7 LLEGA CIVES
P or una de las entradas laterales apareció la figura encorvada de Cives.
Su pelo, enmarañado y canoso, se mezclaba con la poblada barba formando una masa uniforme salpicada del característico tono rojizo de antaño; en medio, como pequeños brillantes, asomaban dos diminutos ojos que rara vez perdían el infantil brillo que lo caracterizaba.
Las numerosas arrugas de su túnica no extrañaron al auditorio.
Entre los brazos aprisionaba un fardo de pergaminos enrollados: algunos sobresalían por los hombros y otros le llegaban hasta las rodillas, dificultando un avance ya de por sí peculiarmente torpe.
A su espalda le seguía su atolondrado ayudante, Horas, a quien Cives había recogido y tratado como un hijo tras el desafortunado accidente que sesgó la vida de su padre (cuidando de enmascarar su evidente altruismo ante la notoria falta de aptitudes del joven para cualquier cosa que exigiera pensar).
Horas cargaba con dos largas varillas de la escasa madera de la región, rematadas en ángulo recto con otras más cortas y gruesas.
Con cada escalón, los maderos tropezaban contra el suelo produciendo un sordo sonido que provocaba risas y vergüenza ajena a partes iguales.
Liseng, enhiesto, seguía la llegada de Cives exagerando su irritación con una sinuosa mirada.
Con paciencia aguardó hasta que este terminó de acomodarse en su trono —cosa que en un principio no le resultó sencilla tras sembrar el suelo de pergaminos por dos veces, aunque avergonzado terminó domándolos a base de puntapiés—.
Horas se parapetó en la parte posterior del trono sin saber muy bien qué hacer.
Cives, indiferente a las formalidades del entorno, intentaba recuperar el aliento; cuando logró serenarse, levantó los ojos, torció el gesto como si hubiera sido cazado en un renuncio, inclinó la cabeza pidiendo disculpas y, con un galante ademán de la mano, invitó al presidente a que continuara hablando.
Este estaba a punto de hacerlo cuando el estruendoso desparrame de las maderas lo volvió a interrumpir, provocando decenas de carcajadas: la envergadura de Horas lo había traicionado e, incapaz de vencer los nervios, intentaba ocultarse detrás de los tronos.
El presidente sostuvo la mirada sobre el científico, entre severa y sarcástica, como si quisiera decirle: «¡Vaya, por fin apareces!
¡Disculpa que no me sorprenda tu retraso!
» . Cives se limitó a asentir con una forzada mueca parecida a una sonrisa, sin intención de disculparse; en el fondo, para él todas esas formalidades carecían por completo de valor.
«El tiempo es algo valioso; no debemos malgastarlo con etiquetas» , solía repetir con convicción.
—Como os estaba diciendo —continuó Liseng alzando la voz—, nuestro científico ha presentado una teoría en la que sostiene, y solo él lo hace, pues ninguno de sus colegas se ha convencido al cien por cien, que en breve un desconocido cataclismo asolará nuestra región aniquilando a nuestra especie.
He intentado comprender los motivos que lo han llevado a tales conclusiones, y creedme cuando os digo que lo he intentado, pero no lo he logrado.
—Tú no eres científico; eres un gobernante, precavido y juicioso, lo admito, pero cegado por la fe —interrumpió Cives con energía—. Todo aquello que se salga de nuestras leyendas obceca tu entendimiento; ni siquiera intentas ver más allá de ellas.
—Tus halagos hacia mí no restarán poder a mi juicio ni lograrán aumentar la credibilidad de tus afirmaciones —replicó Liseng, pausando su tono sardónico.
—No pretendía acariciar tus vanidosos oídos, sino mostrar a la comunidad mi respeto hacia tu criterio y demostrar que, por ningún motivo, este asunto está relacionado con temas personales. Ambos sabemos que las diferencias del pasado hace tiempo que están enterradas.
Kaliani, sentada dos filas por encima de su hijo Goser, parecía encogerse en su asiento.
Bajó la mirada, pretendiendo que la brillante melena dorada que la edad aún no había comenzado a platear la engullera, sintiendo muy a su pesar que, si bien el bondadoso alma de su marido era capaz de perdonar y pregonar que no guardaba rencillas, ella aún llevaba adherido a la piel cierto sentimiento de culpabilidad.
Algo que ni Cives ni ella merecían; sin embargo, en el fondo sabía que su belleza había estado a punto de provocar una guerra civil: una herida plenamente cicatrizada para sus protagonistas, pero que todavía flotaba en las comidillas de gran parte de los ciudadanos, más ávidos de encontrar lo que no existe que de observar y valorar la realidad, comúnmente mucho más aburrida.
Cives, intentando atajar el recuerdo provocado por su desafortunado comentario, hizo un gesto solicitando la presencia de su ayudante.
