6 UNA CALLE DE OTRO TIEMPO II
E n una frase puedes resumir una vida, o perderte en una pregunta para el resto de tu existencia.
Si esta no deja de torturarte, te atrapa como un sueño recurrente, se convierte en una obsesión y se apodera de tus fantasías convirtiéndolas en pesadillas.
Mientras el director del banco buscaba su expediente, Alicia intentó repasar los acontecimientos que la habían llevado hasta allí; no lograba encajarlos, y parecía como si su mente luchara por confirmar que aquel no era su lugar.
Sebastián reapareció portando una carpeta de papel y las gafas de lectura en la otra mano. Tras una empalagosa disculpa, rescató con cuidado su sitio e, imprimiendo a la voz una exquisitez a tono con su atuendo de otro tiempo, se dispuso a hablar.
—Veamos —dijo, desplegando el expediente sobre sus rodillas—.
Su cuenta lleva bastante tiempo abierta y sin cambios.
No tuve la suerte de conocer a su padre; por entonces trabajaba en otro dest...
, en otro departamento dentro de la empresa —añadió con cierto aire de resignación—.
Por lo que he podido leer, fue un hombre famoso.
Dejó instrucciones muy claras para resolver una situación como esta: él era el único titular y usted su única heredera.
Siguiendo sus mandatos, el traspaso de poderes se produciría de pleno derecho al cumplir los veintiún años.
A juzgar por su expresión, me temo que no tenía ni idea del asunto.
Alicia asintió indecisa, confirmando las sospechas.
La chica parecía estar en un lugar muy lejano; cuando no esperas nada, cualquier cosa logra sorprenderte.
No imaginaba que fuera su padre quien la había conducido hasta allí; ahora sentía como si aquella fría estancia fuera la antesala de su particular purgatorio.
Venciendo sus escrúpulos, animó a Ferrer a que continuara.
Sebastián pareció advertir el estado de ánimo de la joven e, intentando restar parte del dramatismo que emanaba de ella, se levantó para sentarse a su lado, buscando mitigar la soledad que envolvía su menudo cuerpo.
—Vaya, lo siento. Me parece que hemos abierto una puerta al pasado; le ruego que disculpe mi torpeza.
—No se preocupe, no es culpa suya —respondió Alicia, secándose con las yemas de unos dedos temblorosos el sudor frío que reptaba por su cuello—. Continúe, se lo ruego.
—Sí, tal vez sea lo mejor. Señorita Santander —dijo, alzando ligeramente la voz—, esto no es un banco normal.
En realidad se trata de una caja acorazada de alta seguridad.
Nuestros clientes contratan espacios dentro de ella y nos confían sus pertenencias más queridas.
En la mayoría de los casos no conocemos lo que custodiamos; tan solo nos aseguramos, mediante una investigación discreta pero exhaustiva, de que no provienen de actos ilícitos.
Cada cliente firma un contrato diferente y personal.
En el caso de su padre, solo añadió una cláusula: en ella se especifica que solo él o su hija tendrían acceso, con la salvedad de que usted no podría hacerlo en solitario hasta haber cumplido los veintiún años.
Por esta razón nos pusimos en contacto, aprovechando la felicitación de su cumpleaños.
Alicia escuchaba a la rala cabeza canosa sin llegar a ver de dónde venía la voz.
—He de pedirle que firme unos documentos; después será usted libre de hacer lo que considere oportuno con su contrato: romperlo, redactar uno nuevo o continuar con el actual.
Ha de saber que su padre contrató nuestros servicios por un total de treinta años; hasta esa fecha no deberá abonar ni un solo euro, es decir, hasta que usted cumpla los treinta y cinco.
Alicia firmó los papeles que Sebastián Ferrer le presentó sin ni siquiera leer el encabezamiento, intentando asimilar aquella sorpresa como si fuera una aventura soñada.
Sin embargo, el impacto de la noticia fue tan brutal que las fuerzas la abandonaron y hasta la pluma le pareció de plomo.
Aquel inesperado escopetazo confirmaba no solo que su padre era alguien real, sino que desde un principio la consideraba importante y no un mero accidente en su vida.
Una emboscada del pasado atenazaba su pecho con miedos insospechados.
Su cabeza giraba a causa de un intenso mareo que dificultaba su respiración y encendía los deseos de salir corriendo.
Un atisbo de desmayo se deslizaba entre las suaves notas musicales que apenas alcanzaba a escuchar; necesitaba aire fresco con urgencia.
Sebastián, nuevamente atento a los tics que afloraban intermitentes por la piel y los ojos de Alicia, le ofreció un poco de agua, que ella aceptó asintiendo en silencio.
En poco más de un minuto el hombre regresó, acortando el camino con largos pasos, portando una jarra y un par de vasos de fino cristal sobre una bandeja de acero inoxidable.
El agua aplacó la sequedad pastosa de una garganta incapaz de pronunciar palabras, pero no logró arrastrar el sentimiento de desasosiego que nacía en sus entrañas.
—¿Se encuentra usted mejor? Está muy pálida —le dijo, con una mezcla de cercanía y cortesía.
—No... no es nada. Es solo que hacía mucho tiempo que no sentía la presencia de mi padre.
—Lo entiendo, no se preocupe. Ha sido una torpeza por mi parte. Tómese su tiempo, no hay ninguna prisa; si necesita alguna cosa, dígamelo.
—Me gustaría..., me gustaría tomar un poco de aire.
—¡Claro! Pero qué despistado soy, por el amor de Dios —exclamó, dejando la bandeja sobre la mesa para regresar con cuatro pasos y ofrecerle el apoyo de su brazo.
Ahora era la joven la que parecía una anciana pálida y torpe. Sebastián dejó la carpeta junto a la bandeja antes de adentrarse en el pasillo que nacía tras la puerta de cristal.
Alicia se dejó conducir por una estrecha galería.
Al fondo se vislumbraba una sala con archivadores tras una mesa y, aproximadamente a la mitad del corredor, este se abría en otro pasillo hacia la derecha.
Giraron hasta desembocar en un amplio patio enclaustrado por tres de sus cuatro alas.
El suelo aterrazado recibió a sus sentidos con un penetrante aire cargado de aromas: el verde de las pilistras y los gladiolos acompañaba a tiestos de fértiles geranios que llenaban el espacio con tonalidades vivas.
Perfumados jazmines y olorosos pensamientos de tres colores crecían enroscándose por las vigas de madera que soportaban el claustro, mostrando su belleza en racimos colgantes.
La fresca nube aromática envolvió a Alicia como un bálsamo.
El centro del patio estaba gobernado por una pequeña fuente de un solo caño, cuyo hilo de agua brotaba lento y uniforme del cántaro de barro que sostenía un amorcillo de poco más de un metro de altura, de facciones idénticas a las de las figuras que flanqueaban el número clavado sobre el pórtico de la entrada.
Tomaron asiento junto a la fuente, aprovechando un espacio libre de tiestos en el poyete de celosías que separaba el claustro del patio abierto.
El olor a naturaleza y el eco constante del agua impregnaron la piel de Alicia de una agradable sensación de alivio, devolviendo el color a sus mejillas bajo el azul intenso de un cielo que parecía brillar solo para ella.
—Discúlpeme, no entiendo qué me ha pasado. Creía estar preparada; de hecho, ahora pienso que nunca lo he estado. Apenas recuerdo a mi padre; lo poco que sé de él está guardado en el interior de un álbum.
—No se preocupe, no debe sentirse avergonzada. Créame, la comprendo muy bien; sé lo duro que es vivir sin un padre.
Alicia arqueó las cejas, sorprendida no solo por su repentino ataque de sinceridad ante un desconocido, sino también por el de Sebastián.
En honor a la verdad, aquel hombre destilaba humanidad y, lo que era más extraño para ella, confianza.
Algo en su interior la empujaba a hablar como si le fuera la vida en ello, cediendo a una necesidad imperiosa.
—En realidad no lo recuerdo; era muy pequeña. A veces pienso que nunca ha existido, como si mi padre no fuera otra cosa que un título otorgado por la sociedad a un desconocido por el que apenas me he preocupado. Nunca he sabido lo que significa realmente un padre.
—Lo lamento. No puedo responder a eso; me crié en un orfanato —dijo Sebastián con un marcado tono de nostalgia que acentuaba el brillo de sus pequeños ojos color mar—.
Para mí un padre no era sino un sueño, un ser rescatador que me proporcionaría dulces, unos zapatos sin agujeros y un abrigo sin remiendos.
Jamás pensé en un padre como alguien que guiara mi futuro, o como una persona bondadosa y comprensiva que minimizara mis errores y alentara mis sueños.
Durante años creí que lo había encontrado en Dios, pero luego me topé con su Iglesia.
Durante unos segundos ambos permanecieron en silencio, como reordenando sus pasados, cada uno con la mirada perdida en un inalcanzable punto del infinito que se escapaba por los tejados de la tercera planta del edificio.
—Lo lamento, me siento estúpida. Creerá usted que soy una egoísta malcriada.
—Por supuesto que no, nada más alejado de la realidad.
Entiendo perfectamente su confusión. Después de todo, puede que nosotros podamos ayudarla a recuperar una parte de su pasado de la que nadie en este mundo tiene constancia, no sabemos el qué pero custodiamos algo que su padre quería que fuera solo para usted.
Aunque no entra estrictamente en el contrato, —dijo guiñando un ojo—, créame cuando le digo que siento mayor satisfacción por este anhelo que por la cuenta de resultados de la empresa.
—No lo había pensado de ese modo. Puede que tenga usted razón... Por otro lado —prosiguió Alicia, apagando la voz con cierto tinte vergonzoso—, quizás no me alegre de los resultados. Puede que lo más sensato sea dejar las cosas como están.
—Querida, eso solo usted puede decidirlo, y solo hay una manera de averiguarlo. Tampoco es necesario que sea hoy; márchese y ya regresará cuando esté preparada.