Hoy no, Satán Capítulo XLVIII
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Capítulo XLVIII

XLVIII

Attero me sigue hasta la cocina, y yo llamo a Nate y a mi madre para que vengan con nosotros, y los presento.

Nate mira con desdén el uniforme de Attero, supongo que porque no puede evitar revivir esos últimos momentos sobre el río Ignis.

No puedo culparle por no confiar en él, pero ahora mismo tampoco es plan de ponerme a contarle ahí los pormenores de nuestra amistad.

—Pero ¿cómo puede haberse marchado tu padre?

—me interroga Nate mientras se sirve una galleta con virutas de chocolate de las del plato que mi madre ha puesto en el centro de la mesa—.

Yo pensaba que tenía que quedarse ahí abajo para siempre.

Ya sabes, para castigar a la gente y llevar las riendas del sitio.

Además, ¿ese no era también su castigo? El que recibió por liderar una guerra contra Dios y todas esas cosas, ¿no?

—Así es —afirmo mordiéndome una uña—. Pero puede beneficiarse de indultos para venir aquí de visita. Es lo que hacía cuando conoció a mi madre.

Nate traga como puede el trozo de galleta.

—¿Y entonces eso no significa que al final en algún momento será obligado a volver? Digo yo que no podrá dejar a Faces pendiente de todo lo de ahí abajo para siempre. Tu padre y tú lleváis la misma sangre, pero él no.

—Eso pienso yo. —Extiendo las manos—. Sería lo lógico. Habrá que esperar a ver qué hace.

Attero se aclara la garganta.

—Es que aún hay más.

—¡Oh, no! —espeta Nate—. No me digas que Lucifer se va de casa justo un día antes de Halloween, y que las cosas se vuelven peor a partir de entonces.

Attero lo ignora y busca mi mirada.

—Como te he dicho, ahora, en vez de tu padre, es Ferus quien se encarga de juzgar a todos los caminantes oscuros que son enviados al Infierno.

Y sus poderes son más débiles que los tuyos y que los de tu padre, porque él no tiene vuestra sangre.

Y como para él ningún humano puede ser inocente, pues directamente está metiendo a todos en el Infierno sin ni siquiera juzgarlos.

Está condenando a todas y cada una de las almas con que se cruza en el camino.

Las parcelas están abarrotadas, ya no cabe un alfiler.

Y a Ferus le da igual, no le importa nada.

Él lo único que hace es sentarse en el trono de tu padre, se pasa allí todo el día, y se limita a castigar a todo el que se le pone por delante, sin preocuparse por sus delitos.

—¿Y qué esperas que haga? —cruzo los brazos sobre el pecho y me reclino en la silla—. Me da la sensación de que has venido aquí a decirme que ese es mi problema. Y yo no pienso regresar, Atty. Ahora tengo mi vida aquí, con mi madre y con Nate. Este es el sitio al que pertenezco.

—Pero tienes que volver. —Attero se inclina hacia mí y me agarra la mano—. Te necesitamos. Eres la única que tiene el poder necesario para derrotar a Ferus. Tú puedes quitarle el trono. Te pertenece. Y luego ya te ocupas de mandar a las almas rebeldes a donde pertenezcan.

A su casa, no te fastidia.

Yo no le debo nada a Atty. Ni a mi padre. Que se encargue él de desenredar su enredo.

Escapo de su mano y frunzo las cejas.

—¿En serio esperas que yo te ayude después de que tú y los demás soldados me abandonarais y luego me persiguierais cuando intentaba huir?

Te vi en el puente. Eras tú, Atty. Te quedaste allí plantado junto a los demás soldados mientras Ferus me atenazaba y me forzaba a arrojar a Nate al fuego.

No diste la cara por mí. No dijiste absolutamente nada.

Ni siquiera se te pasó por la cabeza defenderme.

Permaneciste allí, mirando en silencio, como un auténtico cobarde.

Attero baja la cabeza.

