Hoy no, Satán Capítulo LII
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Capítulo LII

LII

Subo corriendo las escaleras, pero se adelanta y se esconde tras el trono, y mi espada corta el aire. Resoplo, frustrada, y me mantengo firme.

—¿Qué problema tienes, Ferus? —le pregunto. Me tiembla la espada, y la agarro con las dos manos para que no pueda ver mi miedo—. ¿Por qué te escondes de mí? Digo yo que una princesita y su espada de ángel no te darán ningún miedo, ¿no?

Salta desde detrás del trono y el filo de su espada roza mi brazo desnudo.

Grito cuando el metal araña mi piel y veo la sangre brotar de la herida.

Él se ríe triunfante, y yo aprovecho el momento para asestarle un golpe y pegarle un tajo en el pecho.

Pero consigue esquivarme, por lo que la hoja de mi espada solo lo ras­guña, aunque también consigue rasgarle el chaleco y dejarle la piel a la vista, lo que le hace proferir un grito.

Dentro del corte se vislumbra una gota de un líquido naranja.

El verle sangrar no hace sino aumentar mi confianza en mí mis­ma. Ferus baja las escaleras y yo voy tras él, apuntándolo con el arma que sostengo con el brazo que aún tengo sano. Me lanza un zarpazo, pero me agacho y su espada silba por encima de mi cabeza.

Nos rodeamos el uno al otro, con los ojos cerrados.

Apuñalo el aire que hay entre nosotros, pero Ferus es rápido y evita el golpe. Avanza y me acorrala contra la pared.

Me tiemblan las rodillas, y por mi cabeza solo ronda la imagen de cuando me atrapó contra su puerta. Me sonríe con maldad, como si me estuviera leyendo la mente, y se lame los labios. Le hago una mueca, y siento cómo el calor va subiendo por mi pecho. No permitiré que vuelva a derrotarme.

Cuando baja la espada, me lanzo, me doy la vuelta y le suelto una patada en el brazo. Su arma sale volando hasta el otro extremo de la habitación y va a caer a los pies del trono.

Mi corazón se acelera cuando lo esquivo y subo corriendo las escaleras. Le doy una patada al arma para meterla debajo del trono, y lo oigo maldecirme.

El sonido de su voz hace que un escalofrío me recorra la espalda.

Y es que, aunque haya conseguido desarmarlo, Ferus sigue entrañando una amenaza.

Me limpio el sudor de la ceja con el dorso de la mano y me giro hacia Diripo.

Se me revuelve el estómago al ver el charco de sangre que se ha formado alrededor de su cabeza, como el más sangriento de los halos.

«Es un soldado. Tendrá unas esposas. Tengo que intentar hacerme con ellas».

De pronto, mientras le palpo la cintura, contengo la respiración para evitar que me entren arcadas: las esposas no están en su cinturón.

Algo se me encaja en la muñeca y me pellizca los nervios. Suelto la espada y de repente las plumas se vuelven tan pesadas que me caigo al suelo de rodillas

«No. No me puede estar pasando esto».

—¿Era esto lo que buscabas? —Ferus me arrastra por la esposa que ya me ha cerrado en la muñeca—.

Se las quité por si acaso. —Se arrodilla junto a mí mientras toda la habitación me da vueltas—.

Si no lo recuerdo mal, esta cosa te hacía perder toda la fuerza, ¿no, princesa?

Mírate, te han vuelto tan débil que ya no puedes sostener ni tu espada.

Se ríe a carcajadas y me empuja escaleras abajo.

Mi cuerpo rebota en el suelo y me golpeo con cada escalón.

Me cruje el brazo al aterrizar, y grito de dolor.

Toda la cabeza me da vueltas mientras me afano en tirar de la esposa para tratar de sacar la muñeca.

Pe-ro me la ha apretado muchísimo, y yo estoy muy débil.

No, no me puede ganar, me niego. He pasado por demasiado para terminar así.

