Capítulo XLIX
XLIX
Nunca jamás he pisado una iglesia. Mi madre me sugirió algún que otro fin de semana que la acompañara, pero siempre rechacé su propuesta muy educadamente, diciéndole que lo mismo estallaba en llamas o algo similar nada más cruzar la puerta.
Por eso, en cuanto veo que no escupo fuego al poner un pie dentro, suelto un suspiro y miro con detenimiento todo lo que hay a mi alrededor.
El interior del edificio es sombrío, la única luz que lo alumbra es la que procede de unas velas votivas que rodean la circunferencia de la sala en la que están, la cual se desvanece en las vidrieras de colores y las estatuas.
Unas veinte hileras más o menos de bancos de madera conducen hasta el altar, que no está iluminado. El aroma de la cera de las velas se mezcla con el del incienso y el del detergente de limón que supongo que se emplea para limpiar los bancos.
Mi abrigo va goteando y moja la alfombra roja sobre la que camino despacio hacia el frente, con la mirada puesta en un cuadro que cuelga del rincón abovedado situado a la izquierda del altar.
En él se ve a un ángel ataviado con una túnica azul y dorada, y con un ramo de lilas blancas en la mano.
Mira al observador, como si supiera un secreto.
No obstante, lo que más me llama la atención de él son las alas blancas que le nacen de la espalda.
No se parecen en nada a las mías, otro recordatorio más de que yo tampoco soy uno de ellos.
—Es bonito, ¿a que sí? —Me doy la vuelta al escuchar una voz desconocida.
Me he quedado tan absorta mirando la pintura que ni siquiera lo he oído acercarse.
El hombre tiene la piel arrugada por la edad, pero, a la luz de la palmatoria que porta en la mano izquierda, se le ve un brillo divertido en los ojos.
Coloca el portavelas en lo alto del atril dorado que hay en la parte central del pasillo, y luego se sienta con un quejido en el extremo de una de las filas de bancos.
—¿Tú crees en los ángeles, niña?
Me echo a reír, y mi voz hace eco, retumba en las paredes y regresa a mí más fría de lo que esperaba.
—Sí. Pero al mismo tiempo creo en algo peor.
—Yo también. —Extiende las manos—. Es que sería imposible tener luz si no tuviéramos también oscuridad. Igual que no habría Cielo sin Infierno. —Toca el asiento que queda libre a su lado—. Tal vez yo pueda ayudarte a encontrar tu camino.
Miro el espacio vacío que hay a su lado mientras el agua se acumula a mis pies y oscurece la alfombra, que se vuelve de un rojo intenso, similar al de la sangre que formó un charco alrededor del cuerpo de Gabe después de que Alex le disparara, una imagen que, muy a mi pesar, se me quedará grabada en la mente para siempre.
El hombre me sonríe y vuelve a invitarme a ocupar el asiento con un gesto.
Cruzo el pasillo y me dejo caer en el banco. Apoyo la cabeza en el respaldo para alzar la vista y contemplar el techo abovedado, repleto de estrellas doradas pintadas.
—¿Y si no tengo escapatoria?
—Oh, querida, siempre hay opciones. Te abrirás tu camino, pero mientras estoy deseoso de escuchar tu historia y guiarte en la dirección adecuada.
Respiro hondo y lo escudriño en las sombras. Su ofrecimiento parece sincero.
—Es demasiado larga.
Asiente mirando a la ventana. La lluvia cae a un ritmo constante sobre los cristales. Un rayo ilumina momentáneamente la habitación, dando lugar a un caleidoscopio de colores sobre los muros.
—Se ha puesto terrible ahí fuera —me dice—. Y la electricidad se ha ido hace unas cuantas horas. Así que luz no tengo, pero tiempo tengo todo el que quieras.
—Si está seguro... —Me desabrocho el impermeable, que lo tengo empapado, y me lo quito—. Es que ni siquiera sé por dónde empezar.
