5 EN TOLEDO
H acía casi un mes de su cumpleaños. Alicia estaba de vuelta en la casa de su madre con la obligación de pasar unos días de vacaciones.
Durante el corto trayecto en el tren de alta velocidad, regresaron como fantasmas los amargos recuerdos que dormitaban aguardando su regreso.
Conforme la ciudad ganaba terreno al horizonte, su ánimo se apagaba al observar cómo languidecían las llamas del nimio cambio ganado con la distancia.
Todo indicaba que la hostilidad familiar reaparecería con solo cruzar la puerta.
Su padrastro la recibió con la misma indiferencia de costumbre, agudizada desde la llegada de su hermano David, diez años menor que ella y a quien bien habrían podido bautizar como Goliat por su desmesurada afición a destrozar todo lo que caía en sus manos.
Ya desde antes de caminar, el niño disfrutaba ensañándose con las pocas propiedades de Alicia.
La actitud de su madre tampoco ayudaba: apenas se había apartado del pequeño el tiempo justo para recogerla en la estación y, al entrar en casa, inundó las mejillas de David de húmedos besos que Alicia sintió como puñales, sobre todo al compararlos con las frías mejillas con las que había sellado su llegada.
Su cicatrizado corazón obvió la escena y, poniendo cara de póquer, desapareció en busca de su cuarto.
Después de todo, aquel teatro formaba parte de la decoración de la casa.
La paz que habitaba en las paredes permanecía oculta tras decenas de dibujos con los que Alicia había emborronado su adolescencia, y que ahora solo mostraban los aburridos tic-tac de un reloj que cabalgaba pesadamente.
Sobre el vacío escritorio encontró el correo que su madre había tenido la decencia de amontonar.
De entre los blancos sobres emergió, como un faro en medio de aquel mar desangelado, el sobre de bordes ribeteados y anagrama chillón del banco del Cáliz de Cristo.
Como una novela a medio leer, se plantó en su mente como un refugio frente al tedio que se avecinaba.
La nueva misiva resultó un calco exacto de la anterior, con la única salvedad de la fecha.
Encendió su portátil y buscó un callejero.
Volvió a ver a su familia a la hora de la cena, la cual transcurrió sin mayores sobresaltos, capeando las repetidas insinuaciones del padrastro, quien imaginaba una vida cargada de promiscuidad en la gran ciudad.
Inventando excusas para esquivar el paso de los días, se durmió clavando afilados dardos mentales en el cuello del marido de su madre.
A la mañana siguiente se plantó ante su progenitora con un saco de preguntas que no esperaban respuesta.
—¿Cómo pudiste cambiar a ese hombre por mi padre? —soltó por enésima vez.
Tras cerciorarse de que el divorcio era la única salida que le quedaba —atribuyéndolo siempre al aburrimiento, la excusa a la que Esther recurría encogiéndose de hombros—, había recogido sus cosas en dos maletas, cargado en brazos a la pequeña Alicia y regresado a su Toledo natal sin sentir que dejaba nada atrás.
De sus esponsales, aparte de la niña de un año, no guardaba sino cuatro recuerdos felices de los primeros meses relacionados con fiestas y excesos sexuales; un matrimonio al que ambos habían accedido huyendo del mismo motivo por el que luego se separaban.
De no ser por la presencia de la hija, nada los habría ligado en el futuro.
Al menos, con el paso de los años, había desaparecido de su voz ese aire de resentimiento al relatar su fugaz estancia en la capital.
Ahora lo expresaba con cierto deje de indiferencia, como un paso inevitable de la juventud.
Sin embargo, aquella mañana, al contemplar a su hija —toda una universitaria con veintiún años recién cumplidos, sentada en la cocina con la mirada cargada de interrogantes—, Esther debió de sentirse culpable de que la joven no pudiera disfrutar de un hogar entrañable.
Alicia, por su parte, percibió algo distinto.
La conversación parecía nueva e inexplorada, como si la edad o la deserción del hogar hubieran derribado por fin una barrera entre ambas.
Se plantó frente a su madre, que pelaba patatas tarareando una melodía indescifrable, con una madurez en los ojos que golpeó a la mujer como una visita inesperada.
—¿Por qué te casaste con mi padre?
—Ya te lo he contado. ¿A qué viene eso ahora?
