Huellas bajo el hielo 6 UNA CALLE DE OTRO TIEMPO II #2
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6 UNA CALLE DE OTRO TIEMPO II #2

Alicia guardó silencio, aturullada por el torbellino mental que se había montado en su cabeza.

Se mordía los labios y desviaba los ojos sin encontrar un lugar fijo.

Sebastián podía adivinar las neuronas atropellándose unas con otras bajo la maraña de cabellos rizados de la joven, contagiándose de sus cábalas pero sin atreverse a mediar con palabras que desequilibraran la balanza. Cualquiera diría que estaban rezando.

—No —dijo levantándose de un enérgico salto—. No puedo marcharme sin saber qué guardó aquí mi padre. Me conozco: si salgo ahora por esa puerta tardaré siglos en regresar, o tal vez no lo haga jamás. Aunque, pensándolo bien, tal vez eso sea justo lo que debería hacer.

La repentina energía con la que se había incorporado fue apagándose a medida que sus palabras rebotaban en sus oídos.

—¿Quiere salir huyendo? —preguntó Sebastián, recuperando la voz dulce y adoptando una mirada neutra—. Si me permite el consejo, huir de los problemas no los hace desaparecer; solo los congela.

—No —respondió ella tras meditar unos leves segundos.

—Pues entonces vayamos a la cámara acorazada —culminó el director, esbozando una amplia y franca sonrisa que sonó a fanfarria.

—Sí, acabemos con esto cuanto antes.

Alicia siguió al hombre por el mismo pasillo, llevando en el pelo y la ropa la amalgama de fragancias que habían obrado el milagro de su resurrección.

Sentía los pulmones limpios y un ánimo fuerte, como si hubiera estado corriendo durante una hora; una energía desconocida llenaba de optimismo su corazón, algo muy parecido a la felicidad.

Llegaron a la sala del tapiz, donde recuperó el bolso olvidado sobre el sofá.

El hombre se sirvió un poco de agua y ofreció otro vaso a la joven con una mueca teñida de camaradería; Alicia lo aceptó con un guiño rebosante de confianza.

Salieron a la entrada iluminada. Alicia lanzó una fugaz mirada de desdén a la puerta de la calle, como si darle la espalda fuera alcanzar un punto sin retorno, y torcieron a la derecha adentrándose en un angosto pasillo que se iluminó como por arte de magia, llenando su vista de tonos anaranjados que colgaban de las paredes blancas y poderosas.

La gruesa capa de pintura intentaba disimular las irregularidades de una construcción de otros tiempos.

Torcieron a la izquierda, dejando atrás puertas cerradas, hasta llegar a una intersección que se ensanchaba hasta formar una cámara rectangular.

La ausencia de ventanas aumentaba la sensación de fortaleza de unas paredes yermas de decoración, donde solo los apliques naranjas rompían la monotonía del impoluto blanco que moría sobre el suelo de tablero que les acompañaba desde la entrada.

Alicia intentaba retener los frescos olores del patio que aún permanecían en el interior de su nariz, aunque el nuevo aire olía a humedad y misterio.

Al girarse, en la parte frontal de aquella mini plaza apareció como de la nada la puerta de un moderno y sigiloso ascensor.

Si Alicia mostró una aniñada expresión de asombro, eso explicaría por qué Sebastián proyectó una pícara risita de satisfacción que la joven descubrió reflejada al subir al espejado habitáculo, cuya luz de tonos ámbar acrecentaba la impresión de pulcritud del rectángulo.

Sebastián pulsó el número dos de los cuatro disponibles en el panel.

En poco más de quince segundos de imperceptible descenso, el aparato emitió un par de leves gruñidos de frenada antes de la apertura automática de las puertas, que revelaron a la vista una amplia sala circular.

En ella encontraron a un joven y fornido vigilante que se levantaba de detrás de una mesa de frío aspecto funcional.

Mientras se acercaban, el mocetón erguía su musculoso cuerpo, marcando hombros bajo una camisa con alguna talla de menos, y los recibió economizando sus movimientos mientras terminaba de plegar una revista con aire despreocupado.

Decenas de diminutas luces adornaban el techo como un día estrellado, dividiendo el círculo en dos.

Partiendo el espacio, una reja de brillante titanio gris rompía la monotonía de las paredes blancas con destellos de robusta seguridad.

Sobre cada una de las esquinas superiores de la imponente verja —cuyos gruesos barrotes habrían podido soportar por sí solos el peso del edificio— había colocada una cámara.

En el centro de la barrera destacaba una puerta con un teclado numérico escoltado por dos cerraduras triangulares.

Alicia tragó bocanadas de un aire que desprendía fragancias evocadoras de mafias y tesoros ocultos.

