Hoy no, Satán Capítulo L
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Capítulo L

L

Cuando llego a casa, ha dejado de llover. Todos siguen alrededor de la mesa de la cocina, con una taza de té humeante delante. Al entrar, voy dejando un reguero de gotitas de agua sobre el suelo de madera.

Nate salta de la silla como un resorte y viene corriendo a abrazarme.

—Devica, estábamos muy preocupados. Has estado por ahí horas.

—Lo sé, perdonad. —Le devuelvo el abrazo antes de darle a mamá su chubasquero mojado y el paraguas—. Me ha llevado mucho tiempo y me ha hecho falta parar en un sitio poco convencional para poder decidir qué hacer.

Nate se echa para atrás y analiza mi cara.

—¿Y ya lo sabes?

Digo que sí moviendo arriba y abajo la cabeza, y una punzada me atraviesa la garganta.

—Debo regresar a casa. Me necesitan allí, y no solo esta noche. Creo que existe un motivo por el que mamá se quedó embarazada pese a que los ángeles no pueden concebir, y por el que papá recibió una heredera que él jamás creyó posible.

Nate me invita a sentarme en su silla para que pueda desatarme las botas.

—¿Y cuál es?

Me quito el calzado y lo lanzo a un rincón, apoyo los codos en la mesa y bebo un sorbo de una taza de té caliente que mi madre me ha puesto al lado y que me sabe de maravilla.

Es como que me reconforta y me quema por dentro al mismo tiempo, exactamente igual que las palabras que necesito soltar ahora como sea.

—Mi padre lleva ya tantísimo tiempo ahí abajo que se ha olvidado de cómo ser imparcial —le explico—. Se pasa cosas por alto, tal y como le sucedió contigo, Nate. Pero, claro, ahora ya no lo pueden desterrar. Por eso llegué yo, alguien con el don de ver tanto lo bueno como lo malo de las personas.

Mi madre me agarra la mano y la mece en su regazo.

—Eso es una enorme responsabilidad para ti.

—Sí, lo es. —Levanto la barbilla y le sonrío—. Pero yo soy fuerte. He sobrevivido a muchas cosas y aquí sigo. Me siento capaz de hacerlo.

Nate me besa la coronilla.

—Estoy muy orgulloso de ti, Devica. No te imaginas cuánto voy a echarte de menos, pero te aseguro que estoy tremendamente orgulloso de ti.

Ladeo la cabeza para que nuestros ojos se encuentren. Sus ojos azules se llenan de lágrimas que se quita de encima parpadeando unas cuantas veces.

—Yo también te echaré mucho de menos, pero, si pienso en esa parte demasiado, no me iré.

Attero me mira y esboza una tímida sonrisa.

—Ya sé que no es lo mismo, pero te prometo que al menos tendrás un muy buen amigo allí abajo. No volverás a sentirte sola nunca más.

Le devuelvo la sonrisa.

—Te agradezco mucho tus palabras, Atty.

—¿Y en qué podemos ayudarte nosotros? —se ofrece Nate.

Tracé un plan mientras volvía a casa. Bueno, tal vez lo de «plan» sea demasiado para lo que tengo en mente.

—Armas —suelto—. Yo ya tengo mi espada, pero eso no será suficiente para derrotar a Ferus. Él es fuerte y decidido. Y esa es una pésima combinación.

—Creo que en eso puedo ayudarte —responde mi madre—. ¿Por qué tú no te vas a cambiar y te quitas toda esa ropa mojada, y volvemos a vernos aquí? Nate, Attero, ¿podéis acompañarme un momento?

Atty me mira y asiente con la cabeza antes de seguir a los demás por el pasillo. En cuanto cierro la puerta de mi dormitorio, apoyo la frente sobre la madera y respiro hondo. Una lágrima desciende por mi mejilla y me la limpio con el dorso de la mano.

Pronunciar las palabras es una cosa, pero hacer lo que digo es muchísimo más difícil que sacar a Nate del Infierno. Voy a dejar todo lo que siempre he querido por algo que siempre he detestado.

Me dirijo al armario y escojo el vestido que encontré en el castillo. Mi madre me lo ha remendado y ha cosido todos los enganchones, por lo que ahora cuelgan a modo de lazos sobre mis piernas.

Además, me ha cortado un poco el bajo y me ha añadido al corpiño un ribeteado en dorado que combina a la perfección con mis alas y que resplandece a la luz. Y como retoque final, me ha cosido a la tela unas presillas para que me cuelgue las armas.

Me recojo el pelo en una coleta alta con uno de los trozos de tela que me quitó del vestido y voy hacia la cocina.

Nate abre la boca en cuanto me ve. Se aparta el pelo que le cubre la frente y exclama:

—¡Joder, Dev! Estás... De verdad, estás absolutamente increíble. ¡Guau! Pero te falta una cosa. —Me tiende mi espada y el filo se ilumina bajo el resplandor de la luz.

—Gracias. —La cojo sin mirarlo, convencida de que tendré la cara del color de mi vestido por su comentario.

La espada se desliza por la presilla sin ninguna dificultad.

Por supuesto. No podría esperar menos de las manos de un ángel.

Trago el nudo que tengo en la garganta y que amenaza con ahogarme, y señalo el cofre de madera que descansa sobre la mesa.

—¿Qué es eso?

Nate se echa a reír.

—Como ves, tu madre está bien provista de armas.

—¿Qué? —la interrogo—. ¡Pero si eres un ángel!