Alicia sostuvo la mirada. No quería que la presa soltara el sedal.
—No lo sé. La verdad es que me he hecho muchas veces esa pregunta, y aún no he hallado la respuesta.
—¿No fue el amor lo que os unió? —preguntó Alicia, mordisqueando una galleta.
—No, de eso sí estoy segura —contestó Esther con aire sarcástico—. Reconozco que nunca he sido demasiado romántica. Creo que fue solo por escapar de un momento de soledad en el que ambos vivíamos cuando nuestras vidas se cruzaron.
—Cuando él se hizo famoso, ¿no te arrepentiste?
—Para nada. Aunque te cueste creerlo, a mí solo me preocupaba tu bienestar, y por entonces la tranquilidad ya la había encontrado con Arturo.
—¿De él sí te enamoraste?
—Sí, creo que sí. Al principio tal vez aún no lo quería; las mujeres en mi situación persiguen otras cosas. Pero con el paso de los años he aprendido a quererlo y respetarlo, y sé que él siente lo mismo por nosotras dos.
Alicia obvió el comentario sorbiendo el café con leche, evitando entrar en la sempiterna discusión sobre la nefasta opinión que tenía de su padrastro.
No le interesaba proseguir por ese camino.
En el fondo sintió lástima por su madre; consideraba que todo el mundo merece vivir al menos una vez en la vida la experiencia de un verdadero amor...
aunque algunos, como Arturo, tal vez no lo merecieran.
—¿A qué vienen estas preguntas? ¿Has conocido a algún chico? ¿Te has enamorado? —preguntó Esther, deteniendo la mondadura de los tubérculos y mirando a los ojos de su hija por primera vez.
Alicia hizo como que no había escuchado.
—¿Qué recuerdos tienes de papá? Me refiero a que algo bueno verías en él cuando aceptaste casarte. Ya sé que no ibas embarazada al altar.
—Por supuesto que no —afirmó Esther con tono ofendido, aunque a Alicia aquello le sonó más a miedo de madre—.
Juan Luis era un hombre muy cauto, poco impulsivo, excesivamente reservado a la hora de pregonar sus sentimientos.
Pero también era amable y comprensivo; en la cama nos lo pasábamos bien.
Sin embargo, su vida parecía discurrir bajo el influjo de su trabajo, dominada por los sueños que de él se derivaban y que de ninguna manera se asemejaban a los míos.
Él soñaba con la ciencia, con las estrellas y los espíritus del más allá; yo, en cambio, solo necesitaba una casita en el campo donde poder ver cómo crecías.
—No sé si él logró sus sueños; al parecer tú sí los tuyos —opinó Alicia con un cargado deje de hipocresía, mientras jugueteaba enredándose entre los dedos la cadena que sujetaba su medallón, el único recuerdo tangible de su padre que había sobrevivido al tiempo.
Esther obvió el sarcasmo con la resignación de madre profesional a la que ambas estaban acostumbradas.
—Me parece que tu padre fue víctima de sus propios sueños.
Cuando saltó a la fama con el asunto aquel de los viajes en el tiempo...
—dijo en tono despectivo—, al principio creí que se trataba de una farsa; mejor dicho, que alguien más listo que él lo había engañado o utilizado.
Siempre consideré que era un tanto ingenuo; un adulto que hablaba con pasión sobre extraterrestres y fantasmas no te deja pensar de otra manera.
Después, cuando desapareció en su segundo viaje al Polo Sur, no sé...
sentí lástima, no puedo decir dolor. En realidad el sufrimiento lo provocabas tú, al tener que crecer sin una parte de ti.
Poco antes de partir nos visitó para despedirse.
No puedo expresar exactamente qué, pero algo me decía que él ya sabía que no volvería.
—¿A qué te refieres? —preguntó Alicia, sorprendida.
—Me refiero a la última vez que lo vimos con vida.
Vino a buscarme al trabajo y ambos te recogimos a la salida del jardín de infancia.
En esta ocasión se comportaba de otra manera: callado, diferente.
Recuerdo que pasasteis la tarde juntos; te subió en sus brazos y te llevó al parque.
Por la noche llegaste cargada de regalos y le invitamos a cenar, por cortesía, como siempre hacíamos.
¡Y esa noche aceptó! Era la primera vez.
