Huellas bajo el hielo 3 EN LA ACTUALIDAD
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A licia sentía un aire renacido aquella mañana.

Confiaba en que la vida le regalase una jornada completa de satisfacción, una cuenta que consideraba pendiente de cobro.

Solo un mes antes había abandonado el desarraigado cobijo familiar, más como una huida que como el lógico paso para ampliar sus estudios.

Lo que esperaba encontrar en la capital era otra cosa, aunque si le hubieran preguntado no habría sabido qué responder.

La realidad le dictaba que tan solo intentaba escapar de las garras de un pasado atormentado y difuso.

Interrogar a sus recuerdos era como revivir una pesadilla pintarrajeada de soledad: un profundo vacío salpicado de brillos intermitentes y enmarañado como el espacio estelar, bajo la batuta de una madre excesivamente reservada y un padrastro que solo se hacía notar a la hora de los correctivos.

Su existencia apenas había comenzado y, sin embargo, tenía la sensación de haber galopado por el tiempo como un desierto que ganaba terreno a una juventud diluida.

Como último esfuerzo por evitar aquella desgarradora evidencia, había hecho las maletas y se había plantado en la universidad madrileña.

Al dejar caer las bolsas sobre el polvoriento suelo del piso heredado de su progenitor, se topó de bruces con la cruda realidad.

La soledad, el mustio vacío que flotaba en el ambiente, se apoderó de ella con más intensidad que la opresión de la que huía.

Su padre era para ella un legajo de recuerdos que languidecían enmarcados entre las páginas de un álbum: recortes de prensa y un puñado de fotografías donde apenas aparecía una niña a la que ya no reconocía ni frente al espejo.

Un elevado porcentaje de textos y pies de foto se centraban en dos acontecimientos interconectados con su vida: su espectacular participación en un singular programa de televisión y su trágica desaparición, un par de años más tarde, engullido por las profundidades del Polo Sur.

Había muerto al pie del cañón, al frente de una expedición catalogada en su obituario como misteriosa, y lo único que consiguió fue sumar incógnitas y sembrar reproches sobre un epitafio que parecía merecedor del olvido.

Sin embargo, el sueño inocente forjado entre las cuatro paredes de su cuarto había poetizado la estampa de un padre aventurero, una imagen que la ayudaba a soportar los sinsabores de una vida exenta de sobresaltos.

Refugiarse en los sueños no era la solución más inteligente, pero al menos mitigaba la desesperación de las largas tardes sin amigos con los que flirtear.

Cuando bajaba a la altura de la realidad, se veía prisionera de un trabajo en el que las horas pasarían despacio y los años volarían, cargando de arrugas la piel y de sueños inconclusos el corazón.

Una niñez sin amigos apenas puede considerarse como tal.

Solo un vecino había obtenido ese título que otorga el roce diario: Andrés.

El calendario había transcurrido para ambos desde el parvulario hasta los cuchicheos de la adolescencia en el rellano de la escalera, cuando sus cuerpos cambiaron y la intimidad de la habitación supuso un peligro a los ojos de los padres.

Las herméticas rarezas de Alicia se aliaron con el sobrepeso y la ausencia de autoestima de Andrés hasta que los estudios desviaron sus caminos.

Se despidieron con promesas de mantener un contacto que se fue diluyendo en huecas conversaciones de cortesía al inicio de las vacaciones.

Dos vidas que, como un triste río, se bifurcaban hacia océanos opuestos.

Actualmente compartían ciudad, pero evitaban respirar el mismo aire.

A pesar de esta y otras ausencias, Alicia se levantaba optimista la mayoría de los días y rezaba sin destinatario fijo para que nada enturbiase la noche, que invariablemente recuperaba vacía.

En las primeras semanas de universidad había rechazado tantas invitaciones que estas desaparecieron bajo el título de «friki», la bella empollona que apenas compartía unos apuntes.

Mataba la soledad de los pasillos escuchando de manera furtiva; atrincherada tras un libro, descubría vidas ajenas tan poco interesantes como la suya.

Esa tarde, el piso tampoco la recibió con un beso.

Decepcionada como el cielo gris que amenazaba con empapar la noche, se dejó caer en el sofá.

Sobre la mesa —que solo utilizaba para descansar los pies, acto que equivalía afianzar su libertad, permanecían a la espera las exiguas pruebas del amor de su madre: unos cuantos sobres sin abrir junto a una caja de dulces, aparcados allí desde su única y fugaz visita.