Sebastián firmó una hoja de registro de manera mecánica al tiempo que presentaba a Juan Carlos.

Este respondió con una leve inclinación de cabeza, sin preocuparse por ocultar un deje de indiferencia.

Alicia, en cambio, se empapaba de detalles; de nuevo tenía la sensación de penetrar en el país de las maravillas, imaginando que de un momento a otro el vigilante se transformaría en un enorme conejo de habla atropellada y nariz respingona.

El director, con un nuevo rictus de superioridad, terminó de consultar su muñeca y, tras anotar la fecha y la hora exactas, entregó el formulario a Juan Carlos y se encaminó a la puerta central de la reja.

Aguardó un momento la llegada del guarda, quien se acercó precedido por el roce plastificado de sus zapatones, que sonaban a nuevo con cada paso.

Se colocó a su izquierda, marcó una cifra en el teclado que emitió leves pitidos y, sin mover los pies del suelo, ladeó un poco los hombros como cediendo espacio vital al superior.

Acto seguido, Sebastián hizo otro tanto hasta completar la secuencia numérica.

Tras ello, extrajo una llave adherida a una cadena dorada del bolsillo de su pantalón.

Desde su posición, Alicia advirtió la rareza de la punta romboide de la llave, que emitía destellos dorados.

Juan Carlos introdujo otra idéntica que le colgaba del correaje a la altura del pecho —una extraña herramienta que, curiosamente, no le resultaba del todo desconocida—.

En absoluto silencio, ambos parecieron sincronizarse.

Una luz verde se encendió iluminando la parte exterior del teclado y el interior de las cerraduras.

En ese instante, los dos hombres giraron sus muñecas y la gruesa verja emitió una serie de sonidos metálicos que anunciaban la liberación de sus anclajes.

Sebastián se giró y sonrió amigablemente, casi juguetón, mientras devolvía la extraña llave al interior de su bolsillo.

—Como puede ver, señorita Alicia, la seguridad es algo primordial para nosotros —dijo Sebastián, recuperando el tono aterciopelado al que adornaba con cierta pomposidad.

El vigilante empujó la robusta puerta enrejada y se apartó a un lado.

Sebastián atrajo a Alicia con los dedos y una afable sonrisa; la joven parecía flotar de emoción y de su rostro habían desaparecido las tristes huellas provocadas por el recuerdo del padre.

Sebastián parecía disfrutar ostensiblemente de su papel de anfitrión, adornando sus pasos con un halo engatusador, casi teatral.

En el fondo Alicia sintió un poco de lástima, imaginando que momentos como aquel constituían una de las pocas alegrías que aliñaban la triste existencia de Sebastián, posiblemente rodeado de ancianos avaros que guardaban sus tesoros fuera de las zarpas de sus herederos.

Tras la reja, el círculo se cerraba con una puerta de apariencia robusta.

Alicia observó cómo el vigilante recuperaba su asiento y, con aire cansino, volvía a la lectura.

Sebastián interpuso su cuerpo ante un nuevo teclado colgado de la pared, acrecentando teatralmente la sensación de secretismo.

El teclado se iluminó y Ferrer giró la manilla colocada en la parte derecha de la puerta, una superficie gris y pulida que recordaba a los espejos distorsionados de las ferias. La puerta se abrió desperezándose.

Alicia emitió un suspiro, intentando desembarazarse de una incómoda sensación claustrofóbica.

Estaban en una nueva sala. Tras una columna de más de un metro de anchura apareció una especie de barra, parecida a la de cualquier recepción de hotel, con su veteado mármol brillante retorciendo el blanco hospital del edificio; era como descubrir un cuadro abstracto en medio de una galería de paisajes bucólicos, la primera señal inequívoca de que estaba en un banco.

En el centro, incrustado sobre un armazón de piedra aséptica, una terminal de ordenador despedía un brillo parpadeante y moderno.

La pared posterior presentaba varios espejos de diferentes tamaños y colores, como un puzle cubista.

En uno de ellos, Alicia vio reflejado a Sebastián abriendo la primera de las tres puertas ubicadas en la pared del fondo, con la misma parafernalia de un albino indiano abriendo una ventana al mar —o al menos con esa sensación asoció Alicia el gesto, ya que creyó percibir una fresca ráfaga salada sobre la frente—.

La temperatura resultaba agradable; la suave brisa acondicionada del techo atemperaba la estancia, disipando la sensación opresora que tenía enquistada en la garganta al repasar la sucesión de pasillos que la habían conducido a aquel agujero, como si sobre sus hombros sintiera el peso de todos ellos.

Sebastián frotaba sus manos con movimientos medidos, entregó una carpeta y se concedió unos segundos de meditación antes de que su empalagoso tono salpicado de matices docentes rompiera el silencio: