7 LLEGA CIVES #4
—Precisamente por esa razón no podemos volvernos ciegos.
A menudo olvidamos que estamos aquí por culpa de un accidente; abandonaron a sus hermanos como solución a un problema de simple supervivencia, con la promesa de un regreso.
En sus escritos encontramos detalles maravillosos del paraíso de donde procedían, el que nos prometieron regalar, y después nosotros inventamos las reglas para alcanzarlo y lo aceptamos como ley, como único camino posible para merecer esa dádiva.
En eso creemos, pero del mismo modo, en las escrituras se detallan los movimientos estelares: ellos nos dijeron que el destino de todos los seres está escrito en las estrellas, solo hay que saber entenderlas.
Fueron ellos los que nos incitaron a estudiarlas.
Cada individuo toma de las enseñanzas las ideas e incluso las leyes que más le convienen a su forma de entender la vida; la fe por sí sola no nos otorga suficientes argumentos para dudar de lo que supuestamente nos aparta del camino trazado por ella.
En estos instantes no tienes otros motivos para dudar del mensaje descifrado, del mismo modo que yo no tengo suficientes argumentos para pensar que tus ideas expuestas —otra vez, y que son las mismas que aprendemos y enseñamos a nuestros hijos— no constituyan la verdad más absoluta.
—¿Cuándo podrás confirmar la trayectoria y el momento exacto del impacto? —dijo el primer anciano en intervenir, con tintes de cansancio en la voz.
—Ya he contestado a eso. Calculo que, en aproximadamente un par de lunas, si no fallan mis previsiones... Aunque, si tengo que ser sincero, he de confesar que es más un deseo que un hecho científico.
—Entonces —intervino Liseng—, no importa continuar con la discusión. Esperaremos dos lunas y entonces decidiremos.
—¡No, no! Es ahora cuando debemos actuar.
Puede que dentro de dos lunas sea tarde; es más, cabe la posibilidad de que ya estemos condenados.
Si hacemos caso a las enseñanzas que afirman que todo está escrito de antemano, ¿para qué actuar?
Pero la ciencia es otra cosa: podemos estudiar, podemos comprender, no adivinar, pero sí rectificar.
Pensar que las soluciones llegarán por sí solas no es propio de nuestra raza; somos los descendientes de un pueblo inteligente.
Es cierto que nuestra capacidad, si hacemos caso a las escrituras, se ha visto mermada con el paso de los siglos, pero aún podemos...
No, mejor dicho, debemos buscar soluciones.
No estoy diciendo tomar decisiones precipitadas, solo ser conscientes de que tenemos la necesidad de prepararnos, cuanto antes mejor.
—¿A qué te refieres? —preguntó Boedir confundido.
—Estoy hablando de que esta reunión era para informar a la comunidad de que hemos de estar prevenidos, para que todo el mundo piense que es necesario preparar un plan para el más que probable éxodo de la comunidad.
—¿Y cómo pretendes lograr la evacuación de trescientos seres y todos nuestros tesoros de manera segura?
¿Es que has olvidado que ya no disponemos de la energía para surcar los aires?
¿Y qué pasa con la baliza eterna que marca el camino a nuestros rescatadores?
Tú mejor que nadie sabes que no podemos llevarla con nosotros...
—la voz del presidente resonaba firme, como una losa inamovible.
Cives se arrugó. Visiblemente fatigado, se dejó caer sobre su asiento, vencido por una pregunta a la que no podía responder.
Aquella incógnita regresaba como un dolor persistente, con un marcado tono de acusación al ser pronunciada por otros labios.
En la soledad de su impaciencia había desarrollado fórmulas e hipótesis a cada cual más irrealizable; derrotado, comprendió que no era el momento de exponer más teorías.
Ahora era él quien necesitaba tiempo, pero ya no se atrevía a solicitarlo.
—Todo se solucionará, estoy seguro —contestó sin poder ocultar su desesperación—.
Juntos hallaremos la fórmula para solventar los pormenores...
Me temo que resultará imposible cargar con las evidencias que marcan nuestro pasado.
De nuevo os pido perdón; no pretendo que esto suene a blasfemia, pero considero que los ciudadanos son más importantes que las reliquias.
Liseng sopesó nuevamente la idea de atacar la irreverencia de Cives, aun así, optó por el pragmatismo de apoyarse en la historia:
—Creía que no sería necesario recordaros las promesas que nuestros fundadores hicieron en el principio de los tiempos, las que todos juramos mantener.
