Huellas bajo el hielo 2 MADRID, 16 AÑOS ATRÁS
2%

2 MADRID, 16 AÑOS ATRÁS

J uan Luis llevaba dos meses lidiando para recuperar una rutina de la que había intentado escapar durante gran parte de su vida.

La solución se le escurría entre los dedos; los miles de interrogantes que planeaban a su alrededor habían arraigado en su espíritu como un nuevo apellido.

En ese corto espacio de tiempo, tres veces fue abordado por los agentes del C.N.I.

, quienes seguían acechando sus pasos sin la cobertura de las sombras.

Esquivarlos en soledad ya no resultaba tan divertido como unos meses antes.

Poseer un secreto anhelado ofrece ciertas ventajas e infinidad de amenazas; justo por esa sospecha, los espías necesitaban plasmar en el papel las respuestas que él se guardaba.

En la primera visita de los agentes, sintió sobre sus carnes la furibunda mirada del menudo inspector Padilla.

Lo abordó alzando la voz desde el primer instante, despojada ya del astuto tono paternal del pasado; en esta ocasión sonaba más bien como un carcelero engañado, sin preocuparse por ocultar un patente desprecio.

Sobre el agotado rostro de Juan Luis se perfilaban el recelo y la opresión que el intimidante espía imprimía de nuevo sobre su alma, amplificada por la sensación de desamparo que exhalaban las laberínticas dependencias de «la casa».

Bastó con dejarse caer sobre la incómoda silla y soportar aluviones de vergüenza almacenada, lanzadas a puñados entre explícitas amenazas, con los nudillos apoyados sobre la mesa, presumiendo de las posibilidades de aquellas nudosas garras.

El primer paso no era averiguar la verdad, sino vengar las burlas de sus compañeros y las explicaciones a las que hubo de enfrentarse tras el inesperado desenlace sobre la cima del pequeño monte balear.

Con cada palabra, las arrugas estrelladas junto a los ojos de Padilla se hinchaban hasta acoplarse a su achaparrada estatura, exagerando el amenazador aspecto oriental de aquel viejo soldado nacido en la costa gaditana.

A pesar de que las ansias de venganza resultaban palpables en su voz, en realidad estaba reconociendo un fracaso.

Era como ver la cara oculta de la luna, pensó Juan Luis, un repentino ataque de sinceridad —un atributo que juraría no tenía permitida la entrada en la sofisticada guarida de los servicios secretos—.

El periodista era, sin duda, un molesto borrón en su impoluto expediente.

Juan Luis, agazapado tras la coraza del silencio, sintió cómo una tormenta se abatía sobre él.

Recibió oleadas de desprecio y bravuconadas adornadas con improperios que delataban añoranzas de otro régimen.

Aguantó con estoicismo aquellos rayos que salían por la boca del inspector, contestando con silencios sospechosos o simples balbuceos monosilábicos, temiendo en todo momento que los puños fueran el plan “B” que derogara la cacareada quinta enmienda.

Afortunadamente, todo quedó en suspenso.

Al salir de las dependencias de la calle Huidobro, respirar el gélido aire invernal le supo a libertad.

Atrás quedaban las dos horas más largas de su vida.

Con gran esfuerzo ahogó un vómito nervioso y su orgullo se restableció con los primeros pasos en busca de un taxi; al subir, se permitió sentir una ligera sensación de triunfo: nadie había mencionado su encuentro en medio del mar con Francisco.

La segunda vez que los agentes lo «invitaron» a reunirse, lo abordaron en plena calle y fueron a parar al fondo de un concurrido restaurante madrileño.

En esta ocasión, las intimidantes miradas no calaron en su espíritu con tanta fuerza; ese día, las preguntas le demostraron sin pudor que Adela también había sido interrogada.

El recuerdo, ahora aciago y doloroso, de las voluptuosas líneas de la abogada actuó como un escudo plantado en su mente, logrando —sin proponérselo— desviar a un segundo plano los intereses de los esbirros de Padilla.

Eran preguntas a las que, por otro lado, no tenía la menor intención de contestar.

Adela. Siempre Adela. La amargura se apoderó nuevamente de Juan Luis, tal y como venía sucediendo en los solitarios amaneceres y tristes ocasos. Como la repetición de una ópera bufa, las dudas sobre su ruptura, tan inesperada como inexplicable, martilleaban su corazón con sentimientos encontrados.

En pocos días llegarían las navidades como una engorrosa visita.

Semanas atrás, con la sangre aún caliente, había telefoneado con insistencia a Adela, sin lograr más que huidizas respuestas y las excusas que las cercanas festividades les concedían para posponer el deseado reencuentro.

De nada sirvió la elocuencia de la razón: ambos sabían que continuaban enamorados, pero el terror al compromiso —o a sabe Dios qué— los mantenía separados.

¿Quién entiende a las mujeres? Con aquella coletilla se dormía cada noche.

La distancia cimentó el orgullo suficiente para que ninguno de los dos bajara la barrera que aparentemente los separaba.

Al final, Juan Luis dejó la ciudad y pasó las fiestas en compañía de su hija, a la que por primera vez en su vida se dedicó en exclusiva, como si pagara una deuda contraída con el destino tras una experiencia tan cercana a la muerte como la vivida en la diminuta montaña mallorquina.

Era una promesa que la providencia le había permitido cumplir y que él no osaba desafiar.

Con la llegada del nuevo año, resignado, decidió dejar que el tiempo cicatrizara las heridas.

La primavera comenzaba a dibujarse con alegres trinos sobre los tejados cuando llegó la tercera reunión, esta vez de nuevo en el interior de las dependencias del servicio secreto y concertada por iniciativa propia.

Juan Luis se presentó resuelto a estampar el sello de cerrado en su expediente y borrar esas alargadas sombras que coartaban su libertad.

La audacia que ofrece el paso del tiempo lo envalentonó en exceso, hasta bajar la guardia que otorga el miedo.

Presa de encerronas dialécticas, en un par de ocasiones hubo de frenar su desatada lengua; pero para los viejos lobos de mar como Padilla, algunos silencios resultan más cristalinos que las palabras atragantadas.

Todo se habría terminado en cinco minutos si Juan Luis hubiera confesado el fortuito encuentro con el científico a bordo del pequeño barco de pesca y la destrucción de las pruebas.

La verdad casi siempre es más sencilla, aunque resulte menos verosímil.

Sin embargo, un fuerte sentimiento de lealtad lo obligaba a callar, o quizás una pequeña concesión a su vanidad: aun estando decidido a mantener en secreto la identidad del inventor, a punto estuvo de escapársele que poseía el libro, el cual imaginaba que encerraba valiosos secretos.

Imaginaba, puesto que aún no se había atrevido a leerlo.

Desde las navidades permanecía a buen recaudo; conocer sus interioridades era una responsabilidad para la que a su juicio actualmente nadie estaba preparado, mucho menos él, cuyo único mérito había sido presentar un programa de televisión que le reportó una inmerecida fama y mucho dinero.

Por todo ello había pagado un elevadísimo precio: había perdido un amor al que, paradójicamente, gracias a todo lo anterior había recuperado.

Al salir sentía un enorme cansancio. Era el momento de pasar página y recuperar su vida, pero no lo consiguió. En una mente abierta a lo increíble, la sed de aventuras tiene fácil anidar, y si además dispones de pistas que acortan los caminos, ¿quién es el guapo que se está quieto?