Ferus busca su arma debajo del trono, pero la he mandado demasiado lejos como para que pueda alcanzarla. Se arranca el chaleco, lo envuelve alrededor de la empuñadura de mi espada y baja corriendo hacia mí.

Procuro alejarme rodando, pero el dolor no me permite cambiar de posición, y empeora con cada movimiento. Las lágrimas me nublan la vista, pero abro y cierro los ojos unas cuantas veces. Estaré tan condenada como toda esta gente de aquí abajo si Ferus me ve llorar.

Se agacha a mi lado y me acaricia el pelo. El mero contacto con su piel me da ganas de vomitar.

—Oh, pobre princesa, parece que te duele. Si quieres, puedo cortarte la mano a la altura de la muñeca para que así la esposa se te vaya con ella. Tranquila, ya te crecerá otra mano. Digo yo.

Me zafo de él. Toda la boca me sabe a sangre. La presión me oprime las sienes con fuerza, como un tornillo de banco.

—Cómo no, intentando engañarme para vencerme. Tú jamás ganarías en una batalla justa, y lo sabes. Eres un cobarde.

Gruñe como un animal herido y me pega un pisotón en el pie.

Todo a mi alrededor se vuelve negro cuando mis huesos se hacen pedazos bajo su tacón.

Dejo escapar un alarido y parpadeo para huir de la oscuridad.

El dolor me sube hasta la pantorrilla como si de fuego se tratara.

Gimo entre dientes y cierro los ojos para que no vea las lágrimas que los inundan.

Si no tuviera puesta esta maldita esposa, incendiaría toda la habitación. La furia y el dolor luchan por apoderarse de mi pecho, y apenas puedo respirar.

—Yo jamás he dicho que sea valiente —se mofa Ferus—. Lo que digo es que soy más inteligente. Venga, decídete, ¿qué prefieres? ¿Toda la muñeca o solo el dedo? Yo escogería el dedo, desde luego.

—Sí, mira. Aquí tengo un dedo para ti. —Le saco el dedo al que me refiero y, acto seguido, le escupo sangre en la cara.

—Hay que ver, ese es un gesto demasiado vulgar para venir de la hija de un ángel.

Esperaba algo más encantador. —Se limpia la mejilla con la mano—.

Aun así, ya sabes que mi propuesta sigue en pie, princesa.

Cásate conmigo y gobernemos este sitio juntos.

Por supuesto, yo seré quien lleve la batuta, pero tú tendrás el honor de compartir cama conmigo.

Me sube el vómito a la garganta.

«Puaj. No, no y no».

—Preferiría morirme antes que casarme contigo —le espeto mostrándole los dientes.

—Eso se puede arreglar. —Ferus observa su reflejo en las paredes de cristal y se vale de una punta de su camisa para limpiarse los restos de sangre que le quedan por la cara.

A continuación esboza una sonrisa de oreja a oreja—.

Huelga decirte que he mejorado más que mi espada, princesa. Quizá eso te haga cambiar de opinión.

Todavía frente al espejo, se rasga la camisa y la tira al suelo.

Me preparo para decirle que no me hace falta ver más partes de su asqueroso trasero para convencerme de que no quiero casarme con él, pero lo único que sale de mi boca es un suspiro horrorizado.

La piel de Ferus resplandece bajo las luces del Salón del Trono, y resalta algo rojo en su espalda. El rojo de las alas de mi padre. Las que antes colgaban de la pared de su enorme estancia, ahora están cosidas a la columna vertebral de un monstruo.

—Pero ¿qué has hecho? —le grito al ver la forma tan burda en que lleva las alas cosidas a la espalda, con hilos negros entrecruzándose.

De hecho, se le ve la piel inflamada bajo cada puntada, como si su propio cuerpo supiera la atrocidad de lo que ha hecho y estuviera tratando de rechazar cada punto.