Tú jugabas con tus nuevos juguetes encima de la alfombra y él no te quitaba ojo, como si pretendiera guardar en su retina el máximo de recuerdos.
Incluso te acompañó a la cama y no se separó de ti hasta que el sueño te venció.
Cuando nos llegó la noticia de su desaparición, Arturo y yo coincidimos en que tenía una extraña mirada aquella noche, enigmática, como si ocultara algo que estaba pidiendo a gritos expulsar.
Siempre recuerdo esa mirada de soledad; me dio mucha pena.
—¿Por qué no me lo habías contado antes? —dijo Alicia, con un delatador brillo húmedo en los ojos.
—No lo sé. Supongo que esos pensamientos estaban guardados en la memoria y no he sido consciente de ellos hasta pasado mucho tiempo. Para una niña es mejor tener recuerdos agradables que dantescas elucubraciones de una madre arrepentida.
—¿Arrepentida de qué?
—Cariño, aunque no te lo diga mucho tú sabes que yo te quiero mucho —dijo Esther, haciendo una pausa y mirando fijamente a su hija—, pero no estoy orgullosa de cómo te he vendido la imagen de tu padre.
Imagino que al principio, impulsada por el temor a perderte o intimidada por la otra parte de la ecuación que forma parte de tu nacimiento, jamás te he dicho nada positivo ni cariñoso sobre él.
No supe ensalzar la figura del periodista famoso, más bien todo lo contrario.
Cuando desapareció, me sentí culpable; me limité a guardar los recortes de prensa para que al crecer encontrases al hombre que yo no pude conocer.
No espero que me perdones, tan solo que me comprendas.
De todos modos, ya no puedo hacer nada al respecto.
—Mamá, no te preocupes, no hay nada que perdonar. Tú tampoco lo conocías.
—Puede que tengas razón. Juan Luis pasó por mi vida como el capítulo piloto de una serie que se retira antes de convertirse en proyecto. Para algunas cosas cuatro años pueden parecer mucho tiempo; a nosotros no nos sirvieron para nada.
Un incómodo silencio se instaló en la cocina.
Después de mucho tiempo buscando al padre, Alicia había encontrado a su madre.
Aún era incapaz de sentir un verdadero afecto; el resentimiento acumulado durante años continuaba profundamente arraigado, pero al menos el rencor comenzaba a diluirse como una tormenta lejana e inofensiva. ¿Sería eso la madurez?
—¿Hay alguien que pudiera hablarme de mi padre?
—Supongo que algunos de sus antiguos compañeros —dijo Esther con voz intermitente, limpiándose los ojos con el dorso de la mano— o puede que Adela. En los recortes encontrarás algunas fotos de ellos juntos.
—¿Tuvo una novia después de ti? —preguntó Alicia, alzando la voz y abriendo los ojos.
—Imagino que varias, no era feo del todo —se disculpó su madre—.
No he sido nunca una romántica, pero tampoco me conformo con cualquier cosa.
Que yo sepa, Adela es la única acreditada con ese título.
Creo que se conocieron en la universidad; era abogada, según pude entender por la prensa.
No estuvieron mucho tiempo juntos y nunca nos hemos visto en persona, pero se las ingenió para hacerse con mi teléfono.
Tras la desaparición de tu padre me llamó con la excusa de ofrecer consuelo, aunque en realidad creo que era ella quien lo buscaba.
Durante unos meses cruzamos tres o cuatro llamadas; después ambas perdimos el contacto y nunca más he vuelto a saber nada de ella.
Ambas se quedaron pensativas, escondidas en su jaula interior.
Una concisa pero elocuente mirada de nostalgia celosa planeó entre los encendidos ojos de la madre —o eso al menos creyó ver Alicia—, que ante aquella nueva pista comenzaba a fraguar un plan para encontrar al padre perdido, tan desconocido como las profundidades heladas donde desapareció.
El siguiente motivo de su visita —la carta del banco— quedó oculto en el interior de su bolso.
Investigaría el misterioso banco por su cuenta y riesgo, como si ese secreto fuera una venganza frente a los silencios que su madre le había regalado.
Después de todo, seguía pensando que no sería más que un error informático, algo que solo le atañía a ella y que no tenía nada que ver con sus padres ni con los fantasmas del pasado.