Capítulo L #2
—Yo también me alegro de recuperar nuestra amistad.
Nate carraspea y, en cuanto me doy cuenta, suelto a Attero, que gesticula con la mano que tiene sana.
—No tienes nada de lo que preocuparte, Nathan Reynolds. Estaré pendiente de ella ahí abajo y me quedaré al mando cada vez que venga aquí a visitarte.
—Llámame Nate. —Toma la mano de Attero y se la estrecha—. Y gracias por cuidar de ella. Aunque la verdad es que los dos sabemos que se las apaña muy bien sola.
Me miran mientras me escondo el pequeño puñal entre la coleta y les guiño un ojo.
—Sin duda. —Attero se inclina hacia Nate y le murmura al oído—: Si te soy sincero, a veces hasta me da miedo.
—Y a mí —le responde Nate—. En ocasiones pierde la cordura...
—Os estoy oyendo. Y lo sabéis. —Cierro el cofre de golpe, con las mejillas más que rojas—. Si ya habéis terminado de intimar..., es hora de irnos.
Nate me lanza una mirada de aprobación y Attero se guarda mi espada en el cinturón. Mamá me mira asintiendo con la cabeza y se dirige hacia la puerta, con los otros siguiendo sus pasos.
Yo soy la última en dejar la casa, y, antes de salir, me giro un momento y dejo que mi mirada recorra sin prisa esas paredes que evocan el cielo. Noto un dolor en el pecho. Este es el único sitio en el que me he sentido como en casa.
Aquí he vuelto a conectar con las personas más importantes de mi vida: Atty, Nate, mi madre.
Aquí es donde he aprendido a amar y a proteger y cuidar lo que amo.
Por mucho que las temperaturas de Dominus sean capaces de hacer saltar por los aires los termómetros terrestres, nada es comparable al calor que siento entre estas paredes.
Mientras cierro la puerta, me seco una lágrima que me resbala por la mejilla.
Nadie es capaz de decir una palabra durante todo el trayecto. Imagino que el saber lo que está a punto de suceder silencia incluso la verborrea de Nate. Me aprieta la mano e intenta con todas sus fuerzas dedicarme una sonrisa tranquilizadora, pero se pierde en la tristeza de sus ojos.
El anillo se me va clavando cada vez más en la piel a medida que nos aproximamos al portal, y a duras penas consigo tragar la bilis que me sube hasta la garganta. No soy lo suficientemente fuerte para eso. No sé decir adiós.
Mi madre aparca el coche y libero los dedos del agarre de Nate antes de abrir la puerta y bajar la mirada para ver el portal.
—Attero, ¿puedes ir tú delante para inspeccionar la zona? Necesito un minuto.
—Voy para allá. —Attero se dobla, salta al interior del remolino de aire y desaparece.
Por mi parte, me giro para mirar a los ojos a las dos personas que voy a dejar atrás y respiro hondo. Me tiemblan los hombros. No puedo hacerlo.
Mi madre me abraza y pega su frente a la mía. Sus ojos dorados están llenos de lágrimas.
—Te echaré de menos más de lo que puedas imaginar, pero me siento muy orgullosa de ti. Te has convertido en una joven maravillosa.
—Lo he aprendido de ti. —Atrapo una lágrima que le recorre la mejilla e intento sonreír—. Te quiero mucho, mamá.
—Yo también te quiero. —Me estruja una última vez y da un paso atrás—. No olvides nunca que puedes volver siempre que quieras. Aquí siempre tendrás las puertas abiertas. Sigue haciéndome sentir tan sumamente orgullosa de ti, Devica.
Trago con esfuerzo.
Lo intentaré.
Nate abre los brazos y corro a perderme en ellos y hundir la cara en su pecho.
Lleva puesta una camiseta que dice mi novia me salvó del infierno y lo único que me regaló fue esta mierda de camiseta .
Se la pedí personalizada por internet y se la regalé por el aniversario de su muerte, que además era el aniversario del día en que nos conocimos.
Y me dijo que era el mejor regalo que le habían hecho nunca.
Gimoteo sobre las letras.
—No sé cómo despedirme de ti.
Me quita un mechón de pelo de la cara.
—No será para siempre. Nos volveremos a ver muy pronto. En cuanto le des una buena patada en el culo a ese Fungus. Lo cual no dudo que será lo que harás.
Le obsequio con una media sonrisa.
—Me da que tú tienes demasiada fe en mí. Mucha más de la que yo tengo en mí misma.
—Lo único que sé es que en mi corazón nuestra historia no termina así.
Nate agacha la cabeza y me besa, despacio y con dulzura. Me rodea el cuello con los dedos y me acerca más y más a él antes de enredarlos entre mi pelo. Murmuro algo contra su boca mientras el sabor a sal de las lágrimas se apodera de mi lengua. Ya no sé si son suyas o mías. No podría distinguirlas.
Mi madre tose repetidamente y yo corto el beso de sopetón, roja de la vergüenza por cómo me mira.
Nate me acaricia la cara.
—Siempre te estaré muy agradecido, Devica. Me salvaste la vida, dos veces. Mi corazón late de nuevo, y no solo gracias a ti, sino por ti.
Le doy un golpecito en el pecho.
—A veces eres taaan patético.
—Pero te encanta.
—Pues sí —admito, mirándolo—. Me encantas tú.
—Tú también me encantas. —Me besa una última vez—. Ahora corre y ve a salvar tu casa. Estaré aquí esperándote para cuando puedas venir a visitarme. No tardes mucho, ¿vale?
Miro a mi madre por encima del hombro de Nate, tratando de reprimir las lágrimas.
—¿Cuidarás de él?
Le pone la mano en el hombro.
—Como si fuera mi hijo. Lo cual, por supuesto, significa que seguiré adelante con mi plan de que se saque el examen de acceso a la universidad para que pueda empezar a estudiar una carrera.
Nate se queja y me lanza una mirada suplicante:
—¿Es demasiado tarde ya para cambiar de opinión e irme contigo?
—Lo lamento en el alma. —Me encojo de hombros—. Hice lo imposible por sacarte de allí. Así que ahora te quedas aquí quietecito.
Nate mira a mi madre y ambos intercambian una sonrisa.
—Bueno, supongo que no está tan mal eso de encontrar una familia para siempre.
Mi madre le pasa un brazo por encima.
—Pues claro que no.
—Qué envidia me dais. Eso sí, no se os ocurra comeros una fondue vosotros dos solos mientras yo esté fuera. —Suspiro de nuevo y doy un paso al frente para atravesar el portal—. Debo irme ya. Attero me estará esperando.
Mi madre se aferra aún más a Nate.
—Adiós, cariño. Y no te preocupes por nosotros. Estaremos bien.
—Adiós, Dev —susurra Nate.
—Esto no es un adiós, Nathan Reynolds —le recuerdo—. Dime mejor: «Hasta pronto». Os quiero mucho a los dos.
Alzo la mirada. Las nubes por fin se han ido, y puedo ver bien el brillo de las estrellas que adornan el cielo de California.
No hay muchas, y están tan lejos que tengo que entrecerrar los ojos para mirarlas, pero las llevo grabadas en mí junto a los miles de recuerdos que tengo con mi madre y con Nate.
Acto seguido cierro los ojos y doy un salto en dirección al portal.