Huellas bajo el hielo 8 EL TESORO #2
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8 EL TESORO #2

Me gustaría pensar que a través de esta lectura puedas recuperarme.

Ojalá mi historia llegue a tus oídos y no solo a tus ojos.

En mi anterior viaje la muerte se paseó muy cerca; espero regresar triunfal y romper esta carta.

Por si acaso, recuerda que te quiero, y que siempre lo haré; tú eres lo único importante que dejo atrás.

Si no hubieras llegado a mi vida, estoy convencido de que todo lo maravilloso que me ha sucedido no hubiera significado más que un chiste.

Tu amor ha sido mi guía, tu felicidad mi meta; cuando las fuerzas me desaparecían, las encontraba en tu recuerdo, y cuando las esperanzas me abandonaban, hallaba consuelo en tu sonrisa.

Cada noche acompañas mi sueño y tus cosquillas me despiertan por la mañana.

Te aconsejo que medites cómo actuar con la tremenda responsabilidad que supone mi legado. Si todos mis secretos, o los de Francisco, no solo no te hacen feliz, sino que suponen un peligro, no lo dudes: olvídalos. Solo tu felicidad es importante para mí.

Te quiere, Tu padre».

Alicia suspiró nerviosamente. Su estómago sentía todo lo contrario al apetito; las mariposas se habían convertido en ciempiés.

Un escalofrío recorrió su espina dorsal erizando su piel desde el cuello hasta las puntas de los pies, mientras el pecho se hinchaba con dificultad.

La tenaza que enredaba su respiración había regresado con signos de ansiedad.

Si algo conocía de la vida de su padre era su irrupción, junto al misterioso científico, en aquel citado programa de televisión.

Buscando ayuda, Alicia había desgastado el video cassete: aquel enigmático personaje, con el rostro velado, aseguraba ante las cámaras haber construido una máquina del tiempo capaz de captar imágenes reales del pasado.

A raíz de dicha emisión, la popularidad y el misterio truncaron de raíz la opaca y apacible vida de Juan Luis, un estigma que arrastró durante el resto de sus días.

Entre lograr la fama y desaparecer en extrañas circunstancias apenas mediaron un par de años; en este periodo, las acusaciones de un supuesto fraude se sucedieron al compás de millonarias ofertas por exclusivas que la ética no le permitía aceptar.

En el mundo de Alicia nada de aquello existía; apenas recordaba las salpicadas visitas que, siendo niña, había recibido.

A medida que su cuerpo crecía, lo hicieron las dudas: si durante años había soñado con limpiar la memoria de su padre, al final la lucha terminó arrinconada el día que comprendió que cuanto más se remueve la mierda, más huele.

Ahora tenía en sus manos la versión de su padre y, como regalo extra, los secretos del inventor de la máquina del tiempo.

De repente, su padre había dejado de ser un fantasma para convertirse en una víctima, en un héroe perseguido.

Era demasiada información para asimilar en un solo día, y aunque el interés no le faltaba, la duda residía en saber si lograría acumular el valor suficiente para afrontar el reto de conocer y divulgar lo que su padre había calificado como «secretos por los que la mayoría de gobiernos suspiran desde hace años».

Alicia se sorprendió a sí misma con los ojos como platos; sobre la silla, su cuerpo temblaba. Era el momento justo para salir de allí. Con celeridad y atropello recogió sobres y diarios dejando los dibujos y la caja de música a resguardo del metal que cerró con un suspiro, luego salió.

Superó los galanteos del director intentando no parecer descortés, recuperó la calle respirando un aire nuevo. Cuando dejó atrás el lúgubre callejón, aceleró el paso como si de repente una legión de fantasmas vigilase cada uno de sus movimientos.

Sebastián Ferrer, apoyado en el quicio de la puerta, observó cómo la joven se alejaba.

Luego regresó al interior, donde aún flotaba el eco de la retahíla de parabienes con que había adornado la despedida.

Tras cerrar la puerta, cogió su viejo Siemens S45 y, escudriñando los números por encima de las gafas logró hacer una llamada.

Al otro lado no contestaron; solo se escuchó una frase:

—El zorro ha abierto la madriguera.

En un lejano lugar, alguien se puso en marcha.

Sin solución de continuidad, Alicia regresó a la vida de la gran ciudad.

Un mismo camino muestra diferentes percepciones dependiendo del sentido de la marcha o del ánimo del viajero.

En su interior barruntaba que ya no era la chica abandonada y perdida de antes; por momentos sentía que no estaba sola, o quizás era solo un deseo.

Lo cierto es que su vena soñadora había florecido con nuevos y deslumbrantes brotes, azuzándola en busca de aquella mitificada vida alternativa que había perseguido desde la niñez.