—Sí, tienes razón. Fui un cobarde. Tenía mucho miedo de lo que Ferus y el resto de los soldados pudieran hacerme si me rebelaba contra ellos.

Y no sé cómo se las ingenió, pero de alguna manera logró convencerme de que te pondría las cosas más fáciles en el trono si no tenías que preocuparte por dar órdenes a tu mejor amigo.

Me lo metió en la cabeza, Dev. Lo siento mucho, de verdad.

—Yo daría órdenes a quien hiciera falta. Y sin ningún problema —mascullo. Nate resopla y le lanzo una mirada asesina—. Pero bueno, todo eso ya da igual. Mi casa ahora es esta.

Attero se pasa la mano por su pelo húmedo.

—Si Ferus continúa cogiendo almas, la Tierra también correrá peligro.

Me tenso en mi asiento.

—¿Qué quieres decir?

—Te lo acabo de explicar: estamos sobrepasados. —Attero dobla los dedos—. Los diablos están renunciando a sus puestos. Todo son dimisiones. Es cuestión de tiempo que tanto ellos como los caminantes oscuros intenten escapar a través del portal.

—Los caminantes oscuros ya no podrían vivir aquí arriba por eso del equilibrio del universo. —Muevo la mano—. Se desplomarían nada más subir y morirían, como mucho, en veinticuatro horas. Eso lo he visto con mis propios ojos. —Nate me acaricia la rodilla por debajo de la mesa.

Mamá añade desde el umbral de la puerta de la cocina:

—Cierto, pero piensa en la gente que está ahora ahí abajo y en lo que ha hecho para estar allí. Y ahora imagina todo lo que serían capaces de hacer solo con un ápice de libertad después de haberse pasado décadas castigados. Siglos incluso.

—Esto sería como en La noche de las bestias —opina Nate.

Todos nos sobresaltamos al mismo tiempo cuando un trueno sacude la casa y las ventanas resplandecen con la luz de un rayo.

Me levanto de la silla, me pongo de pie sobre mis piernas temblorosas y descorro la cortina. La lluvia impacta contra el cristal y cae al suelo como la sangre de una herida.

No se equivocan, no. El Infierno alberga lo peor de lo peor. Aunque solo pasaran unos minutos en la Tierra, los pecadores podrían llegar a causar tal daño en Los Ángeles que eso parecería el apocalipsis.

Pero yo he peleado lo indecible para llegar hasta aquí.

He batallado para escapar del Infierno y encontrar a mi madre.

Salvé a Alex para que Nate pudiera vivir.

Y ahora estoy disfrutando de ese final feliz del que hablan todos los libros que leía.

No puedo ser la única capaz de arreglar aquello.

No es justo, ni para mi madre ni para Nate ni para mí.

Me apoyo sobre el cristal y cierro los ojos para impedirle el paso a las lágrimas que pugnan por salir.

—No —sentencio después de que un enorme trueno haga temblar la ventana—. No lo haré. Lo siento, Attero. No puedo volver a casa. Si los pecadores se escapan porque mi padre se ha largado y Ferus es un estúpido incompetente, pues que se escapen. Ya puedes irte.

Giro sobre mis talones y recorro a zancadas el pasillo que conduce a mi dormitorio. Pego un portazo con tanta fuerza que las ventanas vibran más que con los truenos. Me tumbo en la cama, oculto la cabeza en la almohada y grito.

No es justo. Ahora que por fin me había hecho a este extraño lugar y que me siento más en casa que entre las frías piedras de Dominus. Cómo no, mi padre tenía que aparecer de alguna manera para fastidiarlo todo.

Nate abre la puerta, se sienta a mi lado y me acaricia la espalda.

—¿Estás bien?

Me doy la vuelta para mirarlo y me limpio la cara con el dorso de la mano.

—¿Tú crees que debería ir?

—Claro que no. —Me coge la mano y se la lleva al pecho—.

