Capítulo XLVI
XLVI
Me gira para que nos quedemos cara a cara, y no hay duda de que es él. El brillo de sus ojos cuando me mira. Los latidos de su corazón acompasados con los míos. Ese mechón de pelo que se niega a quedarse detrás de su oreja.
Todo mi cuerpo reacciona al verlo. Siento un hormigueo en los músculos y la sangre se apresura a concentrarse en mi rostro. Mi corazón se acelera cuando mis ojos se encuentran con los suyos, y sonrío. La sonrisa que me devuelve me calienta más que el sol en una de esas tórridas tardes de verano.
No alcanzo a entender cómo puede estar aquí, pero me da igual.
Me mira y esboza una sonrisa:
—Ey, hola, Devica.
Mi nombre apenas ha terminado de salir de su boca cuando mis labios lo interrumpen.
Lo rodeo con los brazos y lo acerco a mí todo lo que puedo, para saborear en condiciones este momento en que tengo su boca sobre la mía.
Sus besos son los mismos y, a la vez, diferentes.
Sus labios me siguen resultando familiares, pero su boca me sabe aún más dulce que antes.
Su corazón palpita fuerte contra mi pecho y se le corta la respiración en los escasos segundos en que nos separamos.
Suspiro.
Este no es el Nate del más allá que yo había conocido. Este vuelve a estar vivo aquí en la Tierra.
Tengo muchísimas preguntas que hacerle, pero en ese instante Nate separa mis labios con su lengua, y me olvido de todo excepto de lo mucho que me gusta.
El muelle desaparece de mi vista, la brisa del océano es reemplazada por sus manos jugueteando entre mi pelo, y el aroma a pescado de los restaurantes y el olor a churros de los carritos que nos rodean ceden todo el protagonismo a su aroma bañado por el sol.
La risa de los niños también se borra de mis oídos, atentos solo a los jadeos que salen de nuestras bocas, que no paran de fundirse en una sola.
—Pero ¿cómo…? —quiero saber cuando finalmente nos separamos, aún sin respiración. Recorro su cara con la punta de los dedos para cerciorarme de que está aquí y es real—. No es que no me alegre de que hayas vuelto, pero ¿cómo has conseguido hacerlo?
—Ha sido todo un infierno. Y nunca mejor dicho.
—Me acerca todavía más a él y apoyo la cabeza en su pecho.
En mi cerebro, el latir de su corazón compite con el relajante sonido de las olas al romper—.
De repente estaba en casa de tu madre y, un segundo después, aparecí en la parcela 13.
Ese amigo tuyo, Ferret, se plantó delante de mí, e insistía en que tú nunca me quisiste mientras me aporreaba y se liaba conmigo a puñetazos y me daba con lo que sea que tuviera en las manos.
Me entran ganas de vomitar solo de oírlo y siento el calor por las venas. Bajo los dedos y cierro la mano para impedirle el paso al fuego que me suplica salir. Juro que, si algún día vuelvo a ver a Ferus, le enviaré una bola de fuego directa a lo que sea que tenga en el pecho en lugar de corazón.
—Ferus no es amigo mío.
—Lo sé. Intentó que me tragara una trola y empezó a contarme que vosotros dos estabais prometidos y os ibais a casar, pero hasta yo me di cuenta de que le sobraba palabrería.
Me abrazo a él con más fuerza aún si cabe.
—Jamás me casaría con alguien tan detestable. Lo siento mucho.
Nate me besa en la coronilla.
—No ha sido culpa tuya. Luego, de pronto tengo delante al Flatulencias ese intentando matarme con una horca, y un instante después abro los ojos en la cama de un hospital conectado a infinidad de máquinas.
—¿Qué? —Me inclino hacia atrás y muevo el cuello para mirarlo, con las cejas enarcadas.
—Sí, sí. Ha sido todo extrañísimo. Había enfermeras muy nerviosas que no paraban de preguntarme que qué había hecho con Alexander.
Les contesté que el único Alexander al que conocía era mi hermano de acogida, y que llevaba sin verlo más o menos un año.
Eso sí, omití que había sido porque había estado disfrutando de unas tranquilas y calurosas vacaciones en el Infierno.
Aprovechando que estaban distraídas, me agarré a los carritos que había detrás de mi cama y salí pitando.
Ni siquiera me quité el camisón del hospital.
Imagínate la escena, en la parte de atrás de un autobús de West Hollywood con el culo al aire.
Aunque lo bueno era que la gente, al verme, ni se acercaba a mí.
Solo quería llegar cuanto antes a casa de tu madre; me fui directo hacia allí. Me moría de ganas de verte.
Lo suelto, me apoyo en la barandilla y vuelvo a dejar la mirada perdida en el agua.
—Supongo que te contaría que nos peleamos. —Abro y cierro los ojos, que los tengo llenos de lágrimas, y noto un pinchazo en la garganta—. Le hice daño y la asusté tanto que me dijo que me fuera. Y no la culpo.
—Me contó que habíais discutido, sí. —Me pasa un brazo por la cintura—.
Pero la verdad es que parecía más asustada por ti que de ti.
Estaba aterrada porque te habías ido en el coche.
Le daba miedo que hubieras tenido un accidente, y temía aún más que te hubieras marchado sin haber tenido tiempo de hablar contigo.
Trago saliva y clavo la uña en la barandilla de madera.