El diligente y torpe Horas recogió con sumo cuidado las maderas del suelo y se acercó al científico con el miedo clavado en los ojos; sin saber cómo actuar, se quedó plantado frente a él.
Cives, apiadándose del pobre muchacho, tomó el mando de la situación y fue desplegando las varillas hasta formar una estructura rectangular.
Segundos más tarde extendió uno de los gigantescos pergaminos que aguardaban en el suelo y lo sujetó por las cuatro esquinas con unas pinzas que extrajo del interior de su túnica.
—Aquí podéis ver un mapa de nuestra región —explicó—.
Este fue realizado hace aproximadamente diez siglos.
Fijaos en la masa helada del sur, donde el frío resulta insoportable incluso para nosotros.
Mi ayudante y yo hemos logrado confeccionar uno actual, aventurándonos a pie durante largas jornadas.
Por supuesto, no es tan preciso como los de nuestros antepasados, pero este es el resultado.
Con precisión desenrolló otro mapa encima y se apartó.
Las primeras filas divisaron las líneas trazadas con suficiente nitidez y no pudieron reprimir una exclamación de sorpresa, un murmullo que se extendió como un fuego a medida que los cuellos se estiraban para contemplar cómo la masa helada, que en el antiguo plano no suponía ni una quinta parte de la superficie, aparecía cubriendo casi dos tercios de la región.
Cives guardó silencio, dejando que la imagen calara en sus conciudadanos más hondo que todas las palabras preparadas para la ocasión.
Liseng se apresuró a abortar el creciente murmullo:
—Hace tiempo que sabemos que la masa helada crece; es algo que ha ocurrido desde siempre, al igual que tus advertencias, que se repiten con cada nuevo invierno, del mismo modo que tu interés por el asunto mengua en verano. Eso no prueba tu teoría de un cercano y devastador cataclismo.
—No cabe duda de que tarde o temprano la masa helada nos alcanzará, anegando nuestras cosechas, sepultando las entradas de los refugios, taponando nuestras fuentes de calor y helando nuestro río.
Ya sabéis qué significa todo esto: será nuestro fin.
Pero tienes razón: no, el mapa no muestra nuestro mayor peligro.
Solo pretendía recordaros las consecuencias que sufrirá nuestra especie si nos empeñamos en continuar viviendo sin prestar atención a nuestro entorno.
Cives hizo una señal a Horas para que recogiera los planos extendidos, tarea que el joven comenzó con presteza y de la forma más heterodoxa que sus torpes extremidades le permitían.
Mientras tanto, el científico comenzó a rebuscar entre la enmarañada montaña de pergaminos, que cada vez parecía más desparramada bajo sus pies.
Menrac compadecía al pobre ayudante, y más al advertir la despectiva mirada que su padre le estaba dirigiendo.
Al mismo tiempo, sujetaba el ímpetu de Tarvis mediante una ligera presión de su mano sobre una de las rodillas del mocetón, un sutil roce que actuaba como un candado; aun así, el joven se removía inquieto en su asiento con la firme intención de abalanzarse hacia el centro.
Minutos más tarde, el científico culminó la tarea de colocar un nuevo mapa sobre el artilugio.
En esta ocasión se trataba de algo bien distinto: cientos de constelaciones y estrellas dibujadas con brillantes colores.
Observar el firmamento era una de las pasiones de la comunidad; no en vano hacia allí se encaminaban sus sueños desde el principio de los tiempos.
—No tengo que explicaros qué es esto —comenzó Cives—.
Desde muy pequeños aprendemos y disfrutamos de las enseñanzas de las estrellas.
A lo largo de mis años de observación he intentado ser más pragmático: estudiando sus movimientos pretendía averiguar cómo se relacionan con nosotros.
He comprobado que su posición ha variado muy poco con el paso de los siglos, pero hace aproximadamente trece ciclos una brillante luz apareció en medio del espacio conocido.
Esta no actuaba como una estrella común, al menos no como otras que solo se dejan ver durante determinadas fases del año; crecía día a día, como si se estuviera acercando.
Al principio lo observé con curiosidad, fascinado, pero luego comprobé que, por allí por donde ha pasado, algunas estrellas sí han variado su posición.
Me costó comprenderlo, pero hoy no tengo dudas de que este viajero estelar es de tal tamaño que por sí solo es capaz de desplazar a astros tan grandes o mayores que este planeta que nos acoge.
¿Por qué debemos pensar que se comportará de manera distinta con nosotros?
He calculado su trayectoria y no me queda otra alternativa que anunciar que se aproxima sin descanso hacia nuestra posición.
Aún falta por determinar con qué precisión; por esta razón he solicitado esta reunión.
El tiempo apremia; es primordial que nos preparemos.