Te quiero. Eres lo que más quiero del universo, y te quiero a mi lado.

Sin embargo, también te conozco. Eres la chica que salvó a un chico al que apenas conocía de una tortura eterna.

Eres la que rescató a un asesino y evitó que se calcinara en un incendio, aun a sabiendas de que eso significaría perderme a mí.

Yo no quiero vivir sin ti, pero tampoco te imagino viviendo aquí y sabiendo que más inocentes serán condenados al sufrimiento eterno porque

no hiciste nada por ayudarlos.

—Tiene toda la razón, cariño —opina mi madre desde el marco de la puerta—. No se trata de que nosotros queramos que te vayas. Lo que desde luego no queremos es que te pases el resto de tu vida lamentándote, y arrepintiéndote, de haber escogido quedarte.

Me cubro la cara con las manos y les doy la espalda.

Cómo se atreven a ponerme entre la espada y la pared.

Es como si me estuvieran poniendo en contra de mí misma.

Ambos saben lo mucho que he peleado para eliminar lo que había de mi padre en mí...

y ahora me piden que acepte esos retazos de él con que cargo y que ocupe su lugar.

Me están asfixiando. Y esta habitación también me está asfixiando.

Quiero marcharme de aquí, siento que el cuerpo me arde más y más mientras sus palabras perforan mi piel. Me saltan chispas de las palmas, y cierro los dedos formando un puño para evitar el avance de las llamas por mi interior

—Necesito salir un rato. —Empujo a Nate a mi paso mientras él intenta agarrarme por la cintura, pero tengo los reflejos necesarios para zafarme—. Me apetece salir a dar un paseo.

—Pero está lloviendo —se preocupa Nate.

—Me da igual.

Mi madre se ha adelantado y ha abierto el armario empotrado del hall de entrada, y ya me espera en la puerta con un chubasquero amarillo en la mano.

—Al menos ponte esto. Y llévate mi paraguas.

—¿No quieres que vaya contigo? —pregunta Nate mientras me enfundo en el impermeable y me pongo las botas.

—No. Quiero estar sola. Necesito pensar. Volveré pronto. —Abro la puerta sin esperar respuesta, despliego el paraguas y me adentro en mitad de la tormenta.

Las calles están casi desérticas, y camino hasta que el agua me moja tanto las botas que me duelen los pies.

Las súplicas de Attero resuenan en mis oídos.

Y se enfrentan a mi propia voz, que me recuerda lo mucho que me he entregado para conseguir lo que ahora tengo con mamá y con Nate.

El bienestar y la satisfacción que siento cuando nos sentamos juntos a hacer algo tan mundano como ver la tele.

Lo mucho que me excita y emociona el simple roce de la mano de Nate.

Cómo cada parte de mí responde a sus besos.

El latido de mi corazón en mi oído cuando nos abrazamos en la playa.

Me he ganado a pulso todo ello. ¿Cómo puede atreverse ahora alguien a quitármelo?

He llegado a una zona del vecindario por la que nunca antes había transitado.

Por aquí las casas tienen un estilo diferente al de la vivienda de mi madre, y las calles parecen más tranquilas y silenciosas, incluso ahora en mitad de la tormenta.

La acera se va volviendo más oscura, y levanto la cabeza para comprobar que las farolas están apagadas.

En el interior de las casas tampoco se ve más luz que la de unas velas parpadeantes y el destello esporádico de una linterna.

Tuerzo para emprender el camino de vuelta a casa, tan perdida respecto a lo que debo hacer como cuando salí, y, de pronto, me llama la atención una sombra que me resulta familiar en el tejado de un edificio. Ya la he visto lo suficiente como para saber lo que representa.

Una luz naranja titilante resplandece por detrás de una de las ventanas indicando que hay alguien dentro.

Analizo el panorama un momento, respiro hondo y cruzo la calle en dirección al último lugar al que jamás pensé que podría ir en busca de ayuda.