Alicia posó la vista sobre las cartas con desgana.

La caja de mantecados presentaba huellas de otras tardes aburridas; las migajas se esparcían por la mesa junto al polvo acumulado.

Un rápido repaso constató que la desidia empezaba a superarla.

Las cartas no le merecían el menor atractivo, cansada de recibir premios de empresas a las que no conocía y que invariablemente acababan en la basura.

El recuerdo de su padre revoloteaba sobre las paredes.

La macilenta fotografía que presidía el salón aguijoneaba recuerdos que no poseía, pero su alma sí necesitaba azúcar.

Mandando a freír espárragos la promesa de guardar la linea, introdujo la mano en la caja.

Sus dedos no hallaron más que pegajosos restos y diminutos granos de azúcar alojados entre las uñas.

Confirmar que los dulces se habían esfumado la irritó de tal manera que, sin medir sus fuerzas, terminó por arrojar el plastificado envoltorio al suelo.

Obedeciendo a la ley de Murphy, cayó boca abajo desparramando los residuos.

Una abúlica mirada le devolvió la certeza de que debía aprovechar la tarde para limpiar; con pesadez, se levantó y, de un enérgico e involuntario manotazo sobre la superficie de la mesa, terminó por desparramar los sobres.

Esparcidos por el suelo, una sucesión de estampas y membretes parecieron carcajearse de su torpeza. Entre ellos reparó en el enigmático logo de un banco que insistía en reaparecer en su vida dos o tres veces al año, un pequeño misterio que atribuía a un error informático.

¡Al menos alguien no había olvidado su cumpleaños! Eso le recordó que unos días antes había alcanzado los veintiunos, razón por la cual reaparecía el dichoso banco del Sagrado Cáliz de Cristo. Quizás por eso no lanzó el sobre a la basura. Recuperó su asiento y lo abrió:

Estimada señorita Santander, Reciba nuestra más cordial felicitación en un día tan especial...

Asimismo, aprovechamos la ocasión para recordarle que, en aras de mejorar nuestros servicios, y como consecuencia de tan señalada fecha, resultaría de gran utilidad que se personase en nuestra sucursal de Toledo para actualizar datos y hacerle entrega de los documentos que, como cliente nuestro, necesitará para acceder a su cuenta.

Sin otro particular, reciba un cordial saludo.

Sebastián Ferrer Ferrer Director

Perpleja, con la mirada clavada en el membrete que parecía perforar sus sienes, repasó sus vivos colores: un brillante amarillo y azul turquesa bordeando la imitación de un escudo heráldico, con el cáliz dorado y un sangrante corazón destellante suspendido en el centro.

Alrededor, un lema en latín — Verus, fides, securitas — remataba el logo.

Sus confundidos ojos color miel intentaban sondear aquella incógnita.

Hasta entonces había recibido felicitaciones estándar por Navidad o cumpleaños; era la primera vez que la titulaban como «cliente».

Se hacía necesario indagar más exhaustivamente en la red.

Un vago recuerdo, como un déjà vu , regresó abriéndose paso.

Decidida, se levantó y arrastró con el pie las migajas bajo el sofá hasta mejor ocasión.

La página web del banco logró aclarar muy poco.

La aludida sede de Toledo ostentaba el pomposo honor de ser la más antigua de las tres sucursales que la filial romana dispersaba por la península —las otras estaban en Zaragoza y Lisboa—, dedicadas exclusivamente a inversiones bursátiles y al recaudo de bienes en «súper protegidas y discretas cajas de seguridad».

La web era tan sobria que ni siquiera disponía de enlaces para acceder al interior de las cuentas.

Era pura publicidad institucional: direcciones postales y los engominados apellidos de alcurnia de sus consejos directivos.

Aquel pequeño misterio quedó arrinconado, como tantas otras oportunidades perdidas.

Fantaseaba con desconocidos en el metro o en la red, pero siempre encontraba excusas insalvables para evitar cualquier acercamiento real, dominada por el miedo de la inexperiencia.

Tras un rato de aburrido chateo en la red.

Incapaz de sostener la farsa de una aventura virtual, acabó apagando el ordenador.

El negro de la pantalla le devolvió su propio reflejo, un opaco recordatorio de su soledad.

Presa del fastidio, se arremangó y enterró el desengaño entre trapos y fregonas, ignorando que el fracaso también forma parte de la juventud.