por el enigmático científico; pruebas que no solo demostrarían que el científico decía la verdad sobre su invento, sino que sacarían a la luz la existencia de una civilización desconocida, evidencias que sostenía se hallaban bajo unas coordenadas específicas.
Pero eso ya no era importante. Para Alicia, Adela era la culpable de la desaparición de su padre, y su nuevo estado de ánimo le confería las fuerzas suficientes para buscarla y hacérselo saber. Estaba decidida.
Llamó al timbre con el corazón arrugado a la altura de la garganta.
Tras la puerta encontró una imagen difusa, muy diferente a la construida en su vengativo interior: la mujer tenía un rostro más amplio, menos anguloso, tostado por los años más que por el sol, lo que acentuaba los rasgos de una madurez bien llevada.
El brillo de la media melena color azabache, cercando el insondable pozo de negrura de sus ojos, aún reflejaba restos de una belleza y sensualidad que el tiempo no había logrado deshacer; las curvas de su cuerpo permanecían bien definidas.
Al mostrar la dentadura de grandes incisivos sobre unos carnosos labios que preguntaban con un simple siseo, terminó por confirmar que estaba frente a la dueña de la odiada imagen preconcebida en los recortes de prensa.
No se había equivocado de casa; por un momento pensó en su mala fortuna.
Ya no había vuelta atrás: sobre aquellos bellos ojos, Alicia leyó desconfianza.
—Hola, ¿es usted Adela Cifuentes? —preguntó, tensando los dedos alrededor de su bolso.
—Sí, ¿qué desea? —contestó la mujer con un tono seco—. Le advierto que no tengo tiempo, no necesito comprar nada.
—Soy Alicia.
Adela escuchó aquel nombre como el que oye llover. Con una mano apoyada sobre el marco y la otra sujetando la puerta, en su ceño arrugado se adivinaba el deseo de querer cerrarla sin contemplaciones, dibujado con un pincel de hastío que ni se preocupaba en disimular.
—Alicia Santander —añadió la joven, bajando ligeramente la barbilla—, la hija de Juan Luis.
El brillo de la desconfianza dio paso a una perplejidad que tampoco esta vez pudo disfrazar.
Era evidente que aquella visita era lo último que esperaba; durante un eterno segundo, ambas se aguantaron la mirada, observándose cada una desde su propio balcón del pasado.
Para las dos, una incierta puerta acababa de abrirse.
En silencio, Adela apartó el cuerpo y abrió la puerta para dejar pasar a la joven.
Aquella mirada escrutadora le pesaba en los hombros como un abrigo de lana en pleno verano.
Cruzó el umbral con la incómoda sensación de inoportunidad que arrastraba desde el tren, un recordatorio constante de su propia imprudencia.
De repente, la invadió una profunda y cruel culpabilidad por haberse dejado llevar por un impulso, agravada por un detalle definitivo: al haber pronunciado su nombre, ya era demasiado tarde para echarse atrás.
—Pasa, por favor, y discúlpame —murmuró Adela, apartándose un mechón de pelo del rostro—. No esperaba visitas, y menos desde otro tiempo.
Alicia asintió con un ademán que en realidad pretendía escenificar una disculpa mayor.
La anfitriona la guió por un pasillo estrecho y poco iluminado cuyas paredes rebosaban de recuerdos enmarcados.
El corredor desembocaba en un amplio salón rectangular donde una chimenea apagada dominaba el centro de la pared oeste; unas luminosas cristaleras de madera dejaban entrever un coqueto patio genuinamente andaluz, con el suelo atestado de flores al igual que la pared encalada del fondo, donde colgaban tiestos de todos los tamaños y colores, y un par de aves cantarinas picoteaban en su pesebre tras unas doradas rejas de alambre.
Un sentimiento enternecedor envolvió a Alicia al percibir la paz que emanaba de aquel ambiente rústico.
En la pared, sobre una estufa de ladrillos pintados, colgaba una fotografía antigua de Adela junto a un niño sonriente.
Al contemplarla, Alicia advirtió el implacable paso del tiempo en el rostro de la mujer y, por un instante, experimentó un extraño destello de cercanía al mirar los ojos del niño, como si se reflejara en un espejo.
Sin embargo, de aquella felicidad capturada ya no quedaban rastros en los rasgos adustos de Adela.
Incómoda, tomó asiento en un butacón de mimbre de respaldo exageradamente alto, repletos de cojines recargados que, sintiendo que le estorbaban como arena sobre una sábana de seda, terminó por apartar con impaciencia.
Alicia dejó caer sus nerviosas posaderas sobre el filo de un estampado sofá de loneta de dos plazas, cuyo barroco color desentonaba con la exquisita decoración del resto del salón.
La joven paseaba la mirada perdiéndose en los recuerdos de una vida ajena, preparando la avanzadilla para el abordaje de un trozo de la vida de su padre que de momento no merodeaba por el lugar.