—¿Te gustan? —Ferus mueve las plumas y una agradable brisa me da en la cara—.

Cuando nuestro gran hombre se marchó de aquí, supuse que ya no las necesitaría nunca más.

No alcanzo a comprender que el jefe nunca pensara en hacer esto mismo.

Era tan jodidamente sentimental con estas cosas, que siempre las clavaba en la pared y se quedaba mirándolas con un aire patético.

Obligué a un soldado a cosérmelas. No se le daba muy bien lo de las agujas, pero, mira, hacen su servicio. Además, refuerzan el efecto, ¿no crees?

Se acerca tanto a mí que alcanzo a ver que el cosido aún le sangra e incluso tiene pus. Apestan a infección o a algo aún más siniestro. Como a muerte, a fuego y a sulfuro todo junto.

Me entran náuseas, así que me giro para no volver a ver la barbaridad que ha hecho con eso que mi padre más amaba y detestaba de sí mismo.

Vuelvo a ver el cuerpo de Diripo y se me corta la respiración. Solo me hace falta presionar el botón de su cinturón para abrir las esposas, quitármelas y recuperar mi fuerza.

Me pondré a punto enseguida para la batalla.

El problema está en llegar hasta él.

Mientras Ferus está distraído con su propio reflejo, repto con todo mi cuerpo sobre mi brazo bueno, arrastrándome como los caminantes oscuros llenos de barro de la parcela 8.

Gimo cuando los huesos de mi pie roto rechinan tras de mí.

Llevo el vestido empapado de sudor y manchado de sangre.

Con cada movimiento es como si miles de trozos de cristal se me estuvieran clavando por dentro, pero ni por esas me detengo.

Ferus suelta una risa detrás de mí.

—Princesa, si de veras quieres morir con tanto sufrimiento, cumpliré tu deseo. Pero primero querría asegurarme el trono.

Ya he conseguido llegar al segundo escalón cuando me agarra el brazo que tengo roto.

Grito cuando la agonía me invade y unas luces blanquecinas se encienden y se apagan ante mis ojos.

A pesar de mi mareo, me esfuerzo por soltarme de él, pero ahora mismo es demasiado fuerte para mí.

Me estira el dedo anular, tira de él y lo apoya sobre el escalón antes de sacar la espada de mi madre.

Cierro los ojos y espero el dolor, pero la espada rebota sobre mi piel como si mi cuerpo fuera de acero.

No puedo tener los ojos más abiertos, y él me mira con los suyos igual de grandes.

Una risilla escapa de mi garganta. Aunque me duelen las costillas con el más mínimo movimiento, solo por el horror de su cara merece la pena.

—Oh, ya veo. —Toso sangre azul sobre el suelo que tengo al lado y me limpio la boca con el antebrazo—. ¿Es que no te lo dije? Esa espada no puede herir a alguien que sea mitad ángel.

Ferus lanza mi espada a la otra punta de la habitación.

—Una mierda inútil de un angelucho. Entonces hagámoslo de una forma menos divertida. —Me arranca el anillo y me suelta el brazo. El dolor me sube hasta el hombro y me trago un bramido—. Quédate aquí, princesa. Me ocuparé de ti una vez que tenga asegurado mi lugar en el trono.

Lo contemplo, sin poder hacer nada, mientras sube las escaleras.

Bajo la cabeza hacia el suelo y exhalo lentamente.

He usado toda mi energía para derrotarlo, y aun así no ha sido suficiente.

Tal vez mi padre tenía razón y yo no soy más que un fracaso para todos.

Si Ferus me deja con vida, regresaré junto a mi madre y a Nate con la esperanza de que me perdonen por no ser todo lo que ellos creían que era.

Ferus coloca el anillo en el hueco que queda en el reposabrazos. No pasa nada. Deja escapar un gruñido y presiona con más fuerza. Sigue sin pasar nada.