Recordad las escrituras: recorrieron el planeta en busca de la energía que las naves necesitaban, encontraron grandes dificultades para no inmiscuirse en la natural evolución de los primitivos pobladores...
Nuestra blanca piel y las elevadas temperaturas del planeta mermaban la capacidad natural de nuestra especie, algunos pueblos nos recibieron como dioses, otros como demonios.
Cuando no hallaron la forma de reparar los desperfectos, decidieron que la mitad aguardara su regreso; sabiamente decidieron recluirse en esta para nosotros fresca región y aguardar el rescate.
Nada indica que el exterior haya cambiado lo suficiente para que nuestra especie logre sobrevivir, ni de que los primitivos pueblos que habitan el planeta nos reciban con los brazos abiertos. No somos un pueblo guerrero...
En el ambiente se extendió el humo plomizo de un fuego que aún alimentaba viejos rescoldos.
Cives estuvo tentado de impartir una nueva clase de teología; su corazón siempre se encendía con lo que él consideraba la sinrazón, pero no era el momento de perderse en los vericuetos de un laberinto imposible de salvar.
Solo tenía que decir lo que siempre había creído: que la fe y la esperanza deben ser propagadas a través del amor, no del miedo y las prohibiciones.
Pero no era el momento de postularse, aunque sabía que muchos pensaban de igual manera, pero pocos se atrevían a confesarlo; nadie quiere ser señalado por poner el cascabel erróneo.
Para Cives, lo más importante no era la religiosa espera que los mantenía unidos, no en aquel momento.
—Ojalá —dijo bajando la voz, como pretendiendo ocultar la desilusión que embargaba su espíritu—.
Llevado por esa llama que ilumina los actos de las personas inteligentes y bondadosas, se imaginaba retractándose en el último instante para abrazar el fuego que parece arder en el interior de las personas convencidas... Pero una vez más no lo conseguió.
Intentó buscar las palabras necesarias para atajar el tema sin que sonara a derrota, como si en realidad no estuviera aparcando la discusión, pero tampoco quería que ocurriera justo lo que resultó inevitable:
—Pero me temo, amigos, que, si no hacemos algo para evitarlo, nuestra historia desaparecerá como un ligero viento, sepultada bajo un manto de olvido.
Centenares de generaciones habrán dado sus vidas por nada.
Todos los que somos bendecidos con la fortuna de ser padres aprendemos que, desde ese momento, el mundo que gira a nuestro alrededor cambia; el nacimiento de carne de tu carne provoca un punto de inflexión en nuestras convicciones que lo trastoca todo.
Ya lo personal no importa; todo lo que hacemos, todo por lo que luchamos o soñamos los tiene a ellos de protagonistas.
Hasta la fe del más convencido se tambalea cuando la desgracia se ceba con los de tu sangre.
Es en ellos en los que tenemos que pensar, es a ellos a los que tenemos que salvar; si no, nuestros descendientes no podrán dejar su sello en el universo, no lograrán conocer el paraíso.
De nuestros venerados mayores nadie se acordará, nuestra fe, al igual que nuestros hijos, no sobrevivirá.
Aquel arrebato de pesimismo caló más hondo en las conciencias de la comunidad que el resto de las palabras lanzadas entre los recovecos de la gran caverna.
Incluso el soberbio Liseng pareció recibir la crudeza de las palabras penetrando con fuerza en el fondo de su corazón; por primera vez buscó a Menrac entre el público.
La joven, sentada en la segunda fila, dejó escapar una lágrima que se clavó en su pecho como un dardo ardiendo; sobre sus ojos se reflejaba un drástico cambio.
Con la misma intensidad, aquellas lágrimas penetraron en el pecho de Goser, que cogía su mano con cariño, impotente ante las tristes palabras de su padre que de pronto lo hicieron sentir egoísta.
Kaliani, dos filas por encima de su hijo, no pudo soportar la derrotada estampa que su marido ofrecía, consciente de que los miedos que durante meses habían impedido su descanso solo tenían un culpable, y este no estaba viajando amenazador a través del cielo, sino sentado allí delante.
La mujer tenía asumido su destino; para el matrimonio la salvación se vislumbraba lejana.
Un sentimiento de amor puro se extendió como una niebla por la bóveda de piedra, calando en los centenares de corazones de padres y madres, incapaces de anteponer sus creencias a la vida de sus hijos, resueltos a luchar contra todo lo inimaginable para salvarlos.
Liseng, que también era padre, comprendió que la batalla estaba perdida: solo por ellos debían prepararse.