Adela hizo gala de su hospitalidad y ofreció algo de beber con un gracioso seseo que se clavó en los oídos de Alicia, haciéndola sentir como una intrusa perdida en un lejano país.
El nuevo tono de voz, menos hostil pero sin llegar a la familiaridad, generó un sentimiento de confianza que, si bien la obligó a rechazar la invitación con un leve movimiento de cabeza, le dio la energía suficiente para acomodarse sobre el sofá y encarar la mirada directa y resuelta que Adela le ofrecía.
—¿Cómo me has encontrado? —preguntó la anfitriona, cruzando las manos sobre las rodillas.
—Investigando a mi padre; según parece, usted fue la protagonista de un importante capítulo de su vida —hizo una pausa, sorprendida al igual que Adela, que abría sus ojos y oídos de par en par al comprobar cómo de su propia voz había desaparecido el tono belicoso con el que había preparado la entrevista—.
En el bufete donde usted trabajó me dieron esta dirección.
Lamento presentarme de este modo; solo quería conocerla, y bueno, el teléfono me parecía un camino demasiado frío para averiguar cosas de mi padre.
Adela exhaló un suspiro despacio, mirando de reojo hacia el patio antes de responder:
—No estoy convencida de si fui o no algo importante para Juan Luis, pero te aseguro una cosa: tu padre ha estado, está y estará presente en mi vida para siempre.
Aquel espontáneo arranque de sinceridad la desarboló por completo. De repente, sus ansias de reprobación se difuminaron; en el trasfondo de aquella frase se adivinaba un sentimiento puro que podía describirse como eterno.
—¿Cómo era mi padre? Hasta la fecha, para mí ha sido un personaje anónimo; solo conozco el punto de vista de mi madre, y créame, no es el más objetivo.
Adela esbozó una sonrisa melancólica, dejando que la vista se le perdiera en un rincón del salón:
—Nos conocimos en la universidad. Éramos muy jóvenes e ilusos, demasiado inocentes...
Nos divertíamos, me hacía lo suficientemente feliz.
Lo curioso es que ni siquiera llegamos a salir, en plan novio me refiero.
No estoy segura de cómo calificáis hoy día las relaciones; entonces era más sencillo.
Siempre he creído que fue el miedo al rechazo lo que impidió que aquello avanzara, o quizás el temor a perder los buenos ratos que compartíamos.
Realmente disfrutábamos de una agradable y sincera amistad.
Hizo una breve pausa, humedeciéndose los labios con la lengua antes de continuar con un matiz más sombrío:
—Años después nuestras vidas volvieron a cruzarse, puede que no en el mejor momento, pero nadie es dueño de su destino, y él menos que nadie.
—¿A qué se refiere? —interrumpió Alicia, inclinándose ligeramente hacia delante.
—A que, cuando nos encontramos, él vivía una vida que no era la suya —prosiguió Adela, frotando distraídamente el borde del sillón—.
Me acerqué a él por iniciativa propia, pero antes, en mi trabajo, me habían presionado para que me convirtiera en su espía.
Él nunca conoció toda la verdad y yo no estaba dispuesta a vivir una mentira; me vi atrapada entre dos mundos.
Por entonces tenía ambiciones en mi trabajo; el raquítico árbol de la codicia me impidió ver el frondoso bosque que había detrás.
Cuando comprendí mi error, me alejé de todo, pero te aseguro que no ha pasado un día en el que no me haya arrepentido de aquella decisión.
Entonces no fui consciente de que lo dejaba solo en el peor momento; desde entonces siento que traicioné algo mucho más grande que nuestra amistad.
Nunca he llegado a estar convencida de qué es eso que llaman el verdadero amor, pero cuando recibí la noticia de su desaparición sufrí muchísimo, y no solo porque me sintiese terriblemente culpable: me di cuenta de cuánto lo echaba de menos.
—De eso quería hablarle. ¿Sabe por qué se fue o qué buscaba?
Adela negó despacio con la cabeza, apagando el brillo húmedo de sus ojos con la esquina de un pañuelo de manera delicada:
—No tengo ni idea. Toda aquella historia de acertijos y espías nos ayudó a conocernos mejor y más rápido, demasiado tal vez.
No puedo negar que resultó divertido, y aunque he de admitir que por entonces buscaba otra cosa para mi vida, el desenlace vivido en Mallorca me superó.
Cuando, siguiendo un arrebato, lo dejé plantado en aquel hotelito, en lo único que pensaba era en mí misma; me molestaba que no fuera consciente del terrible miedo que había sentido —pánico, mejor dicho—.
Yo estaba al borde de un colapso nervioso y él continuaba disfrutando de aquel juego, orgulloso de haber burlado no solo a la muerte, sino a nuestros perseguidores.
Bajó la mirada hacia sus manos, apretando el pañuelo con fuerza: