Capítulo LI
LI
Desciendo al Infierno, y no con los pasos cuidadosos de Dante, sino como una bala.
El portal me deja en el puente, lo golpeo con la virulencia de una roca, y ruedo hacia el extremo.
Attero me agarra de la coleta y tira de mí hacia atrás.
Noto un fuerte dolor en el cuero cabelludo, me agarro a la barandilla con un grito y me paro justo a tiempo antes de caerme de bruces sobre las llamas que tengo debajo.
—Perdona, lo siento. —Attero suelta la mano—. Quería agarrarte el brazo.
Me arreglo la coleta y me coloco bien la daga que había metido en ella.
—No pasa nada. Gracias por tu ayuda.
—A tus órdenes, jefa. —Me guiña el ojo y blande la espada delante de él en el momento en que nos disponemos a cruzar el puente.
Jefa. Aún no estoy acostumbrada a que me llamen así.
El corazón me late con fuerza mientras me saco la espada del cinturón. Sigo a Atty por el puente con los ojos entrecerrados. Nate tenía razón. Está todo superoscuro aquí abajo. Creo que me he malacostumbrado el tiempo que he pasado entre las paredes amarillas de la casa de mi madre.
El sudor me baja a chorro por detrás del cuello en cuanto el calor de abajo sube en espiral hasta nosotros. Sospechosamente es lo único que parece estar esperándonos aquí.
Frunzo el ceño mientras seguimos abriéndonos camino.
—¿Dónde se supone que está todo el mundo? ¿Por qué no hay ningún soldado aquí? Venía con la idea de que tendríamos que pelear nada más poner un pie fuera del portal.
—No lo sé —contesta Attero con la mandíbula tensa—. Y la verdad es que esta calma no me gusta un pelo.
El silencio sepulcral que nos rodea me revuelve el estómago.
—A mí tampoco.
Saltamos por un muro para adentrarnos en la ciudad del hielo, suspiro y veo que, al respirar, me sale vaho de los labios.
Caminantes oscuros de todos los tamaños deambulan hacia nosotros.
Junto a los residentes medio helados de esta ciudad, se acercan otros pecadores procedentes de Avaricia, desnudos y cubiertos de barro, que avanzan tiritando por la nieve.
Y a ellos se unen las almas de todos los lugares del Infierno.
Incluso los heridos andantes de la parcela de Nate se las han apañado para recorrer todo este camino.
Uno de ellos profiere un chillido mirando hacia mí, yo creo que sin ser consciente de que tiene el estómago abierto y de que sus tripas tiñen de rojo el blanco que hay a sus pies.
Nos lanzan todo lo que pueden: bolas de nieve, las porras que les han quitado a los soldados e incluso sus propias extremidades. Me apuesto lo que sea a que no tardará en caerme algún riñón encima.
Puaj, qué asco.
Suelto un soplido que consigue levantarme el flequillo que tengo pegado a la frente.
Desde luego, Atty ha minimizado bastante el panorama.
—¿Cómo ha conseguido toda esa gente llegar hasta allí? —le pregunto a gritos a mi amigo cuando esquivamos un trozo de algo que espero que sea sangre helada.
—Nos dominaron y confiscaron nuestros vehículos —me detalla—. Fue entonces cuando me marché a buscarte. Por suerte, las murallas aún logran contenerlos. Pero no tardarán en derribarlas y escapar.
Aprieto con fuerza los ladrillos que tenemos tras nosotros mientras Attero apunta a un pecador con la espada. Los soldados hacen lo propio al muro que queda justo por detrás de mí, pero están congelados, y no por el frío, puesto que ellos no lo sienten, sino por algo que los mantiene inmóviles.
«¿Qué narices está pasando en el inframundo?».
—¿Qué estás haciendo? —ladro a uno de ellos a la vez que esquivo un pie cubierto de sangre que viene volando hacia mí—. Devolved a todos estos caminantes oscuros a sus parcelas. Ahora mismo.
Los ojos de los soldados se abren como platos cuando se dan cuenta de quién soy.
—No hemos recibido ninguna orden de Ferus, majestad.
