Hoy no, Satán Capítulo LIV
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Capítulo LIV

LIV

Avanzamos el uno frente al otro. Me ataca, pero consigo esquivar el golpe. Giro detrás de él y le asesto un golpe con la espada. Lo elude, y seguimos dando círculos amenazándonos.

Tardo unos minutos en acostumbrarme al peso que me falta en el hombro izquierdo, pero me adapto a la extraña sensación enseguida, recurriendo al peso de mi espada para compensar lo perdido y recuperar la estabilidad.

Golpeo de nuevo.

Se aparta, pero no lo suficiente, y el filo de mi espada le hace un corte bajo la caja torácica.

Suelta un grito espeluznante y me embiste de nuevo.

Parece haberse olvidado de que el arma de mi madre no puede herirme, por lo que esta rebota cuando él se empeña en golpear de nuevo mi hombro ya ensangren­tado.

Por alguna razón, Nate está otra vez trasteando con el dichoso arco, y consigue disparar una flecha que rebota en el suelo y se le clava a Ferus en la pierna.

—¡Sí! ¡Lo conseguí! —vocifera Nate sin poder disimular su orgullo.

Ferus se arranca la flecha de la pantorrilla con un bramido y se tambalea hacia Nate.

—¡Oh, mierda!

Nate abre mucho los ojos y se aleja corriendo por el puente. Tropieza con uno de los tablones de madera y sale disparado hacia el borde.

Todo sucede como en una de esas secuencias a cámara lenta de las películas que le encantan mientras yo lo veo caer sin poder hacer nada.

El corazón se me para en el pecho y me oigo a mí misma gritar su nombre desde la distancia.

Consigue aferrarse a uno de los tablones con los dedos, y gracias a eso no cae al río que tiene debajo.

Libero el aire de los pulmones, aliviada, pero la tranquilidad me dura poco, puesto que Ferus vuelve sobre él al instante, con el puñal levantado para cortarle los dedos.

Un grito de dolor y desesperación se ahoga en mi garganta . «Oh, no, no, no. Por favor, no». Puede que intentara hacerse con mis dedos, pero a Nate conseguirá arrebatarle los suyos.

—Ey, imbécil —lo increpo—. ¿Por qué no te enfrentas a un diablo de verdad en lugar de aprovecharte de los humanos?

Su rostro se retuerce en un gesto que solo he visto en las pe­lículas de terror de Nate.

Doy sin querer un paso atrás y siento que se me eriza la piel del cuello.

Él profiere un grito que podría ser una palabra, pero, sinceramente, es algo incomprensible en cualquiera de los idiomas que conozco, y solo lo veo cargar contra mí.

Siento toda mi fuerza de vuelta, esta vez sí que estoy lista para luchar contra él.

Mientras Ferus se precipita sobre mí, llevo todo el peso de mi cuerpo a mi pierna de atrás.

Después adelanto el otro pie, pisando primero con el talón.

La patada de kung-fu logra golpear su objetivo: la herida humeante abierta en el pecho de Ferus.

Este grita y se deja caer sobre sus rodillas, llevándose las manos al pecho.

Le asesto otro golpe certero en la cabeza y cae tendido a mis pies, susurrando como un niño.

Levanto la espada otra vez y lo miro con el ceño fruncido. Las alas de mi padre tiemblan en su espalda, es como si supieran que ese no es su sitio.

Mi pecho se retuerce por dentro cuando recuerdo todas las veces en que sorprendí a mi padre contemplándolas colgadas en la pared. Antes de enterarme de lo de mi madre, estaba convencida de que esas alas eran su única vulnerabilidad. Y ahora aquí están, viciadas por Ferus y su insaciable ambición.

—Estas alas no son tuyas, Ferus —le espeto en voz baja—. Estoy harta de verte intentar apoderarte de cosas que no te pertenecen. —Levanto la espada sobre mi cabeza, la bajo apuntando a su espalda y le corto las alas que lleva adheridas al cuerpo.

Estas no caen al suelo como yo había anticipado.

