8 EL TESORO
A licia alucinó nada más abrir el cofre; jamás hubiera imaginado hallar una carpeta repleta de dibujos, una colección de obras originales firmadas con una destacada A mayúscula a la que seguían cuatro indescifrables garabatos —probablemente realizados cuando aún no era capaz de distinguir ni el nombre de los colores—.
Lo que resultaba patente era el profundo valor que su padre les había otorgado.
Una opresora ráfaga de soledad inundó su pecho, haciendo que una lágrima brotara amarga y lacerante, mezclando la nostalgia y el reconocimiento que comenzaban a sentar las bases de lo que hasta ahora era un simple ideal: el amor verdadero por un hombre singular al que apenas comenzaba a conocer.
Bajo el legado de dibujos encontró dos libros forrados con gruesas tapas de cuero.
Entre el verde oficina de uno y el color arena del otro se tejían destellos de secretos.
Con un tomo en cada mano sopesó los títulos: el verde rezaba con letras grandes de impresora "PARA JUAN LUIS" ; el otro, más pequeño, "PARA ALICIA" .
No solo el título, sino también los trazos marcados con un simple rotulador, le conferían un aspecto íntimo.
Instintivamente soltó el de color verde y hojeó el otro, aparentemente destinado solo para sus ojos.
Con la emoción contenida, hubo de cerrarlo al ver que en su mayoría estaba escrito a mano.
Conforme avanzaba en el repaso experimentó una especie de déjà vu ; sintió una íntima empatía que le erizaba la piel.
Las letras formaban torcidos renglones, signos visibles de una mano temblorosa que posiblemente habría ido descargando a trocitos el interior de su alma.
Como si la tinta oliera a sangre, lo cerró asustada.
Apretándolo fuertemente entre las manos, sondeó su corazón; una nube de dudas planeó a su alrededor.
¿Estaba preparada para aquella confesión?
Lo dejó sobre la mesa junto a la carpeta con sus cuadros de rotuladores y ceras, y recuperó el tacto del volumen dirigido a su padre: centenares de páginas rellenas con dibujos de planos y circuitos que en aquel momento no suponían más que un aburrido enigma.
A las primeras hojas, escritas con bolígrafo, les seguía una especie de añadido a grapazo limpio: unos descoloridos y finos folios de ordenador.
Como si estuviera cargado de electricidad, lo apartó de su vista.
El interior del cofre emitía opacos destellos.
En el fondo encontró una caja de música; de inmediato la reconoció como un recuerdo olvidado.
Su mente dibujó la imagen de la caja sobre un sinfonier en el cuarto de la casa de su padre, y a ella misma, cuando no levantaba ni dos palmos del suelo, danzando sobre la cama que ahora utilizaba solo para dormir.
Bailaba al compás de una melodía que su mente no lograba encontrar.
Expectante, acarició el suave tacto de la tapa de madera labrada: una bailarina ataviada con un indescifrable traje regional envuelta en un círculo de notas musicales cuyo color original hacía mucho que se había perdido.
Aquello era uno de esos pocos recuerdos que la mente, por razones insondables, guarda en la recámara marcado a fuego, otorgando una importancia extrema a insignificantes pasajes de la vida.
Con el tiempo, la mente termina equiparándolos a otros lógicos momentos irrepetibles, como el primer amor, el mejor juguete o esas frases aparentemente insustanciales que por alguna extraña razón se alojan en un rincón de la memoria y, de tanto en tanto, fluyen en la soledad como alargando su leyenda de inmortalidad.
—Este joyero será tuyo cuando seas mayor; era de mi madre, que lo heredó de la suya. Espero que algún día lo disfruten tus hijos —recordó la voz de su padre.
Las palabras de su padre regresaron con una extraña sensación de proximidad, unidas al olor de un cabello recién trenzado.
Inevitablemente evocó la figura de la abuela, de la que tan solo guardaba una instantánea: una foto más de una vida cargada de preguntas sin respuesta que ahora, como nunca antes, la hacían saborear lo que era la soledad.
Abrió la tapa y las renqueantes notas metálicas del Concierto de Aranjuez flotaron con su melancólica cadencia entre los pliegues de su piel erizada, bañando sus mejillas de un salado arrepentimiento que comenzaba a punzarle la garganta.
El agrio sabor de las lágrimas la obligó a cerrar la caja sin detenerse a investigar qué guardaba en el interior.