«Oooh, joder».
Levanto el pie y pateo a un caminante oscuro en la cabeza. Gruñe y se cae hacia atrás sobre un montón de nieve.
—¿Y quién os ha mandado obedecerlo a él?
—Él está ocupando el trono, majestad. —Se levanta el visor y deja al descubierto las escamas amarillas que rodean sus ojos de color esmeralda—. En ausencia de usted y de su padre, recibimos órdenes de quien sea que se siente en él.
Un caminante oscuro me agarra el brazo y le lanzo una bola de fuego al pecho. Sale despedido y va a caer encima de otro que está sobre una pila de nieve. Se gritan algo el uno al otro.
Como no podía ser de otro modo, Ferus está en el trono en lugar de aquí. Eso es lo único que siempre le ha preocupado.
Estoy deseando apartarlo de él. Extremidad a extremidad si fuera necesario.
Al avanzar hacia el centro de la fila de soldados, cierro los ojos y me preparo para su ira. Ya puedo oír el sonido de las armas bajando y el crujido de la nieve. Cuando abro los ojos, me encuentro a todos los soldados de rodillas, con la cabeza inclinada.
—Pero ¿qué está pasando? —le susurro a Attero.
Me sonríe.
—Están esperando tus instrucciones, majestad.
Entorno los ojos.
—Todos me llaman así.
—¿Qué, Su Majestad?
—Sí, eso. ¿Qué fue de alteza?
—«Alteza» es la fórmula de cortesía que utilizamos para referirnos a una princesa.
Y con «majestad» es como nos referimos a nuestra reina.
—Attero hace una reverencia. Cuando levanta los ojos para encontrarse con los míos, me hace un guiño—.
Ya te dije que todos estábamos deseando que volvieras, Dev.
La nieve se derrite en mi lengua mientras los contemplo boquiabierta, pero ni aun así cierro la boca. Me había preparado a mí misma para su odio y rechazo al verme. Pero parece que ni siquiera el hecho de ser un medio ángel que ayudara a escapar a un pecador me hace tan horrible como Ferus.
Todavía me quieren como su líder, y, por primera vez en mi vida, no defraudaré a quienes confían en mí.
Trago saliva y me cubro la boca con las manos para hacer frente a la tormenta.
—Juntad al resto de las tropas, encerrad en sus parcelas a todos los caminantes oscuros que podáis y aseguraos de que no puedan escapar.
Asienten con la cabeza y se dispersan para enfrentarse, literalmente, a los rebeldes caminantes oscuros en medio de la tormenta.
—No los perdáis de vista —le digo a Attero—. Y avisadme si me necesitáis. Estaré en el Salón del Trono. —Salgo disparada del suelo y me elevo hacia Dominus antes de que mi amigo pueda oír lo fuerte que me late el corazón dentro del pecho.
Me elevo todo lo posible y vuelo alejada de las parcelas para no dejarme llevar por su distorsión del tiempo. Lo que Nate y yo tardamos un año terrestre en atravesar a pie lo recorro por el aire en menos de una hora.
Menos mal que mi madre no me dejó cortarme las alas.
Al llegar a Dominus, desciendo y retomo el contacto con el suelo apoyando todo el peso de mi cuerpo sobre los dedos de los pies.
No hay absolutamente nadie haciendo guardia por los pasillos, por lo que nadie me da el alto cuando avanzo de puntillas hacia el Salón del Trono y me cuelo dentro. Por ahora, todos deben de estar siguiendo mis instrucciones y capturando a los caminantes oscuros que andaban sueltos por ahí.
Ferus, más que estar sentado en el sillón de mi padre, está tumbado en él. Lo veo reclinado hacia un lado, con una pierna sobre el reposabrazos y apoyado en un codo.
Se me revuelve el estómago al verlo. Tendré que limpiar bien el trono con ozono cuando logre apartar de él a ese asqueroso que carece de todo lo que hay que tener para ocuparlo.
Un soldado permanece de pie a su lado, tan estirado como si le hubieran metido un palo por el culo, con la mirada perdida al frente. No lleva casco, y me quedo de piedra al reconocerlo: Diripo.
