6 UNA CALLE DE OTRO TIEMPO II #3
—Este es el corazón de nuestro banco. Dos metros de hormigón nos separan del lugar donde custodiamos la confianza de nuestros clientes; por encima de nuestras cabezas tenemos doce metros de impenetrables capas de acero y cemento, y solo una llave para poder acceder a la cueva de Alí Babá.
Este terminal táctil es el oído donde tiene que pronunciar las palabras mágicas: una clave que solo usted conoce.
Entre los documentos que le he entregado hallará un sobre sellado y firmado por su propio padre, en el que imagino que le informará de lo esencial para acceder a su cuenta.
Hizo una breve pausa, enfatizando la advertencia:
—Recuerde que tan solo dispone de dos intentos.
Dos errores consecutivos bloquearán el programa y necesitaremos veinticuatro horas de espera.
Una vez que el ordenador acepte la clave, la pantalla mostrará varias opciones, entre ellas cambiar su contraseña personal o acceder al contenido, si es eso lo que desea.
Al cabo de unos minutos, una de estas puertas se abrirá depositando ante usted una caja metálica.
Cójala y entre en esa sala; esas tres habitaciones son las únicas dependencias de todo el edificio junto al mostrador que tiene delante, ocultas a los objetivos de las cámaras.
De este modo podrá disponer de absoluta intimidad durante todo el tiempo que lo desee.
Alicia escuchaba con los ojos muy abiertos, como si le hablaran en otro idioma. Sebastián continuó sin perder el ritmo cadencioso y el tono docto:
—Si lo desea puede cerrar desde dentro; eventualmente puede llegar otro cliente.
En el interior dispone de varias líneas de teléfono por si necesita comunicarse con nosotros o con el exterior.
Las cajas disponen cada una de su propia cerradura: algunas son combinaciones y otras se abren con simples llaves; desconozco exactamente cómo es la de su padre.
Cuando haya terminado, solo ha de devolver la caja cerrada junto al espejo por donde haya salido, y sola regresará a su lugar.
Debido a las estrictas normas de nuestra compañía, todo este proceso debe hacerse sin la ayuda o supervisión de empleado alguno, norma que, a pesar de que su caso es particularmente especial, por desgracia no podemos transgredir bajo ninguna circunstancia.
Me temo que ha de hacer esto usted sola.
Cuando haya terminado, solo debe acercarse a la entrada y pulsar el timbre; tenga paciencia, deberá esperar a que la puerta se abra.
Alicia permaneció aletargada, asimilando el eco de las palabras que aún flotaban a su alrededor como avispas.
Sebastián aguardaba impaciente, dudando de su clara exposición, esperando —casi deseando— que la joven planteara alguna duda.
En realidad, Alicia pensaba en algo muy distinto.
Sin darse cuenta, aquella visita que había partido con la única idea de matar el tiempo se había convertido en un profundo reencuentro con su padre.
Tenía la sensación de estar a punto de penetrar en un oscuro túnel, y su mente sondeaba a su palpitante corazón para saber si aguantaría.
Abrir una puerta desconocida, por muy tentador que resultara, no siempre era sinónimo de buenas noticias.
Había reclamado aventuras, implorado al cielo para que cambiara su vida y soñado con un padre misterioso, mitificando en exceso la nebulosa que lo cubría.
Hasta el momento, era lo único que podía hacer; el recuerdo de su padre se presentaba ahora impreciso, amenazante, diluyéndose entre la realidad de una triste búsqueda del cambio.
Una fantasía que parecía ajena a su persona, pero que por alguna extraña razón entroncaba directamente con la conversación de esa misma mañana con su madre.
Unas cuantas fotos y un colgante que pendía de su cuello desde la niñez, casi como una parte de su propia piel, eran lo único tangible que poseía de su progenitor.
Su mente la transportó al día en que se lo había regalado: una tarde de Navidad, con la luminosa silueta de un abeto enmarcando el cuerpo de su padre, arrodillado frente a ella mientras le colocaba en el frágil cuello la cadena con el medallón que a ella le había parecido la cosa más bonita y maravillosa del mundo.
No podía asegurar si el recuerdo era real o producto de un sueño, pero algo neblinoso se asociaba a aquel colgante.
No sabía por qué, pero la palabra «importante» estaba ligada a aquel recuerdo; una idea que, a fuerza de repetírsela, se había convertido en una promesa.
Se trataba de un camafeo de oro labrado que guardaba la foto de su padre en el reverso y una oquedad en relieve que engarzaba la cruz independiente que dejaba colgando a la vista, rematada en un pequeño rombo en la parte inferior.