—Pues por donde empiezan todas las historias, pequeña. Por el principio. Dime, ¿de dónde vienes?
Arrugo el entrecejo.
—¿Se refiere a dónde nací?
—Bueno, si quieres empezar por ahí... —dice.
Me fijo en la fila de velas encendidas que alcanzo a ver por encima de su hombro, de tal manera que no tenga que enfrentarme a sus ojos.
—Yo vengo de... de ahí abajo. De muy abajo.
—¿De Australia? Pues no tienes acento.
—No, no. De más abajo aún —apostillo—. Vengo de abajo del todo. De un lugar que nadie quiere ver. De un lugar en el que la gente teme tantísimo acabar que prefiere venir a edificios como estos para ver si se libra.
Sus ojos se abren como dos soles, y la luz de las velas hace brillar sus pupilas.
—¿No estarás hablando de... de...?
—Vengo del Infierno.
Se queda inmóvil.
Durante un segundo llego a pensar que se ha muerto, hasta que veo que se le hincha el pecho y deja salir un suspiro.
Me pongo de pie y me cuelgo el chubasquero del brazo, con las rodillas temblando.
—Bueno, mejor me voy. Esto no ha sido muy buena idea.
Levanta una mano.
—Yo no te he dicho que te marches, ¿no? Sigue, por favor.
Cambio el peso de una pierna a la otra, con los pies chapoteando dentro de mis botas.
El hombre aún no ha echado a correr, lo cual me resulta confuso. Sus ojos siguen invitándome a compartir mi historia con él, mientras las sombras suavizan sus facciones.
Y ahora mismo permanecer aquí dentro es mil veces mejor que plantarle cara a la tormenta y enfrentarme a Attero.
Coloco el chubasquero sobre el banco y me acomodo al lado, cruzando los tobillos antes de volver a respirar hondo.
Tardo horas en contarle todo.
Pierdo la noción del tiempo a medida que le voy describiendo mi huida con pelos y señales, a excepción, por supuesto, de nuestra pasional estancia en el castillo de hielo. También le cuento quién es mi madre y le digo que Attero se ha presentado en nuestra casa.
Para cuando acabo, tengo el pelo completamente seco y estoy afónica.
Los truenos y los rayos han acabado hace ya bastante rato, pero la lluvia sigue cayendo sobre el tejado. Muchas de las velas se han consumido del todo, mientras que de otras sigue saliendo un hilillo de humo.
Pese a todo lo que le estoy contando, el hombre no dice más que los típicos «ya veo» y «sigue, sigue».
Mueve afirmativamente la cabeza, se frota el mentón y se acomoda en el asiento, pero en ningún momento me interrumpe mientras hablo ni trata de detenerme.
Y aunque sus ojos en algunas partes se abren como platos, jamás se echa para atrás ni hace el intento de marcharse.
Desde luego, si este hombre me tiene miedo, lo disimula de maravilla.
Me humedezco los labios, que los tengo agrietados, y lo estudio de arriba abajo.
—Y así es como he terminado aquí.
Se pone de pie con un gemido y recorre el pasillo de extremo a extremo un par de veces, con la cabeza gacha y mascullando unas palabras que no alcanzo a escuchar, antes de volver a sentarse y mirarme a la cara.
—Aún no me has dicho tu nombre, chiquilla.
Parpadeo, mirándolo, y me froto las sienes.
—Y de todo lo que le he contado... ¿en serio que solo quiere saber mi nombre?
Espera y deja escapar un soplo de aire.
—Me llamo Devica.
—Vale, encantado entonces, Devica. ¿Puedo preguntarte una cosa más?
Le hago un gesto con las manos.
—Sigue aquí a mi lado y aún no me ha dado una patada para echarme de este sitio, así que supongo que tiene derecho a preguntarme lo que quiera.
Se inclina hacia delante.
—¿Qué es lo que te ha hecho venir aquí?
—Ya imaginaba que me lo preguntaría. —No dice nada, así que me pongo el chubasquero sobre el regazo y jugueteo con uno de los botones—.