Me muerdo el interior del labio. Fue muy amable con Nate y conmigo cuando nos pilló el primer día de nuestra huida. Solo espero que no siga enfadado porque le cogiéramos prestado el uniforme. Ahora me vendría bien tenerlo de mi parte otra vez.
Ferus me enseña toda su plétora de dientes en cuanto entro. Debe de verse obligado a erguirse y se sienta con las piernas colgando hacia delante.
—¡Princesa! Me imaginé que vendrías cuando me di cuenta de que Attero se había ido. Supuse que el cobarde ese habría ido a buscarte. Pero siento decirte que llegas demasiado tarde.
—Ferus —le gruño, sacándome la espada de mi madre de la cadera—. Estás ocupando mi sitio.
Se echa hacia delante, con una mano entre las rodillas y la otra por detrás.
—Ya… Me temo que ahí es donde te equivocas, princesa.
Este trono pertenece a quien sea que lleve esa piedra preciosa que tienes ahí, princesa.
Por eso mismo lo único que necesito es lucir ese anillo en mi dedo.
Una vez que lo tenga, el sillón me concederá oficialmente el título de jefe de todo esto.
Fue tu padre el que me lo dijo. Aunque insistió en que tendrías que dármelo tú de buena gana.
¿Qué les pasa a los seres mágicos con toda esa tontería del libre albedrío?
Cierro los dedos en un puño. Tendría que estar tan condenada como las almas de aquí abajo para que alguna vez se me ocurriera darle algo a Ferus libremente.
—No puedes tenerlo, Ferus. No te lo mereces.
—Me decepcionas, pero lo intuía. —Salta para bajarse del trono y se ríe con sorna—. Y, para serte honesto, princesa, me alegro de que no estés dispuesta a dármelo con tanta facilidad. Me resultará mucho más divertido quitártelo.
Planto los pies en la alfombra y saco la espada.
—Te deseo buena suerte, Ferus. Peleé con fiereza para salir del Infierno. Tú no eres nada en comparación con eso.
Chasquea la lengua bífida y se la pasa por los dientes.
—No sé por qué te empeñas ahora en ponérmelo tan difícil. Durante muchos años me has dicho que tú no quieres esto. Te estoy haciendo un favor. Dame el anillo y podrás regresar a la Tierra y vivir feliz y contenta con ese humano patético.
Por un instante sopeso su propuesta. Podría volver a casa y decir que lo intenté. Y pasarme el resto de mis días, fueran los que fueran, junto a mi madre y Nate.
Entonces recuerdo esa noche en que Nate irrumpió en mi dormitorio, el miedo que vi en sus ojos mientras me suplicaba su libertad. Me juré a mí misma que nunca nadie más volvería a pasar por aquello.
—¡No! —Me muevo entre los asientos vacíos, con la espada levantada a la altura de su pecho—. Este lugar no te pertenece, Ferus. Te lo arrebataré si tengo que hacerlo.
Le sale una carcajada del pecho que rebota contra los muros de cristal.
—¿Y qué es lo que tienes pensado hacer, princesa? Te recuerdo que soy inmortal. Y tú eres un poco pequeña para llevarme a cuestas hasta el río Ignis.
—¿Por qué no probamos y así salimos de dudas y averiguamos si puedo o no puedo?
Mi espada resplandece en color blanco y baja los párpados para estudiarla.
—¡Oooh! Resulta que la princesita ahora está luchando con armas de ángel. ¿En qué lugar del inframundo te hiciste con esa cosita tan preciosa?
—Me la dio mi madre. —Lo rodeo lentamente, y él gira conmigo, con un brazo por detrás de la espalda—. Ahora ya entiendo por qué razón mi padre la mantuvo en secreto. Es un ángel.
Me estudia, y sus ojos me traspasan como si pudiera verme el alma. Lo que ocurre es que, a diferencia de todos esos condenados injustamente, yo no tengo alma.
—¿Tienes una parte ángel? Asúmelo, princesa, eres un ser atroz que tiene la virtud de decepcionar a todo el mundo al que ama —escupe la última palabra como si fuera basura sobre su lengua.