Levanto la cabeza y sonrío. Creo que mi padre omitió decirle algo fundamental.

Ferus me observa.

—¿Qué hiciste? ¿Por qué no me está funcionando?

—Yo estoy tan sorprendida como tú —murmuro.

Pero es mentira.

Cuando me dio el anillo, mi padre me advirtió de que debía recubrirlo de mi sangre antes de ponerlo en el trono.

Supongo que era su forma de asegurarse de que su sucesor fuera alguien que llevara su sangre.

Veo que, cuando habló con Ferus, se olvidó de contarle ese detallito.

Y es probable que eso es lo que quería decir con lo de que lo hiciera por voluntad propia.

Mi padre, el Príncipe de la Decepción, todo el mundo.

Me muerdo la lengua para evitar reírme cuando Ferus gruñe de nuevo y sigue intentando encajar el anillo en distintas partes del trono.

Me está dando la espalda, y se muestra tan entregado para que el anillo funcione que no se entera de que comienzo a arrastrarme escaleras arriba. Estoy empapada en sudor, y siento el vestido pegado a mi cuerpo mientras me deslizo como una serpiente cubierta de terciopelo.

Cada movimiento es para mí una tortura, pero aprieto los dientes para soportar el dolor hasta que por fin consigo llegar hasta el cuerpo de Diripo.

Parpadeo para quitarme las lágrimas de los ojos, le miro bien la cintura de nuevo y mis labios se arquean para dar lugar a una sonrisa.

Ferus se olvidó de quitarle a Diripo el cinturón cuando le robó las esposas. Un gran error por su parte.

Ferus despotrica y maldice el trono, y le da una patada mientras yo presiono el botón verde para liberarme de las esposas.

El metal me deja libre la muñeca y cae al suelo con un ping de lo más satisfactorio, y respiro hondo varias veces hasta que consigo que el dolor me dé un poco de tregua.

Noto un cosquilleo en los músculos, y la fuerza fluye de nuevo por mis brazos hasta mis dedos.

—Estoy muy impresionado, princesa.

Pego un salto al ver a Ferus venir hacia mí. No lo había oído darse la vuelta.

—Bueno, te habrás liberado, pero te aseguro que no tienes nada que hacer sin tu espada.

Me levanto apoyándome en el pie bueno, y me balanceo mientras la sangre caliente me gotea de la boca y se acumula en mi cuello. Me limpio los labios con el dorso de la mano derecha.

—Eso es lo que tú te crees.

Me llevo la mano a la coleta y saco el puñal que llevaba escondido. Mueve la cabeza hacia un lado sorprendido al verme bajar la mano.

Fallo en el corazón.

Pero tampoco pretendía darle justo ahí.

Es más, es que no estoy segura de que tenga uno.

Ferus grita y retrocede tambaleándose con la mano en el pecho. Tiene los ojos abiertos como platos mientras la sangre forma un charco sobre su pecho desnudo.

—¡Serás perra!

—La reina Perra, sí. Pero ahora devuélveme mi anillo. —Alargo la mano—. Perdiste, Ferus. Este trono no te quiere, y yo tampoco.

Se le oscurecen los ojos, que se vuelven dos abismos de odio y enfado. Se da la vuelta y se aleja, pisando despacio con un pie detrás del otro.

—En eso te equivocas. Si yo no puedo ocupar el lugar de tu padre, tú tampoco lo ocuparás.

Entorno los ojos y una mano fría me oprime las entrañas ante la calma de su rostro, la misma calma que Alex mostró al hablar del asesinato de su padre.

—¿De qué estás hablando?

—Adiós, princesa. —Sonríe ampliamente mostrando su afilada dentadura—. O a lo mejor ahora ya eres solo Devica.

Sin darme tiempo a contestarle, Ferus extiende sus alas robadas y sale volando del Salón del Trono, con mi anillo en la palma de su mano y mi puñal aún clavado en el pecho.