Capítulo LIII
LIII
Lucho contra mis ganas de desplomarme en el suelo junto a Diripo.
Esto debería haberse acabado. El puñal tendría que haberle absorbido toda la energía igual que las esposas hicieron conmigo.
Lo que sucede es que ahora ya no está batallando solo con su propia fuerza.
Algunos retazos de mi padre son, en este momento, también parte de él, y corren por su sangre con la misma fiereza que lo hacen por la mía.
Salta a la vista que Ferus tiene la fuerza de dos demonios. Y mi cuerpo aún tiembla por el agotamiento. Está claro que no podré derrotarlo. No me quedará otra que dejarlo escapar.
Recorro con la mirada el cuerpo de Diripo y se me cierra la garganta al verlo. Si tiro la toalla y me rindo, Ferus seguirá haciendo daño a la gente que me importa. Irá a por Nate, a por Atty, a por mi madre. Los castigará a todos solo por machacarme a mí.
Al margen de ellos, he de lidiar con el resto de la humanidad. A decir verdad, los humanos no son tan horribles como me habían hecho creer. La sonrisa de Mal se dibuja en mi mente. Y sus palabras, haciéndome entender que mi genética no me convierte en alguien deplorable, sino en quien yo soy.
Y soy infinitamente mejor que un demonio rojo narcisista con músculos donde debía tener un cerebro.
Cierro los ojos y respiro, agitada. Sí, puede que Ferus sea fuerte, pero yo llevo en mis venas la sangre de mi padre y de mi madre. Y me tengo a mí. No necesito nada ni a nadie más.
Estoy preparada para pegarle una buena patada en el trasero.
Me voy encontrando mejor poco a poco desde que me he quitado las esposas. Todavía me duele el brazo, pero ya no lo tengo doblado en ese ángulo raro. Pongo a prueba mis alas. Levanto los pies de la alfombra, y los vuelvo a apoyar con delicadeza.
—¿En serio quieres seguir luchando, Ferus? —grito a la estancia vacía—. Dámelo ya.
Echo a correr hacia donde ha lanzado mi espada y me la coloco en la cintura antes de emprender el vuelo tras él.
No me cuesta ubicarlo.
Las alas de mi padre son enormes, tres veces el tamaño de las mías. Y, como no son suyas, no le permiten volar con sutileza.
Va dando bandazos en el aire, ganando y perdiendo altura. Sube y baja como las personas en esa montaña rusa que Nate me enseñó en el muelle de Santa Mónica. La diferencia es que ellas gritan con cada caída, mientras que Ferus parece más bien saborearlas todas.
Él no grita. Más bien al contrario, se muere de la risa. Deja escapar una especie de sonido ahogado que reverbera entre las piedras de Dominus y me hace sentir escalofríos.
Una vez que lo tengo perfectamente enfocado, estiro el brazo apuntando hacia él e intento lanzarle una bola de fuego. Pero de mis manos no sale más que una bocanada de humo.
¡Mierda! Aún no estoy a pleno rendimiento.
Persigo a Ferus por el Infierno, y veo todos esos sitios que una vez atravesé con Nate.
La parcela 13, donde se concentra lo peor del género humano, y donde yo encontré a uno de los mejores seres que existen. Aunque a veces me saque de mis casillas.
La parcela 11, un lugar que me hizo creer que estaba viendo a una bestia en los espejos cuando en realidad lo único que veía eran esas partes de mí que me hacen poderosa y fuerte.
La parcela 8, donde seguí al fantasma de mi madre por entre el barrizal antes de encontrarla a ella de verdad en la Tierra.
Y justo enfrente, el castillo de hielo. El enclave en el que pasé la noche con Nate y descubrí mi mitad ángel.
Peleé con tanta determinación para escapar de estos lugares…
Y ahora, aquí estoy, batallando contra un demonio con un par de alas mal cosidas y una espada en el pecho para poder permanecer aquí para siempre.
Y he de reconocer que no me siento mal haciéndolo.
No me importa hasta dónde tenga que llegar.
Me da igual cómo he acabado aquí y de qué manera tendré que abrirme paso por el aire para perseguir a Ferus.
En este momento en que estoy luchando por mi hogar, siento que realmente nací para ello.
Muy por debajo, los caminantes oscuros se están enfrentando a los soldados. Hasta el aire que atravieso llegan gemidos de uno y otro lado, pero los traspaso como si de un hilo se tratara, con los ojos puestos en mi objetivo.
Ferus aterriza sobre uno de los parapetos del castillo de hielo para coger aire, y yo me concentro para lanzarle otra bola de fuego. Ahora sí, ya he recuperado todo mi poder, pero pese a ello la llama no acierta por unos centímetros.