Supongo que quería encontrar alguna prueba que me demostrara que soy tan malvada como mi padre.
No sé, esperaba que el altar se incendiara en mi presencia o que usted empezara a gritar y tratara de hacerme un exorcismo.
Así, si tuviera la certeza de que soy un monstruo, sabría que tendría que irme a casa porque es allí a donde pertenezco.
—Pero, querida, la maldad no es algo tangible —me explica—. Simplemente es la ausencia del bien. Y, por todo lo que me has dicho, tú no eres malvada. De hecho, eres todo lo contrario.
—Pero ya ha oído quién es mi padre, de dónde vengo y qué se me pide que haga. ¿Cómo puedo llevar a cabo ese trabajo y, aun así, ser una buena persona?
—El castigar a la gente mala no te convierte en una mala persona. Una cosa no tiene que ver con la otra.
Estiro las piernas en el pasillo para ver si así vuelvo a sentirlas y doy al paraguas con la bota. Me quedo mirando la alfombra con el ceño fruncido.
—Pero yo también he hecho cosas malas. Hice daño a mi madre. Y el hermano de acogida de Nate está muerto por mi culpa.
Asiente con la cabeza.
—Nadie es perfecto. Pero tú intentaste salvar a ese joven. Y le pediste perdón a tu madre. Y salvaste a ese tal Nathan Reynolds. A mí me parece que hiciste todo lo que estaba en tu mano en cada circunstancia.
Mi corazón late al compás de la lluvia, que sigue dando en las ventanas.
—Entonces ¿me está queriendo decir que no debería volver allí? ¿Que no pertenezco a ese lugar?
Se gira por completo para mirarme a los ojos.
—Lo que te estoy diciendo es que eres tú quien debe ocupar el lugar de tu padre.
Me apoyo en el respaldo del banco, boquiabierta.
—¿Qué? ¿Cómo? Pero eso no tiene ningún sentido.
El hombre arquea la espalda y un leve crujido retumba en la iglesia.
—Eres la persona adecuada precisamente por tu bondad.
Porque has demostrado que eres justa y amable.
Piensa en ese muchacho al que salvaste, recuerda que estaba condenado al castigo eterno pese a ser inocente.
Con alguien como tú ahí abajo, eso no volverá a suceder.
Tú misma me dijiste que puedes ver tanto las buenas acciones como los pecados de la gente.
Y eso es algo que tu padre no puede hacer.
Tendrás que asegurarte de que la gente que acabe ahí abajo se merezca de verdad estar en ese lugar.
Las visiones de Alex se abren paso por mi mente.
Esos recuerdos suyos que no quiero volver a ver.
Los delitos que me quebraron por dentro.
Y el hecho de que ninguna parte de mí siente pena por el lugar en el que está ahora mismo.
Si alguien se merece estar en la parcela 13, es él.
Después limpio mi mente con los recuerdos de Nate.
Con su manera de ayudar a los desconocidos como podía.
Con su rostro rogándome que lo ayudara a recuperar su libertad.
Con la paz y el alivio que sentí al darme cuenta de que lo había sacado de un lugar al que no pertenecía.
Y con el horror que se apoderó de mí cuando volvió a ser enviado allí.
Me paso la lengua por los labios porque los noto muy secos.
—Nunca me lo había planteado así.
La iglesia está ahora más oscura, y nos envuelve el susurro de las velas al apagarse poco a poco. Él permanece tan en la sombra que me resulta difícil verle la expresión, pero su lenguaje corporal se ve relajado cuando se echa hacia atrás en el banco.
—Todos tenemos la costumbre de ver las cosas como queremos verlas.
Tú querías creer que eras incapaz de ocupar el lugar de tu padre porque lo considerabas una llamada a la maldad.
Y si bien aquel es un sitio que espero no conocer nunca, siempre lo he considerado necesario.
Tal vez a ti no te encante tu casa o puede que no entiendas por qué naciste allí, pero es evidente que tiene su porqué, y que desempeña su función.