—Tal vez los diablos sean más conocidos por su violencia —aclara mi madre—. Pero nunca subestimes a un ángel. No somos precisamente venerados por nuestros movimientos pacíficos. De hecho, algunas de estas armas incluso se usaron en esa famosa guerra contra tu padre, me parece.

Levanta la tapa del cofre y a mí se me escapa un suspiro cuando la luz de la cocina ilumina el contenido.

La caja está llena hasta arriba de armamento, hay una barbaridad de espadas que brillan por sí solas.

Y hay arcos fabricados en plata con sus flechas a juego.

E incluso pequeñas dagas con diamantes incrustados en el mango.

—¡Menuda sorpresa!

—Literalmente —se reafirma Nate, levantando un puñal con una cruz grabada en la empuñadura—.

¡Tu madre es una caja de sorpresas! —Asesta una puñalada al aire, con las cejas fruncidas y diciendo en un amenazador susurro—: ¡Venga!

¡Agárrala! Ya te dije que no eres rival para mi espada. Hoy no, Satán. Hoy no.

Sacudo la cabeza y apoyo mi mano sobre la suya.

—Esta no es una de esas películas de acción que a ti tanto te gustan, Nate. Ferus no se va a tragar ninguna de tus bromas.

Nate se encoge de hombros y pone el filo de la espada sobre la mesa.

—Bueno, no es culpa mía que él no tenga ningún sentido del humor.

Saco una espada enorme del cofre. Parece de plata auténtica, pero algo resplandece en color blanco en la hoja cuando la toco.

La empuñadura está cubierta de plumas, lo cual facilita notablemente el agarre, pues los dedos se encajan en los huecos.

Una espada tan enorme como esta debería ser muy pesada, pero en realidad es tan ligera como las plumas que la decoran.

—¡Qué bonita es! —suspiro—. ¿Por qué brilla así?

—Todas estas armas que ves aquí están hechas con sangre de ángel, que es especial para hacer desaparecer el mal —explica mi madre—. Te harán el trabajo muy rápido en el Infierno.

Me la coloco en la segunda presilla del vestido mientras ella echa mano a una bolsa redonda llena de flechas de plata con su respectivo arco, se la cuelga del hombro y pasa los brazos por entre las cuerdas.

Frunzo el ceño.

—Mamá, sabes que Nate y tú no vais a venir conmigo, ¿verdad? No es seguro para vosotros. Ahora los dos sois mortales. Podrían heriros en el Infierno o algo incluso peor.

—Nosotros podemos ayudar, Dev. —Nate se coloca la daga en su cinturón—. Algo me dice que tu madre sabe bien qué hacer con todas estas cosas y yo me defiendo de maravilla. Sé kung-fu, ¿te acuerdas?

—El repetir una cosa mil veces no la convierte en realidad.

—Le saco el arma del cinturón y le apunto al pecho—.

Lo siento mucho, pero no estoy dispuesta a poner en riesgo tu vida, Nate.

Lo di todo para asegurarme de que la tuvieras.

Y si hago esto es precisamente para cerciorarme de que también disfrutes de tu vida en el más allá.

Nate hace una mueca, poco convencido.

—¿Eso no te parece un poco morboso?

Me pongo una mano en la cadera y levanto las cejas.

—Estoy a punto de enfrentarme a un diablo rebelde en el mismísimo Infierno para convertirme en su mandamás. Creo que no exagero al decir que la parte del morbo la tengo ya bien cubierta.

Rodeo la mesa para llegar hasta Attero y darle el puñal. Suelta un grito cuando su piel chisporrotea y se deja caer al suelo, con la mano en el pecho.

—¿Atty? —Le pongo la mano en el hombro—. ¿Qué ha pasado?

Se toca el cuerpo, lleno de ampollas, y aún con olor a chamuscado.

—La sangre de demonio ha entrado en contacto con la sangre de ángel. Y no se llevan nada bien la una con la otra. Excepto en ti, por lo que se ve.

Mi madre le da un paño de cocina para que se envuelva la mano.

—Debí decírtelo. Tu mitad ángel te protege a ti, Devica, pero Attero no podrá usarla.

—Vale, de acuerdo. —Me saco la espada que llevo a la cadera y se la doy a él—. Usa tú la mía, Atty.

Sostiene el arma en la mano, y recorre despacio con el dedo la hoja curva.

—¿Estás segura? Esta espada te ha acompañado siempre.

Cojo el puñal que está sobre la mesa y le digo, con calma:

—Ya me la devolverás cuando estemos en casa y todo esto haya acabado. A fin de cuentas, te convertirás en mi diablo mano derecha.

Levanta la cabeza para que nuestras miradas se encuentren:

—¿De verdad eso es lo que quieres?

Dejo escapar un soplo de aire.

Aunque Attero casi me convirtió en mi padre, también cambió de opinión. Fue el único de todos los que estaban en el puente que no nos lanzó bolas de fuego mientras nosotros tratábamos de llegar a toda prisa al portal.

Y no le importó ponerse en peligro para venir aquí.

Si yo no consigo vencer a Ferus, Atty será asesinado por traición. Tuvo sus momentos de debilidad, sí, pero al final supo hacer las cosas bien.

Le sonrío.

—Necesitaré a mi lado a alguien en quien pueda confiar en la batalla. Y necesitaré a un amigo junto a mí en el trono. Y tú has demostrado ser ambas cosas al venir hasta aquí y advertirme de lo que está pasando. ¿Aceptas el trabajo?

Se levanta de la silla y me abraza.

—Será todo un honor para mí. Me hace muy feliz tenerte de vuelta, Dev.

Le devuelvo el achuchón, y siento una especie de pellizco de afecto en la barriga cuando ambos reconectamos.