Capítulo XLVII
XLVII
Dos hombres van a toda velocidad el uno hacia el otro. De pronto uno de ellos despega del suelo con una sola pierna estirada. En cuestión de segundos su pie conecta con la cabeza del otro tipo, y lo envía de bruces contra el suelo con un grito.
Aparto la mirada de la televisión y me quedo boquiabierta mirando a Nate.
—Sigo sin poder creerme que esto fuera lo que tú creías que estabas haciendo cuando nos enfrentamos a los soldados.
Estamos en el sofá de mi madre, en la misma posición en que ya hemos estado varias noches en el último mes, viendo programas en una aplicación que Nate llama Netflix.
Como la mayoría de los días, hoy hemos pasado toda la tarde en la playa, y aún tengo granitos de arena en el pelo y entre los dedos de los pies, y eso que mi madre me hace sacudirme a conciencia antes de entrar en casa.
Lo de quedarme mirando el mar me fascina, pero no estoy para nada de acuerdo en todo eso que decía Nate de la arena.
Es más, si en algún momento de mi vida acabo regresando a mi casa, ya aviso de que me llevaré conmigo un poco de esta arena, pues una cantidad nimia es más que suficiente para garantizar horas y horas de tortura.
El simple hecho de pensar en mi casa me hace llevar los ojos al anillo que sigo luciendo en el dedo, el cual se ha vuelto casi tan oscuro como el carbón.
Desde que Nate regresó, se ha ido volviendo cada vez más negruzco y más pesado en mi mano.
Intenté quitármelo esta misma mañana para meterlo al fondo de un cajón y sacármelo así de la cabeza, pero no me salía de ninguna manera.
Es como si estuviera adherido a mí, como el recordatorio constante de que existe por ahí otro lugar en el que debería estar.
El aviso de que estos momentos de ensueño que estoy viviendo no durarán para siempre.
Nate me mira risueño y con las mejillas aún sonrosadas después de tantas horas a pleno sol. Su sonrisa consigue alejar al instante los pensamientos más tétricos de mi mente con ese don mágico que solo él parece poseer.
—Es kung-fu.
Resisto a la tentación de poner los ojos en blanco.
—No quiero ser yo quien te hunda en la miseria, pero siento en el alma decirte que eso no es lo que tú te pusiste a hacer. Esto de ahora será kung-fu, pero tú simplemente te pusiste a dar volteretas de un lado para otro como un loco.
Me aprieta la mano.
—Pero si tú me dijiste que había estado impresionante.
Apoyo la cabeza en su hombro y por la comisura de mis labios quiere asomar una sonrisa.
—Lo que fue impresionante es que no consiguieras dar a nadie.
Mi madre estalla en carcajadas desde el sillón tapizado de la esquina en el que está sentada metiéndome el bajo de una falda que me compré ayer. Para mí estaba perfecta tal cual, pero, al parecer, no resultaba tan adecuada para el calor de Los Ángeles.
—Como madre y tutora legal tuya, se supone que tengo que decirte que no vayas demasiado seria para tu edad. Sin embargo, como observadora imparcial, te diré que me pirra.
—¿Pirra? ¿Esa no era la hija de no sé qué dioses griegos? ¿Qué tiene que ver con mi falda?
—Aquí significa que le pareceremos adorables.
Y es que lo somos. —Nate me da un beso en los nudillos.
Después del arrebato de cariño, sigue bajando por la pantalla de inicio de Netflix y las imágenes revolotean por el televisor.
Me acomodo bajo la manta con la que me tapo el regazo y cierro los ojos.
Me llevó un tiempo acostumbrarme al silencio de la casa.
Aquí no hay gritos ni alarmas que me despierten en mitad de la noche. Y nadie me llora ni me suplica durante el día. Ni el señor Bellum va por ahí regañándome por prenderle fuego a su pelo una y otra vez.
La mayoría de las noches me sobresaltan miles de pesadillas. Suelo soñar que un montón de manos invisibles me ahogan en un lago de fuego. Me despierto jadeando, y con un picor en el dedo anular como si algo me quemara.
A mi madre y a Nate no les he contado nada ni de los sueños ni del anillo. Seguro que se preguntarían si eso podría significar algo más, y yo no quiero arriesgarme a discutir y romper la bonita familia de tres que hemos creado.
Mi madre es inflexible respecto a lo de que asistamos a la universidad cuando empiece al nuevo año, pero aún no sabe cómo ingeniárselas para que una exresidente del inframundo y un muchacho que en realidad está muerto entren en el sistema.
Pero es cabezota e insistente, así que estoy convencida de que dará con la fórmula para hacerlo.
Estoy aterrada y emocionada a partes iguales ante la posibilidad de convertirme en universitaria.
No sé, lo de ir a la universidad parece una experiencia como muy normal para los humanos.
Dudo mucho que de las paredes de las clases cuelguen instrumentos de tortura.
Y, a malas, si los hay, al fin sentiré que encajo en algún sitio.
Fuera de casa, una extraña tormenta californiana invade el cielo. La lluvia choca contra los cristales de las ventanas y un trueno hace temblar la casa. Pego un respingo, asustada, y busco refugio en Nate.
Entierro mi cara en su cuello; él se ríe, vacilón, y noto su pecho vibrar contra mi hombro.
—No te darán miedo las tormentas, ¿no? No puede ser teniendo en cuenta dónde te has criado.
—No es que les tenga miedo. —En ese instante el fragor de más truenos sacude las ventanas y me subo la manta hasta la barbilla—. Pero no me gustan nada.
Nate selecciona una película que lleva por título Constantine después de decirme que piensa que me va a gustar. Justo cuando le está dando al «Play», suena el timbre y los tres nos quedamos mirando a la puerta.
—¿Quién será? —pregunta mamá.
Sacudo la cabeza, aún sintiendo la taquicardia que me ha provocado el ruido atronador del tormentón.
—A mí no me miréis. Las únicas personas a las que conozco están aquí conmigo.
—Tal vez se hayan equivocado de casa —sugiere Nate—. O puede que se hayan adelantado a la noche de Halloween.
El timbre vuelve a sonar y me quito la manta de las piernas con un gruñido.
—Hala, no os mováis, que ya voy yo.
Mi madre y Nate protestan, pero los ignoro. Echo mano de la espada por si las moscas, y la oculto detrás, en la espalda, antes de abrir la puerta.
Casi se me cae cuando un rayo de luz divide el cielo en dos e ilumina al hombre de aspecto familiar que aguarda al otro lado de la puerta.
Abro los ojos como platos cuando lo reconozco.
—¿Attero?
Esboza una media sonrisa mientras la lluvia le cae del pelo sobre su uniforme de soldado.
—Muy buenas, Devica.
No le devuelvo la sonrisa. La última vez que lo vi, estaba apostado en el puente del río Ignis, viéndome cargar con Nate en busca de nuestra libertad. No se unió a Ferus para atacarme, pero tampoco le impidió hacerlo.
Me agarro al marco de la puerta y entrecierro los ojos.
—¿Qué estás haciendo aquí?
Otro trueno nos pilla por sorpresa, y los dos saltamos al unísono.
—¿Puedo pasar?
—Depende. —Aprieto los dedos alrededor de la empuñadura de mi espada—. ¿Has venido solo?
—Sí. Y no he venido hasta aquí para herirte ni para capturarte. —Y para demostrármelo, me señala su cinturón, del que no cuelga ni una sola arma—. Te lo prometo.
—¿Quién es? —pregunta a gritos mi madre desde el salón.
Attero trata de ver por encima de mi hombro, y abre los ojos, sorprendido.
—¿Esa es tu madre?
—Pues sí. —Me apoyo contra la puerta, sin apartarme de su camino—. Está viva, como ves. Y ha estado viviendo en la Tierra todo este tiempo. Pero tal vez tú ya lo sabías, ¿no? ¿Quizá estabais al corriente de ello tanto tú como todos los demás diablos que me mintieron?
La tristeza se instala en su rostro, y hace un gesto de resignación con las palmas de las manos hacia arriba.
—Me he enterado ahora, pero te juro que no tenía ni idea de todo esto hasta hace unos pocos días, cuando me metí en el despacho de tu padre sin que me viera.
Encontré unas cartas dirigidas a ella que no debió de mandarle nunca.
Hay cientos de ellas, todas escritas desde que naciste.
Ahora mismo lo sé todo sobre ellos. Sé cómo se enamoraron, cómo te tuvieron y quién eres tú realmente.
Gracias a todas esas cartas he podido dar contigo, y por eso he venido hasta aquí.
En todas las cartas aparecía esta dirección.
Frunzo el ceño, haciendo un esfuerzo por imaginarme a mi padre inclinado sobre un escritorio, escribiéndole cartas de amor a la mujer que está ahora mismo en el salón, pero sin el valor necesario para enviárselas.
Y yo que pensaba que a mi padre no lo desestabilizaba nada...
Y resulta que sí hay algo capaz de conseguirlo: mi madre.
Un escalofrío me recorre de pies a cabeza cuando el agua de la lluvia rebota en el asfalto y aterriza sobre mis pies descalzos.
—¿Y mi padre no te pilló rebuscando en su despacho? Ha sido muy valiente por tu parte lo de mirar entre sus cosas.
—Eso es justo lo que he venido a decirte, Dev. —Attero se limpia la cara, que la tiene toda mojada—. Tu padre ya no está en el Infierno. Se marchó.
Se me entumece el cuerpo y tengo que agarrarme aún más fuerte, si es que es posible, al marco de la puerta.
—¿Cómo? ¿Qué estás diciendo?
—Que se ha ido. Y creo que para siempre. Ha dejado a Ferus al mando.
—Pero ¿en qué narices estaría pensando? No puede hacer eso. —Doy un paso hacia el interior de la casa con la puerta aún abierta de par en par—. Ven, será mejor que entres.