Y en lugar de darle a él, lo que hace es un agujero en uno de los muros del castillo.
A través de él alcanzo a ver el dormitorio que mi padre con tanto mimo decoró para una mujer que jamás dormiría en él.
Esa habitación en la que me besé con Nate por primera vez.
En la que me enamoré. Pero no puedo hacer nada más que ver cómo la llama se propaga hasta la alfombra que cubre el suelo ante la cama y esta empieza a arder.
Me quedo paralizada.
Tal vez se vaya apagando poco a poco.
Pero en realidad, conozco bien cómo funciona el fuego, y no tarda en engullir la ropa de cama y todo lo que hay en el dormitorio que no es hielo. En cuestión de segundos, todas las paredes se desintegran por el calor.
Suspiro, apesadumbrada. Un trozo de mi corazón se desintegra también con cada bloque de hielo que se derrite.
—Perdiste, princesa.
Mierda.
Me había olvidado de Ferus.
Mi cabeza se sobresalta al oír su voz. Me sonríe burlonamente, con las alas de mi padre batiendo el aire tras de él.
La sangre me late con fuerza en el cerebro y le lanzo otra bola de fuego con un grito.
Pega un salto para apartarse y emprende de nuevo el vuelo.
El fuego atiza el parapeto en el que Ferus se había resguardado, las torretas comienzan a deshacerse y el agua cae sobre el resto de la construcción a modo de cascada.
En segundos, el castillo se derrite por completo y colapsa con un fuerte estruendo.
Mi corazón se quiebra con él, y dejo escapar un grito.
No.
No, por favor, no.
El único lugar en este mundo oscuro que no se hizo para castigar, sino para amar. El único recuerdo que me quedaba de los tiempos bonitos que viví con Nate, mi consuelo hasta que pudiera volver a verlo.
Y ahora se ha ido para siempre.
Sacudo la cabeza y trago el nudo que se me ha formado en la garganta antes de salir volando detrás de Ferus. Ahora no hay tiempo para lloros. Tengo que destruir como sea a ese asqueroso.
Ferus desaparece por el muro que señala la frontera de la parcela en la que estamos, y entonces me doy cuenta de lo que está tratando de hacer. Mi estómago se desmorona igual de rápido que el castillo de hielo.
Quiere lanzar el anillo al río Ignis. Solo busca asegurarse de que ninguno de nosotros ocupe el trono de mi padre antes de insistir una y mil veces en que le pertenece solo a él, pues es lo que mi padre le dijo.
—Oh, claro que no. Te aseguro que no. —Ya estoy sangrando, por lo que esta vez no me hace falta cortarme y derramar mi sangre por esa pared de ladrillo mágica, y aterrizar sobre el puente.
Ferus está de pie justo delante de mí, con una mueca que le deforma el rostro.
Sostiene el anillo colgando por encima de la barandilla.
—Ferus —le grito—. Has perdido. Asúmelo, como un hombre, como un demonio o como lo que seas.
Abre la boca para contestar cuando uno de los carruajes de mi padre surca el espacio sobre nuestras cabezas con un chirrido.
Avanza casi tan fuera de control como Ferus con sus alas robadas.
Va hacia delante y hacia atrás a toda prisa, luchando por mantener la dirección mientras se balancea en el aire.
—¿Qué mierd…? —pregunto.
Me he quedado tan obnubilada al ver el carruaje que ni siquiera me he percatado de que Ferus ha soltado el anillo por la barandilla. Cuando quiero darme cuenta de que tiene los dedos vacíos, la gema carmesí está cayendo, brillante, hacia las encendidas llamas de abajo.
—¡Mieeerda!
Me apresuro corriendo hacia el pasamanos, lista para saltar por la baranda, pero el metal continúa su descenso demasiado rápido. Es evidente que no conseguiré echarle mano antes de que se lo coma el fuego. Es excesivamente pequeño para reducir la velocidad.
Miro horrorizada cómo desaparece de mi vista y aterriza con un sonido crepitante.
Ferus me alcanza en solo segundos y se abalanza sobre mí. No tiene armas, pero se vale de sus puños. Por suerte, logro esquivar sus golpes y solo da al aire. Grita y arremete contra mí una y otra vez.
—¡De eso nada, Ficus, de eso nada! —Una voz grita desde el interior del carruaje díscolo a medida que se aproxima.
La voz me golpea casi tanto como Ferus, y parpadeo para reconocer la figura que tengo delante.