Con el regreso del espeso silencio, intentó serenar el ánimo que, por segunda vez en el espacio de una hora, pugnaba por noquear su cuerpo, desmoronando como un castillo de naipes la fingida autosuficiencia con la que había dejado a su madre y se había presentado en aquel extraño lugar.
Un forzado suspiro aplacó las lágrimas, que secó con el dorso de la mano antes de terminar limpiándose en los vaqueros ajustados que apretaban su vientre, donde los nervios comenzaban a abrirse hueco junto al escaso desayuno.
Sobre el fondo del baúl de los recuerdos de su padre, aparecía como una isla perdida en medio del océano un sobre del mismo color que el anterior.
La necesidad de sentirse abrazada la llevó a buscar una fragancia impresa, pero aquel sobre solo olía a papel y a decenas de calendarios cumplidos.
Un tanto decepcionada, tomó asiento y drenó los restos de su congoja con un clínex.
Ahora su estómago parecía a punto de reventar, como si millones de nerviosas mariposas la arañasen peleando por salir.
Buscando sosiego, se desabotonó los tejanos y carraspeó como si estuviera a punto de dirigirse al público; en realidad, expulsaba una carga de nuevos temores que intermitentemente sazonaban su alma con un condimento parecido a la desilusión por la ausencia de verdaderos tesoros, incapaz aún de valorar lo que verdaderamente tenía entre manos.
«Querida hija:
Estos escasos textos que tienes entre tus manos constituyen mi legado, retazos de una vida que a primera vista podría catalogarse de insípida. No te equivoques, tienes en tu poder algunos secretos por los que algunos gobiernos suspiran desde hace años.
En la actualidad continuo siendo víctima de un férreo marcaje por parte del CNI, el cual intuyo que colabora con la NSA norteamericana.
Por si no lo sabes, hace unos meses me vi envuelto en la mayor aventura que un periodista pudiera soñar; por culpa de una serie de extrañas circunstancias las cosas se torcieron, e intuyo que a mi alrededor solo hay una persona en la que puedo confiar: TÚ.
Desgraciadamente aún eres demasiado pequeña, por esta razón he confiado mi tesoro a los monjes custodios, con la intención de que, si a mí me sucediera algo, tú fueses la única persona en el mundo capaz de recuperarlo.
Imagino que cuando esta carta llegue a tu poder ya conocerás la historia; el principio fue culpa del azar y por el mismo motivo acabó.
Solo te diré que tengo la intención de escribir un diario donde espero poder explicarte al detalle lo sucedido, para que al menos la persona más importante de mi vida conozca la verdad.
Llámame estúpido o timorato, pero no me he atrevido a leer los secretos que Francisco me confió, y que sin lugar a dudas son el producto de una vida singular; prefiero pensar que soy un romántico que ha escogido guardar un anonimato que a él tanto esfuerzo le costó conseguir.
Tal vez en el futuro tu curiosidad, o las agallas de las que carezco, te den la suficiente energía para dar a conocer la verdad sobre un gran hombre.
La verdad es que siento actuar de una manera tan inconsciente; me siento desesperado y solo.
Aún no puedes calibrar la enorme responsabilidad que este legado supondrá para ti; de ahora en adelante tu vida no volverá a ser la misma.
A pesar de ello, confío en que hallarás la manera más sensata de actuar.
Por si alguna vez lo necesitas o te sientes acorralada, es importante que sepas que las imágenes grabadas con la máquina del tiempo fueron destruidas; descansan en el fondo del Mediterráneo, donde espero que un día puedan también reposar mis cenizas».
Alicia apartó las hojas; el desencanto del principio había dado paso a un miedo desgarrador.
Comenzaba a ser consciente de que tenía en su poder algo mucho más valioso y peligroso de lo que jamás hubiera soñado.
El temor a no estar a la altura de lo que su padre esperaba de ella se afianzó sobre sus hombros como una pesada carga.
Huyendo de pensamientos irresponsables, retomó la lectura.
La segunda hoja parecía un añadido; las gruesas letras parecían haber sido escritas con otro bolígrafo.
«Hace unas semanas he regresado de una nueva aventura.
El fracaso de esta expedición no ha minado mi determinación, sino todo lo contrario: ya estoy preparando el regreso.
Durante el último año he intentado cumplir la promesa que me hice a mí mismo.
Aquí te dejo mi diario, donde he intentado plasmar mi camino hacia las sombras de la verdad; en estas páginas relato cómo conocí al científico y cómo se gestó el programa de televisión.
Si no he descargado el resto de mi vida ha sido porque siento que lo único resaltable que hay en ella has sido tú.