El rombo hueco, que servía de base, presentaba dos finas láminas de cobre adheridas sobre las traviesas con varios orificios circulares de aleatorios grosores.
Desde que tenía uso de razón, siempre le había parecido precioso, aunque en no pocas ocasiones había estado tentada de lanzarlo al vacío cuando los fantasmas del padre regresaban vacíos para cubrir sus soledades.
En cambio, a falta de otra cosa, le había servido como hombro donde enjugar lágrimas, y la mayor parte de las veces se sorprendía a sí misma con la joya en el interior de la boca, como un caramelo inagotable...
¡como las llaves que minutos antes habían utilizado los dos hombres para abrir la verja!
A la vista de tan sorprendente revelación, sonrió con pícara complicidad.
Sebastián tradujo aquello como la confirmación de que estaba preparada para quedarse sola; le dedicó una sincera sonrisa de apoyo y se marchó arrastrando los pies como si no llevara zapatos, como si el suelo fuera de algodón.
Despegó el imán de la puerta y desapareció mientras la pesada hoja, de al menos veinte centímetros de espesor, comenzaba su cierre automático.
Alicia se sorprendió empujando con la mirada para que el lento cierre se acelerase. Llenó sus pulmones de un aire cargado de confianza y, con un renovado optimismo, se adelantó hasta llegar junto al terminal del ordenador.
Abrió la carpeta y repasó los documentos hasta encontrar un sobre de veinte por veinte que presentaba dos impolutos sellos de dura cera, lacrados con el sempiterno anagrama de la entidad cortando la parte solapada.
En el frontal aparecía su nombre completo, escrito a pluma con una fina letra de trazos suaves.
Con emoción, rasgó el sobre haciendo saltar briznas rojas de lacra sobre la inmaculada superficie del mármol gris de la barra.
Pensó en recogerlas —parecía una herejía manchar aquel lugar—, pero la agitación interna impidió formalizar aquel repentino sentimiento de culpabilidad.
Del interior vertió otro sobre, más pequeño y menos blanco; la firma de su padre atravesaba los pliegues en tres ocasiones, justo allí donde la solapa engomada se había unido.
Alicia detuvo el impulso impaciente que la obligaba a rasgar la carta, admirando el meticuloso trabajo que se había tomado su padre para que ella lo destruyera sin prestar la menor atención.
Como homenajeando sus esfuerzos, acarició con las yemas de los dedos cada una de las líneas que formaban las firmas.
Era como atravesar un puente entre ella y su pasado, pero la inquietud del presente cobraba cada vez mayor ímpetu por descubrir qué era aquello por lo que su padre se había tomado tantas molestias trece años atrás.
Rasgó el sobre por un lateral, con lentitud.
Miró el interior con una mezcla de curiosidad y emoción contenida, presionando sobre los laterales para que el aire abriera hueco.
Una fina cuartilla se deslizó sobre su mano.
Al sentir el papel entre sus dedos, cerró los ojos, como si con aquel gesto recuperase el tacto de su padre; una caricia, una sensación que, por muy imaginaria que fuera, no resultó menos real.
Dejó el sobre encima del resto de papeles y se llevó la carta a los labios para impregnarse del verdadero olor de un recuerdo, sintiendo que un sueño se estaba convirtiendo al fin en realidad: un mensaje de su propio padre, escrito solo para ella.
Queridísima Alicia:
Espero que, cuando este sobre vuelva a abrirse, estemos juntos, riéndonos de alguna broma.
De no ser así, solo puede significar algo que ahora mismo no logro imaginar: que tienes al menos veintiún años y yo no estoy a tu lado.
Lo lamento; de antemano lo siento en lo más profundo de mi corazón, porque eso significaría que me he perdido infinidad de momentos importantes.
Desconozco qué ha escrito el futuro para nosotros, pero por si acaso no estoy a tu lado he decidido confiarte mi pasado.
Es tuyo; a ti te toca ahora decidir qué hacer con él.
Comprendo que es una tarea difícil. Tómate tu tiempo; solo tú sabrás cuándo estás preparada.
Reconozco que no te lo estoy poniendo nada fácil, que es una responsabilidad demasiado grande para una niña —aún no logro imaginarte como una persona adulta—.
No confíes en nadie; mi pasado es demasiado importante para que acabe en malas manos.
Solo te tengo a ti, pero estoy convencido de que lo harás lo mejor que puedas.
Me tengo que marchar en busca de un sueño; tú eres lo único importante que hasta ahora me ha retenido. La contraseña he de ponértela fácil: son todos los números de la fecha más feliz de mi vida, el día en que te conocí.
Te quiere, tu padre, Juan Luis.