—¿Nate? —resuello—. ¿Qué estás haciendo aquí?
Consigue detener y acoplar el vehículo en el puente, salta y aterriza entre Ferus y yo. Lo miro con los ojos entrecerrados, convencida de que he pasado demasiadas horas en el Salón del Trono y de que su imagen no es más que fruto de mi imaginación.
—Ya ves. Pensé que te vendría bien algo de ayuda. Afortunadamente, al lado de la entrada vi aparcado uno de esos carruajes. ¡Hay que ver, ya podíamos haber usado uno parecido nosotros cuando escapamos de aquí!
Me sonríe, y siento en el pecho esa calidez que siempre me invade cuando lo veo.
No, no es cosa de mi imaginación.
Entonces la sonrisa se desdibuja rápido de mi cara.
Porque corre peligro. Ferus lo hará pedazos.
—Ya te dije que podrían rastrearnos si subíamos a uno.
De todos modos, ahora no tengo tiempo para eso.
—Cojo impulso para ponerme de pie, ignorando el dolor que me sube por la pierna, y saco la espada—.
Mira, te agradezco muchísimo que quieras ayudarme, Nate, pero tienes que apartarte. Lo tengo todo bajo control.
Pero, mientras lo digo, ya está cargando contra Ferus, con el arco de mi madre en la mano. Dispara una flecha, pero no acierta. Y prueba con otra, pero el resultado es el mismo.
Gruño y reprimo las ganas de entornar los ojos.
Ferus se burla y lo mira con desdén, e intenta sacarse el puñal que le he clavado en el pecho.
El humo se eleva en volutas desde su palma, y sisea antes de arrancarse la hoja que aún lleva incrustada en la carne. Con ella en la mano, va a por Nate, quien trata de hacerse con una flecha que se le ha retorcido en el arco.
Abro tanto los ojos que siento que se me van a salir de las órbitas. Las armas de ángel no me pueden matar a mí, pero seguro que sí que pueden herir a los humanos.
—¡Naaate! —Corro hacia él y extiendo mis alas para cubrirlo. Lo envuelvo para protegerlo del ataque de Ferus, y lo pego más y más a mí para salvaguardarnos los dos de sus arremetidas.
Mi madre me explicó que el oro de mis alas procede de mi lado ángel, pero jamás me había parado a pensar en todo lo que también hay en ellas de mi padre.
Solo espero que nos protejan del arma de ángel igual que mi piel me ha protegido a mí antes.
Sin embargo, de pronto el puñal atraviesa mis plumas, y siento un fuerte dolor en el hombro.
Maldigo su puntería, y empujo a Nate para que se coloque detrás de mí en el momento en que una de mis alas cae hacia las llamas que nos amenazan desde abajo.
Dejo escapar un bramido que es más animal que humano.
El dolor y el miedo hacen hervir la sangre de todo mi cuerpo.
Ya he perdido mucho en toda mi vida. Diecisiete años que podría haber pasado junto a mi madre.
A un padre que existía mucho más en el mundo humano que en el mío.
El anillo, la única cosa que me regaló, aunque ahora sé que lo hizo por egoísmo.
A Nate, a quien he estado a punto de perder dos veces.
Y ahora acabo de perder entre las llamas una parte de mí misma, en el sentido literal de la expresión.
Contemplo horrorizada cómo el oro de mis alas resplandece una última vez.
De la herida del hombro me brota sangre azul, que gotea y forma pequeños charcos de color añil a mis pies.
Mi cuerpo se tambalea por la repentina pérdida de peso que siento en el lado izquierdo, y Nate me agarra por la cintura para devolverme el equilibrio.
—¿Estás bien, Devica? —me pregunta en un susurro.
Trago, y abro y cierro los ojos creo que por quincuagésima vez en este vuelo.
Juré que jamás permitiría que Ferus me viera llorar, y me esfuerzo al máximo por mantener mi promesa.
Ya me lamentaré más tarde por todo lo que he perdido.
Primero tengo que detener a Ferus para impedirle que me vuelva a arrebatar nada.
Levanto la cabeza y me coloco la espada por delante del pecho.
—Ya está, Ferus. Voy a poner fin a esto.
—Estás todo el tiempo diciendo lo mismo, princesa —se ríe con disimulo—.
Se te llena la boca hablando y amenazándome, pero, a la hora de la verdad, eres demasiado débil para hacerme nada.
—Levanta el puñal de mi madre, que sigue abrasándole la carne con un chisporroteo—. Has agotado todas tus jugadas.
—¿Quién, yo? —Una sonrisilla curva mis labios—. Ponme a prueba.