Huellas bajo el hielo 1 UNA CALLE DE OTRO TIEMPO I
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Huellas bajo el hielo

Huellas bajo el hielo

Por M Cobos Lechon

© inepub.com

1 UNA CALLE DE OTRO TIEMPO I

A licia se detuvo al final de un estrecho callejón adoquinado siglos atrás.

La luz del mediodía, cegadora sobre la plaza que acababa de atravesar, parecía esquivar aquella calleja; como si el astro rey fuera cómplice de un secreto.

El musgo crecía mimetizado en los bajos empedrados, capas de parásitos reptando en la umbría desde el comienzo de la eternidad.

El viento arrastraba el eco de un pesado silencio, esparciéndolo entre las grietas que miles de lluvias habían abierto en la piedra.

La maciza puerta de madera, escoltada por un par de columnas de capitel dórico, presentaba un sinfín de hoyuelos dibujados por el tiempo.

Los cilindros de piedra se asomaban a la calle mostrando escasamente la mitad de su envergadura, como si la pared hubiera fagocitado la otra parte.

Aquel añadido había restado potencia al arco, que alicaído y lacerado ya no sujetaba la entrada, apenas sobrevivía sosteniéndose a sí mismo.

La fachada en su conjunto era una fiel radiografía del alma de Alicia.

Llamó al mudo timbre, un pedazo de plástico flotando como una isla entre el mar de piedras.

Paladeó la sorpresa y el temor de la desconfianza, un cosquilleo frío en los intestinos.

Fue entonces cuando dejó de repiquetear en sus oídos el eco de la conversación mantenida con su madre un rato antes.

Nada de anagramas ni anuncios indicaba la presencia de un banco; ni siquiera el rústico letrero de un sastre, colgado de dos oxidadas cadenas en la acera de enfrente, donde uno podía imaginar que las últimas telas habían llegado directamente desde Flandes.

Pasaron sesenta segundos de palpitante espera.

Cuando ya estaba a punto de marchar aguijoneada por el sentido común, la vetusta puerta emitió un clic eléctrico.

Una mano invisible acarició la manilla desde dentro y tiró de la hoja despintada que Alicia tenía enquistada en los ojos como un olor.

La madera se fue abriendo despacio, flotando, hasta dejar ver la sonriente mirada de un anciano.

Era un hombre ralo de pelo, de tez blanquecina donde el sol apenas se habría posado en el último lustro. El cuello de su camisa relucía con destellos almidonados, sobresaliendo de un modesto traje gris. No obstante, su sonrisa irradiaba una bondad natural que sin duda no provenía de sus ropas.

—Buenos días, ¿en qué puedo servirle? —dijo el hombre, acariciando las palabras.

Alicia, petrificada ante la figura, solo acertó a mostrar la carta que llevaba en la mano desde la entrada del callejón. El gesto pareció activar la sangre helada de su cuerpo, tiñendo sus mejillas de un leve tono rosáceo.

—Pase por favor, sea bienvenida —dijo él con un ademán que simulaba una reverencia—. Me llamo Ferrer, Sebastián Ferrer.

Apenas cruzó el umbral, Alicia experimentó la sensación de abandonar el mundo conocido. El suelo de enormes losas, dispuestas en un damero blanco y gris tan brillante e inmaculado, parecía cloroformizar su mirada. De repente, Sebastián había crecido veinte centímetros.

Las paredes y los altos techos resultaban cegadores bajo la mortecina luz que aún arrastraba desde la calle, una claridad que parecía advertirla de que la dejaba a su suerte.

Una hilera de amarillentas estatuas de piedra, con forma de guerreros medievales, emergían de los muros con aspecto amenazante, como si fueran a saltar para disputar una sangrienta partida de ajedrez.

Alicia buscaba refugio visual aferrándose con ambas manos a los tirantes de su bolso de lana.

El hombre cerró la puerta. La luz exterior se extinguió para dar paso a una impresionante araña de miles de cristales brillantes, colgada del techo como un centinela intimidante.

Al fondo se adivinaba un pasillo estrecho sumido en la penumbra.

A la derecha, el recibidor se abría hacia otra sala.

En ese momento reparó en el desnivel del escalón entre la calle y el interior —un escalón que no recordaba haber traspasado— y que explicaba el sorpresivo crecimiento del anfitrión.

—Por favor, acompáñeme si es tan amable —ofreció Sebastián, repitiendo el ademán con una voz que mimaba el aire entre sus finos labios.

Alicia se dejó conducir en silencio, con un escalofrío entre medroso y divertido, exactamente igual que antes de subir a una atracción de feria.

Él la hizo pasar a una estancia que recordaba a una antecámara de consulta médica de alto standing.

Algo en su conjunto fallaba, como si el mobiliario hubiera sido encajado a la fuerza en un caserón de otro siglo.

Un sofá de cuero negro, escoltado por dos sillones a juego, presidía la sala junto a un enorme tapiz bíblico que cubría la pared del fondo.

A la izquierda, una mesa ovalada de enormes proporciones brillaba pulimentada con ceras nobles sobre una estructura de hierro, rodeada por ocho sillas aburridas.

La parca decoración acentuaba el olor a pino artificial, incapaz del todo de enmascarar el aire rancio de las paredes.

Tras la mesa, una pequeña puerta acristalada completaba el cuadro.

Aquello era cualquier cosa menos un banco.

Alicia tomó asiento en una esquina del sofá, mientras Sebastián hacía lo propio en el borde de un sillón con milimétrica lentitud, cuidando de no ofender con ruidos el roce del cuero.

Una ligera melodía ambiental flotaba en el níveo techo, aunque Alicia no acertaba a ver los altavoces.

—Dígame, señorita, ¿a qué debemos el honor de su visita?

—La verdad es que tengo la impresión de estar en el sitio equivocado. Buscaba un banco —contestó ella, paseando la mirada por la habitación al tiempo que esbozaba una pícara sonrisa de disculpa.

—¿Por qué ha venido justamente aquí?

Alicia se limitó a tenderle la carta.

—He recibido esta extraña felicitación. Dice que soy cliente de un banco ubicado en esta dirección. Si antes creía que era un error informático, ahora... —Calló extendiendo los brazos, mostrando las palmas vacías.

Sebastián recogió el sobre con la mano izquierda mientras introducía la otra en el interior de su chaqueta.

Sacó unas finas gafas que desplegó con un ágil movimiento de muñeca.

Tras unos segundos de tenso silencio, dobló el folio y se lo devolvió con absoluta exquisitez. Su tono dulce no varió un ápice.

—No, no se ha equivocado. Si me lo permite, he de solicitarle algún documento acreditativo; es una mera formalidad —dijo con voz neutra, esbozando una sonrisa que arrugaba sus pálidos pómulos.

Alicia, confundida, rebuscó en el interior de su viejo bolso, cuyos vivos colores de arcoíris desentonaban por completo en tanta blancura elegante.

—Muy bien —dijo Sebastián al recibir el DNI—.

Me alegra gratamente su visita. ¡Por fin nos conocemos, señorita Santander!

Yo soy el responsable de esta carta. Ahora, si me disculpa un momento, buscaré su expediente.

¿Le apetece tomar algo? ¿Un café, un refresco quizás?

—añadió, dirigiéndose a la puerta acristalada sin llegar a darle la espalda.

La joven negó con la cabeza.

Alicia se quedó sola, dejándose aplastar por una incómoda sensación, preguntándose cómo demonios había llegado hasta allí.