Y aunque el futuro continuaba apareciendo nebuloso y solitario, y el presente inmediato amenazaba con situarse al borde de un precipicio, no podía dejar escapar aquel tren.

El hallazgo del banco había marcado un punto de inflexión en su vida que le resultaría imposible esquivar.

Antes de salir de la cámara secreta, había cambiado la clave de acceso dos veces.

La obviedad de sus cumpleaños le resultó tan infantil que terminó formando un panegírico con la mezcla de ambas secuencias: los dos días más los dos meses, seguidos de los años, formaban una combinación de dieciséis dígitos que sobre el panel resultó convincente.

El libro del científico lo había guardado en el fondo sin hojear, oculto por la caja de música.

Guardó en el bolso el diario que había escrito para ella con la firme intención de encontrar al padre perdido entre sus páginas.

El cambio de actitud de Alicia no solo se reflejó en su interior; se compró algo de ropa, en esta ocasión más colorida y alegre, más acorde a su edad.

Sin pretenderlo, estaba dando el primer paso para recuperar su lugar en la vida social de la universidad.

Por el campus caminaba con aplomo, una confianza que a la vista del resto se dibujaba sobre sus hombros, pero que, como un seudónimo, desaparecía en el interior de su casa al comprobar que su día a día continuaba siendo un encarcelamiento voluntario.

¿Dónde, pues, estaba el cambio? La soledad que la había acompañado desde la niñez comenzaba a sufrirla como un lastre; las dudas y los miedos atacaban con menor virulencia, y al caer sola sobre la cama se reflejaban igual de mortificantes que las vividas en sus sueños.

Nada de aquello lograba saciar el apetito que el banco había abierto.

Como si el reconstituyente que supuso hallar el diario de su padre hubiera perdido efectividad, abordaba su lectura de manera metódica, deteniéndose en los detalles.

En ocasiones encendía el ordenador e investigaba para dar veracidad a la odisea que su padre retrataba: cualquier nombre, cargo, comentario o descripción de un lugar la buscaba como queriendo acercar ambas vidas, o intentando retrasar el final.

Era una lenta manera de seguir engañada; en lo más profundo de su ser sabía que aquello era lo único que tenía.

A menudo se sorprendía ensimismada en la nada, con los ojos fijos en las letras, repasando con la punta de las uñas los caracteres impresos, intentando acercarse al hombre y no a su voz.

Su rostro se surcaba de lágrimas, ríos de pena que llevaban una década necesitando salir a la superficie; la vida estaba cobrándose una deuda de lágrimas que necesitaba ser saldada antes de seguir adelante.

Si al principio el diario explicaba lo que era de dominio público, solo ella conoció los detalles que entre bastidores se gestaron para sacar a la luz el famoso programa.

Pormenores que difuminaban en parte la preconcebida visión de héroe del aclamado periodista.

Juan Luis mezclaba sinceridad con humildad en un relato que intentaba dejar en segundo plano a uno de sus principales protagonistas: él mismo.

Las menciones sobre una mujer llamada Adela eran pocas, pero venían cargadas de un trasfondo de alegría y desilusión como solo el amor verdadero es capaz de producir.

Aquella abogada se había adueñado de una parte importante de su corazón; las referencias tristes doblaban en número a los pellizcos que todo ser humano degusta de tanto en tanto del pastel de la felicidad.

Los lamentos de culpabilidad por haberla dejado escapar torpemente se mezclaban con infinidad de incógnitas que, a los ojos de Alicia, sembraban de culpa cada uno de sus recuerdos.

Desde el primer párrafo alegaba haber luchado por recuperar su vida anterior, intentando escapar de la férrea persecución a la que estaba sometido por parte del servicio secreto español, al que siempre había considerado el culpable de su ruptura con Adela.

Como parte de una venganza personal, guardó en secreto que las pruebas fueron destruidas, a pesar de lo cual aclaraba que, en honor a la verdad, tanto a juicio de su propietario como de Juan Luis, nadie tiene derecho a cambiar el pasado: sea cierta la historia que nos cuentan o no, es la que tenemos y así debe ser estudiada.

En otros párrafos parecía desear todo lo contrario.

En definitiva, su padre estaba perdido en un debate interno sobre qué era lo más aconsejable.

Aun así, allí estaba, impresa entre sollozos, la última referencia sobre Adela, lo que ante los celosos ojos de Alicia acabó confirmando el irreparable daño que había supuesto para el corazón de su padre.

La mujer se había marchado a su Andalucía natal.

Alicia leyó entre líneas la verdadera catástrofe: fue la pérdida de Adela lo que empujó a su padre a aquel viaje sin retorno