7 LLEGA CIVES #2
La concurrencia quedó paralizada. Habían escuchado rumores, datos imprecisos que no habían pasado de ser calificados como simples exageraciones.
Incluso Goser se quedó helado: a pesar de ser uno de los pocos que conocía los detalles de la línea de investigación de su padre desde un principio, no fue hasta aquel momento cuando cobró conciencia de la envergadura del problema, al percibir el olor del miedo esculpido en las silenciosas caras vecinas, como si la voz alzada de su padre aumentara la ferocidad del peligro al exponerlo públicamente.
Cives no estaba convencido de haber logrado explicarse, pero de lo que sí era consciente era de haber captado su atención.
Aparentemente no percibió el temor que se estaba instalando entre los presentes como un viento frío de invierno —o si lo hizo, supo disimularlo—.
Liseng, en cambio, más cercano a los sentimientos mundanos, sí se percató de ello y retomó la palabra apresurándose a cortar el silencio, aun sin saber todavía muy bien cómo:
—Eso no son más que teorías sin fundamento. Nuestros antepasados relataron hechos semejantes; todos hemos leído ese libro. Yo creo que, en esta ocasión, como en otras, tus predicciones no pasarán de meras suposiciones.
—Si nos basáramos solo en la historia, estaría de acuerdo con tu razonamiento —replicó Cives—.
Pero, como ese mismo libro nos cuenta, nuestros mayores hallaron pruebas de sucesos catastróficos acaecidos en la corteza de este planeta miles de años antes de su llegada, y los anotaron para poder aprender de ellos.
Esta es la razón de ser de la historia. Estudiando el cielo encontraron un patrón: este sistema solar describe una trayectoria alrededor de la galaxia a la que llamaron año cósmico, cuya duración es de veinticinco mil novecientos veinte años terrestres.
No solo lograron computarlo, sino que también descubrieron que la estrella que apunta al norte varía cada cuarenta siglos aproximadamente.
La galaxia, en su viaje cósmico, sufre algunas variaciones significativas derivadas del entorno por el que circula; una hecatombe se sucede sobre este planeta de manera cíclica, eso está constatado.
He llegado a pensar que se trata de algo natural, como un equilibrio del propio cosmos para hacer perdurable la vida, como una excusa del Gran Creador para que la evolución siga su camino.
El dolor resulta más tortuoso, pero también más pedagógico.
Hemos de aprender del pasado, como el niño que tropieza la primera vez que asciende por una rampa y a la segunda se las apaña para no dar con sus huesos en el suelo.
Por esta razón estoy hoy aquí: es mejor prevenir que lamentarse, la angustia permite valorar la paz, el miedo entender la armonía.
Nuestros antepasados entendieron que perseguir el destino era la parte difícil de la vida...
—¡Pero el que sigue a un faro apagado acaba perdido en la oscuridad!
—interrumpió Liseng alzando la voz, mostrando sombras de cólera espumosa en la comisura de los labios.
Su única intención era callar a un Cives que, visiblemente enojado, se disponía a proseguir, aunque ya había perdido el énfasis inicial.
El presidente aprovechó para continuar—: Es cierto que la historia habla de grandes catástrofes que cambiaron el curso de la vida, pero no olvidemos que fueron provocadas por el Gran Creador: en algunas ocasiones para encauzar el rumbo que antes había marcado, en otras simplemente para demostrar su poder.
Que sepamos, nunca ha utilizado estrellas viajeras que aparecen de la nada.
—Tú mismo lo estás diciendo: el Gran Creador es responsable de todo lo que ocurre, también de las desgracias. No lo olvides.
—Y tú no olvides que Él solo ataca a los impíos.
—Ya, pero tú pareces olvidar que poseemos la libertad de pensar y actuar por nosotros mismos.
¿Quién te dice que la naturaleza no disfruta de la misma potestad?
Ella no nos habla con palabras; lo hace a través de los hechos, componiendo días y noches hasta formar un conjunto de ciclos que forman lo que nosotros denominamos estaciones.
—Y tú pareces olvidar que ese equilibrio lo diseñó el Gran Creador para permitir que la vida fluyera.
—Admiro tu fe ciega; yo, en cambio, creo que no todo lo que sucede lleva su sello. Hay otras fuerzas que rigen el destino del universo.
—Nada, absolutamente nada escapa a sus designios. Decir o pensar lo contrario es blasfemia.
—No es mi intención hacer tal cosa; no he venido a enzarzarme en una discusión teológica. Aunque mi área son las ciencias, mis motivos son más mundanos: he venido con la intención de salvar a la comunidad.
—En cambio, no podemos olvidar las enseñanzas recibidas.
