6 UNA CALLE DE OTRO TIEMPO II #4
Alicia volvió a leer la carta —o mejor dicho, a pasear mil emociones entre las líneas—, incapaz de coordinar las palabras mientras en sus oídos martilleaba con fuerza el eco de la voz de su padre.
Decidida a no dejarse hundir, la apartó a un lado buscando una bocanada de aire fresco.
Ahogó un nuevo sofoco entre bufidos nerviosos; aun a riesgo de sufrir un colapso, necesitaba concentrarse en las sensaciones que estaba experimentando y grabarlas en su corazón, consciente de que sería el único modo de lograr que permanecieran indelebles en su recuerdo como un tatuaje.
Se sumaban así a sus pocos recuerdos felices, siempre asociados a su padre, pero esta vez sin el subtítulo de «imaginarios». Respiró hondo nuevamente, cerró la carpeta y se plantó con decisión frente a la pantalla del terminal.
Sin rastro de dudas, pulsó la tecla intro , hundiendo con fuerza la yema sobre el vidrio para cerciorarse de la acción.
Sobre la pantalla apareció una ventana con el guion parpadeante; debajo, en letras azules, el famoso «introduzca código», y más abajo un teclado completo donde letras, números y signos de puntuación se repartían de manera aleatoria.
Con el índice extendido fue escogiendo los caracteres hasta marcar los ocho necesarios: 22101990 .
Su padre había aparecido en el hospital tres días después de su nacimiento (Esther presumía a menudo de los reproches vertidos ante la mísera excusa utilizada para perderse tan señalada ocasión: motivos de trabajo).
Aguardó mordisqueándose el dedo. El azul intenso de la interfaz se tornó en un verde oliva que resultaba ofensivo para la vista.
En el centro se abrió una ventana con varios cuadros rectangulares de fondo negro y caracteres blancos.
Pulsó que no a varias cuestiones hasta que la máquina preguntó si quería acceder a su caja privada.
Sabiendo que todo el calor de su sangre galopaba concentrado en la yema del dedo, en contraste con el frío cristal, contestó afirmativamente.
Durante unos instantes el pesado silencio de la sala se apoderó de sus oídos.
A lo lejos podía escuchar el rumor del aire acondicionado y hasta el zumbido de la tensión eléctrica de las decenas de lámparas del techo.
Con la piel parcialmente erizada y la respiración suspendida —como aguzando el resto de los sentidos—, de repente unos suaves roces estallaron en el expectante silencio como latigazos.
Por sugestión imaginó las entrañas de una rampa de aeropuerto cargada de maletas.
Un sonido metálico rompió la calma: uno de los espejos veteados de la pared se alzó, llenando la estancia de ruidos que recordaban a engranajes de goma.
El espejo se elevó verticalmente para mostrar un hueco de ochenta por ochenta que parecía un túnel del tiempo; por un instante imaginó que de un momento a otro aparecería una mini locomotora. En su lugar emergió una caja metálica.
Los chillidos del roce penetraron en sus sienes con intensidad, sumando una carga extra de emoción. El silencio regresó como una explosión, aunque la calma solo habitaba en el exterior, obligándola a respirar con regularidad.
Los destellos plateados de la caja —de treinta por treinta por sesenta— penetraron en su retina como un pastel tras un escaparate.
En el centro de un lateral superior encontró una cerradura.
Sin pensarlo dos veces, colocó la carpeta encima del cofre y apoyó las manos en los laterales inferiores, sin percatarse de que unos centímetros más arriba había dos asas.
Al levantarla se quedó un tanto sorprendida de lo liviana que resultaba pese a la apariencia robusta que despedía.
Con la caja apretada contra el pecho y la barbilla sujetando la carpeta, se dirigió hacia la sala contigua.
Una amplia mesa de madera rodeada de sillas altas ocupaba el centro; con la pierna levantada apartó una para dejar el baúl sobre la base.
Se deshizo del bolso y se dispuso a descolgarse el medallón, pero se detuvo.
Necesitaba serenarse; el corazón pugnaba por salirle por la garganta.
Fue hasta la puerta y cerró las dos hojas, ralentizando exageradamente cada movimiento.
Respiró hondo y regresó junto a la caja, a la que acarició como si fuera un cachorro, sintiendo el frío metálico sobre la palma.
Se llevó las manos de nuevo al cuello y sobó el rombo que sobresalía del medallón, sintiendo por primera vez en su vida que llevaba una llave colgada de la cadena.
Como en una oración, agradeció al cielo los repetidos indultos que la habían salvado de perecer en el fondo del río.
El hecho de que fuera una pieza valiosa no era lo que firmaba el salvoconducto; era su padre, hablándole desde el más allá.
Abrió el medallón y sacó la llave. Besó la foto de Juan Luis y, llenando los pulmones de un amor esperanzado, introdujo el rombo en la cerradura y giró hacia la derecha con suavidad.
No ocurrió nada.
Forzó un poco; la cerradura ni se inmutó.
Quizás necesitara un poco de engrase. Extrajo la pieza, se la llevó a la boca por instinto, volvió a introducirla y, con un poco de suspense, repitió la operación.
Había dejado de disfrutar. Apretó los dientes y también la mano, pero fue inútil: lo que unos segundos antes parecía ser la llave mágica ahora resultaba no ser más que un cachivache de latón inservible.
Apretó de nuevo, pero con el mismo resultado.
Aumentó un poco la presión ayudándose con la otra mano; estaba comenzando a asustarse.
Cambió de mano, forzó la muñeca, probó hacia el lado contrario con mayor apremio, pero obtuvo idéntico resultado.
La soltó como si estuviera electrificada, con la mirada cargada de confusión y perplejidad, barruntando mil y una quimeras de fantásticas hipótesis y temibles confabulaciones.
La llave permanecía inútil en el interior de la cerradura, suspendida en un mar de dudas.
A veces nuestros pensamientos se abren camino de una forma singular, como una jugada de billar francés.
Esos momentos son escasos en la vida, y por eso se disfrutan.
Cuando nos emperramos en repetir algo que a todas luces no funciona, nuestra mente se encierra y seguimos intentándolo aun a sabiendas de que hay algo que no hacemos bien.
Pero si nos detenemos a reflexionar —cosa que casi nunca hacemos hasta pasado mucho rato, y casi siempre tras descargar la rabia a manotazos o con una retahíla de juramentos—, si existe una solución, la encontramos.
Lo siguiente suele ser sentirnos profundamente estúpidos.
Exactamente eso le sucedió a Alicia. Tras cinco eternos minutos de nervioso cosquilleo, cuando sus incisivos ya habían dado buena cuenta de dos de sus uñas, se hizo la luz.
Con miedo, acarició la llave con dos dedos, como pidiendo perdón.
Con suavidad, presionó ligeramente el vástago hacia abajo y giró hacia la izquierda.
De inmediato escuchó cómo se despertaban una serie de anclajes magnéticos en el interior de la caja; cada clic sonaba a una silenciosa carcajada.
De repente, la tapa superior resultó frágil, como si un viento tonto se hubiera llevado la impenetrabilidad que atesoraba el baúl minutos antes.
Con la punta de dos dedos la levantó, sintiendo cómo su propia estupidez arrastraba toda la sensación de euforia que la había dominado cuando imaginaba que estaba abriendo un cofre repleto de tesoros mágicos.
Hasta ese momento su mente había cabalgado de sorpresa en sorpresa, sin poder detenerse a pensar qué la esperaba realmente en el interior...
pero sus ojos jamás habrían podido imaginar lo que su padre consideraba tan valioso.