36 JAQUE MATE #3
Los americanos, por su parte, se frotaban las manos en sus despachos blindados.
No había salido exactamente según el guion previsto, pero al fin lo habían conseguido.
Tras muchas décadas de persecución silenciosa recogían sus frutos: en breve tendrían en su poder los planos originales de la máquina del tiempo.
Sin embargo, a diferencia de su visionario inventor, lo que buscaban no eran respuestas históricas, sino el motor energético y cuántico que la impulsaba.
Una inversión a largo plazo con la que esperaban recortar presupuestos espaciales o patentar tecnologías de alcance terrestre militar. El tiempo que les desvelaba ya no era el pasado, sino un futuro plagado de ceros en sus cuentas corrientes y de hegemonía incontestable.
Lo que jamás calcularon, atrapados en su arrogancia institucional, fue lo que estaba a punto de ocurrir a diez mil metros de altura.
Justo en el instante en que el avión comercial despegaba del JFK —mientras Alicia y Adela contenían la respiración y confirmaban con un leve apretón de manos que la entrega en la taquilla se había completado con éxito—, la abogada tecleó un último comando en su teléfono móvil.
Segundos después, la orden digital encriptada cruzaba el Atlántico y aterrizaba de golpe en la pantalla del ordenador situado en la humilde vivienda de la sierra cordobesa.
Su joven ocupante —aquel hijo gestado entre Adela y Juan Luis—, con las manos firmes sobre el teclado, pulsó la tecla Enter.
En ese solo clic se consumaba la gran venganza: miles de archivos escaneados clandestinamente durante los últimos días volaban libres y sin censura por las autopistas de internet.
Planos, fórmulas matemáticas y diagramas termodinámicos corrían ya sin freno, descargados de forma masiva y al alcance de cualquier investigador del planeta, dinamitando para siempre el monopolio y las lucrativas patentes de una tecnología que su inventor jamás ideó entregar a los amos de la guerra.
A su llegada al aeropuerto de Madrid-Barajas, una delegación de rostros sobrios y gabardinas oscuras aguardaba su desembarco a pie de pista.
Recibieron los hombros encogidos y la altiva indiferencia de Alicia y Adela empujando la silla con una opaca mezcla de perplejidad y frustración; jamás lograron descifrar qué ocultaban aquellas miradas.
Para la joven era un agrio cóctel de hastío y desdén absoluto; Adela, en cambio, vislumbró rastros de una incomodidad casi vergonzosa, como si les hubieran colgado de improviso una factura militar imposible de justificar.
Unos metros más allá, a las puertas de la terminal, aguardaba la verdadera prueba de fuego.
Con la estampa inconfundible de un cachorro herido y temblando bajo el frío madrileño, Daniel contenía el aliento.
En sus manos temblorosas ya no sostenía un ramo cualquiera, sino un puñado de rosas rojas unidas con descuido, marcadas por las horas de espera y la angustia de no saber si ella volvería a mirarlo a los ojos.
Al verla aparecer caminando junto a la silla de Juan Luis —con ese paso cansado pero firme de quien ha cruzado el infierno y ha regresado para contarlo—, el mundo pareció detenerse a su alrededor.
Alicia detuvo la marcha. Sus miradas se cruzaron a través del gentío, atravesando de golpe los mapas de la traición, las mentiras piadosas y el miedo a perderlo todo.
Durante un segundo eterno, la joven sintió el peso de la duda.
Pero bastó con ver los ojos de Daniel —húmedos, vulnerables, suplicando un perdón que ni siquiera se atrevía a pronunciar— para que el muro de hielo que había construido en su pecho se derrumbara por completo.
Las lágrimas, tantas veces contenidas durante el viaje, brotaron al fin sin freno por sus mejillas.
Daniel dio un paso al frente, y luego otro, hasta romper la distancia que los separaba.
No medió palabra. Soltó las flores, que cayeron olvidadas contra el suelo del aeropuerto, y se abalanzó sobre ella para atraparla en un abrazo tan feroz y desesperado que parecía querer silenciar el mundo que los rodeaba.
Alicia se aferró a su cuello con una fuerza desesperada, escondiendo el rostro en su hombro, dejándose mecer por el temblor de un cuerpo que también había estado dispuesto a quemarlo todo por amor.
—Pensé que no te volvería a ver —susurró él contra su cabello, con la voz quebrada por el llanto.
—Estúpido... —respondió ella entre sollozos, esbozando al fin una sonrisa rota mientras levantaba el rostro para buscar sus labios en un beso largo, hondo y definitivo que borraba de un plumazo los fantasmas del pasado.
A pocos pasos, Adela apartó la vista con una sonrisa cómplice y empañada de emoción, mientras empujaba con suavidad la silla de Juan Luis hacia el exterior.
Ambos sabían que la tormenta había amainado de verdad, y que ahora, por primera vez, tenían algo que el tiempo, por mucho que avanzara, ya no les podía robar: el futuro.
Aquella misma noche, en la cálida y luminosa intimidad de un hogar cordobés por fin recuperado, cinco siluetas dibujaron una tierna, insólita y definitiva estampa familiar.
Brindaban por el mañana, firmando un pacto secreto con el porvenir, bajo un horizonte tan profundamente incierto como hermoso, pero cargado por fin de expectativas reales y latentes.
Era una cuota de paz y de felicidad a la que ellos, más que nadie en este mundo roto, tenían legítimo derecho: durante demasiado tiempo habían arrastrado sobre sus espaldas la sombra de una oscuridad ajena.
Ya era hora de que se hiciera la luz.
FIN
M. Cobos Lechón
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