Huellas bajo el hielo 7 LLEGA CIVES #3
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7 LLEGA CIVES #3

—Antes de continuar, os pido —mejor dicho, os ruego— que me perdonéis —comenzó Cives con voz quebrada—.

Lo último que pretendía era asustaros; solo intento prevenir a la comunidad de un más que posible peligro.

Mi único objetivo es, ha sido y será velar por la seguridad del colectivo.

Os aseguro que cada día sueño con que ese objeto que nos amenaza desde el cielo varíe el rumbo y desaparezca de nuestras vidas como un mal sueño, pero hasta que eso ocurra —y por si acaso no sucede, tal y como me temo—, hemos de prepararnos.

Un nervioso murmullo regresó al centro de las gradas.

Si Cives pretendía no asustarlos, a fe que lo estaba consiguiendo sin esfuerzo.

Liseng volvió a levantar el bastón por encima de su cabeza, mirando con el rabillo del ojo los posibles movimientos de Boedir; en esta ocasión fue Cives quien aprovechó el silencio para adelantarse al presidente.

—Soy consciente de que muchos pensaréis que la solución más obvia va en contra de todo en lo que creemos.

Pero si hemos de esperar el regreso de nuestros rescatadores, estaréis de acuerdo conmigo en que lo esencial es hacerlo vivos, y no sepultados bajo el agua helada o confinados en el interior de las cavernas que nos sirven de refugio.

—¡Un momento, Cives! —atronó de pronto la irritada voz de Liseng—.

Tu misión hoy consistía en informar a la comunidad.

Hasta la fecha, esto no es más que una posibilidad; no tenemos motivos para adelantarnos a los acontecimientos.

Recuerda que hace unos ciclos te rogué paciencia y silencio; ahora vuelvo a solicitar lo mismo.

Dinos, según tus cálculos: ¿cuándo crees que conocerás con exactitud si esa teórica amenaza es un peligro cierto?

Cives dudó unos segundos.

—No estoy seguro. Calculo que al final del próximo ciclo, si mis cálculos son correctos...

Creo que ese objeto llegará a nosotros como muy pronto en tres lunas, y como máximo en cinco.

Además, no estoy de acuerdo: considero que he tenido mucho más que paciencia.

Continuar retrasando los preparativos de las posibles soluciones no me parece lo más apropiado; si esperamos demasiado, puede que lleguemos tarde.

Una anciana sentada al final de la fila izquierda llevaba tiempo inquieta, mesándose su larga y plateada cabellera.

Venciendo su temor a usar la palabra, su voz —cálida y afable, sin signos de la avanzada edad que presentaban sus sienes arrugadas— restalló en la sala como un llamamiento a la cordura:

—Amigos, creo que debemos serenarnos, aun a riesgo de parecer estúpida. Dime, Cives: ¿cuáles creen que serían las consecuencias reales que sufriríamos con la llegada de esa luz?

—En primer lugar, no creo que se trate de una simple luz; pienso que es un objeto sólido y extremadamente gigantesco, dos aspectos que le confieren una terrible ferocidad.

De caer sobre la superficie del planeta, las consecuencias resultarían devastadoras.

Si impacta sobre la superficie salada, provocará un movimiento en la corteza que variará todo el equilibrio natural de las cosas, desde el clima hasta la percepción de los ciclos; el impacto haría crecer el nivel de los océanos hasta sumergir las superficies actuales, las cuales permanecerían ocultas durante siglos, convirtiendo algunas zonas en suelo marino para la eternidad.

Por otro lado, si el impacto se produce encima de la superficie sólida, creará una nube de polvo que tardará siglos en desaparecer: los animales y las plantas dejarán de recibir la luz del sol y perecerán, la atmósfera se volvería irrespirable y tanto los humanos como los alenitas dejaríamos de existir.

—También podría ocurrir que ese objeto pasara de largo —intervino Liseng mayestático.

—Sí, cabe esa posibilidad, pero eso no significa que la proximidad de su trayectoria no suponga cambios para el planeta.

Si su estela se contenta con rozar las capas altas de la atmósfera, tan solo observaremos una lluvia de fuego compuesta por millones de fragmentos que se convertirán en piedra al llegar al suelo.

Pero si se acerca lo suficiente, la fuerza que su elevada velocidad nos indica podría desviar el eje perpendicular del planeta, ocasionando cambios irreversibles en el clima de manera que los sitios templados se vuelvan fríos, y los helados como el nuestro, cálidos.

Además, en primera instancia, el impacto provocaría que la masa helada que nos rodea pasara a convertirse en líquida; nuestra región sería la primera en perecer bajo la crecida del agua.