Aceptar tus palabras es aceptar que el Gran Creador pretende castigarnos, que la comunidad ha desviado su camino, que el regreso prometido por nuestros antepasados es una quimera.
Sería como descubrir que llevamos siglos errando el camino y...
discúlpame si parezco pretencioso, pero estoy convencido de que a lo largo de mi vida he seguido al pie de la letra el camino recto, y lo mismo puedo decir de la mayoría de la comunidad.
Por lo tanto, aunque el Gran Creador tiene la potestad de cambiar el destino de todo lo que ha creado, no creo que tenga motivos para castigarnos.
—Amigo mío, en ningún momento he hablado de castigos divinos.
Solo he hablado de ciencia, de hechos, de que la naturaleza que nos rodea nos ha lanzado una amenaza y de que debemos estar agradecidos por haberla escuchado, ya que de este modo podemos buscar una solución y superarla.
No pretendo que olvides las enseñanzas, tampoco que ellas rijan nuestros destinos; debemos vivir el presente mirando hacia el futuro, si es que queremos tener un futuro.
Hemos aprendido mucho al observar las estrellas, también repasando la historia; viviendo en sociedad acabas por entender otras verdades, entre ellas que las secuelas del odio permiten apreciar mejor las ventajas del amor —terminó por decir el científico mirando fijamente al presidente del consejo.
El auditorio había seguido la charla con verdadero interés, replicando o asintiendo las palabras.
El silencio de los oradores logró que, poco a poco, la pelea dialéctica se trasladara al centro de las gradas: se apoyaban ideas al frente que eran atacadas segundos después a sus espaldas, o viceversa.
Liseng observaba impotente; la algarabía había subido de tono y ya resultaba imposible evitar la discusión.
El conmovedor y personal ataque final de Cives no parecía haber sido el detonante exclusivo que había encendido los ánimos —al menos eso pensaba Liseng a juzgar por las frases que, alargando las orejas, lograba captar en medio del bullicio—.
Era el miedo lo que se había extendido. Algunos parecían entender que él, como presidente del consejo, no podía dar credibilidad a la teoría del científico, pues ello equivaldría abandonar sus ideales.
La algarabía formada era indescifrable. Durante unos segundos se sintió impotente, aunque luego pensó que sería saludable que descargasen sus temores unos con otros; así, la multitud regresaría un poco más calmada.
Liseng levantó sobre su cabeza el bastón de mando, intentando que la autoridad del metal impusiera el silencio.
Este fue creciendo a medida que la gente reparaba en la severa mirada del presidente del consejo, a quien ayudaban los nerviosos brazos de Cives —que, como un molino agitado por el viento, se movían descompasados y llenos de temor, solicitando una calma de la que él mismo adolecía—.
Esta actitud fue imitada por otros ancianos del consejo como medio para recordarse a sí mismos que estaban allí.
Goser y Kaliani, cada uno desde su propio mundo interior, no apartaban los ojos del padre y marido, compartiendo las pesadumbres que en esos momentos cabalgaban magullando el corazón del científico.
Solo ellos conocían el enorme esfuerzo que había supuesto atreverse a exponer su descubrimiento; solo ellos habían sufrido con estoicismo el infinito número de horas que le había dedicado.
En especial Kaliani, que había soportado los arrebatos de locura que lo asaltaban a diario intentando hallar una respuesta alternativa que contradijese su propio hallazgo, la demencia producida por la constatación de unos cálculos exactos y la desesperación al no encontrar un error salvador, previendo las consecuencias de su descubrimiento: no solo la enorme dificultad logística que cualquier solución conllevaba, sino acabar de un plumazo con las esperanzas que les habían inculcado desde la niñez.
—¡Calma, amigos! Os ruego que guardemos las formas —intervino Liseng—.
Hemos de tratar este asunto con serenidad.
Nadie duda de la elevada sabiduría de nuestro Cives, pero recordad que él mismo ha catalogado su descubrimiento como una teoría.
No nos dejemos dominar por el pánico; dejémosle acabar sus explicaciones.
Liseng miró sorprendido a su derecha. El anciano Boedir, sentado entre su trono y el de Cives, se había adelantado otorgando la palabra al científico.
Del fondo de las entrañas le brotó una reprimenda que planeó amarga por su paladar, pero, aconsejado por la cordura, guardó silencio y el enfado desapareció por su garganta como un agrio caramelo.
Cives, por su parte, se tomó unos segundos de sosiego; necesitaba reordenar sus ideas.
Ahora su prioridad absoluta consistía en borrar aquella expresión de pavor que se reflejaba en la mayoría de los rostros.
La incertidumbre era una mala aliada para sus propósitos; debía proseguir limpiando aquel camino.