—Se pone de pie y se saca otra vela y una caja de cerillas del bolsillo del pantalón.
Se acerca a una de las velas extintas y la reemplaza—.
Como te he dicho al principio cuando has entrado, la oscuridad es imprescindible para que haya luz.
—Enciende una cerilla y la aproxima a la mecha hasta que prende—.
Y eso no hace que la oscuridad sea peor.
Ambas, la luz y la oscuridad, trabajan a una para lograr el equilibrio.
Así, se puede decir que las dos son igual de buenas.
Sigo la llama danzante con los ojos.
—Entonces me está diciendo que debería regresar a mi casa.
—Lo que te estoy diciendo es que deberías ir donde más te necesiten. —Agita la mano hasta que la cerilla se apaga.
—¿Y qué hay de Nate? —pregunto—. ¿Y de mi madre? ¿Se supone que tengo que renunciar a las dos personas a las que amo solo por mi genética?
Se mete el paquete de cerillas en el bolsillo.
—Mencionaste que tu padre visitó este sitio muchas veces a lo largo de los años. ¿Por qué tú no podrías hacer lo mismo? Si tu amor por ese Nate es tan fuerte como dices, encontrarás la fórmula para que funcione.
Me rodeo a mí misma con los brazos, y lo miro.
—Pero ¿podrá él seguir queriendo a alguien que vaya a hacer lo que se espera de mí?
El hombre sonríe.
—Por lo que yo interpreto de tus palabras, él ya te ama por quien eres, lo cual es mucho más importante que lo que haces. El amor es capaz de superar incluso las situaciones más oscuras.
Lo analizo a la luz de la vela. Sus ojos bailan con las llamas flameantes, y sus labios dibujan una sonrisa que no tiembla ni amenaza con desaparecer ni siquiera cuando se acerca más a mí.
—Creo que nunca he conocido a nadie como usted —le confieso.
Agarra el paraguas y me guiña un ojo.
—Yo podría decir lo mismo sobre ti.
—Eso es verdad. —Nos echamos a reír, y abandono el banco mientras el eco de nuestra risa reverbera por toda la iglesia—.
Muchas gracias. Me ha brindado una enorme ayuda; probablemente esta haya sido la mayor sorpresa que he recibido desde que llegué a la Tierra.
Y eso que aquí me he encontrado con una madre a la que daba por muerta; con un novio que estaba muerto, y que murió dos veces; con un hermano de acogida asesino, y con un diablo que se ha presentado de improviso en mi puerta.
—Pues sé bienvenida, chiquilla. —Me acompaña hasta la puerta—. Además, me has regalado tu compañía durante la tormenta. Cuídate mucho. Y, por favor, no te lo tomes a mal, pero espero no volver a verte nunca.
Le estrecho la mano y todas sus buenas obras me pasan como una película por los ojos.
—Dudo mucho que vaya a volver a verme. Siga así. —Le guiño un ojo y le suelto la mano en el preciso instante en que la luz empieza a iluminar la iglesia—. Me da que ya ha recuperado la electricidad.
El hombre observa las lámparas doradas que cuelgan del techo.
—¿Lo ves? De la mayor oscuridad nace la luz. Pero te aseguro que he disfrutado mucho este rato de oscuridad. Me ha permitido reflexionar largo y tendido. Buenas noches, Devica.
—Buenas noches... —Arrugo las cejas—. ¡Espere, un momento! ¿Cuál es su nombre?
—Malachi —sonríe—. Pero puedes llamarme Mal.
Y sonrío yo también.
—Gracias... Mal. Me ha resultado de gran ayuda.
Ya solo llovizna cuando salgo de la iglesia, así que no me preocupo del paraguas.
Acelero el paso para llegar antes a la casa de mi madre, y el corazón me late con tanta fuerza como el trueno que ha hecho tambalear la iglesia.
Por primera vez en mi vida, sé adónde pertenezco.