Huellas bajo el hielo 4 REUNIÓN DEL CONSEJO (10.962 A.C.)
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4 REUNIÓN DEL CONSEJO (10.962 A.C.)

A l igual que en cada ciclo, el consejo de sabios estaba a punto de reunirse.

Los ciudadanos más ociosos se agolpaban desde primeras horas de la tarde sobre las bancadas de piedra gris, esculpidas en el interior de la enorme cueva abovedada que servía de sala de reuniones.

Los asientos se desparramaban en semicírculos intermitentes hasta completar los diferentes niveles que rodeaban el fondo aplanado, ocupado por una media luna de trece sillones de poderoso granito, labrados con pasajes de su ancestral historia en la base y épicas escenas adornando los altos respaldos.

Solo tres de los prohombres que formaban el consejo aún no ocupaban sus sitios.

Los ciudadanos más pequeños, sin derecho a voto y con el pataleo o el llanto como armas de protesta, aguardaban arrastrando los traseros a los pies de la primera fila.

Jugando, se retaban a adivinar el significado de los signos esculpidos en los tronos, ajenos por completo a la trascendencia de la ocasión.

Goser y Menrac los observaban distraídos desde la segunda fila.

El tiempo había transcurrido para ellos entre aquellas historias, logrando fraguar una sincera amistad que los ojos ajenos traducían como algo cercano al amor.

Eran dos seres a punto de cruzar el insalvable umbral de la juventud, predestinados a convertirse en pareja; si nada lo remediaba, disfrutarían de una vida planificada y destinada por sus genes a formar parte del gobierno.

Sin embargo, la realidad de sus corazones viajaba por caminos paralelos.

Se profesaban un afecto sincero que intentaban no empañar con palabras de caramelo.

Ambos sabían que esa máscara no duraría para siempre, pero mientras pudieran, preferían vivir la forma de amor más pura: una amistad genuina e incondicional.

La seguridad de conocer lo que sentía el otro les ayudaba a postergar un paso que acabaría de un plumazo con una época que, dijese lo que dijese el futuro, añorarían.

Junto a las nacaradas mejillas de la bella Menrac estaba sentado el tercer miembro del grupo.

La imaginativa mirada de Tarvis se perdía en sueños lejanos entre los recovecos del techo.

Aquel fornido mocetón, un par de años mayor que Goser y leal hasta la saciedad, intentaba a menudo aparentar independencia dejándose llevar por un carácter desmesuradamente impulsivo.

El ingenio de Goser había resultado ser en no pocas ocasiones el complemento perfecto para salir airosos de las trastadas de su infancia.

El carácter de Tarvis apenas había evolucionado: atolondrado en las clases, su natural instinto lo había convertido en un enamoradizo incorregible.

Su corazón se prendaba con la misma facilidad que el viento mece la llama de una vela, mostrándose aparentemente inmune solo a la belleza de Menrac.

Orgulloso del fuerte lazo que unía a los tres, jamás albergaría sentimientos en contra de aquella alianza, más profunda que las creencias que mantenían unida a la comunidad desde tiempos inmemoriales.

El credo de la comunidad alenita fomentaba dos ideas básicas: el respeto al prójimo y la esperanza.

Llevaban siglos venerando el regreso de sus rescatadores, quienes profetizaron una promesa: les devolverían a su lugar de origen, un paraíso que nadie conocía ni podía ubicar en el firmamento, pero que establecía el pilar básico de sus creencias.

Hasta ese momento los jóvenes aún podían permitirse esperar unos ciclos más antes de dedicarse a perpetuar sus apellidos.

Liseng, el padre de Menrac, entró con pasos teatrales y lentos por un lateral de la cueva, apartando con su sola presencia al gentío que abarrotaba los pasillos.

Sus largos y estudiados movimientos hacían ondular la túnica sobre el pulido suelo.

La estirada y severa figura del presidente del consejo acalló el nervioso murmullo del ambiente hasta tornarlo expectante.

Mientras se giraba para ocupar su lugar en el centro de los tronos, un anciano regordete de ojos vivarachos apresuró sus cortas piernas, arrastrando el cuerpo con sorprendente destreza hasta una de las esquinas.

Sonrió con picardía, como si lo hubieran pillado en un renuncio, sus allegados, en primera fila comentaron divertidos la simpática estampa, restando solemnidad al acto por un instante.