Me metí en su coche tan a la carrera que ni me paré a pensar en que pudiera estar preocupada por mí.
A fin de cuentas, la otra vez, cuando literalmente tuve que echar a correr para salvar mi pellejo en el Infierno, era de mi otro progenitor del que huía.
Y a él yo no le preocupaba en absoluto, lo único que le aterraba era no tenerme por allí alrededor para que le sacara las castañas del fuego.
—Por suerte, tu madre tiene un coche de esos con GPS antirrobo —continúa Nate—, por lo que te rastreamos con su teléfono y averiguamos que estabas por aquí, y pillamos un Uber para venir a buscarte.
Después de que me prestara algo de ropa, por supuesto.
Creo que tu pobre madre se ha hartado de ver mi culo.
Le doy un codazo.
—Ya decía yo que me estaban despistando un poco tus mallas rosas y tu camiseta ajustada.
—Sí, sí. Ahora mismo, en cuanto pueda, me quito el modelito —se ríe—. Además, vosotras deberíais hablar. Yo pensaba que encontrarte aquí sería algo imposible, pero te reconocí nada más ver a lo lejos a una chica vestida de negro en mitad de una ola de calor.
—Es que me marché superrápido. —Con un pellizco, me separo la parte de arriba de mi vestido de mi piel mojada, y pongo una mueca—. Y no tenía planeado lo de acabar en una playa. Pero, no sé, es como si algo me hubiera llamado para venir hasta aquí.
—Ya te advertí de que el océano suele hacer esas cosas.
—Y no te equivocaste en absoluto. —Aún tengo el anillo en la palma de la mano, y lo aprieto, dejando al descubierto la sangre azul seca que se ve sobre mi piel—. Entonces ¿en serio que mi madre no está enfadadísima conmigo?
—Prueba a hablar con ella y lo compruebas tú misma. Está ahí en el aparcamiento esperándote. No quería interrumpir nuestro reencuentro.
—Reencuentro. —Me quedo de espaldas a la barandilla para mirarlo a los ojos y dedicarle mi mayor sonrisa—. Me encanta cómo suena.
—Y a mí. —Me vuelve a besar, esta vez con más suavidad—. Aún no me creo que haya conseguido volver aquí. Otra vez. Tu madre piensa que de alguna manera me gané el retorno a la vida. Pero dice que es la primera vez que ve algo así, por lo que no está segura de cómo lo he logrado.
Me muerdo el labio inferior.
—Es posible que yo sepa algo, pero no te gustará.
Mira por encima de mi cabeza, con la vista fija en el mismo barco que yo he estudiado antes con detalle.
—Alex murió en el hospital y ocupó mi lugar en la parcela 13.
No sé, lo deduje yo solito en ese viaje superextraño que hice en bus.
Tengo un vago recuerdo de que me contaste que él había sido quien había acabado con Gabe, y me suena que me dijiste que lo habías salvado de un incendio antes de que yo muriera, la segunda vez, ya sabes.
—¿Así que me estabas escuchando cuando te decía todo eso? —Me resulta increíble—. No estaba segura de que te estuvieras enterando.
—Sí. Lo oí todo. —Me besa en la frente—. Y tenías razón en lo que decías. Jamás habría querido que Alex perdiera su vida para recuperar yo la mía. Y sé que la chica de la que me enamoré sería incapaz de matar a alguien, por mucho que se lo mereciera.
Levanto bruscamente la cabeza y siento como si el corazón se me fuera a escapar del pecho.
«Perdona, ¿qué has dicho?».
—¿De la que te enamoraste?
—Sí. De la que me enamoré con locura. —Me acurruca de nuevo en su pecho, y me susurra al oído—: Y tú también me quieres. Fue una de las últimas frases que escuché antes de ir a parar enfrente de Fetus.
Le pego un empujoncillo de broma y lo miro con los ojos entrecerrados:
—¡Nooo! No puedes haber oído algo así. Estarías delirando.
—Mmm —masculla mirándome con picardía—. Bueno, tú sigue autoengañándote con eso. Y yo seguiré recordándome a mí mismo que dijiste que lanzarte tras de mí fue realmente echar a volar.
Me arden las mejillas, y entierro la cara en su pecho.
—¡No puedo creerme que también oyeras eso!
—Pues ya ves, lo oí. Y te aseguro que es lo más bonito que alguien ha dicho de mí.
—Me envuelve con sus brazos y apoya el mentón sobre mi cabeza—.
De todas formas, fui atando cabos a medida que iba leyendo los gráficos de Alex en el autobús.
Sé que inhaló mucho humo y que se hizo añicos varios huesos.
Lo tuvieron en coma inducido, pero no eran muy optimistas.
Y supongo que acabó muriendo por todas las lesiones que tenía.
Me echo hacia atrás y levanto los ojos para mirarlo.
—Y luego el universo se corrigió a sí mismo. E intercambiasteis vuestros sitios. Él ahora probablemente estará en la parcela 13, ya sabes, con un Ferus confuso ante sus narices.
—Pues buena suerte a los Palitos de pez. Alex es un tipo difícil de manejar. —La tristeza se apodera de su rostro—. Aun así, no puedo evitar sentirme mal. Estaba muy confundido, pero formaba parte de mi familia. Y ahora mismo yo estoy aquí solo porque él no está.