Todo son mentiras. Quiere debilitarme, pero lo único que consigue es avivar el fuego que hay en mí.
Levanto el mentón.
—Te estás equivocando, Ferus. Yo no soy un demonio perfecto. Y tampoco soy un ángel perfecto. Pero precisamente esas imperfecciones son las que me hacen quien soy, y estoy muy orgullosa de mí misma.
Mis dedos agarran con fuerza la empuñadura de mi espada.
—Para tu información, y siguiendo mis órdenes, los soldados están encerrando a todos los caminantes oscuros que se escaparon.
Les da igual de dónde venga yo, porque soy amable, y justa, y, sobre todo, porque no soy tú.
Admítelo ya, Ferus. El único motivo por el que siempre me has odiado es porque sabes de sobra que soy más lista que tú, más fuerte que tú y más atractiva que tú.
Me acerco a él, pero ni siquiera se inmuta.
—Y, de ahora en adelante, tengo una esperanza de vida mucho mayor que la tuya.
Bajo la espada y él aprovecha para blandir la que esconde detrás de la espalda. Las armas suenan al chocar, el golpe nos separa y yo salgo despedida a la otra punta de la estancia y caigo sobre una silla. Me desplomo en el suelo, con un dolor punzante en el costado.
—Siempre supe que entre nosotros había una chispa, princesa, pero nunca imaginé algo así. —Ferus se sacude sus pantalones negros y se protege con la espada—. Intentémoslo otra vez, ¿te parece?
El metal que tiene en la mano brilla con un resplandor verde que se propaga por él, como el agua al chocar contra un cristal.
Un escalofrío me recorre la espalda cuando me pongo de rodillas.
—¿Qué es esto?
—Es mi espada. —Corta en dos el aire—. Bueno, un poco mejorada. ¿Te acuerdas de cuando la lanzaste al río Ignis?
—Después de que me la tiraras a mí. —Me pongo de pie y bajo las cejas, mirándolo. —No me eches a mí la culpa por tu mala puntería.
Aspira el aire por entre los dientes.
—Bueno, pues bajé para recogerla y la encontré sobre una especie de repisa.
Y, en ese momento, al ver las llamas, tuve una idea.
Todos sabemos que el río Ignis puede matar a los diablos, pero…
¿qué sería capaz de hacerle al arma de uno de ellos?
Así que, para comprobarlo, decidí mojar el filo de la espada.
Abro la boca, incrédula.
—¿Que hiciste qué?
Ferus avanza de una zancada hasta la parte frontal del salón en que estamos y sube las escaleras.
—Y no destruyó la espada. Qué va, al contrario. La hizo mucho mucho mejor. Observa.
Sin darme margen a actuar, va él y pasa la espada por la garganta de Diripo, quien gorgotea y se lleva la mano al cuello antes de caer al suelo, sin vida.
—¡Diripo! —Me quedo contemplando boquiabierta el cuerpo del diablo que me había protegido desde niña. Inmóvil, espero a que se recomponga del golpe y se ponga de pie, pero no se mueve. Se me hiela la sangre de la cara y siento un fortísimo dolor en la garganta.
Se ha ido. Se ha ido para siempre. Y ni siquiera he podido pedirle perdón por haberlo traicionado.
Las lágrimas se me agolpan en los ojos, pero trato de parpadear unas cuantas veces seguidas para hacerlas desaparecer.
—¿Por qué, Ferus? ¿Por qué? Si él no te ha hecho nada.
Ferus blande la espada de nuevo, ahora apuntándome a mí.
—Para demostrarte que me necesitas. Soy un innovador, princesa. Tu padre perdió muchísimo tiempo llevando traidores hasta el río Ignis. Imagina lo bien que aguardarán ahora su turno en la fila cuando sepan que tengo un arma que podría matarlos en segundos.
—Tú no eres ningún innovador, Ferus. —Trago la bilis que tengo en la garganta y analizo el terreno mientras él osa darle un empujoncito al diablo—. Eres un monstruo. Y ya te he escuchado lo suficiente. Es hora de que te largues de aquí para siempre.