Me quedo boquiabierta al observarlas flotar en el aire un momento antes de emprender el vuelo tras mi ala, lanzarse por el puente y desaparecer entre las llamas de abajo.

Suelto cuantos improperios conozco, y, en la lejanía, escucho un grito de dolor cuando las llamas se apoderan de ellas y un escalofrío sacude mi columna. Trago saliva.

«Así que no es que mi padre estuviera planeando regresar a por ellas ni nada por el estilo».

Pero la culpa sigue oprimiendo mi pecho, mientras mi hombro izquierdo desnudo palpita donde antaño se posaba mi ala. Si mi padre alguna vez vuelve, sin duda tendré que pedirle explicaciones de esto.

Ferus se pone de rodillas, con la mano en el pecho y la espalda sangrando y rezumando pus de los puntos abiertos.

—¿Ves qué bien? —me dirijo a él con desprecio—. No es tan difícil arrodillarte ante tu reina.

Gruñe, pero no se atreve a decir nada.

—¿Todo bien, majestad? —Attero arrastra a Nate por el puente y luego viene hacia mí.

Yo continúo con mi espada fija en Ferus.

—Sí, estoy bien. Pero ¿podrías deshacerte de esta basura? Enciérralo en un calabozo en que esté él solo. Te aseguro que será un castigo sobradamente suficiente para él el no tener más compañía que la suya para toda la eternidad.

—Así lo haré, majestad. —Attero hace una reverencia antes de dejarme atrás para ocuparse de Ferus.

Yo corro tan rápido como puedo hacia Nate y me lanzo sobre él. Lo primero que hago es juntar mis labios con los suyos. Está tumbado bocarriba en mitad del puente, jadeando. Me mira, con la boca abierta.

—Tengo que hacerte alguna que otra pregunta —le aviso mientras lo ayudo a ponerse de pie—. La primera es: ¿por qué me estás mirando así?

—Le diste una patada frontal absolutamente perfecta. La mejor que he visto nunca, te lo aseguro. Y encima, en el Infierno.

Cruzo los dedos para que el esfuerzo del combate me ayude a disimular mi sonrojo por el cumplido.

—Después de que me hicieras ver todas esas películas, decidí investigar un poco las distintas técnicas.

Incluso me apunté a un par de clases de artes marciales dos mañanas mientras tú dormías, aunque bien podía haber ido a más, porque tú te quedabas dormido todos los días, dicho sea de paso.

El caso es que pensé que uno de los dos debería saber hacer kung-fu en condiciones.

Me rodea con el brazo, con cuidado de no rozarme el hombro, que me sigue sangrando.

—¿Y por qué no me contaste que lo estabas haciendo?

Levanto los hombros.

—Pues porque habrías querido venir conmigo, y me habría resultado demasiado vergonzoso.

—¡Aaah! —Ladea la cabeza y se detiene a pensar un momento antes de asentir—: Sí, tienes toda la razón.

Attero pasa por delante de nosotros con Ferus esposado y se lo entrega a los soldados que aguardan sus órdenes. Se inclina desde la cintura para mostrarme su cortesía y respeto.

—¿Majestad? Pienso que ha llegado el momento. El trono está esperando la llegada de su verdadera heredera.

—Pues sí, eso suena fantástico. —Miro hacia el abismo de fuego a nuestros pies—. Pero Ferus lanzó mi gema.

—Creo que yo puedo ayudarte con eso. —Nate extiende su dedo meñique.

En él se ve un delicado anillo de color rojo con forma de corazón.

Sería capaz de reconocer esa piedra en cualquier sitio.

Se asemeja a un rubí, pero no existe nada en la Tierra capaz de brillar con esa intensidad.

Es casi como si una llama parpadeara en su interior.

Se me corta la respiración.

—¿De dónde la has sacado?

—De tu madre. —Nate se saca el anillo del dedo y me lo muestra—.

Tu padre se lo regaló antes de que rompieran.

Nunca supo lo que esa piedra era capaz de hacer hasta que vio el tuyo, por lo que lo tuvo guardado en un joyero durante años.