—Entonces... ¿cuál sería la solución? —volvió a tomar la palabra la anciana—. ¿Abandonar la región en busca de otra más elevada y segura? ¿En qué te basas para suponer que eso resultaría más seguro?

—Solo es un cálculo de probabilidades, lo admito. El planeta, tal y como lo encontramos dibujado por nuestros antepasados, está formado por ocho partes líquidas y dos sólidas; es más probable, por tanto, que el impacto —de producirse— ocurra sobre el agua, justo lo que nos rodea.

Liseng decidió colarse por esa puerta mal cerrada por el científico, como quien se aferra a una última tabla de salvación para regresar el debate a su terreno: la teología.

—¿Nos estás diciendo que todos tus consejos de supervivencia, para los cuales hemos de traicionar nuestras creencias, se basan en una simple probabilidad?

—Sí. Me gustaría ser más preciso, pero desgraciadamente aún no puedo.

—Por esa regla de tres, yo podría pensar que cuanto más elevado esté, más probabilidades hay de que el objeto impacte directamente contra mi cabeza, y que por lo tanto la solución se halla en las profundidades del planeta.

—Ya lo había pensado. Por desgracia, nuestra tecnología no nos permite excavar la roca del mismo modo que a nuestros ancestros, además de que nuestros cuerpos necesitan alimentos de la superficie...

Y recuerda que ese objeto puede ser incluso mayor que este planeta; no olvides que se hizo visible hace más de doce ciclos.

—Solo un gran ciclo no es demasiado tiempo —replicó Liseng con tono sarcástico—.

Amigos, nos estamos olvidando de una parte esencial del problema.

Aguantamos encerrados en esta región durante siglos por una serie de razones que, a mi modesto entender, resultan incuestionables.

Todos sois conscientes a qué me refiero: las enseñanzas de nuestros antepasados son muy claras en este sentido.

Estamos aquí no solo esperando su regreso —aunque esa promesa es la razón fundamental que nos impulsa a continuar aquí—, no debemos olvidar lo que describen sus relatos: los peligros que descubrieron más allá de la superficie salada son transparentes.

Los pueblos que encontraron resultaban no solo primitivos e ignorantes, sino también peligrosos; no estaban preparados para un progreso y unas creencias tan avanzadas como las nuestras.

Imponían sus ideas a base de sangre y fuego, adoraban al mismo Gran Creador y se mataban entre ellos por imponerle un nombre diferente, ofrecían sacrificios de su propia carne para limpiar sus almas...

En definitiva, se comportaban como animales y atacaban todo lo que desconocían.

El presidente alzó aún más la voz:

—Por esta y muchas otras razones, nuestros antepasados decidieron recluirse, convencidos de que no podían mezclarse con ellos, sin añadir que solo en la pureza de nuestra raza podemos conservar nuestros ya mermados dones.

¿De verdad estáis dispuestos a perder todo eso por una simple idea?

¿Por una tiránica amenaza? ¿Por una probabilidad?

Los primeros viajeros que llegaron al planeta disponían no solo de avanzados medios de transporte, sino de una cultura y una sabiduría sobre el firmamento que nos dejaron como legado.

Durante toda mi vida he estudiado sus escritos, y no recuerdo ningún pasaje que mencione nada parecido a lo expresado por Cives.

No concibo la idea de que ese cielo que hubieron de atravesar para llegar hasta aquí presentara una amenaza semejante y que ellos se hubieran olvidado de mencionarlo.

Mi opinión es que debemos esperar; tenemos que continuar esperando su regreso, y no la llegada de amenazas desde el cielo.

—No pretendo caer en la blasfemia. Reconozco que no puedo ser tan heterodoxo como tú, que no poseo esa fe ciega que te convence de la infalibilidad de los actos de nuestros fundadores y de ese misticismo de perfección con que les envolvemos —replicó el científico con verdadera pasión—.

Reconozco que es admirable, pero, como todo en la vida, también esta premisa puede ser discutida.

Sí, tener fe es clave para dejarse guiar por la vida, pero no con los ojos cerrados; la razón nos fue entregada para utilizarla.

Sé que, como todos alguna vez, tú también te has planteado que tal vez las escrituras están incompletas.

A pesar de su manifiesta superioridad, ¿no te has planteado nunca ciertas dudas?

¿Por qué viajaban por el espacio infinito?

Yo te lo diré: en busca de conocimientos.

Las enseñanzas siempre van dirigidas en función de quien las imparte; todos aprendemos de niños que eran superiores, casi inmortales, nos vanagloriamos de ello y nos aferramos a esa creencia.

Conferirles esa natural superioridad nos ayuda a sobrellevar el peso de nuestra desgracia y también alimenta nuestra vanidad.

Cives dio un paso al frente: