Hoy no, Satán Capítulo XLVI #2
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Capítulo XLVI #2

—Vi su alma, y es nauseabunda, Nate. —Apoyo la cabeza en su hombro—.

Podría haber hecho cosas aún peores de haber seguido aquí.

Es evidente que el mundo es un poquito más brillante sin Alex en él.

Y el Infierno un poquito más oscuro con él ahí dentro.

Si es que eso es posible. —Abro la palma de la mano y contemplo el anillo que brilla sobre mi piel.

Ahora ya sí que no lo necesito. Con Nate y con mi madre aquí, jamás volveré. Sí, echaré de menos a Atty, pero mi padre seguirá adelante sin mí. Y Ferus ocupará mi lugar hasta donde mi padre le permita.

—¿Por qué ibas a tirarlo tan lejos? —me pregunta Nate—. ¿Es que eso no era tu billete de vuelta a casa?

Me doy media vuelta y me quedo mirando el océano.

—Pienso que, mientras lo tenga, tendré la opción de regresar. Que siempre habrá en mí una parte de mi padre llamándome a gritos, instándome a sustituirlo en el trono. Bueno, si no me mata nada más verme.

Nate apoya su mano sobre la mía.

—Para empezar, nadie puede obligarte a hacer nada que tú no quieras.

¿Te has visto, Devica? Eres la persona más fuerte y determinada que he conocido.

Me sacaste del Infierno. Y dos veces, aunque la segunda vez fuera indirectamente.

Si en algún momento decidieras ocupar el lugar de tu padre, no me cabe ninguna duda de que sería porque estás preparadísima, no porque lleves este anillo.

Y para seguir, yo pienso que debes seguir teniendo la opción de regresar.

Quién sabe, puede que alguna vez quieras volver a casa.

—No —respondo moviendo la cabeza a izquierda y derecha—. No quiero ser como él. Nunca.

—Pero ¿quién ha dicho que llevar eso te haga parecerte a él? —Me acaricia la mejilla con un dedo—. Tú no eres una joya, Devica. Eres lo que está dentro de ti, en tu corazón.

Vuelvo la cabeza y lo miro con detenimiento.

—¿Acaso estuviste hablando con mi madre? Me dijo lo mismo cuando intenté cortarme las alas.

—¿Que intentaste qué? Oh, Dev. —Me arropa entre sus brazos—.

Tú no eres tus alas. No eres ese rubí. Eres una persona de carne y hueso con una sangre centelleante.

Eres valiente y fuerte, bonita y amable, y sorprendentemente divertida, incluso cuando no pretendes serlo.

Ah, y tienes un gusto impecable para los hombres.

Se me escapa una carcajada.

—Eh, ¿no querrás hacerme dudar ahora de esto último?

—No, claro que no. Eso puedes darlo por sentado.

Intento sonreír, pero la sonrisa apenas es capaz de dibujarse en mis labios. He hecho daño a Nate. He hecho daño a mi madre. Aún hay oscuridad en mí, está ahí, en mi interior, dispuesta a salir cuando menos me lo espere.

—Tengo miedo. —Ladeo la cabeza para encontrarme con sus ojos—. Y estoy hecha un lío. Ya no sé cuál es mi sitio.

—No pasa nada por tener miedo. Y la mayoría de los humanos de la Tierra tampoco saben nunca cuál es de verdad su sitio. Todos nos pasamos la vida tratando de averiguarlo.

—Gracias. —Dejo que el anillo se deslice por mi dedo para volver a ponérmelo.

Su peso se acomoda en mí como si de una segunda piel se tratara—.

Estoy feliz de que hayas regresado. No sé cómo siempre consigues hacerme sentir mejor, pero lo haces una y otra vez.

Aún me parece casi irreal tenerte aquí a mi lado.

—Me voy hacia atrás para preguntarle—: Porque eres real, ¿verdad?

—Tal vez deberíamos comprobarlo una vez más para asegurarnos.

Ya sabes, por eso del rigor científico. —Me guiña un ojo, y luego baja la cabeza y me besa.

Primero despacio, luego ya con más urgencia.

El mundo que nos rodea vuelve a desaparecer, y quedamos solo nosotros dos.

Únicamente nuestros cuerpos sobre ese muelle, sus labios y su lengua entremezclándose con los míos.

Lo rodeo con los brazos, enrollo los pelillos de su nuca alrededor de mis dedos, y presiono sus caderas contra las mías.

Cuando nos separamos, me acaricia la mejilla con la yema de los dedos, y me mira con unos ojos de un azul todavía más intenso.

—¿Y bien? ¿Cuál es tu conclusión?

—Que no podrías ser más real —sentencio con una risa—. Y no eres un zombi ni nada de eso, ¿no? No vas por ahí sorbiendo cerebros, ¿verdad?

—No, aún no —me sigue el rollo—. Y, por suerte, tampoco he tenido que salir a duras penas de una tumba.

De hecho, le pregunté a tu madre si creía que mi cuerpo seguiría por ahí enterrado en algún sitio, y me dijo que no podía estar muy segura, pero que pensaba que no.

Siempre podríamos ponernos a cavar por todos los lados para salir de dudas, pero, la verdad, creo que es mejor que algunas cosas sigan siendo un misterio.

Levanta los hombros y me entra un escalofrío pegada a él.

—Totalmente de acuerdo.

En cuanto llegamos al aparcamiento, veo a mi madre apoyada en su coche mal aparcado.

Siento una punzada en el pecho al contemplar el corte que tiene en la cara.

Se lo ha limpiado ya, pero no lo lleva tapado.

No se ve muy profundo, y siento un cierto alivio por dentro cuando pienso que no le quedará cicatriz.

No obstante, la culpa me retuerce las entrañas cada vez que me acuerdo de que fui yo la que le hice eso.

Nate me da unos golpecitos cariñosos en la parte baja de la espalda y camina hacia el otro lado del coche para concederme unos segundos a solas con mi madre.

Cuando llego a su altura, bajo la cabeza y me fijo en la rueda que he dejado pisando la raya amarilla.

—Hola.

Mi madre me estrecha entre sus brazos y me abraza con todas sus fuerzas.

—Oh, gracias a Dios, Devica. Cuando vi que te habías llevado el coche, entré en pánico.

Me tenso, sorprendida por sus palabras, y a continuación vuelvo a perderme entre sus brazos.

—Lo siento mucho, mamá. Lamento muchísimo todo.

Me pone una mano en los hombros y me mira a los ojos.

—No, quien lo siente soy yo. No debería haberte dicho todas esas cosas horribles que te dije.

No las sentía. Estaba enfadada, y me asustaste.

No me dio miedo de dónde venías ni quién es tu padre.

Sentí miedo porque no estabas siendo tú.

En ese momento veía que te estabas odiando muchísimo a ti misma, y yo, como tu madre, no podía soportar verte sufriendo de esa manera.

E hice exactamente lo contrario de lo que tenía que hacer.

Te aparté de mí en vez de refugiarte en mis brazos. Por favor, perdóname.

—Pero… —le toco la mejilla justo por debajo del corte—. Yo te hice eso. Y rompí tu espejo.

Me agarra la mano y se la lleva al corazón.

—Bueno, espejos hay muchos. Puedo comprar otro. Lo que no puedo volver a tener si te pierdo es a otra hija como tú.

Arrugo la frente.

—¡Vaya, qué cursi!

Mi madre observa a Nate, que alza los hombros.

—Conmigo hace igual —dice—. Dev tiene un serio problema con los mimos, y yo soy como un osito amoroso. Pero, bueno, uno se acaba acostumbrando a sus miradas de «pero ¿qué haces?».

Mi madre se ríe y me alborota el pelo.

—Me da que no me quedará otra. Venga, vámonos ya.

Pero ahora conduciré yo. —Se va al otro lado para entrar por la puerta del conductor, y me tiende la mano.

Le devuelvo las llaves—. Por cierto, cuando lleguemos a casa, vamos a tener una charla tú y yo sobre eso de robarme el coche y conducir sin carnet.

Hago un gesto con la cara y miro al suelo.

—Me la merezco…

Nate se tira de la camiseta.

—Ahora que por fin voy a poder quitarme esta cosa, ¿qué os parece si paramos un momento de camino y me compro algo de mi talla?

Mamá asiente con la cabeza, y yo me pongo de puntillas para plantarle un beso en la boca a Nate.

—Y entonces ¿ahora qué? ¿Cómo va a ser nuestra vida de ahora en adelante?

—Vayamos día a día. Primero debemos encajar los dos en esta versión de la Tierra. —Me apretuja contra él, y su corazón, su corazón de ahora, el vivo, golpetea contra mis oídos—. Y luego, Devica, te prometo que viviremos felices y comeremos perdices para siempre.

Me descuelgo de su cuello y me salta una chispa del dedo. Contemplo mi anillo por encima de su hombro y veo que el rubí va adquiriendo un tono oscuro, similar a la sangre seca.

«No me había pasado antes».

El estómago me da un vuelco, pero Nate me acerca más a él y bajo la mano.

Bueno, supongo que será un efecto de la luz.

Forzando una sonrisa, alzo el cuello para mirarlo a los ojos.

—Sí. Viviremos felices y comeremos perdices para siempre.