Cuando le dije que no podía quedarme allí sentado en casa, me dio su arco y me dijo que usara su anillo para entrar en el Infierno, y que luego te lo entregara. Queda mejor en tu dedo que en el suyo.

Tengo los ojos tan llenos de lágrimas que veo el anillo borroso.

Es mucho mejor que el que Ferus ha lanzado al río Ignis.

Este anillo representa el amor que mis padres un día compartieron y se profesaron, por breve que fuera.

Ese amor que me trajo a mí aquí y que hoy me hace quien soy.

Se lo arrebato a Nate de la palma de la mano y lo deslizo en mi dedo. Me queda perfecto.

—No puedo creer que mi madre lo conservara durante todo este tiempo.

—Me dijo que le recordaba tanto a ti que no podía deshacerse de él. —Nate me pone las manos sobre los hombros—. Y no la culpo.

Me giro, para poder envolverle la cintura con los brazos.

—Muchas gracias. No necesitaba tu ayuda, pero me siento muy feliz de tenerte aquí conmigo.

—Si lo piensas bien, salvé el día con ese anillo —se ríe—. Podría decirse que soy algo así como el héroe de esta historia.

Le doy un puñetazo cariñoso en el estómago.

—¿Perdona? ¿Te recuerdo quién tuvo que sacarte primero del Infierno para que hoy puedas tener una historia?

—Vale, vale, está bien. —Me acerca más a él—. Te dejo ser la heroína, venga. Te pega más. A mí me va más lo de ser tu compañero. Con derecho a roce, eso sí. Y a besos.

—Hablando de… —Me inclino hacia él y le doy un beso largo. Tiene los labios suaves, y lo agarro hacia mí para deleitarme con el aroma a océano de su pelo y saborear el regusto a vainilla del helado que se ha tomado después de cenar.

Cuando nos separamos, balbucea:

—Bueno, solo por ese beso ha merecido la pena ir y volver del Infierno. Sin ninguna duda.

Pongo los ojos en blanco y le clavo el dedo en los pectorales.

—Eres un idiota.

—Habla con propiedad: soy TU idiota.

Attero carraspea para que nos percatemos de su presencia. La verdad es que se me había olvidado que estaba allí, así que le dirijo una mirada arrepentida.

—¿Podemos continuar ya con lo que estábamos, majestad? Cuanto antes subas al trono, antes podremos empezar a reorganizar este lugar.

Miro a Nate con una enorme tensión presionándome los hombros. Cuanto más estoy con él, más me cuesta que nos separemos. Acerco mis labios a los suyos.

—Tengo que ir a trabajar.

Una sonrisa se dibuja en su boca:

—Lo sé.

Ladeo la cabeza y le lanzo a Atty una mirada interrogante. Él pone los ojos en blanco y acto seguido afirma con la cabeza.

—Pero puedes venir conmigo si quieres.

Los ojos de Nate se iluminan.

—¿En serio?

—Por ahora. —Le doy una palmadita en el pecho—. Pero no te puedes quedar. Me niego a que mi madre se angustie pensando qué ha podido pasarte. Además, tienes que ir a la facultad como planeamos. Tienes una vida entera por delante, y luché mucho para que disfrutaras de ella y nadie te la arrebatara.

—De acuerdo.

Aleteo arriba y abajo, y dejo escapar un grito cuando el dolor me atenaza la espalda.

Lo único que me queda en el lado en que antes tenía un montón de plumas preciosas es un muñón sangrante.

No tengo forma de saber si me volverá a crecer un ala.

A mi padre ya nunca le crecieron. Ni a mi madre tampoco.

Pero yo soy los dos y ninguno a la vez, por lo que tendré que esperar para verlo.

—No puedo volar —digo en un suave murmullo.

Nate me agarra de la mano y mira hacia el carruaje, que sigue parado en diagonal al otro lado del puente. Me guiña un ojo.

—Sí, sí puedes.

Le dedico una tierna sonrisa mientras nos deslizamos en el carruaje dorado, yo en el asiento del conductor.

Los mandos de control son como los del barco que nos llevó hasta Nix, y no tardamos mucho en sobrevolar el Infierno desde arriba, contemplando juntos desde el aire todos esos lugares que recorrimos a pie durante tanto tiempo.

Se le corta la respiración cuando sobrevolamos el lago que en su día fue el castillo de hielo.

—¿Aquí no es donde…?

Le aprieto la mano, trago saliva y asiento.

—Ferus aterrizó aquí, yo le lancé una bola de fuego y… Fue culpa mía. Lo siento muchísimo, Nate.

Me agarra aún con más fuerza.

—Es solo un lugar, Devica. Construiremos miles de recuerdos más juntos en muchos otros sitios.

—¿Me lo prometes?

—El Infierno es el lugar ideal para una cita, ¿no crees? Haré que lo sea.

Fija sus ojos en los míos y esboza esa sonrisa que ya me es tan familiar y que siempre hace que el corazón me lata con fuerza. Se me escapa una carcajada.

—Más te vale que la próxima sea genial.

—Dalo por sentado.

Llegamos a Dominus enseguida y mi alegría se esfuma.

Ya estamos aquí. El trono y yo, ya no hay nada que se interponga en mi camino. Y he superado tantos obstáculos para llegar hasta él que seguiré aquí toda mi vida.

Después de aterrizar junto al Salón del Trono, Nate salta del vehículo en que hemos venido y se ofrece a ayudarme a bajar. Me tiemblan las piernas, pero le doy un empujoncito para apartarlo y camino por el suelo de granito del que siempre ha sido mi hogar.

Nate hace un gesto de dolor cuando entramos en el Salón del Trono y observa toda la sangre azul que hay por las escaleras y el suelo. Menos mal que los soldados ya han retirado el cuerpo de Diripo, porque no estaba segura de atreverme a volver a mirarlo.

Nate me susurra muy bajito:

—Dijiste que estabas preparada para luchar por el sitio que te corresponde, y lo has conseguido. Te lo has ganado.

La gema brilla bajo las luces del gran salón mientras me saco el anillo deslizándomelo por el dedo y respiro muy hondo.

—Estoy lista.

Me da un beso en la mejilla.

—A por ello, Dev.

Me quito el coletero que me recogía el pelo y me lo suelto para que los mechones me caigan libremente por los hombros antes de recorrer el pasillo.

Puesto que mi sangre aún no se ha secado del todo de las escaleras, me encorvo para cubrir el anillo con ella antes de llegar junto al trono.

Solo tardo un momento en inspeccionarlo para encontrar el pequeño hueco con forma de corazón que sé que está en la parte inferior del reposabrazos.

El anillo de mi madre entra sin ningún esfuerzo.

Yo me aparto un poco, temerosa de lo que pueda ocurrir.

El trono emite un zumbido y un chirrido.

Una luz emerge del centro.

Cuando se disipa, el sillón se ha encogido hasta adecuarse a mi tamaño. Y resplandece en los mismos colores que el anillo cuando lo he cubierto con mi sangre.

Los colores que me hacen quien soy. El azul, como los mares más profundos que se curvan contra la arena; el rojo, como el río de sangre que brota de un corazón que late por otra persona, y el dorado, como la aureola que mi madre lucía antaño y a la que renunció para que yo pudiera vivir.

Miro a Nate, que me dice que sí con la cabeza antes de inclinarse profundamente ante mí. Respiro hondo y cierro los ojos, y todo lo que me ha traído hasta aquí me inunda tanto como ese océano que he llegado a amar en lugar de temer.

Desconozco si volveré a ver a mi padre alguna vez, pero tengo la certeza de que a mi madre la veré muy pronto.

Y a Nate, porque es demasiado cabezota como para estar lejos de mí mucho tiempo. Ellos serán quienes se encarguen de que continúe siendo humilde y me recordarán la persona que quiero ser. Y serán siempre mi salvación para escapar de esta condena.

Al mismo tiempo, aún hay trabajo que hacer y tengo ante mí todo un sistema roto que reparar. Y yo soy quien puede arreglarlo. La única. Pero eso lo he sabido ahora.

Abro los ojos, exhalo y me siento en mi trono.