El presidente alargó la mirada, midiendo la expectación de las gradas hasta que un profundo silencio sepulcral dominó la sala.

Sus penetrantes ojos verdes y su afilado mentón anaranjado formaban una perfecta sincronía para proyectar severidad y sabiduría a partes iguales.

Era un poder innato que no provenía ni de su túnica ni del cargo, sino de un ministerio que todos acataban a pesar de su fama de heterodoxia exacerbada en el cumplimiento de las leyes.

Era considerado justo y honesto cuando mediaba como juez; sin embargo, no toleraba los ataques contra sus creencias.

Sentir y enseñar que provenían de una raza superior que un día regresaría era para él algo más importante que su propia vida.

—Estimados conciudadanos —su grave voz retumbó en los rincones del auditorio, llegando nítida a la totalidad del recinto—, muy a mi pesar he convocado al consejo de manera extraordinaria para tratar un delicado asunto del que presumo ya todos estáis informados.

Uno de nosotros, a mi juicio, intenta minar nuestra unión.

Si bien aún no es culpable de quebrantar ley alguna, como poco pretende resquebrajar uno de nuestros pilares.

Todas las miradas se concentraron de inmediato en el trono vacío situado dos puestos a la izquierda del presidente, quien lo señalaba de reojo. Para Goser, aquel simple hueco se vislumbraba inmenso, como un desierto alejado del resto.

—Nuestro admirado Cives tiene una teoría que se me antoja necesario discutir —prosiguió Liseng, adoptando un tono ahora más paternal—.

Esperaba que él mismo estuviera aquí para defenderla; no me atrevo a aventurar el motivo de su ausencia.

Pero en fin, para eso estoy aquí. Nuestro científico sostiene que, en fechas no muy lejanas, un cataclismo desconocido se abatirá sobre la región acabando con toda la vida tal y como la conocemos.

Si esta teoría fuera cierta, no dudéis de que sería el primero en pediros que dejaseis atrás lo que nos fue enseñado y, abandonando nuestra fe, nos alejáramos para salvar la vida.

Pero, como en tantas otras ocasiones, a mi juicio, los científicos se convierten en adivinadores y tildan sus teorías como verdades absolutas.

Hemos discutido sus previsiones en numerosas ocasiones, y os aseguro que no he visto prueba alguna; solo posibilidades.

Al igual que la mayoría, Goser y Menrac pensaban en esos instantes, que nadie entendía la ausencia de Cives.

Aquellos ciudadanos ajenos a los círculos de mando podían suponer que aquella efervescente enemistad derivaba de disputas de poder; pero quienes conocían al científico jamás habrían pensado tal cosa.

El erudito padre de Goser vivía dedicado en cuerpo y alma al estudio y la observación.

Anotaba meticulosamente el movimiento de las estrellas o la cadencia de las olas, y pasaba largas jornadas recluido en la soledad de su estudio interpretando el menor cambio en la naturaleza.

Goser había escuchado en la intimidad cómo su padre opinaba que Liseng era perfecto para presidir la comunidad; una profunda admiración mutua que, sin embargo, no lograba disipar la sombra de aquel conflicto.

Si el presidente era un hombre recto, el alma del científico no le iba a la zaga. Todos los actos de Cives estaban encaminados a salvaguardar y proteger a la comunidad, procurando abrir las mentes de una juventud ávida por explorar un mundo más allá del infranqueable muro de agua salada.

En el pecho de Goser, la culpabilidad ganaba terreno por momentos.

Se sentía el detonante de la situación, recordando las acaloradas discusiones de ciclos atrás donde había defendido su necesidad de respirar aires lejanos, empujando a Cives a volcarse en desvelar —o inventar, según Liseng— tragedias inminentes.

Inquieto en su asiento, sabía que la duda comenzaba a extenderse por el auditorio.

Liseng, en cambio, interiormente paladeaba una incipiente sensación de triunfo.

Aceptar las afirmaciones de Cives equivalía a admitir que la promesa de redención era errónea y a planificar un éxodo masivo de consecuencias impensables.

Por su rango, él no solo velaba por la seguridad de la comunidad, sino por su papel más sagrado: transmitir y custodiar unas creencias que eran la piedra angular de su existencia.

Sin su fe, ni siquiera sabría cómo respirar.